En su discurso de despedida, George Washington advirtió sobre un riesgo específico para el sistema político estadounidense: que una facción con «apego apasionado» a un país extranjero pudiera evitar el contrapeso interno que el propio diseño constitucional preveía para cualquier otro interés particular, arrastrando al país a compromisos externos peligrosos. Casi dos siglos después, la historia de la relación entre Estados Unidos e Israel ofrece el caso de estudio más citado —y más disputado— sobre esa advertencia.
1948: la primera prueba, y un error histórico que conviene corregir
En mayo de 1948, con la guerra civil ya activa en Palestina, Harry Truman enfrentó una decisión que dividió a su propio gobierno. Por un lado, activistas sionistas y su asesor político Clark Clifford lo presionaban para reconocer de inmediato al futuro Estado judío. Por el otro, su secretario de Estado, George Marshall —el militar más condecorado de la posguerra, descrito por Churchill como «el verdadero organizador de la victoria»—, se oponía con el respaldo unánime de sus asesores de seguridad nacional.
El 12 de mayo de 1948, en una reunión hoy ampliamente documentada, Marshall le dijo a Truman que si cedía a la presión política y reconocía el Estado antes de tiempo, él personalmente no podría votar por su reelección. Truman, conmocionado, cerró la reunión dándole la razón. Dos días después, igualmente, ordenó el reconocimiento —Estados Unidos fue el primer país en reconocer a Israel, apenas once minutos después de su declaración de independencia—.
En un documento del 31 de marzo de 1948 («Force Requirements for Palestine»), el Estado Mayor Conjunto advirtió que la estrategia sionista buscaría «involucrar a Estados Unidos en una serie de operaciones cada vez más amplias y profundas» para asegurar objetivos crecientes: soberanía inicial sobre parte de Palestina, inmigración ilimitada, y expansión hacia Transjordania, Líbano y Siria. Es un documento de archivo real, aunque su carácter predictivo —cuánto efectivamente se cumplió y por qué mecanismo— sigue siendo objeto de debate historiográfico.
1975: Ford, Kissinger y «los Sabios»
Casi tres décadas después, Gerald Ford y su secretario de Estado, Henry Kissinger, lanzaron una «reevaluación» de la política estadounidense en Medio Oriente, frustrados por dos años de estancamiento en el proceso de paz árabe-israelí.
La recomendación unánime de ese comité fue presionar a Israel para que se retirara de Cisjordania y Gaza, en cooperación con la Unión Soviética. Cuando trascendió que Ford estaba dispuesto a aceptarla, el lobby israelí —encabezado por AIPAC y la Conferencia de Presidentes de Organizaciones Judías— reaccionó con una carta firmada por 76 senadores, un documento de archivo público real, exigiéndole a Ford que reafirmara el respaldo incondicional a Israel.
Rechazó la recomendación de sus propios asesores y volvió al proceso de negociación paso a paso —incluido un mecanismo, real y documentado, de transferir porciones del Sinaí desde Egipto hacia Israel a cambio de ayuda creciente, para luego devolverlas—. Ford perdió las elecciones de 1976 frente a Jimmy Carter de todos modos.
1977: Carter, Dayan, y el «chantaje» según Brzezinski
Carter llegó con la ambición explícita de resolver el conflicto de fondo, incluyendo la idea de una «patria palestina». Enfrentó oposición interna casi inmediata: un memorando de 50 páginas de su propio asesor político le advirtió sobre el riesgo electoral de esa postura.
El episodio más citado, según las memorias de Zbigniew Brzezinski —su asesor de seguridad nacional, presente en la reunión, y por lo tanto una fuente primaria directa aunque unilateral—, ocurrió con el canciller israelí Moshe Dayan en Nueva York: Dayan habría condicionado el respaldo político interno de Estados Unidos a que Washington se opusiera a cualquier Cisjordania independiente, amenazando con «ir a los judíos americanos» si no obtenía esas garantías. Carter cedió al día siguiente. El resultado final fue la paz separada entre Israel y Egipto —que le valió a Carter, Begin y Sadat el Nobel de la Paz—, pero que aisló a Egipto en el mundo árabe, precedió al asesinato de Sadat, y sentó las bases, según el propio análisis, para la invasión israelí de Líbano en 1982 y la expansión de asentamientos en Cisjordania.
