Soldados japoneses en uniforme de camuflaje con bandera del Sol Naciente.

Japón se rearma, y no es solo por los espías rusos

Bastión — Geopolítica e Historia
Análisis · Asia-Pacífico
Japón se rearma, y no es solo por los espías rusos

Tokio crea su primera agencia de inteligencia centralizada desde 1945, dispara su presupuesto militar al tercer lugar del mundo, y desarrolla misiles de largo alcance. La razón oficial es la infiltración rusa y la presión china. Pero el mismo fin de semana que se conoce esta reforma, Trump reduce los ejercicios con Corea del Sur por su «buena relación» con Kim Jong-un, y Putin visita en persona una isla que Japón reclama como propia hace 80 años.

43Billones de yenes en defensa a 5 años
Presupuesto militar mundial que alcanzaría
55.000Militares de EE.UU. en territorio japonés
80Años sin tratado de paz con Rusia

«Japón es un paraíso para los espías»

Hay una frase que persigue desde hace más de 40 años a los servicios de inteligencia japoneses. La pronunció en 1983 el entonces primer ministro Yasuhiro Nakasone, frustrado por la incapacidad estructural de su país para proteger sus propios secretos. Ahora, con China ejerciendo presión militar en la región, Corea del Norte apuntando con sus misiles y Rusia infiltrando agentes con libertad inusual, aquella advertencia dejó de sonar a exageración retórica. El gobierno de la conservadora Sanae Takaichi decidió que llegó el momento de crear la primera agencia nacional de inteligencia centralizada de Japón desde la Segunda Guerra Mundial.

Desde este verano boreal, Tokio concentró bajo un mismo mando la información que hasta ahora estaba dispersa entre ministerios, policía, fuerzas militares y cuerpo diplomático. «El propósito es detectar amenazas, combatir el espionaje extranjero y responder a una realidad geopolítica mucho más hostil», señalaron funcionarios japoneses. Para los defensores de la reforma, es una modernización imprescindible y largamente postergada; para sus detractores, es el primer ladrillo visible del desmantelamiento de los principios pacifistas que definieron al Japón de posguerra.

Una anomalía que se termina

Hasta ahora, el sistema de inteligencia japonés era una rareza entre las grandes democracias del mundo. La Oficina de Inteligencia e Investigación del Gabinete (CIRO), creada durante la Guerra Fría, apenas funcionaba como coordinadora nominal de un mosaico de organismos que recolectaban información por su cuenta, con frecuencia sin compartirla entre ellos. La nueva Oficina Nacional de Inteligencia nace específicamente para romper esa fragmentación, con un consejo presidido por la propia Takaichi que definirá las prioridades estratégicas del país.

«Estas medidas son solo el primer paso en la reforma de los servicios de inteligencia», advirtió Takaichi al presentar la iniciativa, enmarcándola dentro de «los nuevos métodos de guerra» que caracterizan el escenario internacional actual. El siguiente paso previsto es que el gobierno apruebe una ley específica contra el espionaje —Japón sigue sin tener legislación propia sobre la materia— y, después, cree un servicio de inteligencia exterior equivalente a la CIA estadounidense o al MI6 británico.

El agujero que aprovechó Rusia

El cambio histórico que supone esto para un país que, desde 1945, prefirió depender casi por completo del paraguas de seguridad estadounidense, tiene un antecedente muy concreto y reciente. Una investigación del New York Times reveló cómo Rusia aprovechó precisamente esas debilidades estructurales para convertir a Japón en uno de sus principales centros de operaciones clandestinas en Asia. Decenas de agentes rusos se trasladaron al país después de que cientos de diplomáticos y espías fueran expulsados de Europa tras la invasión a Ucrania. Desde territorio japonés coordinaban la adquisición de componentes electrónicos de doble uso que, tras pasar por países intermediarios como Vietnam, Uzbekistán o Sri Lanka, terminaban integrados en misiles y drones del ejército ruso.

Japón, que alberga unos 55.000 militares estadounidenses repartidos en sus bases, es de por sí un objetivo prioritario para cualquier servicio de inteligencia extranjero. Esa vulnerabilidad estructural no pasó sin cuestionamientos internos: durante un debate parlamentario reciente, el diputado Makoto Oniki advirtió que la nueva oficina «carece de suficientes mecanismos independientes de supervisión» y podría «abrir la puerta a una sociedad excesivamente vigilada».

