María I: la reina que
la historia demonizó
Reinó cinco años, fue traicionada por su padre, humillada por su marido, saboteada por sus consejeros y condenada por la posteridad con un apodo construido por sus enemigos. María I de Inglaterra merece una lectura que la historia oficial le negó durante siglos.
Hay personas a quienes la historia les asignó un papel y se negó a revisar el veredicto. María I de Inglaterra es una de ellas. Su nombre lleva adherido desde hace cinco siglos un apodo —»la Sanguinaria»— que fue fabricado por sus enemigos religiosos después de su muerte, construido sobre exageraciones deliberadas y convertido en sentencia inapelable por siglos de historiografía protestante. Quitarle ese apodo no significa absolverla de sus actos. Significa leerla con los mismos criterios que aplicamos a quienes la rodearon, incluidos su padre y su sucesora, cuyos propios registros de violencia raramente reciben el mismo tratamiento.
María Tudor fue la primera mujer que gobernó Inglaterra por derecho propio, no como regente de un marido o tutor de un hijo, sino como reina soberana por herencia legítima. Eso, en el siglo XVI, era una anomalía que desafiaba siglos de orden político y que sus propios colaboradores —hombres todos— le hicieron pagar con una resistencia institucional constante. Que haya gobernado en esas condiciones durante cinco años, haya estabilizado la economía, haya reinvertido en la flota naval y haya navegado crisis políticas de enorme gravedad, es un logro que el apodo «Sanguinaria» se encargó de enterrar.
Hija legítima un día.
Bastarda al siguiente.
Para entender a María hay que entender lo que fue su infancia y su juventud, porque pocas personas en la historia europea recibieron una formación para la vida tan sistemáticamente cruel como la que le proporcionó su propio padre.
María nació el 18 de febrero de 1516 en el Palacio de Greenwich, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón. Era una niña brillante, educada con el rigor humanista que se esperaba de una princesa Tudor destinada, quizás, a un matrimonio dinástico de importancia. Recibió una formación en latín, griego, música y teología que sus biógrafos posteriores tendieron a minimizar. Hablaba varios idiomas. Era una lectora voraz. Era, en todos los sentidos, la hija que cualquier monarca europeo habría querido como heredera.
Pero no era un varón. Y eso, en la lógica de Enrique VIII, lo convertía en un problema.
Cuando el rey decidió que necesitaba un hijo y que Ana Bolena era la mujer con quien tenerlo, María se convirtió en el obstáculo humano que había que eliminar del camino. El proceso fue metódico y frío. En 1531, Enrique separó definitivamente a María de su madre, la reina Catalina, que nunca aceptaría el divorcio y que moriría en 1536 sin haber vuelto a ver a su hija. En 1534, el Acta de Sucesión declaró a María ilegítima. De princesa heredera a bastarda, de un plumazo legal.
Tenía dieciocho años cuando su padre la declaró bastarda. Le quitaron el título, la separaron de su madre, la relegaron a los márgenes de la corte. Nunca se quejó en público. Nunca renunció a su fe. Esperó.
Lo que María hizo durante esos años revela un carácter que la leyenda de «la Sanguinaria» tiende a oscurecer. Resistió la presión de su padre para que firmara documentos que reconocieran la ilegitimidad de su madre y la supremacía del rey sobre la Iglesia. Resistió durante años, poniendo en riesgo su propia libertad y posiblemente su vida. Cuando finalmente cedió, en 1536, lo hizo bajo una presión que rayaba en la coacción. No fue una rendición: fue una táctica de supervivencia de alguien que entendía que para luchar necesitaba seguir viva.
La situación mejoró parcialmente cuando Enrique se casó con su sexta esposa, Catalina Parr, en 1543. Parr era una mujer cultivada y afectuosa que reunió a los tres hijos del rey bajo el mismo techo y proporcionó al hogar Tudor algo de lo que había carecido durante años: una estabilidad familiar relativa. María tenía veintisiete años. Había pasado más de una década entre la ilegitimidad oficial y la incertidumbre constante.
Nueve días de usurpación
y una reina que no cedió.
La muerte de Eduardo VI en julio de 1553 debería haber sido el momento en que el orden de sucesión establecido por Enrique VIII se cumpliera sin sobresaltos. María era la heredera legítima. Había esperado su turno durante años. Pero John Dudley, el conde de Northumberland que dirigía el Consejo de Regencia del joven Eduardo, tenía razones muy personales para temer a María: era católica acérrima, y su llegada al trono significaría el fin de su influencia política y posiblemente su ejecución.
