13 de marzo de 1943 — Frente Oriental
Operación Chispa: la bomba que casi mata a Hitler
Iba disfrazada de dos botellas de licor. Un detonador defectuoso, arruinado por el frío de la bodega de carga, fue todo lo que separó a los conspiradores alemanes de terminar la guerra dos años antes.
El 13 de marzo de 1943, un oficial del ejército alemán activó en secreto una bomba disfrazada de un paquete de dos botellas de licor Cointreau, se la entregó a un miembro desprevenido del propio Estado Mayor de Adolf Hitler, y la vio cargarse en el avión del Führer en Smolensk, en pleno Frente Oriental. El explosivo debía detonar media hora después, con el avión sobre Minsk. Hitler aterrizó sano y salvo, dos horas más tarde, en su cuartel general de Rastenburg. Un detonador defectuoso fue todo lo que separó a un grupo de oficiales alemanes de cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial.
El hombre que decidió actuar
El plan, con nombre en clave Operación Chispa (Funke, también traducida como «Operación Flash»), fue liderado por el general de división Henning von Tresckow, alto oficial del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro. Tresckow se había vuelto contra el régimen tras presenciar las ejecuciones masivas de civiles judíos y prisioneros soviéticos que los Einsatzgruppen de las SS llevaban adelante detrás de las líneas del frente. Cuando se enteró de la masacre de miles de judíos en Borisov, confrontó directamente a su propio comandante.
El nombre en clave lo acuñó el propio Tresckow en 1941: creía que, dado el carisma personal de Hitler, sus éxitos militares hasta ese momento y el juramento de lealtad personal que ataba a cada oficial del ejército alemán, sería imposible derrocar al régimen nazi mientras Hitler siguiera con vida. Su muerte sería la «chispa» —la señal para que el resto de la conspiración, coordinada desde Berlín, lanzara un golpe de Estado interno.
La red de conspiradores
El teniente Fabian von Schlabrendorff, ayudante de Tresckow, funcionaba como enlace operativo entre los conspiradores del frente y las figuras de la resistencia en Berlín, entre ellas el general Ludwig Beck y el general Friedrich Olbricht —que controlaba el Ejército de Reemplazo (Ersatzheer) y había diseñado el plan para que esas tropas tomaran el control de Berlín, Viena y Múnich en el instante en que se confirmara la muerte de Hitler—. El comandante del Grupo de Ejércitos Centro, el mariscal de campo Günther von Kluge, conocía las actividades de Tresckow, no las denunció ante la Gestapo, permitió que sumara a otros oficiales antinazis a su plana mayor, pero tampoco se sumó activamente ni dejó de intentar disuadirlo.
Los principales conspiradores del círculo de Tresckow:
— Henning von Tresckow, jefe de Operaciones del Grupo de Ejércitos Centro.
— Fabian von Schlabrendorff, su oficial de operaciones especiales.
— Rudolph-Christoph von Gersdorff, oficial de enlace de inteligencia (Abwehr).
— Georg von Boeselager, comandante de las fuerzas de caballería cerca del cuartel general.
— Axel von dem Bussche-Streithorst y Eberhard von Breitenbuch, voluntarios para atentados directos.
— Werner Schrader, teniente coronel.
— Friedrich Olbricht, jefe de la Oficina de Reemplazos de las Fuerzas Armadas.
Tres opciones sobre la mesa
La primera oportunidad real llegó cuando Hitler voló a su cuartel de campo cerca de Vinnitsa, Ucrania, en febrero de 1943, con una visita planeada al Grupo de Ejércitos Centro cerca de Smolensk antes de regresar a Alemania. Tresckow tenía tres planes preparados:
1. Emboscada de caballería: el mayor Boeselager había formado en secreto una unidad de «guardia de honor» integrada por oficiales antinazis, capaz de interceptar a Hitler entre el aeródromo y el cuartel general. Se descartó: nadie quería soldados alemanes matándose entre sí, y la escolta de Hitler podía resultar más fuerte de lo previsto.
2. Disparo durante la cena: varios conspiradores rechazaron la idea de dispararle a un hombre desarmado en una comida.
3. Bomba en el avión: la opción finalmente elegida, por ofrecer la mejor chance de éxito sin un enfrentamiento armado que pudiera fallar a mitad de camino.
El Cointreau que no era Cointreau
La bomba se armó con explosivo plástico británico, confiscado por la Abwehr a agentes capturados del SOE (el Ejecutivo de Operaciones Especiales que ya conocemos de otra investigación de esta serie). El detonador, tipo «lápiz», usaba un tubo delgado de cobre con cloruro de cobre que tardaba unos diez minutos en disolver silenciosamente el alambre que sujetaba el percutor —sin tictac de reloj ni olor a mecha quemada que pudiera delatarlo—.
Tresckow conocía al teniente coronel Heinz Brandt, oficial del séquito itinerante de Hitler, y le pidió que llevara a Alemania un paquete de dos botellas de Cointreau, como pago de una apuesta perdida contra su amigo el general Helmuth Stieff. Brandt aceptó sin sospechar nada. Mientras los aviones Cóndor de Hitler se preparaban para partir, Schlabrendorff activó el detonador con unas pinzas, volvió a sellar el paquete, y se lo entregó a Brandt justo antes de que abordara.
El cronómetro que no dejaba de correr
Un mensaje codificado llegó a Berlín: la Operación Chispa estaba en marcha. Tresckow esperaba con un cronómetro. Pasaron veinte minutos. Treinta. Una hora. Más de dos horas después, llegó un mensaje rutinario: Hitler había aterrizado con vida en Rastenburg.