Lo que China ve, y lo que dice en voz alta

Desde Pekín, estos movimientos se leen bajo un prisma mucho más amplio que el de simple contraespionaje. Los portavoces del gobierno de Xi Jinping acusan desde hace meses a Takaichi de estar desmontando, pieza por pieza, las restricciones militares impuestas a Japón tras su derrota en 1945, y de usar la amenaza china como excusa conveniente para justificarlo. El Ministerio de Exteriores chino llegó a declarar que Tokio está «reconstruyendo su maquinaria de guerra» —una frase elegida con toda intención, dado el peso histórico que carga en China el recuerdo de la invasión japonesa de la primera mitad del siglo XX. La retórica ya habla abiertamente de un resurgimiento del «neomilitarismo» japonés.

El artículo 9, cada vez más flexible

La nueva agencia de inteligencia es apenas una pieza de un giro estratégico mucho más amplio. El artículo 9 de la Constitución japonesa de 1947 consagró la renuncia explícita a la guerra, y durante décadas mantuvo a las Fuerzas de Autodefensa bajo una doctrina estrictamente defensiva. Ese corsé se viene aflojando de forma sostenida: Japón disparó su presupuesto militar, está adquiriendo misiles estadounidenses Tomahawk, desarrolla armamento de largo alcance capaz de golpear objetivos en territorio enemigo, relajó las restricciones a la exportación de material militar, y refuerza posiciones en las islas del suroeste —el arco que se extiende hacia Taiwán, frente a las costas chinas.

La cifra de fondo es contundente: una inversión de 43 billones de yenes en defensa para los próximos cinco años, que posicionaría a Japón como el tercer presupuesto militar más grande del mundo, apenas detrás de Estados Unidos y China. Takaichi pretende ir todavía más lejos, defendiendo una revisión completa de los principales documentos de seguridad nacional a la luz de la guerra en Ucrania, el conflicto en Oriente Medio, y la posibilidad de un conflicto prolongado en Asia.

El mismo fin de semana, Washington le suelta la mano a Seúl

Y acá aparece la pieza que conecta todo el tablero regional, más allá del expediente de espías rusos. El mismo fin de semana en que se conoce el avance de la reforma de inteligencia japonesa, Trump anunció que instruyó al secretario de Guerra, Pete Hegseth, a «reducir sustancialmente» los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur —las maniobras Ulchi Freedom Shield, programadas para 18.000 soldados surcoreanos entre el 17 y el 27 de agosto—. La razón que dio Trump en Truth Social no fue solo el costo: invocó su «muy buena relación» con Kim Jong-un, y calificó los propios ejercicios de Washington con su aliado surcoreano como una señal «totalmente inapropiada y hostil» hacia Corea del Norte.

Basándome en mi muy buena relación con Kim Jong-un, no estoy contento con el hecho de que Estados Unidos haya acordado, hace mucho tiempo, participar en ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur. Donald Trump, Truth Social, 16 de agosto de 2026

Trump sumó, en la misma publicación, un dato que agrega otra capa de fricción regional: reveló que le había preguntado al presidente de Corea del Sur si su país quería sumarse a los esfuerzos de Washington para desnuclearizar Irán, y que la respuesta fue un seco «No, gracias». No es la primera vez que Trump prioriza el vínculo personal con Kim por encima del aparato de alianzas tradicional de EE.UU. en la región: en 2018, tras la cumbre de Singapur, ya había suspendido ejercicios clave calificándolos de «provocativos», generando entonces la misma alarma en el Pentágono y entre los aliados que genera ahora.

Y Putin eligiendo justo este momento para visitar las Kuriles

La tercera pieza del tablero llegó por el lado ruso. La reciente visita del presidente Vladímir Putin a la isla de Iturup —la primera de un líder ruso a ese punto específico del archipiélago de las Kuriles— reactivó una disputa territorial que lleva más de ocho décadas sin resolverse, y que hasta hoy le impide a Rusia y Japón firmar un tratado de paz formal que cierre, de una vez, la Segunda Guerra Mundial entre ambos países.