1991: Bush padre y «los mil lobistas»
Buscando mejorar las condiciones para la conferencia de paz de Madrid, George H.W. Bush suspendió garantías de préstamos estadounidenses equivalentes a lo que Israel gastaba en construcción en territorios ocupados. La reacción del lobby fue tan intensa que Bush la describió públicamente:
2009-2011: Obama, la congelación de asentamientos, y sus propias memorias
Obama llegó con más conocimiento personal del conflicto que cualquier antecesor, y lanzó una iniciativa exigiendo la congelación total de asentamientos en Cisjordania. La reacción —incluida una disputa pública con Netanyahu— le costó políticamente más a él que a su contraparte israelí. Reemplazó al enviado George Mitchell, percibido como cercano a los palestinos, por Dennis Ross, identificado con el propio lobby. En vez de presionar a Israel, llamó personalmente al presidente palestino Mahmoud Abbas amenazando con retirar 450 millones de dólares en ayuda si no retiraba una resolución antiasentamientos en la ONU.
En sus propias memorias, Una tierra prometida, Obama —fuente primaria, esta vez del propio protagonista— describe la capacidad de AIPAC para intimidar a políticos estadounidenses invocando el temor a ser etiquetados de antisemitas, y reconoce su vulnerabilidad particular como «un hombre negro con nombre musulmán que vivía en el mismo barrio que Louis Farrakhan» —el mismo mecanismo de estigma que ya vimos con Marshall seis décadas antes, aplicado esta vez sobre un presidente en ejercicio—.
2023-2024: Biden, Gaza, y el costo electoral real
Biden entró con una convicción genuina en la «relación especial» con Israel. Tras el 7 de octubre de 2023, rechazó las recomendaciones de sus asesores para actuar con más firmeza frente a la ofensiva israelí en Gaza. Cuando presentó quejas limitadas y retrasos menores en el reabastecimiento militar, la Coalición Judía Republicana lo acusó de introducir distancia en la relación bilateral, mientras AIPAC defendía las acciones israelíes ante el Congreso como «limitadas y necesarias».
Casi un tercio de quienes votaron por Biden en 2020 y no votaron por Harris en 2024 dijeron que terminar la violencia israelí en Gaza fue el tema central de su decisión. En ambos partidos, el apoyo a Israel se desplomó —dato que confirmamos de forma independiente con la propia encuesta de Pew Research que analizamos en otro artículo—: 60% de los estadounidenses tiene hoy una visión desfavorable de Israel.
2026: Trump e Irán, la misma lógica una vez más
La decisión de Trump de sumar a Estados Unidos a la guerra contra Irán llegó tras una campaña sostenida de Netanyahu para convencerlo —la misma secuencia de treinta años que ya reconstruimos en otro análisis—, pese a la oposición de varios de sus propios asesores y del 45% de los republicanos con visión desfavorable de Israel. El propio texto que sirve de base a este análisis lo describe como parte de un patrón más largo que la mera errática toma de decisiones de Trump: es, según su argumento, la norma histórica más que la excepción.
Lo que hay que separar con cuidado
La existencia del lobby, su capacidad de movilización, y varios de los episodios centrales —la carta de los 76 senadores, la frase de Bush, las memorias de Brzezinski y Obama— están documentados con fuentes primarias reales, no son una construcción retórica.
Las motivaciones internas atribuidas a cada presidente —qué sintieron, por qué exactamente cedieron— combinan memorias genuinas (fuente primaria, aunque unilateral) con reconstrucción editorial del autor. Y calificativos como llamar a Trump «incompetente y crédulo» son juicio de valor, no descripción verificable de un hecho.
Vale la pena remarcar, como hace el propio texto original, que los partidarios de Israel tienen pleno derecho democrático a organizarse y presionar por sus posiciones —eso no es, en sí mismo, ilegítimo en ningún sistema representativo—, y que el lobby israelí no es el único vehículo de interés particular que distorsiona la política estadounidense. Lo específico de este caso, y lo que sostiene la advertencia original de Washington, es la reiteración: ocho presidentes distintos, de ambos partidos, en momentos históricos completamente distintos, enfrentando el mismo dilema y cediendo con un patrón sorprendentemente similar.
También en Bastión
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un café