Tresckow llamó de inmediato a Brandt con una excusa: había habido una confusión con el paquete. Al día siguiente, Schlabrendorff voló a Rastenburg, cambió el explosivo por dos botellas reales de brandy, y se llevó la bomba viva de vuelta a Smolensk con una compostura que la propia historia describe como asombrosa. Al abrirla, encontró que el ácido había disuelto el cable como estaba previsto, el percutor había golpeado el detonador —pero el detonador en sí había fallado, probablemente porque las bajas temperaturas de la bodega de carga sin calefacción lo habían dejado inservible.
La bomba humana en el museo
Ocho días después, el 21 de marzo, lo intentaron de nuevo. El Grupo de Ejércitos Centro había cedido una colección de armas soviéticas capturadas para una exhibición en un museo militar de Berlín, con Hitler, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Karl Dönitz y Wilhelm Keitel entre los asistentes previstos. El coronel Rudolf von Gersdorff se ofreció como bomba humana: llevaría los explosivos ocultos bajo su abrigo militar —el museo no tenía calefacción, así que un abrigo largo no llamaría la atención—, encendería la mecha de diez minutos poco antes de la llegada de Hitler, y planeaba abrazarlo cuando el temporizador llegara a cero, matando a ambos.
La visita de Hitler, por razones de seguridad, se redujo a solo ocho minutos, y terminó pasando en apenas dos. Gersdorff corrió a un baño y apenas logró desactivar la bomba a tiempo.
El uniforme de invierno que nunca llegó
Un tercer plan apuntó, esta vez, a los tres hombres más poderosos del régimen a la vez: se organizó una demostración del nuevo uniforme de invierno del ejército alemán, con la presencia prevista de Hitler, Himmler y Göring. Axel von dem Bussche se ofreció a modelar el uniforme con una mina terrestre escondida en la mochila, dispuesto a detonarla cuando los tres estuvieran reunidos a su alrededor. El vagón de carga con los uniformes fue destruido en un bombardeo aliado la noche anterior a la demostración programada. Reprogramada varias veces por choques de agenda entre los «tres grandes» nazis, la fecha se corrió hasta febrero de 1944 —para entonces, von dem Bussche ya había vuelto al frente y perdido parte de una pierna en combate, quedando fuera de la operación. El capitán Ewald von Kleist se ofreció como reemplazo para un nuevo intento en febrero de 1944, que terminó pospuesto una y otra vez hasta cancelarse.
Los intentos que no llegaron a nada
Hubo más intentos frustrados por pura circunstancia. El capitán Eberhard von Breitenbuch planeó llevar una pistola Browning escondida al bolsillo para dispararle a Hitler en una sesión informativa en marzo de 1944 —pero ese mismo día, Hitler emitió una directiva que excluía a oficiales subalternos de esas reuniones, dejando a Breitenbuch fuera de la sala. Y dos conspiradores lograron meter una bomba de contrabando en la «Guarida del Lobo», el cuartel de Hitler, arrojándola dentro de una torre de agua —que explotó, sin causar daño relevante, semanas después, alertando a los guardias de las SS. Himmler ordenó una investigación inmediata, que fue deliberadamente entorpecida por el propio oficial a cargo de llevarla adelante: el teniente coronel Werner Schrader, uno de los conspiradores.
El explosivo que terminó en la bomba más famosa de todas
El mismo material explosivo que Schlabrendorff había recuperado del avión de Hitler en marzo de 1943 no se desperdició: terminó siendo reutilizado, más de un año después, en el intento más conocido de todos —la bomba en el maletín que el coronel Claus von Stauffenberg colocó el 20 de julio de 1944 en la Guarida del Lobo. Esa bomba sí detonó, pero no logró matar a Hitler.
El final de los conspiradores
Tresckow, sabiendo que la Gestapo se acercaba tras el fracaso del intento de Stauffenberg, entró en un campo de minas en el Frente Oriental al día siguiente y se quitó la vida con una granada. Schlabrendorff fue arrestado y torturado por la Gestapo, y llevado ante el Tribunal Popular nazi el 3 de febrero de 1945. Esa misma mañana, un bombardeo aéreo estadounidense impactó el edificio del juzgado: el juez que presidía el tribunal, Roland Freisler —tristemente célebre por sus sentencias de muerte sumarias contra los conspiradores del 20 de julio—, murió aplastado por una viga que le cayó encima.
La bomba en el avión de Hitler falla por un detonador defectuoso, arruinado por el frío.
Gersdorff, como bomba humana en un museo de Berlín, no logra completar el atentado porque Hitler acorta su visita.
Stauffenberg detona una bomba con el mismo explosivo original en la Guarida del Lobo. Hitler sobrevive.
Tresckow se suicida en el frente para no ser capturado.
Un bombardeo aliado mata al juez nazi Roland Freisler, minutos antes de que sentenciara a Schlabrendorff.
Schlabrendorff, contra todo pronóstico, sobrevivió a la guerra. Después ayudó en la acusación de los juicios de Núremberg contra los jerarcas nazis, y más tarde llegó a ser juez del Tribunal Constitucional Federal de Alemania Occidental —el mismo país cuya Constitución de posguerra terminó interpretando desde el banco, después de haber arriesgado la vida intentando derrocar al régimen que la precedió. Estados Unidos le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad por su papel en la resistencia.
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