Trump Island: la otra
cara del bloqueo a Cuba
Mientras Trump amenaza con «tomar Cuba» y su gobierno sostiene el primer bloqueo naval efectivo a la isla desde la Crisis de los Misiles, un empresario de Dubái negocia con el mismo régimen cubano levantar un resort de lujo que podría llevar su nombre. Presión de Estado y oportunidad de negocio, corriendo en paralelo sobre el mismo tablero.
El 3 de enero de 2026, Estados Unidos impuso sanciones al petróleo enviado a Cuba, como parte del reordenamiento regional que siguió a la intervención estadounidense en Venezuela. Siete meses después, la isla enfrenta lo que The New York Times describió como el primer bloqueo naval efectivo desde la Crisis de los Misiles de 1962. Y en medio de ese bloqueo, un proyecto turístico con nombre y cúpulas doradas empezó a circular: Trump Island. Las dos historias no son contradictorias. Son la misma jugada, vista desde ángulos distintos.
Cómo se armó el bloqueo
La crisis cubana de 2026 arrancó como una consecuencia directa del derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela. El 4 de enero, el gobierno cubano confirmó que 32 miembros de sus fuerzas de seguridad habían muerto durante los ataques estadounidenses en territorio venezolano, y decretó dos días de duelo nacional. Días después, México suspendió sus envíos de petróleo a la isla, y Trump firmó una orden ejecutiva imponiendo aranceles a cualquier país que exportara crudo hacia Cuba —cerrándole, en la práctica, casi todas las vías de abastecimiento energético—.
El 13 de marzo, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel confirmó públicamente que su gobierno estaba en conversaciones con la administración Trump para buscar una salida al bloqueo petrolero. El mismo mes, Cuba sufrió apagones de hasta 72 horas continuas en algunas provincias.
El resultado social fue devastador: cortes de luz de días completos, protestas —con al menos cinco personas arrestadas en marzo tras un incendio provocado durante una manifestación—, y un deterioro económico que, según reportes posteriores, llevó al sistema eléctrico nacional a su séptima caída total del año hacia comienzos de agosto.
La retórica: amenaza, retractación, repetición
En paralelo al bloqueo, Trump construyó una escalada verbal con un patrón reconocible: lanzar la amenaza máxima, y después, cuando genera ruido, pedir que se la ignore sin retirarla del todo. El 27 de febrero dijo que Cuba «no tiene dinero, no tiene nada» y que Washington «podría muy bien terminar teniendo una toma de control amistosa de Cuba». Diez días después, en un discurso en Miami, fue más lejos: «Cuba is next» (Cuba es la siguiente) —y en la misma frase, agregó: «Finjan que no dije eso».
Ya sea que la libere o la tome, creo que podría hacer con ella lo que quisiera, si quieren saber la verdad.
— Donald Trump, Cumbre de las Américas, Doral, marzo de 2026En esa misma cumbre de Doral, Trump reveló algo que rara vez se admite en público: dijo que cuatro líderes latinoamericanos le habían pedido personalmente que «se hiciera cargo» de Cuba, y que él respondió que lo haría. El 16 de julio, la escalada llegó a su punto más alto hasta ahora: «muchas cosas van a suceder en Cuba» en «los próximos, quizá, dos meses», aunque aclaró que no sería «como Venezuela» porque Cuba no tiene el petróleo que justificaría ese nivel de interés económico directo.
CBS News reportó, citando funcionarios estadounidenses, que el Pentágono examinó opciones concretas de acción contra Cuba, incluido un asalto aéreo liderado por el Ejército con la 101ª División Aerotransportada y participación de miles de soldados. El jefe del Comando Sur negó ante el Senado que se estuviera «ensayando» una invasión.
La vía paralela: negociar por atrás
Mientras la retórica pública escalaba, corría una vía de contacto mucho más discreta. Funcionarios cercanos a Marco Rubio se reunieron a fines de febrero con el nieto de Raúl Castro para discutir una posible reducción de sanciones a cambio de cambios internos en la isla. El propio Trump lo confirmó en Doral: «Quieren negociar, y están negociando con Marco y conmigo, y con algunos otros».
Es en esa misma vía discreta donde aparece, meses después, la carta de intención por Cayo Santa María. En junio, el diario emiratí The National reveló que Ali Abdullah bin Haidar, empresario de Dubái, firmó con el gobierno cubano un acuerdo para desarrollar un resort de lujo con dos torres y cúpulas doradas, que podría llamarse oficialmente «Trump Island» si la Trump Organization acepta sumarse. El propio reportaje aclaró que «Trump Island» figura solo como una opción de nombre bajo consideración, sin acuerdo firmado ni autorización de la organización de Trump —que ni siquiera respondió las consultas de la prensa emiratí—.