El plan de Dudley fue de una audacia que rayaba en el suicidio político. Convenció al moribundo Eduardo de firmar un «decreto de sucesión» que desheredaba tanto a María como a Isabel y convertía en heredera a Juana Grey, una prima de dieciséis años cuya conexión con la realeza era remota y cuya única virtud para los propósitos de Dudley era ser protestante devota y estar casada con su propio hijo. El decreto violaba la voluntad de Enrique VIII, no tenía respaldo parlamentario y era ilegítimo en todos los sentidos jurídicos que importaban.
Juana Grey era una adolescente culta y devota que participó en todo el plan a regañadientes, sin haberlo pedido y sin tener medios para resistirlo. Fue proclamada reina el 10 de julio de 1553 y destronada el 19 del mismo mes, cuando el apoyo popular y nobiliario a María resultó abrumador. Pasó el resto de su corta vida confinada en la Torre de Londres y fue ejecutada en febrero de 1554, a los dieciséis años, después de que su padre participara en la rebelión de Wyatt. María había contemplado perdonarla. Los acontecimientos políticos lo hicieron imposible. Juana Grey fue una víctima de la ambición de su propio padre y de Dudley, no de la crueldad de María.
La respuesta de María al golpe fue rápida y políticamente inteligente. Huyó a su fortaleza en Norfolk, al castillo de Framlingham, y desde allí lanzó una apelación directa a la lealtad de los nobles y del pueblo. Su argumento era simple y poderoso: era la hija legítima de Enrique VIII, la heredera designada por el propio rey, y el decreto de Dudley era una ilegalidad que ponía a un hombre del Consejo por encima de la ley.
El argumento funcionó con una eficacia que Dudley no había calculado. Los nobles, incluyendo muchos protestantes, prefirieron la legitimidad dinástica a la conveniencia religiosa. Un ejército de 30.000 personas marchó en apoyo de María. Dudley fue arrestado en Cambridge cuando intentaba capturarla, juzgado por traición y ejecutado el 22 de agosto de 1553. El 3 de agosto, María entró en Londres aclamada por las multitudes. El 1 de octubre fue coronada reina en la Abadía de Westminster.
Tenía treinta y siete años. Había esperado toda su vida adulta. Y había ganado sin disparar un solo tiro, apelando únicamente a la legitimidad y al sentido de justicia de su pueblo.
Felipe de España:
un marido que nunca llegó a serlo.
María quería casarse. No solo por la necesidad política de producir un heredero que garantizara la continuidad católica de su reinado, sino porque, a sus treinta y siete años, después de una vida de humillaciones y soledad, quería lo que la mayoría de los seres humanos quieren: compañía, afecto, alguien con quien compartir la carga. Y se enamoró de Felipe de España con una intensidad que, dado todo lo que vendría después, resulta dolorosa de leer.
Felipe tenía veintiséis años cuando se casó con María, once menos que ella. Era apuesto, educado y completamente indiferente. Llegó a Inglaterra cumpliendo las instrucciones de su padre, el emperador Carlos V, que veía el matrimonio como un instrumento de política exterior. El tratado matrimonial fue en realidad notable por sus concesiones a Inglaterra: Felipe sería nombrado rey solo durante la vida de María, los extranjeros no obtendrían cargos en la corte y los asuntos ingleses seguirían siendo ingleses. María había negociado con habilidad las condiciones. No pudo negociar los sentimientos de su marido.
Felipe pasaba más tiempo fuera de Inglaterra que dentro. Buscaba la compañía de otras mujeres abiertamente. Regresó a España en agosto de 1555 y solo volvió a Inglaterra en 1557, para arrastrar al reino a una guerra contra Francia de la que María no obtuvo nada excepto la pérdida de Calais, la última posesión inglesa en territorio francés.
Los embarazos fantasma de María —anunció dos que resultaron ser falsos, en 1554 y en 1557— son uno de los episodios más trágicos de su reinado. Los historiadores modernos sugieren que ambos fueron manifestaciones tempranas del tumor que terminaría matándola. Pero en su momento fueron fuente de humillación pública: una reina que anunciaba un heredero que no existía, ante una corte que ya dudaba de su juicio y ante un marido que apenas la visitaba.
Sin embargo, el matrimonio no fue un fracaso total en términos estrictamente políticos. Felipe trajo a Inglaterra veinte carros de plata de América que impulsaron la ceca de la Torre de Londres. La economía mejoró bajo María: la gestión de los derechos de aduana se hizo más eficiente, el Tesoro ganó independencia, la moneda se estabilizó. Son logros que raramente aparecen en las descripciones populares de su reinado.
Lo que María intentó restaurar
y cómo lo intentó.
