Ética militar — De Egipto a la robótica moderna
La teoría de la guerra justa: 4.000 años de historia
Desde los faraones que decían recibir órdenes divinas hasta Lenin justificando solo tres tipos de guerra: la historia completa de la doctrina que todavía hoy define qué hace que una guerra sea, o no, moralmente aceptable.
- Qué es la teoría de la guerra justa
- Entre el pacifismo y el nacionalismo
- Egipto: la guerra como mandato divino del faraón
- China: la victoria como prueba de justicia
- India: la primera discusión escrita sobre proporcionalidad
- Grecia y Roma: Aristóteles y el ius gentium
- La yihad: entre el esfuerzo interior y la guerra
- Lenin y Rothbard: dos visiones ideológicas opuestas
- Los tres criterios que rigen la doctrina hoy
La teoría de la guerra justa (bellum iustum) es una doctrina de ética militar estudiada por líderes militares, teólogos, especialistas en ética y formuladores de políticas desde hace milenios. Su propósito es asegurar que una guerra sea moralmente justificable a través de una serie de criterios —todos los cuales deben cumplirse para que una guerra se considere justa—. La doctrina no niega que la guerra sea terrible: sostiene que, con la conducta correcta, puede serlo menos, y que ciertas atrocidades prevenibles o responsabilidades importantes pueden llegar a justificarla.
Qué es la teoría de la guerra justa
Los criterios se dividen en dos grandes grupos. El jus ad bellum («derecho a ir a la guerra») se ocupa de la moralidad de decidir entrar en un conflicto. El jus in bello («conducta correcta en la guerra») regula el comportamiento moral una vez que el conflicto ya comenzó. En las últimas décadas, varios teóricos —entre ellos Gary Bass, Louis Iasiello y Brian Orend— propusieron sumar una tercera categoría: el jus post bellum, que rige la justicia de los tratados de paz, la reconstrucción, los juicios por crímenes de guerra y las reparaciones posteriores al conflicto.
Entre el pacifismo y el nacionalismo
Quienes rechazan la teoría de la guerra justa suelen inclinarse hacia uno de dos extremos: un pacifismo estricto, que sostiene que nunca existió ni puede existir una base justificable para la guerra, o un nacionalismo permisivo, que considera que basta con que una guerra sirva los intereses de una nación para volverse justificable. En medio de esos extremos, la tradición de la guerra justa intenta trazar una frontera: distinguir usos justificables e injustificables de la fuerza armada organizada, y orientar su ejercicio hacia el objetivo de una paz y una justicia duraderas.
Egipto: la guerra como mandato divino del faraón
Un estudio de 2017 rastreó el origen más antiguo documentado de esta tradición hasta el Antiguo Egipto. La ética egipcia de la guerra giraba en torno a tres ideas centrales: el papel cosmológico de Egipto, el faraón como oficio divino ejecutor de la voluntad de los dioses, y la superioridad del propio Estado egipcio sobre todos los demás pueblos.
Los faraones sostenían que su filiación con el dios Amón-Re les otorgaba la capacidad absoluta de declarar la guerra en su nombre, y solían visitar templos antes de cada campaña para recibir, según creían, las órdenes divinas de combate.
Una estela erigida por Thutmosis III en el Templo de Amón en Karnak ofrece, según los historiadores, «una declaración inequívoca del mandato divino del faraón de hacer la guerra a sus enemigos». El principio de Maat —orden y justicia— era central para esta noción egipcia de guerra justa, y funcionaba, en la práctica, como una licencia casi sin límites para que el Estado tomara lo que necesitara en nombre de sus propias ambiciones.
China: la victoria como prueba de justicia
La filosofía china, especialmente durante la dinastía Zhou y la era de los Reinos Combatientes, produjo un cuerpo extenso de pensamiento sobre la guerra. Se la justificaba solo como último recurso, y solo si la ordenaba el soberano legítimo —pero no estaba permitido cuestionar su decisión sobre la necesidad de la acción militar—. El criterio de validación era, en última instancia, circular: el éxito de una campaña militar se consideraba prueba suficiente de que había sido justa.
Japón no desarrolló una doctrina propia, pero entre los siglos V y VII se apoyó fuertemente en la filosofía china y el pensamiento confuciano. En su campaña para tomar la isla nororiental de Honshu, el ejército japonés describió su acción militar como un esfuerzo por «pacificar» al pueblo Emishi, al que comparaba con «bandidos» y «cachorros de lobo de corazón salvaje» —acusándolo de invadir las tierras fronterizas japonesas—.
