La Robada:
qué es ser semita
Antisemitismo es una de las palabras más usadas del debate público contemporáneo. También una de las más mal usadas. Y esa confusión no es inocente.
Hay palabras que empiezan siendo descripciones y terminan siendo armas. El recorrido suele ser lento, silencioso, y cuando alguien se da cuenta del cambio ya es demasiado tarde para recuperar el significado original. «Antisemitismo» es quizás el ejemplo más dramático de esa transformación en el lenguaje político moderno: una palabra que nació para nombrar un odio específico, adoptada para identificar uno de los crímenes más horrorosos de la historia humana, y que hoy se usa —a veces con buena fe, a veces con precisión calculada— de una manera que borra a una parte entera del pueblo que le da nombre.
Los palestinos son pueblo semita. No como metáfora, no como argumento retórico de un bando u otro. Como hecho histórico, lingüístico y antropológico que antecede en siglos a cualquier conflicto contemporáneo. Y sin embargo, en el debate público actual, esa realidad aparece con una frecuencia que roza el cero.
Entender por qué requiere ir a la raíz: a la palabra misma, a su origen, a su historia y al mecanismo por el cual fue vaciada de parte de su contenido hasta convertirse en algo diferente de lo que fue.
La palabra antes de convertirse en arma
Perteneciente o relativo a un conjunto de pueblos que, desde la Antigüedad, habitaron el Oriente Próximo y comparten un tronco lingüístico y cultural común. Incluye a hebreos, árabes, arameos, fenicios, asirios, etíopes y sus descendientes.
La palabra «semita» deriva de Sem —Shem en hebreo—, uno de los tres hijos de Noé según el Génesis. En la tradición bíblica, los pueblos que descendían de Sem poblaron el Oriente Próximo y el norte de África. El término fue adoptado por la lingüística europea del siglo XVIII para describir una familia de lenguas emparentadas: el hebreo, el árabe, el arameo, el fenicio, el acadio, el amhárico etíope.
Lo crucial es lo que esa categoría abarca. No es una categoría religiosa — los semitas incluyen judíos, musulmanes, cristianos y practicantes de religiones anteriores a todas ellas. No es una categoría nacional — existía como concepto mucho antes de que existieran los estados modernos. Es una categoría etnolingüística que agrupa a una franja enorme y diversa de la humanidad, que incluye —sin ninguna ambigüedad posible— a los pueblos árabes y, por tanto, a los palestinos.
El semitismo no es una identidad exclusiva. Es una familia. Y como en toda familia, excluir a algunos miembros requiere un esfuerzo activo, no la simple aplicación de la historia.
Los pueblos que la palabra siempre incluyó
Para hacer visible lo que el debate público invisibiliza, hace falta nombrar. Estos son algunos de los pueblos que la categoría «semita» históricamente comprende:
El árabe y el hebreo son lenguas primas hermanas — más cercanas entre sí que el español y el portugués en muchos aspectos. Comparten raíces, estructuras gramaticales, fonemas y vocabulario. Quien habla árabe y quien habla hebreo comparten un tronco lingüístico que los une mucho más profundamente de lo que el conflicto político actual podría sugerir.
Cómo nació el término «antisemitismo» y para qué
El término «antisemitismo» no es antiguo. Tiene fecha de nacimiento conocida, autor identificado y contexto político preciso. No emergió de la tradición académica que estudiaba las lenguas semíticas. Fue acuñado como herramienta política en la Europa del siglo XIX.
Europa vive una época de nacionalismos en auge. Las minorías judías, históricamente segregadas, comienzan a integrarse en la vida pública europea tras procesos de emancipación. Esta integración genera reacciones hostiles en sectores conservadores y ultranacionalistas.
El periodista alemán Wilhelm Marr acuña el término «Antisemitismus» y funda la Liga Antisemita de Alemania. Su propósito era explícito: crear una etiqueta «científica» para el odio a los judíos, diferenciándola del antijudaísmo religioso medieval. El término era pseudocientífico desde su origen — usaba el lenguaje de la lingüística para legitimar el racismo.
El término se extiende por Europa y se convierte en bandera de movimientos de extrema derecha. Nunca incluyó en su práctica ni en su intención al conjunto de los pueblos semitas — era y fue siempre una forma codificada de referirse al odio hacia los judíos específicamente, apropiando el vocabulario lingüístico para darle apariencia de categoría objetiva.
El nazismo convierte el antisemitismo en política de Estado y perpetra el asesinato sistemático de seis millones de judíos europeos. El término queda indeleblemente asociado a uno de los crímenes más atroces de la historia humana.
Con la creación del Estado de Israel y el inicio del conflicto palestino-israelí, el término empieza a adquirir una función adicional: la de escudo semántico frente a cualquier crítica a las políticas del Estado israelí. Una función que no estaba en su origen.
El término «antisemitismo» nació siendo lingüísticamente impreciso a propósito: tomó una categoría académica amplia (semitas) y la usó para referirse a algo mucho más específico (el odio a los judíos). Wilhelm Marr no estaba interesado en los árabes, los etíopes o los arameos — estaba construyendo un marco ideológico de persecución. Que esa imprecisión fundacional persista hasta hoy no es un accidente: es parte de la historia de cómo el lenguaje puede ser moldeado por el poder.
El escudo semántico: cómo se cierra un debate con una palabra
Nombrar algo correctamente importa. En política, importa todavía más, porque los nombres determinan qué debates son posibles y cuáles quedan clausurados antes de empezar.