María era católica con una convicción que era al mismo tiempo religiosa y profundamente personal. El catolicismo era la fe de su madre Catalina, la que había resistido el divorcio hasta la muerte. Era la fe que la había sostenido durante los años de ilegitimidad y humillación. Restaurarla en Inglaterra no era para María solo una política de Estado: era una obligación de conciencia.
El proceso fue más cuidadoso de lo que el apodo «Sanguinaria» sugiere. María comenzó revocando la legislación religiosa de Eduardo VI, que había acelerado la Reforma inglesa de manera radical. Luego buscó la reconciliación formal con Roma, que llegó en noviembre de 1554 cuando el cardenal Reginald Pole, legado papal, pronunció la absolución oficial y restableció las relaciones entre Inglaterra y el papado.
La estrategia de María para consolidar el catolicismo no fue solo punitiva. Fue educativa en un sentido que sus críticos posteriores tendieron a ignorar. La educación de los párrocos fue supervisada de manera sistemática. Se publicaron panfletos, libros de oraciones y Biblias para guiar a los fieles. Los obispos crearon escuelas de formación. Los decretos definieron nuevas expectativas para el sacerdocio. Esta política fue tan eficaz que el catolicismo echó raíces suficientemente profundas como para que sus sucesores tuvieran dificultades reales para desentrañarlas.
María restauró el catolicismo con suficiente profundidad como para que Isabel I tardara años en consolidar el protestantismo a su muerte. El trabajo pastoral e institucional que hizo María fue, en su terreno, tan sólido como cualquier cosa que hiciera su sucesora. Que la historia lo recuerde por las hogueras y no por las escuelas dice más sobre quién escribió esa historia que sobre lo que realmente ocurrió.
287 protestantes quemados.
El número que lo cambió todo.
No hay manera honesta de escribir sobre María I sin hablar de las ejecuciones. Entre febrero de 1555 y noviembre de 1558, 287 protestantes fueron quemados en la hoguera por herejía en Inglaterra. Entre ellos estaban figuras de enorme peso eclesiástico e intelectual: Thomas Cranmer, antiguo arzobispo de Canterbury; Hugh Latimer y Nicholas Ridley, obispos prominentes de la Reforma inglesa. Estas muertes son reales, son documentadas y son parte del legado de su reinado que no puede ni debe minimizarse.
Pero el contexto en que ocurrieron es imprescindible para entenderlas con honestidad.
La comparación no pretende justificar las ejecuciones de María. Pretende mostrar que el siglo XVI europeo era un siglo en que la ejecución de herejes —de cualquier signo— era una práctica común que ningún Estado cristiano cuestionaba como principio. Lo que distinguió a María no fue la crueldad excepcional sino la oportunidad política de sus enemigos de usar esas muertes para construir una narrativa.
Esa narrativa llegó en forma de libro. El libro de los mártires, publicado en 1563 por John Foxe, cinco años después de la muerte de María, fue una obra protestante ilustrada que describía con detalle las ejecuciones del reinado de María y las presentaba como evidencia de la brutalidad intrínseca del catolicismo. Era propaganda deliberada: omitía sistemáticamente las ejecuciones de católicos bajo Enrique VIII e Isabel I, exageraba las cifras y los detalles de los sufrimientos, y presentaba a los ejecutados como mártires puros cuya única culpa era su fe.
«Hoy encenderemos, por la gracia de Dios, una vela en Inglaterra que confío que nunca se apagará.»
Esta frase, preservada y amplificada por Foxe, resume perfectamente el poder narrativo que los protestantes supieron darle a las ejecuciones de María. Los muertos se convirtieron en símbolos. María se convirtió en el monstruo. Y el libro de Foxe fue durante siglos un texto de referencia en las escuelas inglesas, construyendo generaciones de lectores que conocían a «María la Sanguinaria» antes de saber nada más sobre ella.
Lo que María hizo
además de las hogueras.
El reinado de María I duró cinco años y dos meses. En ese tiempo, mientras gestionaba la presión de un Consejo dominado por hombres que cuestionaban su autoridad, un matrimonio fallido con un rey extranjero, una rebelión armada, dos embarazos falsos y una enfermedad terminal que la fue consumiendo desde 1557, también gobernó.
Gobernó con más competencia administrativa de la que la historia le reconoce. La gestión económica bajo María fue notablemente mejor que bajo su predecesor Eduardo VI: los derechos de aduana fueron reorganizados, los ingresos del Tesoro se administraron con mayor eficiencia, la moneda se estabilizó después de años de devaluación. Creó comités especializados de gobierno que anticipaban una modernización administrativa del Estado inglés.
