Cuando Estados Unidos e Israel entraron en guerra contra Irán a comienzos de este año, pareció llegar el momento que Reza Pahlavi esperó durante casi medio siglo. «El pueblo iraní me ha pedido que lidere la transición tras la desaparición del régimen», escribió en X apenas empezó la guerra. En Texas, en marzo, recibió una ovación de pie de 45 segundos en la Conservative Political Action Conference, rodeado de emigrados iraníes envueltos en la bandera imperial anterior a 1979.
Pero antes de analizar por qué su candidatura se tambalea hoy —marginada por la propia administración Trump, cuestionada por sus donantes, salpicada por episodios de violencia entre sus seguidores—, hace falta entender algo que rara vez se explica con la profundidad necesaria: por qué gran parte de Irán, incluso quienes odian a la República Islámica, no lo quiere de vuelta.
El apellido que carga tres pecados históricos
Represión: la SAVAK
El régimen de su padre, Mohammad Reza Shah, sostuvo su poder durante décadas apoyado en la SAVAK, su policía secreta creada en 1957, responsable de la tortura y desaparición sistemática de opositores. Bajo una fachada de modernización —rascacielos, centros comerciales, la Revolución Blanca de 1963—, el aparato represivo asfixió cualquier disidencia real durante todo el reinado.
Corrupción: la fortuna que salió del país
Cuando el Shah huyó de Irán en 1979, él y su familia ya habían transferido al extranjero un estimado de 4.000 millones de dólares —unos 17.850 millones de dólares actuales, ajustados por inflación—. De esa cifra, el propio Shah controlaba directamente al menos 1.000 millones, mayormente en cuentas bancarias suizas. Estimaciones independientes sitúan la fortuna total de la familia en 20.000 millones de dólares o más, canalizada en buena parte a través de la opaca Fundación Pahlavi, con activos distribuidos en casi todos los sectores de la economía iraní. El estilo de vida en el poder incluía 140 automóviles de lujo y un Boeing 727 privado.
Decadencia: Persépolis, 1971
El símbolo máximo de esa distancia con el pueblo llegó en octubre de 1971, cuando la familia real celebró los 2.500 años del Imperio Persa con una fiesta en las ruinas de Persépolis que costó entre 300 y 600 millones de dólares. Una ciudad de carpas de seda rosa en pleno desierto, comida traída del restaurante parisino Maxim’s, caviar preparado por 200 chefs, vino enfriado con hielo transportado en helicóptero, ante 60 monarcas y jefes de Estado. El ayatolá Jomeini, ya en el exilio, la llamó «el festival del diablo». Historiadores la consideran uno de los detonantes del descontento popular que desembocó en la revolución de 1978-79.
Y hay una capa más, personal y trágica: dos de los hermanos de Reza Pahlavi murieron en circunstancias devastadoras en el exilio. Su hermana menor, Leila, falleció en Londres en 2001 por una sobredosis de drogas. Su hermano Alireza, doctorando en estudios iraníes antiguos en Harvard, se suicidó en 2011. Son tragedias humanas reales, pero también refuerzan, para buena parte del público iraní, la imagen de una dinastía desarraigada, viviendo una vida de excesos lejos del país que dice representar.
Quién es, hoy, Reza Pahlavi
Tiene 65 años. Se fue de Irán en 1978, con 17, para entrenarse como piloto de combate en Texas. Nunca volvió a pisar el país. Vive hoy en una casa de siete habitaciones en un suburbio adinerado cerca de Washington. Nunca tuvo un empleo convencional con salario: pasó las últimas cuatro décadas como activista político de tiempo completo, financiado por donantes de la diáspora iraní.
Una encuesta de 31.450 iraníes realizada por el Instituto Gamaan (con sede en los Países Bajos) mostró que un 48% lo ve favorablemente —una cifra alta para un exiliado, pero lejos de un respaldo unánime, y de difícil verificación en una sociedad autoritaria donde encuestar es complicado—.
Ali Vaez (International Crisis Group), tras reunirse con él hace 15 años: «Le apasiona mucho más el fútbol, la gastronomía y la fotografía que la política (…) no tiene lo que hace falta para ser un líder».
