La voz que Israel
prefiere no escuchar
Hay voces que incomodan no porque digan mentiras, sino precisamente porque dicen verdades. Y hay pocas cosas más reveladoras sobre el estado de una sociedad que ver cómo trata a quienes se atreven a cuestionarla desde adentro.
Imaginá a un hombre conectándose a una videollamada desde su casa en Tel Aviv. Copa de vino en mano. Tranquilo, casi desafiante. Afuera, su país libra guerras simultáneas en múltiples frentes. Adentro, él lleva décadas escribiendo exactamente lo que el establishment israelí preferiría que nadie leyera.
Su nombre es Gideon Levy. Periodista del diario Haaretz, uno de los más antiguos e influyentes de Israel. Y quizás la voz crítica más conocida que existe dentro del Estado israelí. No habla desde afuera, desde la comodidad del exilio o la academia extranjera. Habla desde adentro. Y eso, en el contexto actual, tiene un peso particular.
En los últimos tres años, Israel bombardeó a cinco de sus vecinos: Palestina, Líbano, Irán, Siria y Yemen. Ese dato, por sí solo, debería detener cualquier conversación y obligarnos a hacer preguntas incómodas. ¿Cuál es la lógica detrás de esta escalada? ¿Hay objetivos reales o simplemente hay guerra por la guerra misma? ¿Y qué está pasando dentro de la sociedad israelí que permite —e incluso celebra— todo esto?
Levy tiene respuestas. No son las respuestas que uno esperaría escuchar en los medios occidentales dominantes. Pero son, según él, las únicas honestas.
El hombre más solo de Israel
Levy lleva más de cuatro décadas en el periodismo. Ha recibido amenazas. Ha necesitado guardaespaldas. Ha vivido momentos verdaderamente peligrosos. Pero dice algo llamativo: nunca se había sentido tan solo como ahora.
¿Por qué? Porque el 7 de octubre de 2023 cambió la mentalidad de una enorme franja de la población israelí. Quienes sostenían posiciones críticas, de izquierda, favorables al diálogo, quedaron de pronto aislados. No solo en los medios. También en sus círculos personales. Con amigos. Con familia.
El caso más revelador que menciona es concreto: durante los últimos tres años, la televisión israelí no lo invitó ni una sola vez. Para un periodista de su trayectoria, ese silencio no es anecdótico. Es una señal de lo que está ocurriendo con el espacio público en Israel.
Y sin embargo, Levy no se queja de censura en sentido estricto. Sigue escribiendo. Nadie le prohíbe nada. Lo que describe es algo quizás más difícil de combatir que la censura directa: el aislamiento social, la presión cultural, el silenciamiento por ostracismo.
Su diario, Haaretz, también lo pagó. El gobierno israelí suspendió todas sus suscripciones institucionales y retiró la publicidad oficial. Un golpe económico deliberado. Pero la publicación resistió. Tiene, según Levy, un ADN lo suficientemente sólido como para sostenerse. Por ahora.
No lo silencian. No lo expulsan. Lo ignoran. Y en cierto sentido, eso puede ser aún más revelador que la censura.
Bastión — AnálisisIsrael quiere guerra en tantos lugares como sea posible
Esto es quizás lo más provocador de lo que dice Levy, y merece detenerse. Cuando le preguntan cuál es el objetivo real de Israel en sus operaciones militares simultáneas —en Gaza, en Líbano, en Irán, en Siria— su respuesta es brutalmente directa: el objetivo es la guerra misma. No como medio, sino como fin.
Lo dice siendo consciente de que puede sonar como una simplificación. Pero lo sostiene. Y lo fundamenta.
En el momento en que habla, más de seis millones de personas en la región han sido desplazadas como consecuencia directa de las operaciones israelíes. Dos millones en Gaza. Un millón en Líbano. Tres millones en Irán. Esa cifra no es un daño colateral de una guerra con objetivos precisos. Es, según Levy, el resultado de una política que no tiene objetivos alcanzables porque no los necesita.
Pone el ejemplo de Gaza: dos años y medio de ofensiva, decenas de miles de muertos —incluyendo miles de mujeres y cientos de bebés menores de un año— y Hamas sigue funcionando. Militarmente debilitado, sí. Pero vivo. Y, según él, con capacidad de recuperación. ¿Qué ganó Israel con todo eso? ¿Es un lugar más seguro? Levy responde sin dudar: en absoluto.
