Siria / Israel / Líbano — Análisis
Los drusos: por qué son tan difíciles de entender
Sin territorio propio reclamado, divididos entre lealtades distintas según el país, y hoy en el centro de una guerra en el sur de Siria donde Israel bombardea «para protegerlos» — mientras, en paralelo, avanza militarmente sobre el mismo territorio que dice defender.
- Por qué son tan distintos de los kurdos
- Quiénes son, en los hechos
- Una fe que ni siquiera sus propios miembros conocen del todo
- Tres países, tres lealtades distintas
- Lo que estalló en Suwayda
- Las cifras del horror
- El pedido de auxilio que citó Netanyahu
- La «línea roja» que Israel se autoadjudicó
- Lo que dice Amnistía Internacional sobre lo que hay detrás
- La Línea Amarilla, y el «Gran Israel»
- La tragedia que cambió todo en el Golán
- Un año después: el giro real hacia Israel
- Por qué son un caso único: «supratribales»
- Los propios drusos, divididos sobre qué hacer con Israel
- Entonces, ¿qué quieren realmente los drusos?
Los drusos son una comunidad religiosa y étnica minoritaria de Oriente Medio, con presencia en Siria, Líbano, Israel y Jordania. A diferencia de los kurdos —que tienen una demanda nacional clara desde hace más de un siglo: un Estado propio—, los drusos no reclaman un territorio soberano. Y esa ausencia de objetivo político unificado es, precisamente, lo que los vuelve tan difíciles de comprender desde afuera.
Por qué son tan distintos de los kurdos
Los kurdos comparten una lengua, un territorio históricamente reclamado (el Kurdistán, repartido hoy entre Turquía, Irak, Irán y Siria) y una demanda política explícita de autodeterminación. Los drusos no tienen nada de eso: no reclaman un territorio unificado, no comparten una única lealtad nacional, y ni siquiera actúan como bloque entre países —los drusos de Israel, Siria y Líbano responden a lógicas políticas completamente distintas, según el país donde viven—.
Quiénes son, en los hechos
Los drusos practican una fe esotérica surgida en el siglo XI, con elementos que combinan islam, judaísmo, cristianismo y gnosticismo, aunque se consideran una religión distinta de todas ellas. Su teología central gira en torno a la unidad divina y la reencarnación, con el califa fatimí Al-Hakim bi-Amr Allah como figura religiosa central.
Una fe que ni siquiera sus propios miembros conocen del todo
El secretismo como estrategia de supervivencia
La doctrina drusa se transmite de forma oral y privada, y solo una porción reducida de la propia comunidad —los «iniciados»— accede al conocimiento religioso completo. Ese hermetismo no es casualidad: a lo largo de siglos de persecución por parte de otras corrientes islámicas que los consideran herejes, el secretismo funcionó como mecanismo de protección y cohesión interna.
Tres países, tres lealtades distintas
En Israel, los drusos son la única minoría árabe con servicio militar obligatorio, y la mayoría se identifica como ciudadanos israelíes leales al Estado. Pero los drusos que viven en los Altos del Golán —territorio sirio ocupado por Israel desde 1967 y anexado en 1981— siguen identificándose como sirios, y mantienen lazos familiares estrechos al otro lado de la frontera. En Líbano, tienen representación política formal y peso real en ciertas regiones. En Siria, concentrados sobre todo en la provincia de Suwayda (Jabal al-Druze), representan apenas el 3% de la población, y se mantuvieron mayormente neutrales durante los 14 años de guerra civil —aunque construyeron milicias propias para defenderse de grupos yihadistas que los consideran herejes—.
Lo que estalló en Suwayda
Tras la caída del régimen de Bashar al Asad a fines de 2024, estalló en la provincia de Suwayda una insurgencia armada entre milicias drusas y el nuevo Gobierno de transición sirio, encabezado por Ahmed al-Sharaa —exyihadista, exmiembro de Al Qaeda—. El conflicto se centra en el control de las zonas de mayoría drusa, y en enfrentamientos paralelos con tribus beduinas suníes de la región.
