BlackRock:
el poder que
nadie eligió
Gestiona más dinero que el PIB de cualquier país del mundo excepto EEUU y China. Es el mayor accionista de Apple, Microsoft, Amazon y Google al mismo tiempo. Administra fondos de pensión de millones de latinoamericanos sin que lo sepan. Durante la pandemia fue juez, jurado y beneficiario del mayor rescate económico de la historia.
gestión directa
por Aladdin
accionistas por año
Aladdin incluyendo rivales
Nadie votó por Larry Fink. Nadie eligió que BlackRock fuera el árbitro del capitalismo global. Nadie decidió que una empresa privada debería tener acceso al sistema nervioso financiero de bancos centrales y gobiernos. Esas decisiones se tomaron en un proceso de acumulación gradual — adquisición tras adquisición, crisis tras crisis — donde en cada momento de caos sistémico el Estado llamó a BlackRock porque era el único con la escala y la tecnología para gestionar el desastre.
La humillación que creó un monstruo
En 1986, Larry Fink era una estrella en ascenso en First Boston. Un error de cálculo en bonos hipotecarios le costó a la firma 100 millones de dólares — y a él, su trabajo. Pero ese fracaso plantó una obsesión que cambiaría la historia financiera: nadie en Wall Street entendía realmente los riesgos que estaba tomando. Los bancos eran casinos sofisticados donde los apostadores no sabían las probabilidades.
En 1988, Fink y siete socios fundaron BlackRock con 5 millones de dólares y una computadora. La propuesta era revolucionaria: usar tecnología para mapear, medir y gestionar cada riesgo imaginable hasta sus componentes moleculares. Mientras otros dependían de intuición, BlackRock construía una máquina de rayos X financiera.
Fundación con 5 millones de dólares y una computadora. Ocho socios. Obsesión con el riesgo.
PNC Bank adquiere participación. Los activos bajo gestión saltan a 53.000 millones de dólares.
Salida a bolsa en la NYSE a 14 dólares por acción. Lanzamiento de BlackRock Solutions y la plataforma Aladdin.
Fusión con Merrill Lynch Investment Managers. De golpe accede a los ahorros de jubilación de millones de estadounidenses.
Crisis financiera global. El gobierno llama a BlackRock para gestionar la liquidación de Bear Stearns y los activos de AIG. Se vuelve sistémicamente indispensable.
Pandemia. La Reserva Federal lo designa para administrar programas de compra de bonos por 500.000 millones de dólares. Juez, jurado y beneficiario.
Más de 11,5 billones de dólares en gestión directa. Aladdin gestiona 25 billones. El mayor gestor de activos de la historia humana.
El sistema nervioso central del capitalismo
El verdadero poder de BlackRock no está en lo que compra. Está en lo que ve. Aladdin — Asset, Liability, Debt and Derivative Investment Network — es el sistema que Fink construyó con su obsesión por el riesgo. El Financial Times lo llamó «el sistema nervioso central no solo de los grandes fondos de inversión sino de un número no despreciable de empresas no financieras.»
Lo que hace a Aladdin verdaderamente inquietante es quién lo usa. Sus principales competidores — Vanguard y State Street — también dependen de Aladdin para operar. Bancos centrales y fondos soberanos lo utilizan para tomar decisiones. Durante la crisis de 2008, la Reserva Federal y el Tesoro de EEUU lo usaron para evaluar el riesgo de sus propias carteras.
Esto significa que BlackRock no solo ve su propio portafolio. Ve el portafolio de sus competidores, de los bancos y de muchos gobiernos. Tiene acceso privilegiado a información que ningún otro actor privado en la historia financiera ha tenido. Según analistas especializados, Aladdin tiene más influencia sobre los mercados que las propias agencias de calificación crediticia.
El mayor accionista del mundo — en todo al mismo tiempo
Con entre 3% y 7% de las acciones de una empresa — lo típico para BlackRock en grandes corporaciones — se convierte automáticamente en uno de los accionistas más grandes. Cuando ese porcentaje se replica simultáneamente en cientos de empresas al mismo tiempo, el resultado es un poder que ningún rey o emperador en la historia jamás tuvo.
BlackRock vota en las juntas de accionistas unas 150.000 veces al año. Esos votos determinan quién se convierte en CEO, cuánto ganan los ejecutivos, si las empresas se fusionan, qué políticas ambientales adoptan. Es democracia corporativa donde un solo votante tiene millones de votos — y nadie lo eligió para ese rol.
Los economistas llaman a esto «propiedad común horizontal»: el mismo inversor posee acciones en todas las empresas competidoras de una industria. El resultado perverso: esas empresas tienen menos incentivos para competir agresivamente entre sí, porque su principal accionista gana independientemente de cuál «gane.» Es el fin silencioso de la competencia de mercado — sin que nadie lo haya prohibido.
Juez, jurado y beneficiario del mayor rescate de la historia
En marzo de 2020, con el sistema financiero al borde del colapso, la Reserva Federal tomó una decisión histórica: por primera vez en su historia compraría bonos corporativos. Y para administrar esos programas, eligió a BlackRock.
La Fed designó a BlackRock para administrar dos programas de compra de bonos corporativos — la Línea de Crédito del Mercado Primario por 500.000 millones de dólares y la Línea del Mercado Secundario — más compras de valores respaldados por hipotecas comerciales.
BlackRock administraba los programas del gobierno para comprar bonos corporativos — y simultáneamente era accionista en muchas de las empresas cuyos bonos estaba comprando con dinero del contribuyente. Era juez y beneficiario al mismo tiempo.
Durante el programa de flexibilización cuantitativa de la Fed, el ETF de bonos corporativos de BlackRock recibió 4.300 millones de dólares en nuevas inversiones — comparado con los 33 millones de Vanguard y los 15 millones de State Street. Sus competidores directos.
