Habiendo cumplido ambiciones que hace pocos años eran impensables, los sectores más duros de la derecha israelí siguen frustrados por lo que todavía no lograron — y la respuesta que proponen es más violencia, no menos.
A menos de dos semanas de la votación del 27 de octubre, buena parte de la derecha israelí hace campaña con una misma idea de fondo: Israel ha usado una fuerza enorme desde el 7 de octubre de 2023, pero —insisten— no la suficiente. Es el eje que atraviesa a partidos que hoy sumarían cerca de 20 de los 120 escaños de la Knéset según las encuestas: Otzma Yehudit, de Itamar Ben Gvir; el Partido Sionista Religioso, de Bezalel Smotrich; Zehut, de Moshe Feiglin; y Amcha Yisrael, de Ofer Winter. El mensaje no se queda en los márgenes: resuena también dentro del propio Likud de Benjamin Netanyahu.
La paradoja central
El análisis, publicado por +972 Magazine, plantea una paradoja que no es difícil de detectar: el gobierno más de extrema derecha en la historia de Israel viene cumpliendo, uno tras otro, objetivos que hasta hace poco parecían impensables —desde la devastación de Gaza hasta el desplazamiento forzado de decenas de miles de palestinos en Cisjordania, pasando por una expansión sin precedentes de los asentamientos y la instauración de la pena de muerte aplicable solo a palestinos. Políticas que antes se limitaban a los núcleos más extremos de la sociedad israelí hoy están plenamente legitimadas, con el grueso de los medios y la opinión pública acompañando ese giro.
Y sin embargo, lejos de satisfacer a sus líderes, esos logros generaron una creciente sensación de fracaso dentro de la propia derecha. Los palestinos siguen en Gaza y en Cisjordania. Hamás y Hezbolá siguen existiendo. La posición internacional de Israel se deterioró. Esa frustración, sostiene el artículo, se está convirtiendo en el principio organizador de la próxima fase de la política de derecha israelí: si una fuerza sin precedentes no alcanzó la «victoria total», la conclusión no es que la fuerza tenga límites, sino que hay que usar todavía más.
Quién dice qué
Sostiene que hubo «logros» en la guerra pero no «victoria decisiva» ni «emigración voluntaria» de los palestinos de Gaza —su prioridad declarada, usando el eufemismo de «emigración» para lo que el análisis describe como transferencia masiva de población.
Dice que una «verdadera victoria» en Gaza exige ocupar toda la Franja y expulsar a la totalidad de sus habitantes, «mujeres, niños, ancianos y combatientes por igual». Propone además arrasar aldeas de Cisjordania desde donde se lance cualquier ataque y expulsar a sus residentes.
Exige un programa de «migración voluntaria» para los palestinos de Gaza y Cisjordania, junto con reglas de enfrentamiento aún más laxas para el ejército —cambios que espera supervisar si asume como ministro de Defensa.
Se posiciona como el «adulto responsable» del bloque: por ahora no exige ocupar ni vaciar Gaza, y mantiene el statu quo en la Franja. En cambio, concentra su energía en exportar a Galilea el modelo de asentamientos en colinas que ya aplicó en Cisjordania.
Amenaza con que si Hamás secuestra a un soldado o civil más, un millón de palestinos serán expulsados de Gaza y lo que queda del enclave será arrasado.
«Una segunda Nakba»
El autor recuerda que, apenas firmados los acuerdos de coalición en diciembre de 2022, ya había advertido —junto con Ameer Fakhoury— que ese gobierno podía convertirse en lo que llamaron un «segundo gobierno de la Nakba»: Netanyahu había puesto la cuestión palestina en manos de Smotrich (más allá de la Línea Verde) y Ben Gvir (dentro de ella), dos figuras para quienes la limpieza étnica de los palestinos iba de la mano con el desmantelamiento de los últimos resabios liberales del propio Israel. La reforma judicial lanzada un mes después, sostiene el texto, fue la otra cara de esa misma moneda: negar derechos palestinos de ambos lados de la frontera mientras se desmontaban las instituciones liberales israelíes.
Nadie anticipó el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Pero en retrospectiva, dice el análisis, ese gobierno usó la masacre como ventana de oportunidad para convertir en política lo que ya estaba en su programa. El campo liberal, que con sus protestas masivas había logrado frenar parcialmente la reforma judicial, abandonó en gran medida esa batalla después del 7 de octubre, dejando el terreno libre a Smotrich, Ben Gvir y sus aliados. A las pocas semanas de la masacre, la derecha ya hablaba de estar viviendo una «época maravillosa».
De los márgenes a la corriente principal
Lo que cambió, insiste el artículo, no es solo que la extrema derecha se haya fortalecido: es que el gobierno y el ejército adoptaron una agenda que antes del 7 de octubre estaba asociada casi exclusivamente a sus sectores más extremos, mientras medios y opinión pública la adoptaron sin un debate real. La reacción pública contra una película que cuestionaba ese relato —citada en el texto como ejemplo— mostraría hasta qué punto ideas antes marginales ya son sentido común israelí. Afirmaciones como que «no hay inocentes» en Gaza o que la «migración voluntaria» es la solución al problema de la Franja, dice el análisis, se volvieron habituales.
