Atletas celebrando victoria con trofeos en campo deportivo al atardecer.

Soft power con pelota: la geopolítica del deporte

Bastión — Geopolítica e Historia
Ideas · Deporte y poder

Soft power con pelota:
la geopolítica del deporte

De Berlín 1936 a la diplomacia del ping-pong, y de ahí directo al Mundial 2026: el deporte nunca fue un espacio neutral. Es, desde hace más de un siglo, uno de los escenarios donde los Estados negocian prestigio, proyectan poder y, cada tanto, dejan ver sus propias contradicciones.

Bastión · Octubre 2026 · Análisis de ideas
1936 Berlín convierte los Juegos Olímpicos en la primera gran operación de propaganda deportiva de un Estado
1971 Año de la diplomacia del ping-pong entre EEUU y China
78/104 Partidos del Mundial 2026 que se juegan en Estados Unidos, contra 13 en México y 13 en Canadá

Durante décadas se presentó al deporte como una esfera autónoma, separada de la política: un espacio de entretenimiento, competencia reglada y sociabilidad lúdica. Una mirada histórica más atenta muestra que esa neutralidad fue siempre más un ideal discursivo que una realidad empírica. Desde la consolidación del deporte moderno a fines del siglo XIX hasta la espectacularización de los grandes eventos del siglo XXI, las prácticas deportivas estuvieron atravesadas por intereses estatales, identidades nacionales y disputas de prestigio internacional.

El concepto clave: soft power

Para analizar la influencia del deporte en las relaciones internacionales, el concepto central es el de soft power, acuñado por el politólogo Joseph Nye: la capacidad de un Estado para obtener lo que desea mediante la atracción y la seducción, no mediante la coerción. Los megaeventos deportivos —los Juegos Olímpicos, la Copa Mundial de la FIFA— funcionan como el escaparate ideal para proyectar una imagen favorable de un país.

El deporte alimenta ese soft power de tres maneras. Primero, transmite valores culturales —camaradería, respeto, deportividad— que generan empatía y sentido de comunidad global. Segundo, a través de atletas y equipos, un país proyecta su autoimagen y sus logros, con los deportistas actuando como embajadores de marca. Tercero, la organización de eventos internacionales atrae audiencias globales, estimula economías locales vía turismo e infraestructura, y genera un mercado de escala planetaria. El éxito de esta estrategia depende, sin embargo, de la coherencia entre el mensaje proyectado y la realidad interna del país —ahí es donde empiezan las críticas de instrumentalización.

Realismo, liberalismo y el mito de la neutralidad

Las principales corrientes de relaciones internacionales leen el fenómeno de forma distinta. Desde el Realismo —que sostiene que los Estados buscan poder para su propia supervivencia— el deporte es una herramienta más en esa búsqueda, ya sea vía influencia económica, cultural o simbólica: la diplomacia deportiva no es idealismo, es pragmatismo. Desde el Liberalismo, en cambio, con su énfasis en la interdependencia y la cooperación, el deporte aparece como un facilitador natural de relaciones pacíficas, capaz de romper barreras y construir una identidad global compartida.

La tensión entre el ideal de la «tregua olímpica» y su uso recurrente como herramienta de propaganda o vehículo de protesta demuestra la imposibilidad de separar el deporte de la política. La idea de que el deporte es «apolítico» es, en sí misma, un mito —a menudo promovido, justamente, por quienes tienen intereses creados en mantenerlo así—.

Los orígenes: nacionalismo europeo y deporte moderno

La Revolución Industrial alteró las formas de vida en Europa, favoreciendo la urbanización y la expansión de los tiempos de ocio. En ese contexto surgieron clubes y asociaciones que fijaron reglas y normalizaron competiciones: el Sheffield Football Club, fundado en 1857, suele citarse como hito fundacional del fútbol organizado, mientras que la creación de la FIFA en París, en 1904, muestra qué tan rápido el deporte desbordó el marco local para volverse internacional.

Los Estados advirtieron pronto que la competición deportiva ofrecía una vía excepcional para reforzar la cohesión interna, simbolizar virtudes nacionales y proyectar una imagen favorable hacia el exterior. Los himnos, banderas y ceremonias reforzaron la identificación entre rendimiento deportivo y prestigio colectivo.

La restauración de los Juegos Olímpicos en Atenas en 1896 debe leerse en esa misma clave: aunque el olimpismo se formuló en nombre de la fraternidad universal, su desarrollo coincidió con una etapa de competencia entre potencias y consolidación de soberanías estatales.

Berlín 1936: el modelo de instrumentalización total

Los Juegos Olímpicos son, probablemente, el ejemplo más claro de deporte como escenario político. En ellos no solo compiten atletas: compiten países que buscan reconocimiento y visibilidad global. La edición de Berlín 1936 representa el momento paradigmático de esa instrumentalización: el régimen nazi convirtió los Juegos en una plataforma de propaganda para exhibir orden, modernidad y fortaleza política, mientras encubría la violencia ideológica que ya estructuraba el sistema alemán.

