En una entrevista con Fox News, Sean Hannity le preguntó a Benjamin Netanyahu qué pasaría si tuviera que aterrizar de emergencia en un país que reconoce la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (CPI). Netanyahu no dudó: «Tenemos fuerzas especiales. Serví con ellos durante cinco años… Vamos a darles una nueva tarea.» Sobre la propia Corte, fue todavía más directo: la calificó de «corrupción del sistema internacional» y «una burocracia no elegida que se sienta en La Haya».
Es una frase que, analizada con cuidado, desarma buena parte del relato que Netanyahu construye sobre sí mismo. Vamos por partes.
La pregunta que no tiene respuesta cómoda
Si un organismo no tiene legitimidad para juzgarte, tampoco la tiene para reconocerte, para darte voz, ni para que lo uses de tribuna cuando te conviene. Israel tiene embajador permanente ante la ONU (Danny Danon). Netanyahu viaja personalmente a dar discursos ante su Asamblea General —incluido uno en septiembre de 2025 en el que negó la hambruna en Gaza entre abucheos—. El propio Estado de Israel existe jurídicamente, en gran medida, gracias al reconocimiento que le dio la ONU en 1948.
No se puede aceptar la legitimidad de un sistema internacional para todo lo que beneficia —existencia soberana, voz en la Asamblea, embajadas— y rechazarla selectivamente cuando ese mismo sistema, a través de un tribunal asociado, investiga algo que no conviene. O se reconoce el sistema completo, con sus reglas y sus consecuencias, o no se reconoce en absoluto —pero entonces tampoco se pueden reclamar los beneficios que ese sistema da—.
Lo que dijo sobre Karim Khan y la orden de arresto
En la misma entrevista, Netanyahu redujo la orden de arresto de la CPI a una sola acusación: «Tenía un fiscal que emitió órdenes de arresto contra mí y nuestro exministro de Defensa Yoav Gallant como criminales de guerra, supuestamente por hambre —matando de hambre al pueblo de Gaza—. Les dimos un millón de toneladas de comida.»
Lo que la orden de la CPI dice realmente
La orden de arresto de noviembre de 2024 es por crímenes de guerra y de lesa humanidad —incluido el uso del hambre como método de guerra, pero no reducido únicamente a eso—. Y hay un dato que Netanyahu omite sistemáticamente: la misma tanda de órdenes incluyó a Mohammed Deif, el máximo comandante militar de Hamas —desarmando la idea de que la Corte actuó con sesgo unilateral contra Israel—.
Lo que encontró la Comisión de la ONU: no es solo «supuestamente»
En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU —presidida por Navi Pillay— concluyó, tras dos años de investigación exhaustiva, que Israel cometió cuatro de los cinco actos genocidas definidos en la Convención de 1948: matar, causar lesiones físicas o mentales graves, someter deliberadamente a los palestinos a condiciones de vida destructivas, e impedir la natalidad.
El informe nombra directamente a tres responsables por incitación a la comisión de genocidio: el presidente Isaac Herzog, el propio Netanyahu, y el exministro de Defensa Yoav Gallant —remarcando que Israel no tomó ninguna medida contra ellos por esa incitación—. El comisionado australiano Chris Sidoti fue tajante: «Las muertes no son accidentes, no son daños colaterales. Son el resultado de una estrategia militar» de bombardeo intensivo y tierra quemada.
La hambruna: una cifra distinta según a quién le hable
Sobre la ayuda alimentaria, Netanyahu no sostiene un número fijo: lo ajusta según el momento y el público.
La Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (CIF/IPC) —el protocolo estándar mundial, usado antes solo tres veces en la historia (Somalia 2011, Sudán del Sur 2017, Sudán 2024, todas en África)— declaró formalmente la hambruna en Gaza en agosto de 2025: la primera vez fuera de África que se aplica este nivel de crisis. Netanyahu calificó el informe de «mentira descarada», y llegó a proponer, en tono sarcástico, «recetas con piedras y arena» porque los palestinos «no sufren falta de alimentos», solo les resulta «demasiado difícil aprovecharlos».