India: la primera discusión escrita sobre proporcionalidad
La epopeya hindú Mahabharata ofrece las primeras discusiones escritas conocidas sobre una «guerra justa» (dharma-yuddha). En ella, uno de los cinco hermanos Pandava pregunta si el sufrimiento causado por la guerra puede alguna vez justificarse, dando lugar a una extensa discusión que establece criterios sorprendentemente modernos:
Los criterios del Mahabharata:
— Proporcionalidad: los carros de combate no pueden atacar a la caballería, solo a otros carros.
— Protección de vulnerables: no atacar a personas ya en peligro.
— Medios lícitos: prohibición de envenenar armas o usar flechas con púas.
— Causa justa: no atacar por rabia o venganza personal.
— Trato a cautivos: trato justo a prisioneros y heridos.
En el sijismo, el concepto de dharamyudh describe una guerra justificada por razones religiosas, especialmente en defensa de las propias creencias —un principio que ganó fuerza tras la ejecución del Gurú Arjan por el emperador mogol Jahangir, en 1606—: la fuerza militar se vuelve legítima únicamente cuando se agotaron antes todos los medios pacíficos posibles.
Grecia y Roma: Aristóteles y el ius gentium
En Europa, la noción de guerra justa nace en la Antigua Grecia y se desarrolla después en el Imperio Romano. Fue Aristóteles quien introdujo por primera vez el concepto en el mundo helénico, describiendo la guerra como un último recurso que debía servir para restaurar la paz.
En la Antigua Roma, una «causa justa» podía incluir repeler una invasión o tomar represalias por un saqueo o la violación de un tratado. La guerra siempre corría el riesgo de ser nefas («mala, prohibida»), con el consiguiente peligro de contaminación religiosa y desagrado divino —por eso una «guerra justa» (bellum iustum) exigía una declaración ritualizada por parte de los sacerdotes feciales—. Las convenciones de guerra y los tratados formaban parte, en términos más amplios, del ius gentium: el «derecho de las naciones», entendido como un conjunto de obligaciones morales innatas y universales entre los seres humanos.
La yihad: entre el esfuerzo interior y la guerra
«Yihad» significa literalmente «esforzarse» o «luchar», especialmente con un fin loable. En un contexto islámico, puede referirse a casi cualquier esfuerzo por ajustar la vida personal y social a la guía divina —desde combatir las propias malas inclinaciones hasta el proselitismo—, aunque se la asocia más frecuentemente con la guerra. En la sharia clásica, el término remite a la lucha armada contra los no creyentes; los eruditos islámicos modernistas, en cambio, suelen equipararla con la guerra defensiva.
La tradición distingue entre la yihad interna («mayor»), una lucha contra los propios impulsos, y la yihad externa («menor»), que a su vez se subdivide en la yihad de la pluma o la lengua (debate, persuasión) y la yihad de la espada. La mayoría de los escritores occidentales sostiene que la yihad externa tiene primacía en la tradición islámica, mientras que buena parte de la opinión musulmana contemporánea favorece el punto de vista opuesto.
Alemania, 1914: cuando dos bandos usan la misma doctrina para justificarse mutuamente
Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, un grupo de teólogos en Alemania publicó un manifiesto que buscaba justificar las acciones del gobierno alemán. A pedido del gobierno británico, Randall Davidson, arzobispo de Canterbury, tomó la iniciativa de colaborar con un gran número de otros líderes religiosos —incluidos algunos con los que había discrepado en el pasado— para escribir una refutación de los alemanes. Tanto los teólogos alemanes como los británicos se basaron en la misma teoría de la guerra justa, y cada grupo trató de demostrar que se aplicaba a la guerra librada por su propio bando.
El caso de manual, una generación después: Gleiwitz, 1939
Dos décadas más tarde, el régimen nazi llevó ese mismo mecanismo a su forma más cínica y mejor documentada. Pese a que la teoría exige una «causa justa» y una «autoridad legítima» para declarar la guerra, Hitler construyó sistemáticamente narrativas de autodefensa y agravio previo para presentar cada invasión como una respuesta forzada, nunca como una agresión. El ejemplo más extremo fue el incidente de Gleiwitz: la propia Alemania nazi organizó un ataque de bandera falsa contra su propia estación de radio fronteriza, con soldados de las SS disfrazados de polacos y prisioneros de campos de concentración asesinados y dejados en la escena como «prueba» de la agresión. Hitler citó ese y otros 20 incidentes fronterizos fabricados en su discurso de declaración de guerra, presentando la invasión de Polonia como una «guerra defensiva». Él mismo había anticipado a sus generales, días antes: «Proporcionaré un motivo de guerra propagandístico. La credibilidad no tiene importancia. Al vencedor no se le cuestiona la verdad».
