Plaza y Louvre:
la historia que
el dólar repite
En 1985, cinco potencias se sentaron en un hotel de Nueva York a corregir el valor del dólar. El ajuste funcionó tan bien que infló una de las burbujas financieras más grandes de la historia, y le costó a Japón dos décadas enteras.
El 22 de septiembre de 1985, los ministros de Economía y los banqueros centrales de Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Reino Unido y Francia se reunieron en la azotea del Hotel Plaza de Nueva York. El objetivo era técnico y aparentemente inofensivo: corregir un dólar que llevaba años sobrevaluado. Lo que desataron, sin proponérselo del todo, fue una de las cadenas de consecuencias económicas más estudiadas del siglo XX.
Un dólar demasiado fuerte para el mundo
A comienzos de los años 80, tras superar las crisis del petróleo y la estanflación de la década anterior, la economía mundial buscaba retomar impulso —pero lo hacía de forma desequilibrada. Estados Unidos acumulaba un déficit por cuenta corriente cada vez mayor, mientras Japón y Alemania Occidental sumaban superávits comerciales crecientes. El dólar, mientras tanto, se había apreciado un 44% desde comienzos de la década.
Ese desequilibrio generaba un problema político concreto: hacia 1985, el Congreso estadounidense ya empezaba a considerar leyes proteccionistas para frenar las importaciones, presionado por una industria manufacturera que no podía competir con un dólar tan caro. Fue esa amenaza proteccionista la que empujó a la Casa Blanca a negociar una salida coordinada antes de que el Congreso actuara por su cuenta.
Cinco países, un objetivo, 10.000 millones de dólares
El Acuerdo del Plaza fue, ante todo, un ejercicio de coordinación: las cinco potencias acordaron intervenir juntas en el mercado de divisas para depreciar el dólar frente al yen, el marco alemán, la libra y el franco francés. La devaluación se ejecutó con un programa de 10.000 millones de dólares en intervenciones de los bancos centrales participantes, anunciado con transparencia a los mercados —al punto de que, según los registros históricos, no generó pánico ni crisis financiera inmediata.
El ajuste funcionó, y de sobra: el dólar cayó cerca de un 40% frente a las principales divisas entre 1985 y 1987. Con Europa occidental, el objetivo comercial se cumplió razonablemente. Con Japón, no: el déficit comercial estadounidense con Tokio apenas mejoró, porque respondía a barreras estructurales —Japón restringía las importaciones— que ninguna devaluación del dólar podía resolver por sí sola.
Yen fuerte, dinero barato, burbuja
Ahí empieza la cadena de consecuencias que convirtió al Plaza en caso de estudio obligado. El yen, fortalecido de golpe, encareció los productos japoneses en el mundo y golpeó a sus exportadores. Para amortiguar ese golpe, el Banco de Japón bajó agresivamente sus tasas de interés y sostuvo una política monetaria expansiva durante años.
Ese dinero barato, combinado con una fuerte desregulación financiera —la emisión monetaria creció en promedio 10% anual entre 1985 y 1990—, generó desde 1988 un auge especulativo desbocado en terrenos, acciones, arte y artículos de lujo. Los japoneses, además, empezaron a comprar activos en el extranjero a un ritmo furioso: el hombre más rico del mundo entre 1987 y 1990 fue el magnate inmobiliario japonés Yoshiaki Tsutsumi, con una fortuna de 21.000 millones de dólares —más de cuatro veces la de Sam Walton, el hombre más rico de Estados Unidos en ese momento.
Un desequilibrio tan fundamental podía crear graves trastornos económicos, que a su vez causarían distorsión en los mercados de divisas y en la economía internacional.
Las acciones japonesas subieron 240% entre 1985 y 1989.
En su pico, el mercado de valores japonés representaba el 47% del índice mundial MSCI World, con un PER de 60 —contra un PER «sano» de referencia de 20. El de Nueva York, por comparación, era apenas el 25% del total mundial.
El valor inflado de las propiedades japonesas llegó a tal extremo que, según cálculos de la época, el terreno bajo el Palacio Imperial de Tokio valía, en el papel, más que todo el estado de California.
1987: frenar la caída que ellos mismos provocaron
Para comienzos de 1987, el propio éxito del Acuerdo del Plaza empezó a preocupar a sus firmantes: el dólar se había depreciado tanto que ahora temían una caída descontrolada. La respuesta fue el Acuerdo del Louvre, firmado en febrero de ese año en París, esta vez con la incorporación de Canadá formando el G7 completo. El objetivo era el inverso al de dos años antes: estabilizar los tipos de cambio y frenar la sangría del dólar.
El Louvre logró su objetivo inmediato de estabilización cambiaria, pero no pudo hacer nada respecto al efecto que ya estaba en marcha dentro de Japón: la política monetaria expansiva que el propio Plaza había forzado ya había sembrado una burbuja que seguía creciendo puertas adentro, ajena a lo que se firmara en cualquier hotel de Nueva York o palacio de París.
Las «décadas perdidas»
En mayo de 1989, la situación ya era insostenible: el Banco de Japón subió su tasa de interés cuatro veces consecutivas, devolviéndola al nivel de 1985, poniendo fin abruptamente a la era del dinero barato y el yen fuerte. La burbuja, privada de su combustible, colapsó a comienzos de los 90. Lo que siguió fue un estancamiento económico —deflación, crédito congelado, crecimiento casi nulo— que se extendió durante más de veinte años y que la propia prensa económica japonesa terminó bautizando como las «décadas perdidas».
Hay una lectura, todavía debatida entre historiadores económicos, que va más allá del error de cálculo monetario: que el verdadero objetivo del Plaza —más allá del ajuste cambiario declarado— era frenar el ascenso de Japón como potencia manufacturera rival de Estados Unidos, una hipótesis que se refuerza con la política comercial que Washington aplicó apenas dos años después, en 1987, imponiendo aranceles del 100% a un lote de importaciones japonesas. Sea o no así, lo cierto es que el resultado práctico —una economía rival paralizada por dos décadas— coincidió con ese objetivo, se haya buscado deliberadamente o no.
La misma herramienta, sin la misma cautela
El Plaza y el Louvre quedaron en la historia como el último gran pacto multilateral en materia cambiaria: desde entonces ha habido intervenciones puntuales y comunicados de buena voluntad entre potencias, pero nunca más una acción coordinada de esa escala. Lo que dejaron como enseñanza, más allá del resultado cambiario, es que mover deliberadamente el valor de una moneda —incluso con las mejores intenciones y la mejor coordinación posible entre las principales economías del mundo— puede desatar una cadena de consecuencias que ninguna proyección logra anticipar del todo.
Cuarenta años después, esa misma herramienta —la intervención cambiaria forzada para corregir el valor de una divisa— sigue en el arsenal de las potencias. La pregunta que dejó abierta el Plaza no es si funciona: funciona, y de sobra. La pregunta es qué precio termina pagando, y quién, una vez que el ajuste se sale del plan original.
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