Y no es solo Gaza: en Cisjordania, Smotrich habilitó cientos de nuevos asentamientos, puestos avanzados y granjas de colonos, mientras colonos respaldados por el ejército desplazaron a decenas de comunidades palestinas, con la Autoridad Palestina más cerca que nunca del colapso. Ben Gvir, por su parte, convirtió las cárceles israelíes —según la caracterización del artículo— en centros de tortura y abuso, y avanza en preparar la pena capital para el primer palestino condenado bajo esa ley. Pese a que dos rondas de guerra contra Irán no lograron los objetivos declarados por Israel, las encuestas muestran apoyo a una tercera; y prácticamente no hay oposición interna a la ocupación del sur del Líbano ni al desplazamiento de cientos de miles de personas allí.
Entonces, ¿por qué la frustración?
«Rara vez la derecha israelí ha ejercido tanto poder con tan pocas restricciones institucionales. Y, sin embargo, medida frente a sus ambiciones maximalistas, no ha logrado cambiar las realidades fundamentales del conflicto.»
+972 MagazineEl artículo detalla la lista de ventajas con las que cuenta hoy la derecha israelí: mayoría parlamentaria absoluta, un ejército obediente, una policía sumisa, un aparato mediático que no cuestiona sus premisas, un presidente estadounidense particularmente afín en la Casa Blanca, y una ola de derecha radical en Europa y América Latina que la acompaña. Pese a todo eso, los palestinos «han demostrado una capacidad extraordinaria para permanecer en su tierra» a pesar de la violencia, y la opinión pública global mostró cierta capacidad de presionar a gobiernos occidentales para imponerle límites a Israel —algo que el propio artículo reconoce como uno de los motores reales de la frustración de la derecha.
Puertas adentro, el patrón de expectativas incumplidas se repite: los partidos ultraortodoxos creyeron haber llegado al momento de blindar por ley la exención del servicio militar y sus presupuestos, y cuatro años después esos fondos se recortan y sus jóvenes temen ser arrestados como evasores. Los arquitectos de la reforma judicial tampoco lograron la transformación que buscaban: la fiscal general Gali Baharav-Miara y el presidente del Tribunal Supremo, Yitzhak Amit, siguen en sus cargos, convertidos —dice el análisis— en el símbolo cotidiano de los límites que la derecha todavía no pudo derribar.
Netanyahu, el Likud y el cálculo electoral
El texto repasa también una lectura más cínica sobre la fragmentación del bloque de derecha: que Netanyahu habría alentado el surgimiento de proyectos como los de Winter, Yoaz Hendel o el ya retirado Gilad Erdan, para evitar que votantes de derecha cansados de él migraran hacia el «Bloque del Cambio» opositor —apostando a que el Likud se achique mientras el bloque de derecha en su conjunto no lo haga. Su disposición a sacrificar a la diputada Tali Gotliv en favor de Ben Gvir, y su respaldo a la fusión de Feiglin con Smotrich —a pesar de haber expulsado antes a Feiglin del partido, y de que este llegó a decir que Netanyahu «debería haber cometido harakiri» tras el 7 de octubre— son coherentes con esa estrategia.
Pero el artículo advierte que esa táctica no alcanza para explicar todo: el Likud cae en algunas encuestas a apenas 20 bancas o menos, lo que sería su peor o segundo peor resultado histórico, niveles no vistos desde antes de la fundación de su partido predecesor en 1965. Debajo de esas maniobras, sostiene, hay una frustración más profunda y genuina.
Según el análisis, ni siquiera el «Bloque del Cambio» opositor cuestiona la premisa de que la fuerza es el único lenguaje válido frente a los palestinos y a la región. La discusión electoral, dice, no es si usar fuerza sino cuánta — lo que deja a Ben Gvir, Winter o Feiglin el terreno libre para presentar cada objetivo no cumplido como prueba de que Israel «fue demasiado blando», nunca como límite de la violencia misma.
El escenario que viene
El artículo cierra sin garantías hacia el futuro: si la derecha vuelve al poder a pesar de lo que describe como el fracaso catastrófico del 7 de octubre, es plausible que responda no revisando sus promesas sino intensificándolas —intentando una expulsión masiva de Gaza y la destrucción de lo que queda de la Franja, acelerando la expulsión en Cisjordania, recortando derechos a los ciudadanos palestinos de Israel y a lo que queda de la izquierda judía radical, y completando la reforma judicial para terminar de vaciar la democracia israelí.
El argumento de fondo es incómodo precisamente porque no depende de un giro extremista puntual: describe a una derecha que ya obtuvo casi todo lo que antes parecía impensable, y que interpreta cada límite que todavía no pudo cruzar —palestinos que siguen en su tierra, presión internacional, un Tribunal Supremo que resiste— no como un freno legítimo, sino como el próximo objetivo a derribar.
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