El régimen recurrió al mismo mecanismo de forma recurrente: la doctrina del Lebensraum («espacio vital») se presentó como una necesidad existencial del pueblo alemán, no como expansión territorial; y la propaganda insistió durante meses, antes de cada invasión, en supuestas persecuciones sufridas por minorías étnicas alemanas en los territorios que luego serían atacados.
Lo que ninguna justificación religiosa puede saltear: el derecho internacional
Por más consistente que resulte, puertas adentro, un argumento de mandato bíblico o «tierra prometida», ese argumento no tiene ningún valor ante el marco jurídico internacional que efectivamente rige las fronteras entre los Estados. La Corte Internacional de Justicia ya estableció, hace más de dos años, que la ocupación de territorio palestino es ilegal y debe terminar «lo antes posible». La propia ACNUDH documentó que operaciones militares recientes en campos de refugiados de Cisjordania podrían constituir el crimen de lesa humanidad de traslado forzoso, y Amnistía Internacional calificó el patrón completo de expansión de asentamientos como «limpieza étnica». Ninguna doctrina religiosa interna —por sincera que sea para quien la sostiene— puede sustituir al derecho internacional en materia de fronteras y soberanía: es exactamente la misma tensión que ya describía el manifiesto de 1914, solo que hoy existe un cuerpo de derecho internacional codificado —inexistente en su forma actual hace un siglo— que permite juzgar objetivamente cuál de los dos marcos, el religioso o el jurídico, debería prevalecer.
Lenin y Rothbard: dos visiones ideológicas opuestas
Ya en el siglo XX, la doctrina se cruzó con la ideología política de formas muy distintas entre sí. El líder soviético Vladimir Lenin definió apenas tres tipos de guerra justa, y fue durísimo con cualquier apelación nacionalista a la «defensa de la patria» que no encajara en su propio marco de clase.
En las antípodas ideológicas, el erudito anarcocapitalista Murray Rothbard (1926-1995) propuso un criterio mucho más minimalista, centrado en la dominación coercitiva antes que en la clase social.
El historiador Jonathan Riley-Smith agrega una advertencia importante sobre cómo cambió esta tradición dentro del propio cristianismo desde la época de las Cruzadas.
Los tres criterios que rigen la doctrina hoy
La tradición contemporánea aborda la moralidad del uso de la fuerza combinando un aborrecimiento moral hacia la guerra con la disposición a aceptar que, a veces, puede ser necesaria. Busca «distinguir entre usos justificables e injustificables de las fuerzas armadas organizadas», intentando «concebir cómo se puede restringir el uso de las armas, hacerlo más humano y, en última instancia, orientarlo hacia el objetivo de establecer una paz y una justicia duraderas».
Jus ad bellum: solo autoridades legítimas
Solo las autoridades públicas debidamente constituidas pueden librar una guerra justa. Una guerra justa debe ser iniciada por una autoridad política dentro de un sistema que permita distinciones reales de justicia —las dictaduras (como el régimen de Hitler) o las acciones militares engañosas (como el bombardeo estadounidense de Camboya en 1968) suelen considerarse violaciones de este criterio, precisamente porque no puede haber un juicio genuino sobre la justicia de una guerra dentro de un sistema que reprime el propio proceso de justicia.
Jus in bello: la conducta durante el combate
Una vez que la guerra ya comenzó, este segundo criterio regula cómo deben comportarse los combatientes: qué medios son lícitos, a quién se puede atacar, y cómo se debe tratar a quienes ya no representan una amenaza —cautivos, heridos, civiles—.
Jus post bellum: la justicia después del conflicto
La categoría más reciente de la doctrina rige los tratados de paz, la reconstrucción, la remediación ambiental y los juicios por crímenes de guerra. Se incorporó para atender el hecho de que ciertas acciones hostiles ocurren fuera del campo de batalla tradicional, y hoy se usa —a través de la etiqueta estatal y la opinión pública— para justificar la persecución de terroristas señalados en nombre de la seguridad nacional. Su lógica de fondo es clara: la culpa real recae sobre el agresor, y al serlo, pierde su derecho a un trato honorable por sus propias acciones.
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un café