La propia Fundación Humanitaria de Gaza (creada por Israel y EE.UU.) presumía haber repartido 90 millones de comidas en más de 60 días. Con 2 millones de habitantes comiendo 3 veces al día, esos 60 días requerirían 360 millones de comidas — los 90 millones repartidos equivalen, en los hechos, a apenas 15 días de comida real. El problema nunca fue solo cuánto entró en total: fue que no llegó de forma constante ni accesible, con semanas de bloqueo absoluto y puntos de distribución donde acceder implicaba riesgo de vida.
El precedente incómodo: Núremberg
Ningún líder nazi juzgado en Núremberg salió a decir que el tribunal era «una burocracia no elegida y corrupta» sin autoridad sobre él —porque en 1945 el mundo entendía que ciertos crímenes ameritan un tribunal internacional, más allá de si el acusado reconoce su legitimidad—. Núremberg tuvo fallas reales y documentadas: fue justicia de vencedores, no procesó a los banqueros que financiaron el régimen (Hjalmar Schacht, absuelto) ni a industriales que se lucraron con trabajo esclavo (Gustav Krupp, ni siquiera llegó a juicio), y ningún aliado respondió por sus propios crímenes de guerra.
Pero el circo estuvo en la selectividad de quién se sentó en el banquillo, no en la culpabilidad de quienes sí fueron condenados. Es la misma plantilla que se repite hoy: la CPI tiene legitimidad real para juzgar crímenes de guerra y de lesa humanidad, sin importar de qué bando venga el acusado —lo prueba la orden simultánea contra Netanyahu y contra Deif—. Lo que hace «circo» al sistema actual es que algunos gobiernos poderosos —Estados Unidos sancionando jueces, Israel amenazando con usar fuerzas especiales— se garantizan una impunidad que ningún país débil podría permitirse.
La misma selectividad, puertas adentro: los colonos
El patrón no termina en la política exterior. Adentro de Israel, Netanyahu aplica la misma lógica de doble vara que denuncia como «corrupción» cuando lo señala la CPI.
Colonos incendiaron mezquitas, casas y vehículos durante todo un fin de semana en julio de 2026 —cero detenidos—. Las casas de los palestinos implicados en el tiroteo que originó las represalias fueron selladas para demolición en cuestión de horas. El ministro Ben-Gvir, con condenas previas por incitación al racismo, suspendió la detención administrativa específicamente para sospechosos judíos, manteniéndola sin cambios para los palestinos. Más de 550 excomandantes de seguridad retirados le escribieron a Trump acusando al propio gobierno de «proteger a sus seguidores —armados y movidos por impulsos mesiánicos— de la ley y su aplicación».
Es el mismo mecanismo, en escala reducida: la ley se aplica con total dureza contra un grupo y con total impunidad contra otro, según convenga políticamente. Netanyahu cuestiona la legitimidad de cualquier tribunal externo que lo investigue a él o a su gobierno, mientras sostiene puertas adentro un sistema de justicia deliberadamente desigual entre palestinos y colonos afines a su coalición.
El argumento que no tiene salida
Reconocer a la ONU cuando reconoce la existencia de Israel, cuando le da tribuna en la Asamblea General, cuando le permite tener embajador — y rechazarla como «corrupta» únicamente cuando un tribunal asociado, con las mismas reglas que rigieron Núremberg, lo investiga a él o a su gobierno.
Denunciar acusaciones de hambruna con una cifra que cambia según el interlocutor, mientras el protocolo técnico internacional estándar —usado antes solo en África— confirma la crisis alimentaria más severa medida en Gaza.
Exigir que se respete a Israel como Estado soberano bajo el derecho internacional, mientras sostiene puertas adentro un sistema legal donde esas mismas reglas se aplican de forma desigual entre palestinos y colonos.
No hace falta tomar partido en el conflicto para ver el problema lógico de fondo: no se puede pedir que un sistema te reconozca en todo lo que te conviene y rechazarlo en lo único que no. Es la contradicción más simple y más difícil de resolver de toda la posición de Netanyahu frente al derecho internacional —y, mientras dure, seguirá siendo el argumento que ninguno de sus aliados más leales logra explicar sin caer en la misma inconsistencia.
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