Una disputa con 170 años de historia

El conflicto por lo que Japón llama sus «Territorios del Norte» se remonta a 1855, cuando el Tratado de Shimoda trazó una frontera que dejó cuatro islas —Iturup, Kunashir, Shikotán y el grupo de las Habomai— en manos japonesas. En 1875, el Tratado de San Petersburgo le dio a Japón el control de toda la cadena de las Kuriles a cambio de que Rusia se quedara con Sajalín, y en 1905, tras derrotar a Rusia en la guerra ruso-japonesa, Japón recuperó también la mitad sur de esa isla.

El giro decisivo llegó en 1945. En la Conferencia de Yalta, según la versión rusa, Roosevelt le prometió a Stalin la posibilidad de recuperar las Kuriles a cambio de que la URSS entrara en guerra contra Japón —aunque el texto del acuerdo nunca mencionó explícitamente «todas» las islas, ambigüedad que ambos países disputan hasta hoy—. La Unión Soviética le declaró la guerra a Japón el 9 de agosto de 1945, apenas días después de Hiroshima, y en las semanas siguientes ocupó el archipiélago completo, incluidas las cuatro islas del sur. Unos 17.000 residentes japoneses vivían entonces ahí; entre 1947 y 1949, Stalin ordenó su deportación forzosa al Japón continental.

El Tratado de San Francisco de 1951 —que la URSS nunca firmó— hizo que Japón renunciara a «todo derecho» sobre las «islas Kuriles», sin precisar si esa renuncia incluía las cuatro islas del sur. Japón sostiene, desde entonces, que esas cuatro nunca formaron parte de la cadena de las Kuriles en sentido estricto. En 1956, la URSS ofreció devolver las dos islas más pequeñas —apenas el 7% del territorio en disputa—, pero Japón rechazó la propuesta insistiendo en las cuatro. La disputa sigue abierta 70 años después, y la visita de Putin a Iturup, justo en medio del giro militar japonés, no es una casualidad de calendario para nadie que siga la región de cerca.

1947

Bajo supervisión estadounidense, Japón adopta una constitución cuyo artículo 9 renuncia explícitamente al uso de la fuerza.

1951

Tratado de San Francisco: Japón renuncia a las islas Kuriles sin que la URSS firme el acuerdo ni se aclare el estatus de las cuatro islas del sur.

1956

La URSS ofrece devolver dos de las cuatro islas en disputa. Japón rechaza la propuesta.

1983

El primer ministro Nakasone advierte que «Japón es un paraíso para los espías».

2022

Tras la invasión a Ucrania, agentes rusos expulsados de Europa se reubican en Japón y usan el país como centro de operaciones clandestinas, según reveló el New York Times.

Verano de 2026

El gobierno de Sanae Takaichi crea la Oficina Nacional de Inteligencia, la primera agencia centralizada desde 1945.

Agosto de 2026

Putin visita la isla de Iturup, en las Kuriles en disputa. El mismo fin de semana, Trump ordena reducir los ejercicios militares con Corea del Sur citando su «buena relación» con Kim Jong-un.

Un giro que no se explica con una sola causa

La versión oficial de Tokio para justificar su propia remilitarización se apoya en tres pilares declarados: la infiltración rusa aprovechando un sistema de inteligencia fragmentado, la presión militar china creciente, y los misiles norcoreanos. Todos esos factores son reales y están documentados. Pero leídos junto al resto del tablero regional que se movió en el mismo fin de semana —Washington aflojando su compromiso de ejercicios conjuntos con Corea del Sur por afinidad personal de Trump con Kim, y Rusia reafirmando con una visita presidencial en persona su control sobre un territorio que Japón reclama hace 80 años— el cuadro se completa de otra manera: no es solo que a Japón lo estén espiando más. Es que las garantías de seguridad regional que sostuvieron su pacifismo de posguerra durante ocho décadas —el paraguas estadounidense, sobre todo— muestran grietas visibles al mismo tiempo, en varios frentes a la vez.

Japón, en ese contexto, no está simplemente reaccionando a una amenaza puntual. Está, como el resto de las potencias medias que documentamos en los últimos meses, abriendo su propio paraguas por si el ajeno deja de alcanzar.


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