La chispa que lo encendió todo
La violencia sectaria más grave se desató tras el secuestro y tortura de un comerciante druso en un control improvisado. En represalia, milicias drusas detuvieron a varios beduinos para recuperar la mercancía robada, desatando una cadena de secuestros cruzados que escaló rápidamente hasta convertirse en enfrentamientos armados a gran escala.
Las cifras del horror
Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, los enfrentamientos de julio de 2025 dejaron 516 muertos, incluidos al menos 27 civiles. Al Jazeera reportó más de 500 familias beduinas desplazadas tras el incendio de sus hogares. No era la primera masacre sufrida por la comunidad: en 2018, milicianos del Estado Islámico atacaron a los drusos en Sweida, matando a más de 200 personas y tomando a más de dos docenas como rehenes.
El pedido de auxilio que citó Netanyahu
En medio de la escalada, el propio Netanyahu citó públicamente un llamado directo del jeque Mowafaq Tarif, líder espiritual de la comunidad drusa en Israel.
La «línea roja» que Israel se autoadjudicó
Israel respondió lanzando ataques aéreos contra instalaciones militares y gubernamentales sirias, incluida la sede del cuartel general militar en Damasco, y estableció formalmente lo que Netanyahu llamó dos «líneas rojas».
Lo que reveló la reacción popular drusa en Siria
La respuesta a esta intervención dividió incluso a la propia comunidad. Un sector recibió con entusiasmo la protección israelí —hubo manifestantes en pueblos drusos sirios pidiendo directamente unirse a sus «hermanos» del lado israelí del Golán—, mientras otros líderes drusos rechazaron ese camino, dándole la bienvenida en cambio a la intervención del propio Gobierno sirio en Suwayda, y pidiendo a los grupos armados locales que entregaran las armas al Estado sirio en lugar de sostener el conflicto.
Lo que dice Amnistía Internacional sobre lo que hay detrás
Una lectura crítica del «Gran Israel»
Amnistía Internacional documentó que, aprovechando la inestabilidad tras la caída de Al Asad, el ejército israelí atravesó la zona de amortiguación de la ONU en Quneitra —establecida por el acuerdo de separación de fuerzas de 1974— y avanzó de forma sostenida dentro del propio territorio sirio, con demolición de viviendas civiles y construcción de bases militares permanentes y rutas de uso exclusivamente militar.
La Línea Amarilla, y el «Gran Israel»
Entre fines de 2025 y la primavera de 2026, Netanyahu oficializó el establecimiento de una «zona de amortiguación de seguridad» delimitada por lo que denominó la Línea Amarilla —una franja bastante más extensa que la zona desmilitarizada original de 1974—.
El ejército israelí avanza hacia la zona desmilitarizada de la frontera sirio-israelí, ocupando posiciones en la franja de 80 km de los Altos del Golán, mientras lanza operaciones para destruir instalaciones militares sirias sensibles antes de que caigan en manos del nuevo régimen.
Netanyahu exige la desmilitarización total del sur de Siria, y anuncia que las FDI permanecerán en el Monte Hermon y la zona de amortiguación «por un período indefinido».
Israel bombardea Damasco tras la escalada en Suwayda, estableciendo formalmente las dos «líneas rojas» sobre desmilitarización y protección drusa.
Se oficializa la Línea Amarilla, una zona de amortiguación mucho más amplia que la original de 1974.
Según el análisis crítico documentado por medios que siguen la política regional israelí, este patrón —usar la protección de una minoría amenazada como justificación para un avance territorial sostenido— se enmarca dentro de lo que esos análisis describen como la estrategia del «Gran Israel»: una expansión gradual de facto sobre territorio sirio, más allá de lo estrictamente necesario para una operación defensiva puntual.