Lo que sí cambió fue el tono oficial cubano. El 30 de julio, el periodista Jack Nicas, del New York Times, le preguntó directamente al viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, si Trump podría invertir en la isla. Su respuesta fue la primera confirmación pública de un alto funcionario cubano abriendo esa puerta:
Lo que le prohíbe a Donald Trump invertir en Cuba son las leyes estadounidenses. No lo excluimos a él ni a su organización de hacer negocios en Cuba, si lo hace respetando las leyes cubanas.
— Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, 30 de julio de 2026El detalle que le da peso a esa frase es quién la dijo: Fernández de Cossío había sido, hasta entonces, uno de los funcionarios cubanos más frontales contra Trump, llegando a compararlo públicamente con figuras autoritarias en enero de 2025. Que sea justamente él quien confirme que Cuba no vetaría una inversión de Trump —y que la traduzca, además, en una responsabilidad de las leyes estadounidenses y no cubanas— es la señal más clara hasta ahora de que el régimen está dispuesto a considerar la idea, aunque insista en que no negocia «nada en particular» todavía.
No es la primera vez
El interés de la marca Trump por Cuba tiene casi 30 años de historia. En 1998, con Fidel Castro todavía en el poder, la Trump Organization ya había enviado ejecutivos a La Habana para explorar la construcción de un resort de lujo. El proyecto nunca se concretó por el clima político de la época —Estados Unidos mantenía el embargo total y cualquier acercamiento empresarial resultaba inviable—, pero la intención de negocio, según reconstrucciones periodísticas posteriores, quedó documentada.
La semilla quedó plantada. Hoy, casi tres décadas después, con Trump de regreso en la Casa Blanca y el régimen cubano desesperado por divisas, aquella vieja fantasía empresarial podría estar más cerca de materializarse que nunca.
— Análisis sobre los antecedentes del proyecto, julio de 2026El patrón se repite también fuera de Cuba. Affinity Partners, el fondo de inversión de Jared Kushner, tiene en marcha un proyecto de 500 millones de dólares en Belgrado que incluye explícitamente un hotel de marca Trump y tres torres de lujo, desarrollado junto al multimillonario de Dubái Mohamed Alabbar. Es la misma arquitectura de negocio —capital del Golfo, terreno geopolíticamente sensible, marca Trump con licencia— que ahora aparece replicada en Cuba, aunque con otro inversor y sin que Kushner figure, por ahora, en ningún documento vinculado al proyecto cubano.
La ironía que no es nueva
Cuba tiene su propio antecedente de contradicción entre discurso y conveniencia: en 1975, Fidel Castro decretó tres días de duelo oficial por la muerte de Francisco Franco, el dictador español que había sido aliado de Hitler y Mussolini, mientras Cuba se presentaba ante el mundo como el bastión antifascista y antiimperialista del hemisferio. Medio siglo después, la misma isla que se define oficialmente como resistencia revolucionaria frente al «imperialismo yanqui» evalúa ponerle el nombre de un presidente estadounidense —el mismo que la está bloqueando— a un resort de lujo en su propia costa.
Ninguna de las dos partes actúa por hipocresía en el sentido moral: actúan por cálculo. Cuba necesita divisas con la urgencia que le impone un sistema eléctrico colapsado y una economía sin oxígeno. Trump necesita, además de presión política, un resultado exhibible —ya sea una rendición diplomática o un negocio con su nombre en la fachada—. El bloqueo y el resort no son caras opuestas de la misma moneda: son la misma cara, mostrada en dos monedas distintas.
Cronología: presión y negocio en simultáneo
EEUU impone sanciones al petróleo enviado a Cuba tras la intervención en Venezuela. Empieza la crisis.
México suspende sus envíos de petróleo a Cuba.
Trump habla de una posible «toma de control amistosa» de Cuba en la Casa Blanca.
Funcionarios de Rubio se reúnen en secreto con el nieto de Raúl Castro para discutir alivio de sanciones.
En la Cumbre de las Américas en Doral, Trump revela que líderes regionales le pidieron «hacerse cargo» de Cuba.
Díaz-Canel confirma que Cuba negocia con la administración Trump una salida al bloqueo petrolero.
Apagón nacional en Cuba, con hoteles operando solo con generadores propios.
The National revela la carta de intención de Ali bin Haidar para el proyecto «Trump Island» en Cayo Santa María.
Trump anuncia que «muchas cosas» sucederán en Cuba en los próximos dos meses.
El sistema eléctrico cubano sufre su séptima caída total del año. El viceministro Fernández de Cossío no descarta negocios con la Trump Organization.
Lo que separa este episodio de una simple curiosidad geopolítica es que ambas líneas de tiempo —la del bloqueo y la del resort— corrieron exactamente en paralelo, sin que ninguna interrumpiera a la otra. Eso, más que la anécdota de las cúpulas doradas, es el verdadero dato: cuando el poder político y el negocio privado comparten el mismo apellido, la presión de Estado y la oportunidad comercial dejan de ser caminos separados y se convierten en la misma estrategia, ejecutada con dos manos distintas al mismo tiempo.
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