El ministro de Propaganda Joseph Goebbels orquestó minuciosamente el evento. La cineasta Leni Riefenstahl aportó el documental Olympia, que ensalzó el culto al cuerpo y los ideales de fortaleza física que convenían al régimen. Y el dirigente deportivo Carl Diem impulsó la creación del recorrido de la antorcha olímpica desde Olimpia hasta Berlín, un símbolo de herencia clásica que el nazismo instrumentalizó para legitimarse. El medallero dejó de ser una contabilidad competitiva para adquirir valor ideológico y estratégico.

La diplomacia del ping-pong

La dimensión geopolítica del deporte no se agota en la propaganda: también tiene una cara diplomática. El deporte ha servido como canal de contacto entre actores enfrentados, lenguaje simbólico de distensión e instrumento preliminar de acercamiento político. Su fuerza está en que crea encuentros reglados y emocionalmente significativos entre sujetos que, fuera del terreno de juego, pueden mantener relaciones hostiles.

El deporte no resolvió por sí mismo el conflicto, pero sí facilitó un cambio de atmósfera, modificó percepciones y acompañó el deshielo.

— Sobre la diplomacia del ping-pong, EEUU-China, 1971

Los intercambios deportivos de 1971 entre Estados Unidos y la República Popular China ayudaron a preparar un clima político más favorable para el acercamiento bilateral, dándole un rostro público y simbólico a un proceso diplomático de mayor calado. Esa utilidad se mantuvo en otros formatos —partidos amistosos, desfiles conjuntos, candidaturas compartidas—: allí donde la diplomacia tradicional opera con comunicados y protocolos discretos, el deporte introduce imágenes fácilmente legibles para la opinión pública.

Globalización: más actores, más escrutinio

La globalización intensificó el fenómeno en lugar de despolitizarlo. La expansión de mercados, plataformas audiovisuales y audiencias transnacionales multiplicó su peso político. Hoy, junto a los Estados, intervienen fondos de inversión, multinacionales, plataformas de retransmisión y organismos internacionales que condicionan el ecosistema deportivo. Al mismo tiempo, la sensibilidad pública aumentó: sedes de torneos, condiciones de organización, financiación de clubes y posiciones políticas de los atletas son hoy objeto de escrutinio global, acelerado por las redes sociales.

El caso vivo: el Mundial 2026

Si hace falta un caso actual para ver toda esta teoría en funcionamiento, alcanza con mirar el Mundial 2026, disputado entre el 11 de junio y el 19 de julio en Canadá, Estados Unidos y México —la primera Copa del Mundo organizada conjuntamente por tres países, con 48 selecciones y un ingreso de casi 15.000 millones de dólares para la FIFA, la cifra más alta de la historia—. La candidatura trinacional se impuso a Marruecos en 2018 por 134 votos contra 65, con el respaldo simbólico de once países africanos.

La distribución de partidos no fue pareja: Estados Unidos albergó 78 de los 104 encuentros del torneo, mientras que México y Canadá recibieron apenas 13 cada uno. Las rondas eliminatorias y la final quedaron concentradas en territorio estadounidense.

El torneo se pensó en 2018 como una vitrina de integración regional norteamericana. Llegó, en cambio, en un contexto de relación trilateral mucho más tensa: políticas migratorias endurecidas, roces comerciales de cara a la revisión del T-MEC, y una ofensiva militar de Estados Unidos contra Irán que tuvo consecuencias directas sobre el propio Mundial. La selección iraní debió alojarse en México durante buena parte del torneo, ante el rechazo de Trump a que el equipo pisara territorio estadounidense mientras no tuviera partidos programados ahí.

Hubo, además, un episodio que resume en una sola escena todo lo que la teoría del soft power advierte sobre la contaminación entre deporte y poder político: la FIFA anuló la sanción a un jugador estadounidense tras la intervención personal de Trump ante el presidente de la organización, Gianni Infantino. Analistas consultados por medios mexicanos describieron la asimetría de sedes y protagonismo como una forma de «legitimación blanda» del proyecto de Estados Unidos como nodo de seguridad y entretenimiento del continente, con México y Canadá en un rol subordinado dentro de esa narrativa.

La FIFA necesita a Trump y a Estados Unidos porque su disputa ya no es únicamente por audiencias globales, sino por centralidad dentro del mercado deportivo más lucrativo del mundo.

— Análisis sobre la geopolítica del Mundial 2026

El Mundial 2026 no rompió con el patrón que describía Nye ni con el que exhibió Berlín 1936: siguió siendo, casi un siglo después, la misma disputa por prestigio, legitimidad y relato nacional, solo que ahora repartida entre tres países, condicionada por un conflicto bélico en curso en otro continente, y con un presidente capaz de torcer una decisión deportiva con una sola llamada.


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