La tragedia que cambió todo en el Golán
27 de julio de 2024: el cohete sobre la cancha de fútbol
A las 18:18 horas de un sábado de verano, un cohete de fabricación iraní —un Falaq-1, lanzado por Hezbolá desde el sur del Líbano— impactó de lleno en una cancha de fútbol de Majdal Shams, ciudad drusa de los Altos del Golán, mientras se disputaba un partido de la liga juvenil local. Murieron al menos 12 niños y adolescentes; más de 30 personas resultaron heridas. Fue el ataque más letal contra un objetivo israelí en toda la frontera norte desde el inicio de la guerra con Hezbolá.
Hezbolá negó categóricamente cualquier responsabilidad, aunque las FDI y la Casa Blanca atribuyeron el ataque al grupo libanés, presentando restos del proyectil como evidencia. Un residente druso de la zona lo resumió con crudeza: «El pueblo druso es bueno y solo vivimos en esta tierra, somos civiles. Desde ayer, la guerra también está aquí».
Un año después: el giro real hacia Israel
Según una investigación publicada esta misma semana, esa tragedia —sumada a la masacre de Suwayda un año después— provocó un cambio sísmico en el ánimo de los drusos del Golán: la mayoría de los 29.000 residentes de Majdal Shams y los pueblos vecinos ya no imaginan la eventual reunificación con sus familias sirias como un regreso a Siria, sino como parte de un futuro dentro de Israel.
El indicador más concreto del cambio
Desde 2025, las solicitudes de ciudadanía israelí por parte de los drusos del Golán aumentaron drásticamente, tras décadas en las que la gran mayoría había optado por mantener únicamente su identidad siria, rechazando la naturalización israelí como gesto de lealtad a Damasco.
Por qué son un caso único: «supratribales»
Makram Rabah, profesor de Historia en la Universidad Americana de Beirut, ofrece una definición que ayuda a entender por qué no encajan en la lógica de un movimiento nacional clásico.
Rabah remarca que los más de un millón de drusos de Oriente Medio son, además, una de las «comunidades fundadoras» tanto de Líbano como de Siria —no una minoría reciente ni marginal, sino parte constitutiva de la propia formación histórica de esos Estados—.
Los propios drusos, divididos sobre qué hacer con Israel
Es importante remarcar que la propia comunidad drusa no tiene una posición unificada frente a este dilema. Mientras algunos ven en Israel al único protector real frente a la persecución sectaria —y hasta llegan a pedir la unificación con sus «hermanos» del Golán ocupado—, otros líderes drusos sirios prefieren apostar por el diálogo con el propio Estado sirio, desconfiando de que la intervención israelí termine sirviendo más a los intereses estratégicos de Israel que a la protección genuina de su comunidad.
Entonces, ¿qué quieren realmente los drusos?
La respuesta más honesta es que no existe un «qué quieren los drusos» único, precisamente porque no funcionan como un bloque nacional con un objetivo político compartido —a diferencia de los kurdos—. Lo que sí parece constante, en los tres países donde tienen presencia significativa, es una prioridad clara por encima de cualquier aspiración territorial: la supervivencia de la comunidad y la preservación de su autonomía local, incluso si eso significa aliarse con actores políticos completamente distintos —o incluso enfrentados entre sí— según cuál ofrezca mayor protección en cada momento y en cada país específico.
La cohesión social, más que el territorio, como pilar identitario: a diferencia de un movimiento nacionalista con bandera y mapa propios, la identidad drusa se sostiene en la lealtad comunitaria interna, la fe esotérica compartida, y una larga historia de navegar situaciones políticas adversas manteniendo la mayor neutralidad posible —una estrategia de supervivencia que, en el actual contexto sirio, se volvió mucho más difícil de sostener que en cualquier otro momento de las últimas décadas—.
El tema es que no se trata de que los drusos «quieran» ser usados con fines expansionistas —es que su vulnerabilidad real, y su pedido genuino de protección frente a masacres documentadas, le da a Israel una justificación humanitaria legítima en la superficie, que en los hechos termina permitiéndole consolidar, de forma paralela, un avance territorial que excede largamente lo necesario para proteger a esa comunidad puntual.
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