Scott Anderson, autor de un libro sobre la revolución iraní: «Ha vivido en una especie de burbuja irrealista (…) todo lo que siempre he oído sobre él de la diáspora iraní es que es un poco ligero».
Derrick Van Orden, congresista republicano que sí quedó impresionado: lo describió como «elocuente y humilde», con porte «presidencial».
Trump lo usó, y después lo dejó afuera
Trump dice a Reuters que Pahlavi «parece muy amable, pero no sé cómo jugaría dentro de su propio país». El embajador ante la ONU, Mike Waltz, pide a un activista iraní-estadounidense que ni lo nombre en una reunión del Consejo de Seguridad.
Comienza la guerra. Cuatro días después de la ovación en el CPAC, Trump publica que va a lanzar a Irán «de vuelta a la Edad de Piedra». Pahlavi no lo condena de inmediato, para sorpresa de sus propios donantes.
El alto el fuego entre EE.UU. e Irán no menciona ningún cambio de régimen. Washington acepta respetar la soberanía iraní. El vicepresidente JD Vance aclara públicamente que Trump nunca dijo que su objetivo fuera instalar a Pahlavi.
Pese al ataque aéreo que mató al entonces líder supremo Alí Jamenei, el gobierno islámico sobrevivió y, según observadores, salió con el control reforzado. Es la falla central que Pahlavi no logró resolver: no hay alternativa clara y unificada a la República Islámica, y Washington lo sabe.
La guerra y las protestas no fueron cosas separadas — y Pahlavi no fue un actor pasivo
Conviene reconstruir esto con precisión, porque la secuencia completa muestra algo más comprometido que un simple respaldo posterior: Pahlavi pidió activamente la intervención extranjera semanas antes de que la guerra comenzara.
En plena represión de las protestas —con bloqueo de internet y decenas de muertos ya confirmados—, Pahlavi instó a los iraníes a continuar las manifestaciones y le pidió directamente a Trump que estuviera «preparado» para «intervenir» y «ayudar» al pueblo iraní.
Trump respondió en la misma línea: les dijo a los manifestantes que «la ayuda está en camino», amenazando con bombardear el país si el gobierno continuaba reprimiendo.
Trump declaró públicamente su respaldo al cambio de régimen, calificándolo de «lo mejor que podría pasar», y dijo que «hay gente» a la que quiere ver tomar el control —sin nombrar a Pahlavi explícitamente—.
Comienza la guerra. Netanyahu declara en video que la operación «creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome su destino en sus propias manos» y llama directamente a la sublevación. Pahlavi, el mismo día, califica la intervención de «ayuda humanitaria» dirigida «al aparato represivo» del régimen, y le pide a Trump «máxima cautela» para evitar bajas civiles.
Es acá donde aparece el giro real: tras meses pidiendo activamente la intervención, una vez que la guerra ya estaba en marcha, Pahlavi cambió de tono. En su comunicado del 28 de febrero anunció que «se acerca la hora de volver a las calles» para la «batalla final» —pero, en el mismo mensaje, les pidió a los ciudadanos que permanecieran en sus hogares «hasta nuevo aviso», se mantuvieran en calma y quedaran «listos para regresar a las calles» recién cuando él diera la orden.
El contraste es revelador: quien en enero empujaba activamente para que Trump se preparara a intervenir, una vez que la intervención efectivamente llegó, pasó a frenar a su propia base y pedir paciencia hasta su señal personal. No es la conducta de alguien ajeno a los acontecimientos ni sorprendido por ellos —fue, en los hechos, uno de los que más insistió en que esa ayuda llegara—.
La red que Pahlavi sí reconoce
Más allá de si coordinó o no con Washington y Jerusalén el momento del llamado, Pahlavi admitió tener una infraestructura organizativa propia, lista para activarse. Dijo comunicarse con «líderes celulares» de «más de mil grupos diferentes» —sindicatos, academia, religión, organizaciones étnicas— «para estar listos para intervenir en el momento en que tengamos esa oportunidad». Reuters no pudo confirmar de forma independiente cuántos de esos grupos realmente colaboran con él dentro de Irán. Al mismo tiempo, insiste en que nunca buscó el respaldo de ningún gobierno extranjero: «No corresponde a un gobierno extranjero decidir quién o qué debería ser la alternativa para Irán.»
