Las residencias del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu le costaron al contribuyente más de 2,7 millones de shekels (880.000 dólares) entre 2025 y el primer semestre de 2026, según datos obtenidos por el Movimiento por la Libertad de Información y publicados esta semana por el sitio Ynet. La cifra cubre salarios de personal, renovaciones, jardinería, entregas de comida y otros gastos —algunos de ellos directamente ocultados por la Oficina del Primer Ministro—.
Tres casas, un patrón de lujo
Netanyahu y su esposa Sara viven principalmente en su casa de la calle Azza, en Jerusalén, y en su propiedad de la ciudad costera de Cesarea —ambas con renovaciones «significativas y costosas» durante su mandato—. La residencia oficial, en la calle Balfour, la usa poco, aunque también sufrió reformas caras y mantiene personal a tiempo completo.
No es la primera vez que el matrimonio Netanyahu enfrenta este tipo de señalamiento: informes previos del Contralor del Estado ya habían documentado que Sara Netanyahu intentó repetidamente conseguir financiamiento estatal para la residencia privada de la pareja, incluyendo un episodio en el que compró muebles nuevos para la casa oficial en Jerusalén y después los trasladó a la vivienda privada de Cesarea, mientras los muebles viejos hacían el camino inverso.
La comida, el gasto más alto
Dentro de operación y mantenimiento, la comida fue el rubro más caro: 165.444 shekels (54.025 dólares) en 2025, y ya más de 120.000 shekels (39.178 dólares) solo en el primer semestre de 2026 —un ritmo que casi duplica el del año anterior—. Buena parte se pidió por la app de delivery Wolt: solo en el apartamento de Azza Street se registraron 34 pedidos entre julio y octubre de 2025 (4.984 shekels, unos 1.627 dólares), con 19 entregas únicamente en agosto.
El paisajismo también pesó fuerte: 94.957 shekels (31.011 dólares) solo en los jardines de la casa de Cesarea durante 2025. Y el ítem que le dio color mediático al escándalo: la sustitución de dos bañeras en la casa de Azza Street, con un costo de 28.500 shekels (9.307 dólares) en apenas 13 meses.
El día que más llamó la atención: 16 de junio de 2025
Ynet identificó una fecha particularmente inusual en los registros de gasto: el 16 de junio de 2025, cuando se realizaron 76 compras distintas de «alimentos y comidas preparadas», por un total de 9.521 shekels (3.109 dólares), repartidas entre las tres residencias —58 en las casas privadas de Azza Street y Cesarea, y 18 en la residencia oficial de Balfour—.
Los nombres de los proveedores de esas 76 compras fueron ocultados en los datos entregados, algo que el propio informe de Ynet señaló como llamativo dado el volumen inusual de operaciones separadas en un solo día.
Es decir: apenas tres días después de que arrancara la ofensiva contra Irán, las tres residencias del primer ministro registraron su día de mayor actividad de compras del período relevado —sin que se sepa, por la información censurada, exactamente a quién se le pagó ni por qué se necesitaron 76 operaciones separadas en una sola jornada—.
Lo que quedó directamente tapado
Más allá de ese día puntual, el conjunto de datos incluye 347 partidas completamente censuradas bajo el ejercicio 2025, por un total de 63.033 shekels (20.585 dólares), en las que no se reveló ni el proveedor ni la descripción del gasto.
La defensa de Netanyahu: «gasto menos que Bennett»
La Oficina del Primer Ministro respondió que sus gastos totales son «significativamente menores» a los de primeros ministros anteriores, comparándolos con el año de gestión de Naftali Bennett (junio de 2021 a junio de 2022), que habría superado 1,3 millones de shekels (424.554 dólares) sin contar salarios de personal —según su propia oficina, tres veces más que Netanyahu—.
El problema con esa comparación: los propios datos muestran que el gasto actual de Netanyahu en sus tres residencias está en camino de igualar o superar el total del año completo de Bennett, y que tanto el gasto de Bennett como el de su sucesor Yair Lapid fue significativamente menor al que el propio Netanyahu había registrado en gestiones anteriores. Su oficina, además, se negó a entregar las facturas individuales que había solicitado el Movimiento por la Libertad de Información, alegando que hacerlo representaría una «asignación irrazonable de recursos» —la misma frase que cualquier auditoría independiente necesitaría examinar precisamente para entender qué se ocultó y por qué.
