El gobierno israelí no planeó en secreto, desde el primer día, un rescate heroico. Pasó una semana entera negociando, dudando y, a 48 horas del operativo, su propio primer ministro decía no tener «capacidad operativa» para ejecutarlo.
El jueves 1 de julio de 1976, mientras el primer ministro Yitzhak Rabin se reunía en Tel Aviv con un círculo cercano de asesores, el jefe del Estado Mayor de las FDI, Mordejai «Motta» Gur, se acercó con malas noticias.
«No se puede negar», dijo Gur. «Las FDI no están realmente diseñadas para operaciones en Entebbe.»
Era media tarde, cuatro días después de que el gobierno recibiera la noticia de que un avión de Air France, que iba de Tel Aviv a París vía Atenas, había sido secuestrado y llevado al aeropuerto de Entebbe, en Uganda. Más de 240 pasajeros viajaban en el vuelo, 83 de ellos israelíes. La crisis había consumido al gobierno desde entonces: esta era la sexta reunión solo de ese día, y habría dos más después.
Rabin le respondió a Gur —pero no para contradecirlo.
¿Alguien se está quejando? No me quejo, y creo que no tenemos capacidad operativa allí, capacidad operativa para liberar a los rehenes. Yitzhak Rabin · Primer ministro de Israel
Unas 48 horas después, cuatro aviones israelíes Hércules despegaban de Sharm el-Sheij, lanzando la misión que liberaría a los rehenes.
La historia que se cuenta habitualmente sobre Entebbe es la del rescate perfecto: comandos de élite, sorpresa total, 53 minutos, leyenda. Lo que las transcripciones de esas reuniones de gabinete muestran es otra cosa: un gobierno que cambió de rumbo en tiempo real, sin saber hasta el último momento si terminaría negociando con terroristas o invadiendo un país a 4.000 kilómetros de distancia.
El secuestro
El vuelo 139 de Air France —un Airbus A300 procedente de Tel Aviv, con 248 pasajeros y 12 tripulantes— despegó de Atenas hacia París poco después de las 12:30 del 27 de junio de 1976. Minutos más tarde fue secuestrado por dos palestinos del Frente Popular para la Liberación de Palestina-Maniobras Externas y dos alemanes de las Células Revolucionarias, Wilfried Böse y Brigitte Kuhlmann. Desviaron el avión a Bengasi, Libia, donde permaneció siete horas reabasteciéndose de combustible —y donde liberaron a una rehén que fingió un aborto—. A las 3:15 de la tarde del día siguiente, más de 24 horas después del secuestro, el avión llegó al aeropuerto de Entebbe, en Uganda.
Allí, a los cuatro secuestradores se sumaron al menos otros cuatro, con el apoyo de las fuerzas pro-palestinas del presidente ugandés Idi Amin. El grupo exigió la liberación de 40 palestinos detenidos en Israel y otros 13 presos en Kenia, Francia, Suiza y Alemania Occidental, con la amenaza de empezar a matar rehenes el 1 de julio. Dividieron a los secuestrados en dos grupos —israelíes y no israelíes— y los mantuvieron una semana en la sala de tránsito del aeropuerto.
Cuando los secuestradores anunciaron que liberarían a la tripulación y a los pasajeros no judíos, el comandante del vuelo, Michel Bacos, les advirtió que todos los pasajeros —incluidos los que seguían cautivos— estaban bajo su responsabilidad, y que no los dejaría atrás. Toda su tripulación lo respaldó. Una monja francesa también se negó a partir, insistiendo en ocupar el lugar de uno de los rehenes que quedaban —los soldados ugandeses la obligaron a subir igual al avión—. Al final, 85 israelíes y judíos no israelíes permanecieron retenidos, junto a otras 20 personas, la mayoría tripulantes.
«El asunto es israelí-judío»
Rabin recibió la noticia del secuestro en medio de su reunión semanal de gabinete del domingo 27 de junio. Poco después, en la misma reunión, le entregó una nota manuscrita a su jefe de gabinete dejando algo en claro: tratándose de un avión de Air France, la responsabilidad primaria era de Francia. «Tengo la intención de considerar al gobierno francés como parte responsable del destino de los israelíes que viajan en un avión de Air France», escribió.
