La Guerra del Cerdo: casi un conflicto por un chancho

Islas San Juan — 1859

La Guerra del Cerdo: casi un conflicto por un chancho

Un disparo, una factura de 100 dólares, y meses de buques de guerra apuntándose entre sí frente a una isla del Pacífico. La única «guerra» de la historia que terminó, doce años después, gracias al alcohol compartido y al arbitraje de un káiser alemán.

En esta nota
  1. Un tratado con un error de lectura
  2. Una isla, dos reclamos
  3. El cerdo, las papas y los 100 dólares
  4. De una granja a un despliegue militar
  5. «Será un nuevo Bunker Hill»
  6. La orden que nunca se dio
  7. «Una tontería»: el almirante que se negó a disparar
  8. Washington y Londres, sorprendidos
  9. Doce años de ocupación conjunta, y mucho alcohol
  10. El árbitro inesperado: el káiser de Alemania
  11. El único saldo de toda la guerra

Un tratado con un error de lectura

El Tratado de Oregón, firmado el 15 de junio de 1846, resolvió la disputa fronteriza entre Estados Unidos y el Reino Unido dividiendo el territorio de Oregón y la Columbia Británica a lo largo del paralelo 49, «hasta el centro del canal que separa el continente de la isla de Vancouver, y de allí hacia el sur a través del centro de dicho canal». El problema era que, en esa zona, había dos canales distintos que podían reclamar ser «el centro»: el estrecho de Haro, al oeste, y el estrecho de Rosario, al este. Los mapas disponibles en la época —los de George Vancouver, de 1798, y los de Charles Wilkes, de 1845— tampoco ayudaban a despejar la duda.

Una isla, dos reclamos

En 1856, ambos países formaron una Comisión de Fronteras para resolver el límite exacto, pero tras varias reuniones entre 1857 y fines de ese año, la comisión se disolvió sin acuerdo. La ambigüedad quedó intacta, y tanto Estados Unidos como el Reino Unido reclamaron soberanía sobre las islas San Juan, ubicadas justo en el medio de esa zona en disputa.

Durante ese período de soberanía indefinida, la Compañía de la Bahía de Hudson —británica— ya operaba en la isla San Juan, donde había instalado un rancho de ovejas. Para 1859, entre 25 y 29 colonos estadounidenses también se habían establecido allí. La isla no era valiosa por su tamaño, sino por su posición estratégica: quien la controlara dominaría los estrechos que conectaban toda la región con el océano Pacífico.

El cerdo, las papas y los 100 dólares

15 de junio de 1859, exactamente trece años después del tratado

Lyman Cutlar, un granjero estadounidense instalado en la isla, encontró —no por primera vez— un gran cerdo negro hozando en su huerta. El animal pertenecía a Charles Griffin, un granjero irlandés contratado por la Compañía de la Bahía de Hudson, que dejaba a sus cerdos vagar libremente por la zona. Cutlar, furioso, le disparó al cerdo y lo mató.

Ofreció 10 dólares a Griffin como compensación. Griffin exigió 100. Cutlar se negó, argumentando que el animal había invadido su propiedad. Según una versión, posiblemente apócrifa, del cruce de palabras, Cutlar le dijo que el cerdo «se estaba comiendo sus papas», y Griffin respondió que era cosa de Cutlar mantener sus papas lejos del cerdo, no de él mantener al cerdo lejos de las papas.

De una granja a un despliegue militar

Cuando las autoridades británicas amenazaron con arrestar a Cutlar, los colonos estadounidenses de la isla pidieron protección militar. El general William S. Harney, al mando del Departamento de Oregón, envió 66 soldados estadounidenses al mando del capitán George Pickett —el mismo que años después se haría célebre por la fallida «Carga de Pickett» en la batalla de Gettysburg—, con la orden de impedir cualquier desembarco británico en la isla.

461Soldados estadounidenses y 14 cañones
2.140Hombres británicos en 5 buques con 70 cañones
0Disparos intercambiados en todo el conflicto

Los británicos, preocupados de que una creciente ocupación estadounidense terminara asentándose de forma permanente, respondieron enviando tres buques de guerra al mando del capitán Geoffrey Hornby. La escalada no se detuvo: para el 10 de agosto de 1859, 461 soldados estadounidenses con 14 cañones, al mando del coronel Silas Casey, se enfrentaban a cinco buques de guerra británicos con 70 cañones y 2.140 hombres a bordo.

