La Guerra de los Cien Años

La Guerra de los Cien Años — Bastión
Historia Medieval · Europa

La Guerra de los Cien Años

No fue una guerra. Fue el parto violento del mundo moderno: el momento en que Europa dejó de ser feudal y aprendió, a sangre y fuego, qué significa pertenecer a una nación.

Bastión  ·  Setiembre 2026

116 Años de conflicto
1337 Inicio
1453 Final
1/3 De Europa muerta por la peste
Francia, verano de 1346

El campo de Crécy huele a sangre y a tierra mojada. Son las últimas horas de la tarde y el sol de agosto todavía pega fuerte cuando la caballería francesa carga por decimoséptima vez contra las líneas inglesas.

Decimoséptima vez. Los caballeros franceses, los hombres más poderosos de Europa, cubiertos de acero del cuello a los pies, montando caballos que valen fortunas, cargando con el honor de sus apellidos y de su rey, llevan horas muriendo en el barro como moscas.

Del otro lado, arqueros ingleses —campesinos en su mayoría, hombres sin título ni linaje— los reciben con una lluvia de flechas tan densa que oscurece el cielo. El arco largo inglés puede disparar doce flechas por minuto. Cada arquero lleva sesenta. Las matemáticas son despiadadas.

Cuando termina la batalla, el campo de Crécy está cubierto de cadáveres con armadura. Entre los muertos hay once príncipes, ochenta barones y mil doscientos caballeros franceses. La élite militar de Francia, la tecnología de guerra más cara del mundo medieval, aniquilada por campesinos con palos y cuerdas.

En ese atardecer de agosto de 1346 no murió solo un ejército. Murió una forma de entender el mundo. Y de sus cenizas, en los ciento siete años que quedaban de guerra, nacería algo completamente nuevo.

El origen

Una herencia, dos tronos y el pretexto perfecto

Para entender por qué empezó todo hay que entender cómo funcionaba Europa antes de que empezara. En el siglo XIV no existían las naciones tal como las conocemos. Existían señores, vasallos y linajes. Un rey no gobernaba un país: gobernaba tierras, y esas tierras podían estar desperdigadas por media Europa dependiendo de con quién se había casado su bisabuelo.

El rey de Inglaterra, Eduardo III, era también Duque de Normandía y de Aquitania: territorios enormes en el norte y el sur de la actual Francia que llevaban siglos siendo ingleses por herencia. Pero eran feudos franceses, lo que en teoría obligaba al rey inglés a arrodillarse ante el rey francés y prestarle juramento de vasallaje.

Eso era, para cualquier rey que se respetara, una humillación inaceptable.

El pretexto dinástico

Cuando el rey Carlos IV de Francia murió en 1328 sin herederos varones, Eduardo III de Inglaterra argumentó que él era el legítimo heredero al trono francés a través de su madre, hija de Felipe IV. Los nobles franceses respondieron inventando una ley que excluía a las mujeres —y por tanto a sus hijos— de la sucesión. Coronaron a Felipe VI.

Eduardo III tragó saliva, esperó su momento y nueve años después cruzó el Canal con un ejército. El pretexto dinástico era real, pero el conflicto de fondo era otro: ¿quién mandaba en los territorios ingleses dentro de Francia?

Lo que comenzó como una disputa feudal entre dos señores por tierras y jurisdicción se transformó, a lo largo de ciento dieciséis años, en algo que nadie había visto antes: una guerra entre dos pueblos que empezaban a sentirse distintos. Una guerra entre naciones.


El horror dentro del horror

La peste negra: cuando la guerra tuvo que esperar

La guerra llevaba diez años cuando llegó algo mucho peor que la guerra.

En 1347, barcos genoveses llegaron al puerto de Messina, en Sicilia, con marineros que estaban muriendo. Los que no habían muerto todavía tenían el cuerpo cubierto de bubones negros del tamaño de huevos, vomitaban sangre y desprendían un olor insoportable. Las autoridades del puerto ordenaron que los barcos se alejaran de inmediato. Era demasiado tarde.

Europa, 1347–1353

En cinco años, la peste bubónica mató entre un tercio y la mitad de la población europea. Ciudades enteras quedaron vacías. Los cadáveres se apilaban en las calles porque no había suficientes vivos para enterrar a los muertos. Los médicos no sabían qué era ni cómo se contagiaba. Los sacerdotes morían mientras administraban los últimos sacramentos. Los ricos huían al campo. Los pobres no tenían adónde ir.

Francia, el escenario principal de la guerra, fue devastada. Algunas regiones perdieron más de la mitad de su población. Aldeas enteras desaparecieron del mapa. Los campos quedaron sin labrar porque no quedaban campesinos para trabajarlos.