Siete senadores — incluyendo Elizabeth Warren y Kamala Harris — enviaron una carta formal exigiendo transparencia sobre cómo BlackRock tomaba las decisiones de compra. Las respuestas fueron insatisfactorias. La investigación, limitada.
Decretos para la economía global — sin elección, sin rendición de cuentas
Cada año, Larry Fink escribe una carta a los CEOs de las empresas más grandes del mundo. Son leídas más atentamente que muchos discursos presidenciales. En ellas define qué constituye «capitalismo responsable», qué estrategias son aceptables, cómo las empresas deben responder al cambio climático y a las crisis sociales.
No es una sugerencia. Cuando el mayor accionista del mundo dice que una empresa debe tener más mujeres en su directorio, o reducir sus emisiones de carbono, o adoptar tal política ESG — eso viene con el peso de millones de votos accionarios respaldándolo.
«El riesgo climático es un riesgo de inversión. En los próximos años, habrá una reasignación significativa del capital que hará que los mercados ajusten sus valoraciones de los activos más pronto de lo que la gente espera.»
En 2020 Fink anunció que BlackRock dejaría de invertir en empresas que obtuvieran más del 25% de sus ingresos del carbón térmico. Esa sola declaración movió mercados globales. Empresas de todo el mundo aceleraron sus planes de transición energética — no porque sus gobiernos lo exigieran, sino porque su mayor accionista lo decidió.
La tensión política es permanente. Estados como Virginia Occidental, Florida y Luisiana han desinvertido fondos públicos de BlackRock por considerar que sus políticas ESG dañan sus economías. Al mismo tiempo, activistas lo acusan de no ir lo suficientemente lejos. BlackRock es simultáneamente demasiado político para unos y demasiado tímido para otros — lo cual dice todo sobre el poder que ejerce desde una posición que nadie le otorgó democráticamente.
El dinero de tus jubilaciones — sin que lo sepas
BlackRock no es un concepto abstracto para los latinoamericanos. Es el destino de parte del dinero que millones de trabajadores aportan cada mes a sus fondos de pensión — sin saberlo, sin haberlo elegido explícitamente.
La única oficina latinoamericana de BlackRock entre sus siete más grandes en las Américas. Sus ETFs domiciliados localmente tienen más de 3.000 millones de dólares en activos. La cantidad de dinero de las Afores invertida en iShares de BlackRock es información confidencial — ni las administradoras ni el regulador la revelan públicamente. Larry Fink se reunió tres veces con la presidenta Claudia Sheinbaum.
Oficina propia en dos pisos en la zona de Catalinas de Buenos Aires, con terminal conectada online al sistema Aladdin. Larry Fink tuvo al menos dos reuniones con el presidente Mauricio Macri. BlackRock posee miles de millones de dólares en activos argentinos y uruguayos gestionados desde esa sede.
La información sobre las inversiones que realizan las AFAP con los fondos de pensiones de sus afiliados es de carácter confidencial, según calificó el Banco Central del Uruguay en una resolución de 2016. El BCU se basó en esa resolución para negarse a responder pedidos de acceso a la información pública sobre el tema. Los uruguayos no pueden saber cuánto de su jubilación está en instrumentos de BlackRock.
Las administradoras privadas de pensiones de estos países incluyen crecientemente los ETF iShares de BlackRock en sus portafolios. Muchos de esos fondos tienen domicilio fiscal en paraísos fiscales o países de regulación laxa — lo que reduce la transparencia sobre las inversiones realizadas con dinero de jubilaciones.
Las administradoras de fondos para el retiro en México tienen hasta el 18% de sus carteras de 380.000 millones de dólares invertidos en mercados privados — y BlackRock proyecta que esa cifra se duplicará a 750.000 millones en cinco años. El dinero de la jubilación latinoamericana fluye hacia BlackRock de manera creciente, opaca e inevitable.
Sin votos, sin parlamento, sin rendición de cuentas
BlackRock gestiona el dinero de millones de personas que no saben que BlackRock existe. Sus ahorros de jubilación, los fondos de su universidad, las reservas de su seguro médico — todos son utilizados para ejercer una influencia política y económica masiva que esas personas nunca autorizaron explícitamente.
Nadie votó por Larry Fink. Nadie eligió que BlackRock fuera el árbitro del capitalismo responsable. Nadie decidió que una empresa privada debería tener acceso al sistema nervioso financiero de bancos centrales y gobiernos del mundo. Esas decisiones se tomaron en un proceso de acumulación gradual donde en cada crisis el Estado llamó a BlackRock porque era el único capaz de gestionar el desastre — y cada vez que lo hizo, BlackRock salió más grande y más indispensable.
Es el mayor accionista de las empresas más grandes del mundo — sin haber sido elegido para ese rol.
Opera el sistema nervioso financiero de sus propios competidores, de bancos centrales y de gobiernos — sin rendición de cuentas democrática.
Administra el dinero de jubilación de millones de latinoamericanos con opacidad legal — en Uruguay, esa información es oficialmente confidencial.
Durante la pandemia fue juez, jurado y beneficiario del rescate económico más grande de la historia — y sus ETFs recibieron 130 veces más inversión que los del competidor más cercano durante el programa.
El monstruo que Larry Fink creó para gestionar el riesgo se ha convertido en el riesgo más grande de todos: la concentración de poder económico sin precedentes en manos de una entidad privada que opera más allá del control democrático efectivo. No puede ser votada fuera del poder. No rinde cuentas ante ningún parlamento. Y es demasiado grande para fallar — lo que la hace efectivamente inmune a las fuerzas normales del mercado que supuestamente regula todo lo demás.
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