El caso de Irán es aún más revelador. Los objetivos declarados —como el derrocamiento del régimen islámico— son, según él, imposibles. Y no solo él lo dice. El propio secretario de Estado de Estados Unidos llegó a calificar de absurda la pretensión de derrocar al gobierno iraní mediante bombardeos. Pero si los objetivos son inalcanzables y se sabe que lo son, entonces la pregunta es: ¿para qué sirven? La respuesta que sugiere Levy es incómoda: sirven como pretexto para continuar.
El antes y el después del 7 de octubre
Levy insiste en que nada de lo que ocurre hoy es completamente nuevo. Las raíces de esta política israelí se remontan a 1948. Pero hay un antes y un después del 7 de octubre de 2023.
Los ataques de Hamas fueron, sin duda, un trauma enorme para la sociedad israelí. Levy no lo niega. Pero dice que ese trauma fue instrumentalizado de una manera que él considera peligrosa.
La narrativa que se instaló dentro de Israel fue, según él, la siguiente: después de lo que nos hicieron, tenemos derecho a hacer lo que queramos. No hay interlocutores posibles. La diplomacia es imposible. Nos valemos por nosotros mismos.
Lo que cambió el 7 de octubre, entonces, no fue la política de fondo —esa llevaba décadas en marcha— sino la disposición a mostrarla sin disimulo. Israel, dice Levy, «salió del armario» ante el mundo.
Y esto coincidió con el gobierno más extremo en la historia del Estado israelí. Un ejecutivo que, según Levy, no vio el ataque de Hamas como una catástrofe que debía resolverse, sino como una oportunidad política: la coartada perfecta para una escalada que ya estaba en los planes.
Lo que cambió el 7 de octubre no fue la política de fondo —esa llevaba décadas en marcha— sino la disposición a mostrarla sin disimulo.
Gideon Levy — HaaretzTrump, Netanyahu y el juego de las culpas
Se especuló mucho sobre si Netanyahu influyó en Trump para lanzar la ofensiva sobre Irán. La respuesta de Levy es interesante porque no va hacia donde uno esperaría.
Dice que la pregunta de si Netanyahu «convenció» a Trump ya no es muy relevante en términos prácticos. Lo que importa es que Trump es un adulto. Es el presidente de los Estados Unidos. Si alguien logró venderle una historia que no tiene base en la realidad, la responsabilidad es de quien la compró.
Pero lo más revelador que dice Levy sobre esta relación es lo que viene después: esa pregunta sí será muy relevante en el futuro. Porque cuando las cosas salgan mal —y según él ya están saliendo mal— la Casa Blanca necesitará a alguien a quien culpar. Y Netanyahu es el candidato natural.
El patrón se repite a lo largo de la historia reciente: alianzas que funcionan mientras hay beneficios mutuos, y que se rompen cuando alguien necesita un chivo expiatorio. Levy anticipa que esa ruptura viene.
¿Existe la izquierda en Israel?
Una de las preguntas más duras que responde Levy tiene que ver con el consenso interno israelí. En los primeros meses de la ofensiva sobre Gaza, encuestas mostraban que el 93% de los judíos israelíes la apoyaba. Una cifra que, como dice Levy con notable ironía, solo se ve en regímenes como Corea del Norte.
No existe ninguna democracia real donde el 93% de la población esté de acuerdo en cualquier cosa. Y la supuesta oposición tampoco escapa a esta lógica. Toda la oposición judía —el llamado centro, la llamada izquierda— apoyó la ofensiva sobre Gaza. Apoyó la guerra en Irán. Sí, luego intentaron desvincularse. Pero lo hicieron.
Levy llega a una conclusión que resulta provocadora: en Israel no existe una izquierda real. Porque para ser genuinamente de izquierda hay que oponerse a la supremacía de un grupo sobre otro. Y el sionismo actual, tal como está configurado, implica exactamente eso. Lo que existe, dice, es una izquierda de fachada: gente que quiere sentirse progresista sin asumir las consecuencias de serlo.
¿Democracia o Estado judío?
Aquí Levy plantea lo que considera la contradicción central e irresoluble de Israel. Entre el río Jordán y el mar Mediterráneo hay hoy aproximadamente 7,5 millones de judíos y 7,5 millones de palestinos.