Ese mismo día, Rabin convocó por primera vez lo que llamaría el «personal ministerial especial» —un grupo reducido con el ministro de Defensa Shimon Peres, el canciller Yigal Allon y otros tres ministros— que se reuniría 18 veces durante la crisis y terminaría convirtiéndose en lo que hoy se conoce como el gabinete de seguridad israelí.
Francia, en efecto, asumió la responsabilidad formal de negociar. Pero para el 30 de junio no había avances. En una reunión del Comité de Asuntos Exteriores y Defensa, el diputado opositor Shlomo Tamir lo dijo sin vueltas: ningún país se preocupaba más por el destino de los rehenes israelíes y judíos que Israel mismo.
Tenemos el deber de proteger la vida de nuestros ciudadanos, y también la de los judíos. Temo que Francia probablemente seguirá siendo la responsable, y no le importará esto pasado cierto punto… El asunto es israelí-judío. Shlomo Tamir · Diputado opositor
La línea con Idi Amin
Israel barajó nombres para mediar —¿el Papa Pablo VI? ¿Henry Kissinger?— pero el único contacto que importaba era directo: Idi Amin. El dictador ugandés no era amigo de Israel —en 1972 había roto relaciones con Jerusalén y adoptado la causa palestina— y, según se descubriría pronto, ya estaba trabajando con los secuestradores.
El antiguo agregado militar israelí en Kampala, Baruch «Burka» Bar-Lev, mantenía una relación personal cercana con Amin. El gobierno le pidió que se acercara, pero solo como ciudadano privado, para que no pareciera que Israel negociaba en forma directa.
¿Cómo estás, amigo mío? Idi Amin · Presidente de Uganda, primera llamada con Bar-Lev
Bar-Lev apeló directamente a su ego: «Tienes una gran oportunidad para pasar a la historia como un gran pacificador. Si liberas al pueblo, pasarás a la historia como un hombre muy grande.» Amin se mostró receptivo, pero advirtió que el plazo se acercaba: «Dicen que si el gobierno israelí no responde a sus demandas, harán volar el avión francés y todos los rehenes a las 12:00 GMT de mañana.» Aseguró además haber hablado con los rehenes israelíes directamente, y que estaban «muy felices».
«La vida humana pesa más que los principios»
Mientras tanto, la política oficial israelí seguía siendo la de no negociar. Un cable del Ministerio de Asuntos Exteriores, la noche del 29 de junio, repetía que la postura del país no había cambiado: «no capitula ante la extorsión.» Casi al mismo tiempo, llegó a manos de Rabin un telegrama firmado por «las familias de rehenes»:
A cambio de cadáveres liberamos a terroristas. Mejor hacerlo a cambio de los vivos. La vida humana pesa más que los principios, y existen otras formas de combatir o prevenir el terrorismo. Telegrama firmado «Las familias de rehenes»
Al día siguiente, el ministro de Tránsito se reunió con las familias, que repitieron la misma exigencia. Esa noche, Rabin se reunió con los editores de los principales periódicos israelíes y les pidió algo puntual: no publicar nada sobre las gestiones de las familias ante el gobierno francés, porque la publicidad podía debilitar la posición negociadora de Israel. Pero ante sus propios ministros, no ocultó que comprendía la presión: «Son familiares. No puedes esperar que actúen de forma diferente.»
El plan B que se volvió plan A
En paralelo a la diplomacia, el Mossad armaba en secreto un mapa detallado de la situación en Entebbe —ubicación de los rehenes, número de militantes, tropas ugandesas involucradas— a partir de los relatos de los rehenes ya liberados en París. El ejército israelí incluso consultó a la empresa israelí que había participado en la construcción original del edificio del aeropuerto décadas atrás, y construyó con ayuda de esos mismos civiles una réplica parcial de la terminal para entrenar al equipo de asalto. Un rehén francés de origen judío, liberado por error junto a los pasajeros no judíos, resultó tener entrenamiento militar y «una memoria fenomenal»: pudo describirle al Mossad el número y tipo de armas de los secuestradores con un detalle invaluable.