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La guerra tuvo que pausarse. No por voluntad diplomática sino porque los ejércitos también morían de peste. Los dos países firmaron treguas, no porque quisieran la paz, sino porque no tenían suficientes soldados vivos para seguir peleando.

Pero la peste dejó algo más que muerte. Dejó un mundo patas arriba. Con tantos campesinos muertos, los que sobrevivieron de repente tenían poder de negociación: podían pedir mejores condiciones a los señores porque los señores los necesitaban. El orden feudal, que parecía eterno e inmutable, empezaba a crujir desde adentro. La guerra lo terminaría de romper.


El campo de batalla

Crécy, Agincourt y el fin de los caballeros

Si hay un hilo conductor en las grandes batallas de esta guerra es este: los ingleses ganaban cuando los franceses cargaban. Y los franceses cargaban siempre, porque no podían hacer otra cosa. Su honor, su identidad, su razón de existir como clase privilegiada estaba atada a la caballería. Un noble que no cargaba a caballo no era un noble.

El problema era que el mundo había cambiado y ellos no.

Agincourt, 25 de octubre de 1415

El ejército inglés de Enrique V lleva semanas en territorio francés, agotado, hambreado, diezmado por la disentería. Frente a ellos, un ejército francés que los supera en número entre tres y cinco veces según las fuentes. Los franceses están tan seguros de la victoria que ya están discutiendo quién tendrá el honor de capturar al rey inglés.

Enrique V coloca a sus arqueros en los flancos, entre estacas de madera clavadas en el suelo, y espera. Los franceses cargan. El terreno es un campo estrecho y enlodado después de días de lluvia. Los caballos se hunden. Los caballeros con armadura completa, al caer, no pueden levantarse solos. Los arqueros ingleses disparan a razón de diez a doce flechas por minuto.

La masacre dura pocas horas. Francia pierde ese día entre seis mil y diez mil hombres. Inglaterra, unos cuatrocientos. Enrique V entra a París como conquistador. El rey francés firma el Tratado de Troyes reconociéndolo como heredero al trono de Francia.

Pero la historia tiene una ironía perfecta reservada para los ingleses: Enrique V murió de disentería dos años después del tratado, a los treinta y cinco años, sin haber llegado a ser rey de Francia. Su hijo, que heredó el trono con nueve meses de edad, tendría que defender sólo lo que su padre había conquistado.

Y entonces apareció Juana de Arco.


El personaje imposible

Juana de Arco: la campesina que cambió la guerra

1412 – 1431

Juana de Arco

Nació en Domrémy, una aldea en la región de Lorena, hija de un campesino. No sabía leer ni escribir. Nunca había sostenido una espada. A los trece años empezó a escuchar voces que identificaba como el arcángel Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita. Las voces le decían que tenía una misión: expulsar a los ingleses de Francia y llevar al Delfín —el heredero al trono francés— a coronarse en la catedral de Reims.

A los dieciséis años convenció a un capitán local de que la llevara ante el Delfín. A los diecisiete, el Delfín, que no tenía nada que perder, le dio un ejército.

Lo que pasó después desafía cualquier explicación racional. Una adolescente analfabeta de una aldea de nadie, sin entrenamiento militar, tomó el mando de un ejército desmoralizado y en nueve días levantó el sitio de Orleans, la ciudad más importante del centro de Francia que llevaba meses cercada por los ingleses.

Nueve días. Los generales profesionales no habían podido en meses.

«Vine de parte del Rey del Cielo para decirte que serás ungido y coronado en la ciudad de Reims, y serás el lugarteniente del Rey del Cielo, que es el Rey de Francia.»

Juana de Arco al Delfín Carlos, 1429

Llevó al Delfín por territorio enemigo hasta Reims, donde fue coronado Carlos VII. La coronación en Reims no era un trámite burocrático: era el ritual que convertía a un hombre en rey legítimo de Francia. Sin esa coronación, Carlos era solo un pretendiente. Con ella, los ingleses quedaban como invasores.

Un año después, Juana fue capturada por los borgoñones —aliados de Inglaterra— en un combate cerca de Compiègne. Los ingleses la compraron. La juzgaron por herejía. La interrogaron durante meses intentando encontrar una contradicción que les permitiera condenarla. Cuando no la encontraron, fabricaron las pruebas.

Ruán, 30 de mayo de 1431

Juana de Arco tiene diecinueve años cuando la atan a un poste en la plaza del mercado de Ruán y le prenden fuego. Es condenada por herejía, por usar ropa de hombre y por afirmar que sus voces venían de Dios. Los ingleses tienen tanto miedo de que algún simpatizante rescate sus restos que ordenan quemar el cuerpo tres veces y arrojar las cenizas al Sena.