No es la primera vez: un historial de casi treinta años
Lo de las bañeras y el delivery no es un episodio aislado — es la última entrada de una lista larga que acompaña a Netanyahu desde los años 90.
Se reveló que había gastado 127.000 dólares de fondos públicos en instalar una cabina de dormir especial para un vuelo de apenas cinco horas a Londres. Dijo que desconocía el costo y prometió frenar la práctica.
Un informe oficial reveló que había gastado más de 600.000 dólares en un viaje de seis días a Nueva York, incluidos 1.600 dólares en un peluquero personal. Ese mismo año se supo que su oficina había acumulado una factura de 2.700 dólares en helados —vainilla y pistacho, sus sabores favoritos— en una heladería artesanal de Jerusalén, práctica que tuvo que discontinuar tras la exposición pública.
Su esposa fue acusada de malversar unos 100.000 dólares en fondos públicos pidiendo comidas de chefs famosos en la residencia oficial, pese a tener cocineros propios en la nómina del Estado — terminó aceptando pagar 15.000 dólares en un acuerdo de culpabilidad. También enfrentó denuncias por comprar muebles con dinero público para la casa de playa privada de la familia y por cubrir gastos médicos de su padre con fondos estatales (estos cargos fueron finalmente desestimados), además de demandas de personal doméstico por maltrato —dos empleadas ganaron indemnizaciones judiciales, una de ellas más de 42.000 dólares—.
En marzo de 2023, en pleno estallido de protestas contra la reforma judicial, corrió el rumor de que Sara Netanyahu estaba en una peluquería de Tel Aviv. Decenas de policías antimotines se movilizaron a la zona con la misión, según describió la agencia AP, de «rescatarla» del lugar —una escena con aire de operativo de seguridad nacional por un corte de pelo—.
Más grave todavía: durante las restricciones draconianas por la pandemia de Covid-19 que su propio marido había impuesto al país, Sara llevó a su peluquero de confianza a la residencia oficial, saltándose las mismas reglas que el gobierno exigía cumplir a todos los demás. Una comisión parlamentaria, además, le aprobó un incremento anual de miles de dólares específicamente para gastos de vestuario y maquillaje.
A esto se suman episodios de otro tipo: sospechas (nunca confirmadas contra él directamente) de sobornos en la compra de submarinos alemanes; un asesor acusado de filtrar información clasificada a un tabloide alemán en plena guerra; y hasta a su hijo mayor, Yair, filmado de fiesta en clubes nocturnos de Tel Aviv usando un vehículo oficial pagado por el Estado.
Es el mismo guión que se repite, con una particularidad clave: cada escándalo nuevo termina «tapando» al anterior en la conversación pública, sin que ninguno acumule presión suficiente como para generar una consecuencia real y duradera. Se revela un gasto excesivo, hay indignación por unos días, a veces una desestimación judicial o un acuerdo menor, y antes de que decante del todo ya apareció el siguiente titular —el peinado, el helado, la cabina de dormir, las bañeras— reiniciando el ciclo de indignación desde cero. Las bañeras de 2026 y el pico de gastos del mismo día que empezó la guerra con Irán son, en ese sentido, menos una anomalía que la continuidad lógica de un patrón de casi tres décadas que nunca llega a acumularse en la memoria colectiva.
El contraste que no necesita comentario adicional
Mientras el país atravesaba, apenas tres días antes del pico de gastos, el inicio de una guerra que hoy —cinco meses después— sigue sin resolución clara, con soldados y civiles pagando el costo real del conflicto, la residencia del hombre que la conduce registraba su jornada de mayor gasto en comida del período, con los proveedores sin identificar. No hace falta más análisis para entender por qué el episodio generó tanto ruido: es exactamente el tipo de contraste —lujo privado financiado por el Estado, mientras se pide sacrificio colectivo en nombre de la seguridad nacional— que erosiona la confianza pública en cualquier liderazgo, en cualquier país. Y con casi treinta años de historial idéntico detrás, cada vez es más difícil de creer que se trate de casualidad.
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