Pero a esa altura, una operación militar todavía se sentía poco realista. «Incluso ninguna decisión es una decisión», dijo Rabin en la reunión del 30 de junio. Esa misma noche, Gur le escribió una nota que es, quizás, el documento más revelador de toda la crisis:
Las FDI tienen el deber de proteger a cada israelí, dondequiera que estén. Si las FDI no pueden hacerlo, debemos salvar a los israelíes. Así que si todos los esfuerzos y enfoques no tienen éxito, el jefe de gabinete recomienda ceder a las demandas de los terroristas. Mordejai «Motta» Gur · Jefe del Estado Mayor de las FDI, nota a Rabin, 30 de junio
El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel recomendando, por escrito, ceder ante los secuestradores. Así estaban las cosas 72 horas antes del rescate.
El día del ultimátum
La mañana del 1 de julio, con la fecha límite de las 2 de la tarde encima y la amenaza de que harían volar el avión sobre las cabezas de los ministros, Shimon Peres advirtió en gabinete que ceder a las demandas tendría consecuencias peligrosas a largo plazo para Israel: «Debemos preocuparnos por el destino de las personas en el futuro, por lo que ocurrirá con el Estado de Israel y su posición respecto a los temas de secuestros, terrorismo, etc.»
Rabin, sin embargo, apoyó iniciar negociaciones formales, usando casi las mismas palabras que las familias le habían escrito en su telegrama: «No estoy preparado, a la luz de esto, para explicar al público israelí, ni a nadie más, por qué podemos realizar un intercambio por cadáveres, pero no por personas vivas.»
Esa misma mañana, Israel se ofreció a negociar a cambio de extender el plazo hasta el 4 de julio. Amin aceptó la prórroga —en parte porque le permitía cumplir un compromiso diplomático propio: viajar a entregar la presidencia de la Organización para la Unidad Africana en Mauricio—. Esos tres días extra resultarían decisivos: le dieron a Israel el tiempo que necesitaba para llegar hasta Entebbe.
Cuando la negociación fracasó
Para el 2 de julio ocurrieron dos cosas que convirtieron la operación militar de fantasía en posibilidad real. La primera: las negociaciones, comunicadas a través del embajador somalí, se estancaron. El FPLP rechazó de plano la propuesta israelí sobre la lista de presos a liberar: «El FPLP no ve sentido en las peticiones del gobierno israelí de liberar a todos los detenidos a cambio de un cierto número de luchadores por la libertad.»
La segunda: la liberación de los pasajeros no israelíes le había dado a Israel una fuente de inteligencia fresca y directa sobre la disposición exacta de los rehenes en el aeropuerto.
En una reunión ese mismo 2 de julio, Gur planteó por primera vez en términos serios la opción de una operación sorpresa. Pero seguía sin ser nada seguro: la decisión formal requería al gabinete completo, y el día siguiente era Shabat, lo que complicaba reunir a todos los ministros sin filtraciones. Peres fue tajante sobre el riesgo: «Si perdemos la ventaja de la sorpresa, enviaremos a los chicos a una misión suicida.»
Rabin, pese a todo, emitió una directiva ambigua: preparar la operación militar, pero solo como respaldo de la vía principal, que seguía siendo negociar. «Nos sugiero a nosotros mismos que consideremos esto secundario frente al esfuerzo principal de negociaciones.»
El sábado que cambió todo
Al día siguiente, sábado 3 de julio, las circunstancias ya habían cambiado. Se ordenó a los ministros permanecer en Tel Aviv durante el Shabat —algo inusual— para una reunión que Rabin describió como una «decisión importante». Esa mañana, Gur presentó un plan con muchas mejores posibilidades de éxito que cualquiera de los previos. Peres impulsó con firmeza su aprobación, sin esconder los riesgos:
Asumo claramente que pondremos en riesgo la vida de los civiles. No tengo ninguna duda en mi corazón sobre eso. Ojalá nadie muera, y veré el dedo de Dios en eso. Shimon Peres · Ministro de Defensa de Israel
Y agregó algo más personal, sobre los dos secuestradores alemanes: «Esta imagen, de un hombre y una mujer alemanes miserables de pie con armas apuntando a judíos —no puedo quitármela de encima. También hay asuntos emocionales, y sé que estamos asumiendo una responsabilidad muy grande.»