No existe ninguna fórmula democrática bajo la cual un Estado judío pueda gobernar a ambos pueblos de manera igualitaria. Hay que elegir: o es un Estado judío, o es una democracia. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo.
Usa una analogía fuerte: un hombre que durante el día es amable, generoso, respetado por todos, pero que por las noches golpea a su familia. Lo que define a ese hombre no es cómo se comporta de día. Lo define lo que hace cuando nadie mira —o cuando todos miran pero deciden no ver.
Israel puede parecer una democracia funcional para los ciudadanos judíos que viven dentro de sus fronteras reconocidas. Pero mientras mantiene una ocupación sobre millones de personas que no tienen derechos, no puede llamarse democracia. La etiqueta de «única democracia de Oriente Medio» es, según Levy, una construcción ideológica. Una historia que sirve para que israelíes y occidentales se sientan cómodos con algo que, si lo miraran de frente, no podrían justificar.
Hay que elegir: o es un Estado judío, o es una democracia. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo.
Gideon Levy — HaaretzEl mundo que mira y no actúa
Levy tiene una posición clara sobre la presión internacional: mientras no se traduzca en acciones concretas, no sirve para nada. Israel lleva décadas siendo condenado en votaciones de la ONU. ¿Con qué efecto? Ninguno.
La Unión Europea vota, declara, lamenta. Y luego no hace nada. Mientras los Estados Unidos respalden a Israel, la UE no se moverá. Y mientras la UE no se mueva, las palabras son ruido.
La única variable que Levy ve como potencialmente transformadora es el cambio generacional en los Estados Unidos. Los estudiantes que hoy se manifiestan en Harvard van a ser los próximos senadores, los próximos diplomáticos, los próximos responsables de política exterior. Y en esa generación, el apoyo incondicional a Israel ya no es automático. Hay una mayoría creciente —en ambos partidos— que dice «basta».
Levy arriesga una predicción: Biden será el último presidente estadounidense genuinamente sionista. Y Trump, el último que deje a Israel actuar sin consecuencias. Lo que viene después, dice, puede ser muy diferente.
Teocracia, demografía y los palestinos
El tramo más sombrío de lo que dice Levy tiene que ver con el futuro a mediano y largo plazo. Israel tiene una fractura demográfica interna que no para de crecer. La comunidad ortodoxa tiene tasas de natalidad muy superiores al resto.
En una o dos generaciones, los judíos ultraortodoxos podrían ser mayoría. Y eso cambia radicalmente el carácter del Estado. Lo convierte, según Levy, en una teocracia. En un Estado fundamentalista. No en términos peyorativos, sino en términos descriptivos: un Estado donde la ley religiosa tiene primacía sobre la ley civil.
Pero también hay otro vector: los colonos. Los nacionalistas religiosos que llevan décadas asentándose en Cisjordania no tienen ninguna intención de detenerse. Y van ganando peso político. Por primera vez en la historia reciente, la expulsión de palestinos —el desplazamiento masivo— se ha vuelto un tema de debate legítimo en la política israelí. No es algo que se susurra en los márgenes. Se discute públicamente. Se debaten los mecanismos. Se habla de a qué países podrían ir.
Levy no da una predicción catastrofista. Pero dice algo que resulta difícil de ignorar: así es como empiezan estas cosas. Y sabemos muy bien cómo pueden terminar.
La voz que sigue
Gideon Levy sigue escribiendo. Sigue apareciendo en videollamadas con copa de vino, diciendo en voz alta lo que la mayoría de sus compatriotas prefiere no escuchar. No lo silencian. No lo expulsan. Lo ignoran. Y en cierto sentido, eso puede ser aún más revelador que la censura.
Lo que su testimonio plantea no son preguntas sobre Israel solamente. Son preguntas sobre cómo las sociedades construyen consensos en torno a la violencia. Sobre cómo el trauma puede convertirse en legitimación de más trauma. Sobre cuánto tiempo puede el mundo mirar sin actuar antes de que la inacción se convierta en complicidad.
No tenemos que estar de acuerdo con cada palabra que dice Levy. Pero ignorarlo sería un error. Porque pocas voces ofrecen, desde adentro, una mirada tan despiadadamente honesta sobre lo que está ocurriendo.