Quizás el logro más significativo del reinado de María, en retrospectiva histórica, fue su decisión de reinvertir en la flota naval de Inglaterra después de años de abandono bajo Eduardo VI. La flota que Isabel I usaría para derrotar a la Armada española en 1588 —uno de los momentos definitorios de la historia inglesa— fue en parte construida sobre las bases que su hermana María había sentado treinta años antes. Isabel se llevó el crédito. María puso los cimientos.
María también fue, como gobernante, políticamente más moderada de lo que el apodo sugiere. Cuando la rebelión de Wyatt amenazó su trono en 1554, respondió con un discurso ante el pueblo de Londres en lugar de huir. Cuando pudo haber ejecutado masivamente a los rebeldes, ejecutó a doscientos y perdonó al resto. Contempló perdonar a Juana Grey hasta que los eventos políticos lo hicieron imposible. El Parlamento le rechazó una propuesta de confiscar los bienes de los protestantes exiliados, y ella aceptó ese rechazo sin represalias institucionales.
No era un angel. Era una monarca del siglo XVI con las limitaciones morales de su época. Pero era también más que el monstruo que la leyenda fabricó.
Murió a los 42 años.
La historia tardó siglos en ser justa.
María murió el 17 de noviembre de 1558 en el Palacio de Saint James, de cáncer de estómago, a los cuarenta y dos años. Había reinado cinco años y había pasado buena parte de ese tiempo combatiendo simultáneamente una enfermedad, un Consejo reticente, un marido ausente y la resistencia de una parte de su pueblo a la restauración religiosa que era el proyecto central de su vida.
Su muerte fue celebrada. El 17 de noviembre se convirtió en día festivo en Inglaterra durante décadas, celebrado como el fin de las persecuciones religiosas. Su hermana Isabel fue coronada el 15 de enero de 1559 y el protestantismo fue restaurado. Comenzó el largo proceso de construcción del mito isabelino, que necesitaba, para brillar plenamente, la sombra oscura de su predecesora.
John Foxe publica El libro de los mártires, la obra que construyó la leyenda de «María la Sanguinaria» para generaciones de lectores ingleses. Fue durante siglos texto escolar obligatorio.
La historiografía protestante anglosajona consolidó la imagen de María como la reina cruel en contraste con la gloriosa Isabel. El apodo se volvió el único legado que la mayoría conocía.
Los historiadores modernos comenzaron a revisar el reinado de María con mayor rigor, reconociendo sus logros administrativos, el contexto europeo de las ejecuciones y el papel de la propaganda protestante en la construcción de su imagen.
La historiografía contemporánea ofrece una imagen más equilibrada. María sigue siendo polémica, pero el consenso académico reconoce que fue demonizada de manera desproporcionada y que su reinado fue más complejo y más capaz de lo que el apodo sugiere.
La ironía más profunda de la historia de María I es que fue, en muchos sentidos, víctima del mismo mecanismo que usaron contra su madre: el poder de quienes controlan el relato para reescribir a las personas según sus propias necesidades. Enrique VIII reescribió a Catalina de Aragón como una esposa obstinada que se negaba a aceptar la voluntad del rey. Los protestantes reescribieron a María como una asesina fanática que quemaba inocentes por placer. En ambos casos, la reescritura sirvió a intereses muy concretos y la persona real quedó enterrada debajo del personaje construido.
Fue la primera reina que gobernó Inglaterra por derecho propio.
Reinó cinco años en las condiciones más difíciles imaginables.
La llamaron Sanguinaria. Merecía algo más justo que eso.
María I de Inglaterra no necesita ser heroína para ser justa con ella. Solo necesita ser leída con los mismos criterios que aplicamos a su padre, que ejecutó a decenas de miles, o a su sucesora, que ejecutó a cientos de católicos y fue canonizada por la historia como la «Reina Virgen». La diferencia de trato no es de escala. Es de quién escribió la historia y para qué.
Fue la primera. Y eso, en el siglo XVI, en un mundo que consideraba que una mujer gobernando era una aberración de la naturaleza, fue más difícil que cualquier cosa que le atribuyan sus detractores. Que la historia la recuerde principalmente por un apodo es una injusticia que ya tiene demasiados siglos de antigüedad.
Este artículo se basa en fuentes historiográficas que incluyen los trabajos de Anna Whitelock, John Edwards, David Loades y H.F.M. Prescott, entre otros. Las cifras de ejecuciones son las establecidas por la historiografía contemporánea. La cita de Latimer proviene de El libro de los mártires de John Foxe (1563), con la salvedad de que su atribución exacta ha sido cuestionada por algunos historiadores. La comparación con las ejecuciones de otros monarcas del siglo XVI no pretende relativizar las muertes ocurridas bajo María I, sino contextualizar históricamente una práctica que era común a todos los Estados europeos del período.
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