Veinticinco años después, el Papa Calixto III revisó el juicio y declaró que la condena había sido falsa e injusta. Fue canonizada en 1920. Hoy es la santa patrona de Francia.

Los ingleses la mataron. Pero no pudieron matar lo que ella había encendido. El ejército francés, que llevaba décadas sintiéndose inferior, había visto a una campesina de diecinueve años plantar cara al poder más grande de Europa. Algo había cambiado en la moral de Francia que ya no se podía revertir.

En 1453, veintidós años después de la muerte de Juana, los ingleses perdieron la última batalla importante de la guerra en Castillon. Francia recuperó casi todo el territorio. Los ingleses retuvieron solo Calais, que conservarían hasta 1558.

La guerra había terminado. Pero lo más importante no era quién había ganado.


El terror entre batallas

Las Grandes Compañías: el horror sin uniforme

Hay algo que los libros de historia tienden a olvidar cuando hablan de esta guerra: la mayor parte del tiempo no había grandes batallas. Había treguas, negociaciones, meses y años de calma oficial. Y en esos períodos de calma, el verdadero horror se desataba.

Los ejércitos medievales estaban llenos de mercenarios: soldados profesionales que peleaban por dinero, sin lealtad a ningún rey ni a ninguna causa. Cuando la guerra se pausaba y los reyes dejaban de pagar, estos hombres no volvían a sus casas. Se organizaban en bandas y simplemente seguían haciendo lo único que sabían hacer: saquear, quemar, matar.

Las Grandes Compañías — el terror organizado

Las llamaban las Grandes Compañías o las Routiers. En los años de tregua de mediados del siglo XIV llegaron a tener decenas de miles de hombres organizados bajo capitanes que eran, en la práctica, señores de la guerra. Controlaban regiones enteras del centro y sur de Francia, cobraban «protección» a ciudades y aldeas, y masacraban a quienes no pagaban.

El Papa Inocencio VI, instalado en Aviñón, tuvo que pagarles para que no atacaran su ciudad. El rey de Francia también negoció con ellos. Cuando no podían pagarlos, los enviaban a pelear a otro lugar —a España, a Italia— para sacarlos del territorio francés. Eran demasiado peligrosos para enfrentarlos y demasiado numerosos para ignorarlos.

Para el campesino francés del siglo XIV, las Grandes Compañías eran tan devastadoras como cualquier ejército inglés. Y aparecían sin avisar, en tiempos de paz oficial, sin que ningún tratado pudiera detenerlos.

Este terror entre batallas tuvo una consecuencia inesperada: empujó a la población civil a refugiarse detrás de los muros de las ciudades, a depender de sus reyes para protección, a desarrollar una identidad colectiva basada en la amenaza compartida. El miedo, paradójicamente, construyó nación.


Lo que la guerra construyó

El nacimiento del Estado moderno: cómo financiar un siglo de guerra

Guerras tan largas necesitan dinero. Enormes cantidades de dinero. Y ese problema logístico, aparentemente mundano, terminó siendo la revolución más profunda que produjo el conflicto.

Al comienzo de la guerra, ni Inglaterra ni Francia tenían nada parecido a un sistema fiscal permanente. Cuando el rey necesitaba dinero para una campaña, convocaba a sus nobles, negociaba contribuciones, pedía préstamos a banqueros italianos y rezaba para que alcanzara. Era un sistema caótico que funcionaba para guerras cortas y no funcionaba para nada más.

Ciento dieciséis años de guerra obligaron a inventar algo diferente.

1340s

Francia establece los primeros impuestos permanentes para financiar la guerra: la gabela sobre la sal y la taille sobre la tierra. Por primera vez, el Estado cobra impuestos en tiempo de paz para estar preparado para la guerra.

1360s

Se crean instituciones fiscales permanentes con cargos específicos para recaudar, controlar y administrar el dinero de guerra. Nace la burocracia estatal moderna. El rey ya no administra el dinero él solo: hay funcionarios especializados que dependen de él.

1400s

Carlos VII de Francia reforma el ejército: en lugar de nobles que traen sus propios caballeros, crea las primeras unidades militares permanentes pagadas directamente por la corona. El ejército deja de ser feudal para convertirse en estatal.

1450s

La artillería francesa, financiada y organizada por el Estado, demuestra su superioridad en Castillon. Los hermanos Bureau, artilleros al servicio de la corona, no de ningún señor feudal, ganan la última batalla de la guerra. La tecnología estatal vence al honor nobiliario.

Lo que construyeron —impuestos permanentes, burocracia fiscal, ejércitos profesionales pagados por el Estado, instituciones de control del gasto— es exactamente la estructura básica del Estado moderno. No lo diseñó ningún filósofo. Lo inventó la necesidad de pagar ciento dieciséis años de guerra.