Poco después de las tres de la tarde, los ministros aprobaron la operación. Minutos más tarde, los aviones que transportaban a los comandos despegaban hacia Entebbe, a unos 4.000 kilómetros de distancia, bajo el mando del Mayor General Yekutiel Adam, con Matan Vilnai como segundo al mando y el Brigadier General Dan Shomron al frente del operativo en tierra.
53 minutos
La ruta de vuelo fue diseñada para no ser detectada: sobre el Sinaí, por la franja internacional del mar Rojo, a menos de treinta metros de altura para evitar los radares de Egipto, Sudán y Arabia Saudita. Pasaron sobre Yibuti, llegaron cerca de Nairobi tras cruzar Somalia y el Ogaden etíope, y giraron hacia el oeste a través del Gran Valle del Rift y el lago Victoria. Dos Boeing 707 seguían a los Hércules: uno con personal médico, que aterrizó en Nairobi; el otro, con el general Adam a bordo, sobrevoló Entebbe durante el asalto.
La operación completa duró 53 minutos; el asalto en sí, 30. De los 105 rehenes, tres murieron en el rescate y unos diez fueron heridos. Un cuarto rehén, que había sido trasladado antes a un hospital ugandés, fue asesinado después por orden directa de Idi Amin, ya sin la operación en marcha. Entre 33 y 45 soldados ugandeses murieron, y once cazas MiG-17 quedaron destruidos en tierra.
El día después
Los rescatados volaron a Israel vía Nairobi y aterrizaron poco después de la medianoche del 4 de julio. Esa misma tarde, en una reunión de gobierno, Peres elogió a Yonatan Netanyahu como «uno de los combatientes más maravillosos del pueblo judío». La operación, que hasta entonces no tenía nombre oficial, sería rebautizada en su memoria: Operación Yonatan.
Al día siguiente, Rabin se reunió con la prensa después de una semana entera negociando puertas adentro e intentando, sin éxito, conseguir ayuda internacional real. Pero fue una operación secreta, planeada y ejecutada por Israel en solitario, la que terminó rescatando a los rehenes.
Ningún país participó en la planificación de la operación con antelación, desde luego no europeos ni estadounidenses. Y todos aquellos que dicen que lo sabían están contando historias de vieja. Y eso es por una razón sencilla: toda la operación se construyó sobre la sorpresa. No sé en quién confías, pero no confío en ningún francés, alemán o inglés —y no siempre en los estadounidenses, cuando se trata de guardar un secreto. Yitzhak Rabin · 5 de julio de 1976
Lo que el mito no cuenta
La versión que se repite de Entebbe es la de la máquina perfecta: inteligencia impecable, comandos infalibles, sorpresa total. Lo que las transcripciones reales muestran es algo más humano y, en cierto modo, más impresionante: un gobierno que durante casi una semana entera no tuvo un plan claro, que osciló entre negociar y rescatar, que recibió por escrito la recomendación de su propio jefe militar de ceder ante los terroristas, y que terminó aprobando, en pleno Shabat y bajo una presión brutal, una operación que 48 horas antes su primer ministro consideraba imposible.
El éxito de Entebbe no fue la ejecución de un plan maestro. Fue la capacidad de un gabinete dividido y temeroso de cambiar de decisión en el último momento posible, sabiendo —en palabras del propio Peres— que estaban «asumiendo una responsabilidad muy grande» con vidas que no eran suyas.
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☕ Invitame un caféFuentes: Transcripciones y actas de reuniones del gabinete israelí, 27 de junio al 4 de julio de 1976. Entrevista de Associated Press a Moshe Betser (5 de julio de 2006). Declaraciones públicas de Yitzhak Rabin, Shimon Peres y Mordejai «Motta» Gur registradas en archivos históricos israelíes.
Este artículo tiene propósito informativo e histórico.