La pasividad que le costó apoyos propios
Durante al menos diez años, Pahlavi se declaró defensor de designar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) —el principal instrumento de represión y poder del régimen en el exterior— como organización terrorista. Pero cuando la campaña necesitó algo más que tuits, activistas como Alireza Akhondi (parlamentario sueco de origen iraní) y Hassan Verkiany lo acusan de haber «boicoteado» el esfuerzo: nunca firmó la declaración conjunta ni asistió a las manifestaciones en Estrasburgo o Bruselas que se le pidieron.
Días después de que Akhondi se lo pidiera personalmente por segunda vez, buena parte del entorno de Pahlavi abandonó la campaña y el financiamiento se cortó. La Unión Europea terminó designando al IRGC como grupo terrorista recién en enero de este año —siete años después de que lo hiciera Estados Unidos—.
Violencia entre sus propios seguidores
Reuters documentó al menos cuatro incidentes de violencia o acoso por parte de simpatizantes de Pahlavi en tres países en los meses recientes:
Simpatizantes exigieron a un restaurante kurdo exhibir la bandera imperial. En la trifulca posterior, un reportero kurdo fue golpeado en el suelo, con patadas y puñetazos en la cabeza y la espalda, hasta requerir atención hospitalaria.
Simpatizantes amenazaron a un restaurantero persa que se negó a exhibir la bandera imperial, insultando al personal y asustando a clientes. Un hombre fue condenado por amenazas y coacción.
Una consultora pro-Pahlavi expuso públicamente a un ingeniero que había asistido a una protesta, contactando incluso a la agencia antiterrorista holandesa y a su empleador, generándole «ansiedad severa» según reportes policiales.
Dos partidarios de Pahlavi fueron acusados de asesinato en primer grado por la muerte de Masood Masjoody, un académico que había demandado a Pahlavi y a su entorno por presunta dirección de ciberataques contra disidentes. Pahlavi negó bajo juramento conocer a Masjoody, pese a que ambos habían participado juntos en videollamadas documentadas.
No hay evidencia de que Pahlavi haya ordenado ninguno de estos hechos, y él mismo los condenó públicamente: «La condeno. Me distancio de eso. No lo justifico.» Pero críticos como Hossein Ronaghi sostienen que tiene «responsabilidad política y moral de hablar de forma clara, repetida e inequívoca» contra estas conductas —algo que, según sus propios asesores, recién empezó a intentar formalizar en 2025, con «un protocolo mucho más estricto» para su círculo cercano.
Los donantes que se enfriaron
Entre los donantes figuran Dara Khosrowshahi (CEO de Uber) y Hamid Moghadam (presidente de Prologis, que llegó a reunirse con el secretario de Estado Marco Rubio para mencionar a Pahlavi como posible vía hacia la democracia). Pero el entusiasmo se enfrió: un donante que dejó de aportar resumió el problema en términos empresariales: «Todos somos gente de negocios. Quieres tener un retorno de la inversión.» Pahlavi respondió que no iba a «cambiar la misión» para satisfacer expectativas de sus benefactores.
El «puente hacia el destino»
Pahlavi insiste en que no busca el trono: «No soy el destino, soy un puente hacia el destino.» Sitúa la cifra de muertos en las protestas de enero en 40.000 —muy por encima de los 5.000 que reconoció un funcionario iraní—, y sostiene que fue la represión de esas protestas lo que cambió su postura hacia aceptar ayuda militar extranjera.
Pahlavi no tiene, según coinciden hasta sus simpatizantes más informados, un movimiento de masas real dentro de Irán —a diferencia de figuras como Mandela o Walesa—. Parte de eso se explica por la represión sistemática de cualquier líder alternativo dentro del país. Pero otra parte se explica por su propio apellido: represión, fortuna sacada del país y decadencia exhibida son tres acusaciones que ni cuatro décadas de exilio ni una retórica democrática consistente lograron borrar del todo.
Con la guerra volviendo a calentarse, Pahlavi enfrenta ahora una prueba más dura que lidiar con donantes decepcionados: sostener su relevancia política mientras la administración que más necesitaba de su lado sigue, en los hechos, negociando directamente con el gobierno que él quiere derrocar.
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