La transformación más profunda

De vasallos a franceses: el nacimiento de la identidad nacional

Antes de la guerra, un campesino del Languedoc no se sentía «francés». Se sentía súbdito del Conde de Toulouse, que a su vez era vasallo del rey de Francia, que era señor feudal de otros territorios. La lealtad era personal, concreta, inmediata. Se le debía al señor que te protegía, que te impartía justicia, que vivía en el castillo de la colina.

La guerra cambió eso de manera irreversible.

Cuando los ejércitos ingleses saqueaban aldeas en el sur de Francia, el campesino no pensaba «los vasallos del rey Eduardo me están atacando». Pensaba: «los ingleses». El enemigo tenía una identidad colectiva, y eso obligaba a definir también la propia.

La tesis central

Esta guerra es, en términos históricos, la primera guerra entre naciones. No entre señores feudales disputando territorios, sino entre pueblos que empezaban a desarrollar una identidad colectiva basada en la lengua, la historia compartida y el enemigo común.

Juana de Arco es el símbolo perfecto de este cambio. Ella no combate por el Duque de Orleans ni por el señor de Domrémy. Combate por Francia. Usa esa palabra una y otra vez en sus cartas y declaraciones. «Francia» como entidad abstracta, como cosa por la que vale la pena morir. Eso era una novedad radical en el siglo XV.

Los historiadores llaman a este proceso el surgimiento de la conciencia nacional. No fue un proceso tranquilo ni planificado. Fue el resultado directo de más de un siglo de guerra, peste, terror y sufrimiento compartido. Las naciones no se construyen en las aulas. Se forjan en el fuego.

Inglaterra vivió el mismo proceso desde el otro lado. Los ingleses que cruzaban el Canal a pelear no se identificaban ya solo con su señor o con su condado. Se identificaban con Inglaterra, con su rey, con una causa que era de todos. El Parlamento inglés, que tuvo que aprobar los impuestos de guerra, se convirtió en el espacio donde esa identidad colectiva se expresaba políticamente.

Cuando terminó la guerra en 1453, Europa era un lugar diferente al que había sido en 1337. No en el mapa —las fronteras no cambiaron dramáticamente—. Sino en la cabeza de sus habitantes.


El mundo que se fue

El fin de la caballería: cuando el honor dejó de ser útil

Hay algo profundamente trágico en la historia de la caballería francesa durante esta guerra. Los caballeros no eran cobardes. No eran estúpidos. Eran hombres formados desde la infancia en un código que decía que el valor, el honor y la carga frontal eran la manera correcta de combatir. El problema es que ese código había sido diseñado para un mundo que ya no existía.

El arco largo inglés podía perforar una armadura a cien metros. La pólvora, que empezó a usarse de manera sistemática en la segunda mitad del conflicto, podía derribar murallas que habían resistido siglos de asedios. El terreno importaba más que el honor. La organización importaba más que el linaje.

En Crécy murieron once príncipes y mil doscientos caballeros. En Agincourt, la flor de la nobleza francesa cayó en el barro. En Castillon, la artillería francesa ganó la última batalla de la guerra sin que la caballería jugara ningún papel decisivo.

El mundo feudal había descansado durante siglos sobre una premisa simple: el caballero con armadura era el arma definitiva del campo de batalla, y por eso merecía sus privilegios, sus tierras y su posición sobre los demás. Si el caballero ya no ganaba las batallas, ¿qué justificaba su existencia como clase?

No desapareció de golpe. Las aristocracias no desaparecen nunca de golpe. Pero la guerra erosionó su fundamento de una manera que ningún debate filosófico habría logrado. La pólvora y el arco largo hicieron más por la igualdad social que cualquier teoría política de la época.

Ciento dieciséis años. Cuatro generaciones de hombres y mujeres que nacieron, vivieron y murieron en guerra o bajo la amenaza de la guerra. Que sobrevivieron la peste, las Grandes Compañías, los asedios y el hambre.

No eligieron ser el crisol en el que se forjaría el mundo moderno. Simplemente vivieron, resistieron y murieron. Y de ese sufrimiento salieron el Estado, la nación, el ejército profesional, la burocracia fiscal, el fin del feudalismo y el comienzo de algo que todavía hoy no tiene otro nombre que modernidad.

Juana de Arco tenía diecinueve años cuando la quemaron. Carlos VII recuperó Francia. Los hermanos Bureau ganaron la última batalla con artillería. Y nadie, en 1453, sabía que habían construido el mundo en el que viviríamos seiscientos años después.

Nunca lo saben los que lo construyen.


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