El uso del término «antisemitismo» como respuesta a cualquier crítica a las políticas del gobierno israelí opera sobre un mecanismo preciso: colapsa la distinción entre dos cosas diferentes. Por un lado, el odio racial o étnico hacia los judíos como pueblo — que es real, que tiene historia, que produjo el Holocausto y que sigue existiendo. Por otro, la crítica política a las acciones de un gobierno específico — que es el ejercicio normal del debate democrático, aplicable a cualquier Estado.
Cuando criticar una política de Estado se equipara automáticamente a odio racial, el lenguaje ha dejado de describir la realidad para empezar a gestionarla.
El efecto es poderoso: quien critica la expansión de asentamientos, el bloqueo de Gaza o la respuesta militar en zonas civiles queda automáticamente ubicado en la misma categoría que quien cree en conspiraciones sobre judíos o niega el Holocausto. No hace falta refutar el argumento — basta con etiquetar al que lo hace.
Esto no significa que el antisemitismo genuino no exista — existe y es serio. Significa que cuando el término se aplica de manera tan amplia que incluye cualquier posición crítica hacia un gobierno, pierde precisión. Y un término que pierde precisión también pierde utilidad: si todo es antisemitismo, nada es antisemitismo.
Si los palestinos son semitas, ¿qué significa acusarlos de antisemitismo?
Aquí llegamos al núcleo de la contradicción. Si la categoría «semita» incluye históricamente a los pueblos árabes —y los incluye, sin discusión académica posible— entonces acusar a un palestino de antisemitismo tiene una dificultad lógica de base: estaría siendo acusado de odio hacia un grupo del cual él mismo forma parte.
No se trata de un juego de palabras. Es una consecuencia directa de lo que el término significa y de lo que la historia de los pueblos de la región es. Un palestino que protesta contra el bombardeo de su barrio no está expresando odio racial hacia un grupo étnico — está respondiendo a una situación política y militar concreta. Colocar esa respuesta bajo la etiqueta de antisemitismo requiere ignorar tanto la realidad del término como la realidad de la persona.
Si el antisemitismo es el odio hacia los semitas, y los palestinos son semitas, entonces las políticas que borran a los palestinos —física, cultural o históricamente— contienen, en el sentido estricto del término, un componente que el propio lenguaje debería llamar antisemita. La paradoja no es un truco retórico. Es lo que ocurre cuando una palabra se usa de manera selectiva durante suficiente tiempo.
Esto no implica equiparar situaciones históricas ni negar el peso único del Holocausto. Implica algo más modesto y más urgente: que las palabras deben aplicarse con consistencia o dejan de tener sentido. Que un pueblo no puede ser semita cuando conviene y dejar de serlo cuando estorba.
Las palabras no son neutras: nombrar bien es un acto político
Se podría argumentar que todo esto es un debate semántico, que lo que importa son los hechos sobre el terreno y no las disputas sobre definiciones. Ese argumento subestima algo fundamental: los hechos sobre el terreno se construyen, se justifican y se perpetúan a través del lenguaje. Las políticas necesitan nombres. Los nombres configuran qué es aceptable y qué no, qué puede discutirse y qué queda fuera del debate.
Cuando una embajada, un gobierno o una institución con acceso a poder y plataforma usa el término «antisemitismo» para responder a críticas políticas, no está cometiendo un error de vocabulario inocente. Está desplegando un mecanismo con efectos concretos: silencia voces, descalifica argumentos antes de que puedan formularse y coloca en el mismo espacio moral el análisis político riguroso y el odio racial genuino.
Excluir a los palestinos de la categoría semita no es solo un error lingüístico. Es borrar su pertenencia a la historia antigua de la región, desconectarlos de la tierra en términos culturales y simbólicos, y hacer más difícil nombrar correctamente lo que ocurre cuando una población es desplazada, sitiada o eliminada. Las palabras que faltan en un debate son tan importantes como las que están.
Para cerrar
«Antisemitismo» es una palabra que el mundo necesita. Nombra un odio real con historia larga y consecuencias devastadoras. Preservar su precisión no es un ataque a quienes lo sufrieron — es exactamente lo contrario: es resistirse a que esa palabra pierda su poder de nombrar algo específico y grave.
Esa precisión exige reconocer lo que el término dice y lo que no dice. Dice que hay un odio hacia los pueblos semitas que tiene historia, que produjo genocidio, que persiste. No dice que toda crítica a toda política de todo gobierno sea la misma cosa.
Los palestinos son semitas. Eso no es un argumento de ningún bando. Es simplemente lo que son, lo que han sido, y lo que ningún uso político del lenguaje puede cambiar. Y cuando esa realidad desaparece del debate público, algo más desaparece con ella: la posibilidad de hablar con honestidad sobre uno de los conflictos más urgentes de nuestro tiempo.
Las palabras importan. Las que se usan. Las que se tuercen. Y las que se callan.
Marco histórico y académico: La etimología del término «semita» y su uso en lingüística comparada está ampliamente documentada desde el siglo XVIII. La acuñación de «antisemitismo» por Wilhelm Marr en 1879 está registrada en fuentes históricas primarias y reconocida por historiadores especializados como Léon Poliakov y Robert Wistrich.
La distinción entre antisemitismo como odio racial y crítica política a gobiernos ha sido abordada por numerosos académicos, incluyendo voces dentro de las propias comunidades judías: Judith Butler, Noam Chomsky, y los firmantes de la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo (2021).
Este artículo no toma posición sobre las soluciones al conflicto palestino-israelí ni sobre los derechos de ninguna de las partes. Su objetivo es exclusivamente lingüístico e histórico.