«Será un nuevo Bunker Hill»

«Será un nuevo Bunker Hill.» Capitán George Pickett, desafiando públicamente a las fuerzas británicas

La frase de Pickett —comparando el enfrentamiento con la célebre batalla de la Revolución estadounidense— puso al incidente en el centro de la atención nacional de ambos países.

La orden que nunca se dio

El gobernador de la colonia de la isla de Vancouver, James Douglas, ordenó al contralmirante británico Robert L. Baynes que su infantería de marina desembarcara y combatiera a las fuerzas de Harney, que ocupaban la isla desde el 27 de julio.

«Una tontería»: el almirante que se negó a disparar

El hombre que evitó la guerra

Baynes se negó rotundamente a cumplir la orden, declarando que «una guerra entre dos grandes naciones por una disputa sobre un cerdo» era una tontería. Los comandantes locales de ambos bandos habían recibido, en los hechos, la misma instrucción tácita: defenderse si eran atacados, pero bajo ningún concepto disparar primero. Durante varios días, soldados británicos y estadounidenses se cruzaron insultos tratando de provocar al otro bando para que rompiera el fuego primero. La disciplina se mantuvo de ambos lados. No se disparó un solo tiro.

Washington y Londres, sorprendidos

Cuando la noticia de la crisis finalmente llegó a las capitales de ambos países, los funcionarios de Washington y de Londres se sorprendieron, y actuaron rápido para desactivar lo que podía convertirse en un incidente internacional de proporciones mucho mayores. En septiembre, el presidente estadounidense James Buchanan envió al general Winfield Scott —quien ya había calmado dos crisis fronterizas previas entre ambos países en la década de 1830— a negociar directamente con el gobernador Douglas.

Doce años de ocupación conjunta, y mucho alcohol

Más riesgo en una fiesta que en combate

El resultado de la negociación fue mantener una ocupación militar conjunta de la isla, reducida a una fuerza simbólica de no más de 100 hombres por cada bando, hasta que se alcanzara una solución definitiva. Durante esos años, las pequeñas guarniciones británica y estadounidense desarrollaron una vida social sorprendentemente amistosa: se visitaban entre campamentos para celebrar sus respectivas fiestas nacionales y organizaban competencias deportivas. Según cuentan hoy los guardaparques del lugar a los visitantes, la mayor amenaza real para la paz durante esos doce años fue, lisa y llanamente, «la gran cantidad de alcohol disponible».

El árbitro inesperado: el káiser de Alemania

La disputa recién se resolvió en 1871, cuando el Reino Unido y Estados Unidos firmaron el Tratado de Washington, que entre otras cosas definió llevar el conflicto de las islas San Juan a un arbitraje internacional. El árbitro elegido fue, sorprendentemente, el káiser Guillermo I de Alemania, quien delegó el caso en una comisión de tres personas que deliberó en Ginebra durante casi un año. El 21 de octubre de 1872, la comisión falló a favor de Estados Unidos, eligiendo el límite marítimo por el estrecho de Haro —la opción que siempre había preferido Washington— en lugar del estrecho de Rosario, que favorecía a los británicos.

Las tropas británicas se retiraron del «Campamento Británico» el 25 de noviembre de 1872; las estadounidenses recién lo hicieron en julio de 1874.

El único saldo de toda la guerra

Un cerdo muerto, y ninguna persona

En los más de tres años que duró la tensión activa, y en los doce años de ocupación conjunta que le siguieron, la Guerra del Cerdo nunca tuvo una sola víctima humana. La única baja de todo el conflicto fue el propio cerdo que lo originó. Hoy, la bandera del Reino Unido todavía se iza y se arría a diario en el antiguo Campamento Británico, dentro del Parque Histórico Nacional de la Isla San Juan, en lo que es uno de los pocos lugares sin estatus diplomático donde empleados del gobierno estadounidense izan regularmente la bandera de otro país.


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