El 5 de agosto de 1939, trece mujeres de entre 18 y 29 años fueron fusiladas en Madrid, acusadas de un atentado que ocurrió mientras todas ellas ya estaban presas. Eran modistas, una pianista, una secretaria. Ninguna había matado a nadie. Sus cartas de despedida, escritas horas antes de morir, todavía se conservan.

Una guerra que terminó, y una represión que no
El 1 de abril de 1939 terminó la Guerra Civil española. Madrid había caído en manos de «los nacionales» cuatro meses antes de que trece mujeres jóvenes fueran fusiladas, y desde ese momento Francisco Franco era, en los hechos, dueño de la vida y la muerte de todo el país. Para el Generalísimo, matar era una forma más de disciplinar a la población recién derrotada. Por eso el final de la guerra no significó el final de las muertes: se juzgaba de manera sumaria y se ejecutaba rápido y en público, como advertencia para el resto.
El historiador Pedro Montoliú, en su libro Madrid en la posguerra, 1939-1946, documenta la escala de esa represión con cifras: «los peores meses de 1939 fueron junio, con 227 fusilados; julio, con 193; septiembre, con 106; octubre, con 123, y noviembre, con 201.» Por días sueltos, los más sangrientos fueron el 14 de junio (80 fusilados), el 24 de junio (102), el 24 de julio (48), y el 5 de agosto —el día de las Trece Rosas— con 56 fusilamientos.
Trece mujeres, elegidas casi al azar
Meses después del final de la guerra, un grupo de trece mujeres de entre 18 y 29 años fue detenido en Madrid y vinculado, mediante una causa fabricada, a un atentado en el que no habían tenido ninguna parte. La mayoría militaba en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y participaba en tareas de reorganización clandestina del movimiento juvenil socialista y comunista tras la derrota republicana. Según el historiador Carlos Fonseca, autor de Trece rosas rojas, las procesadas y condenadas fueron elegidas casi al azar —con la única condición de que fueran jóvenes— entre las más de cuatro mil mujeres hacinadas en la cárcel de Ventas, que tenía capacidad real para apenas quinientas detenidas.
Quiénes eran
Trabajaba desde los doce años para sostener a su familia, con ocho hermanos más. Militante del PCE, fue responsable femenina del partido en Madrid. Detenida el 16 de mayo de 1939.
Participaba en la organización de las JSU de Chamartín. Iba al frente abandonado de la Ciudad Universitaria a buscar armas y municiones. Se conservan cartas suyas a su novio y su familia desde prisión.
La mayor de las trece. Tenía un hijo pequeño. Sin militancia política, católica y votante de derechas, fue detenida por relacionarse con un músico del Partido Comunista. Su carta de despedida a su hijo Enrique, entregada a la familia dieciséis años después, se conserva hasta hoy.
Afiliada al PCE desde el inicio de la guerra, trabajó como voluntaria en casas-cuna para huérfanos e hijos de milicianos. Secretaria de organización del radio Norte. Detenida el 16 de mayo de 1939.
Nacida en Oviedo, vivía en Madrid con su madre y sus dos hermanas. Se afilió a las JSU por sus instalaciones deportivas, pero dejó el contacto al necesitar trabajar. Denunciada por un compañero de su novio. Horas antes de morir escribió: «Que mi nombre no se borre en la historia.»
Militante de las JSU, hija de un guardia civil. La citaron con engaño para un «interrogatorio ordinario»; se presentó voluntariamente y nunca volvió a su casa.
Ingresó en las JSU en 1937. Trabajaba en el grupo de Chamartín al terminar la guerra.
Afiliada a las JSU desde 1936, donde conoció a quien sería su novio. Detenida el 16 de mayo de 1939, denunciada por un compañero bajo tortura.
Nacida en La Carolina, Jaén. Secretaria del radio de Chamartín durante la guerra. Rechazó huir a Francia con su novio para quedarse cuidando a sus tres hermanos menores. Según testigos, no murió con la primera descarga del pelotón y preguntó: «¿Es que a mí no me matan?»
Responsable de la secretaría femenina del Comité Provincial clandestino del PCE. Denunciada por el número dos de las JSU. Reconoció su militancia durante la guerra, pero no después.
Se afilió al PCE en 1938, después de que un obús matara a su hermana y a otros niños que jugaban en un descampado. Fue enlace entre dirigentes comunistas de Madrid tras la guerra.
Se afilió a las JSU a los 15 años. Hermana de Gregorio Muñoz, responsable militar del sector de Chamartín de la Rosa.
Entró en las JSU en 1937 sin cargo alguno. Intentaba organizar un grupo propio cuando la detuvieron; solo había convencido a su primo. Fue la primera de las trece en ingresar a la cárcel de Ventas.
Un atentado que ocurrió mientras ya estaban presas
La acusación formal contra las Trece Rosas y otras 43 personas más —hombres, en su mayoría también de las JSU— fue haber sido autoras ideológicas o participantes de un atentado ocurrido el 27 o 29 de julio de 1939 (las fuentes varían en un par de días) contra el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón Irurzun, en el que también murieron su hija y su chofer. La propia causa judicial, con el expediente número 30.426, sumó además la acusación de estar planeando un atentado contra Franco durante el desfile de la Victoria —un plan que las investigaciones históricas posteriores consideran directamente inexistente.
Hay un dato que desarma por completo la acusación, y que ni siquiera necesitó de historiadores modernos para salir a la luz: la familia del propio comandante Gabaldón no aceptó la versión oficial del atentado y pidió la revisión de la causa, un proceso que se abrió en dos ocasiones distintas y que se cerró definitivamente en 1949 —diez años después— sin que se aportara jamás una sola prueba sobre quiénes habían sido los autores, ideológicos o materiales, del ataque. Y el detalle más contundente: las Trece Rosas ya estaban encarceladas cuando ocurrió el asesinato de Gabaldón. Es materialmente imposible que hubieran participado de un crimen cometido mientras estaban presas.
Un juicio de minutos
El 2 de agosto de 1939, las procesadas fueron llamadas ante el juez instructor de su causa, el magistrado Eduardo Pérez Griffo, capitán honorífico del Cuerpo Jurídico Militar, con la colaboración del falangista José Zubizarreta Gutiérrez como secretario. Aunque habían sido interrogadas por juzgados distintos y acusadas de delitos diferentes —algunas ni siquiera se conocían entre sí antes de coincidir en Ventas—, la autoridad judicial decidió unificar todas las causas en un solo expediente, dándole a la investigación una unidad que en realidad nunca había tenido.
El consejo de guerra sumarísimo se celebró el 4 de agosto de 1939. La duración del juicio no pasó de minutos. La sentencia, sin ninguna poesía frente a las cartas que las condenadas escribirían horas después, decía: «Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 9 para ver y fallar la causa número 30.426 que por el procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra los procesados, responsables de un delito de adhesión a la rebelión. Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de los acusados a la pena de muerte.»
Ninguna de las trece tuvo la posibilidad de ejercer el más mínimo derecho a la defensa, ni se les permitió pedir un último deseo. Lo único que se les autorizó fue escribir una carta final a sus familias.
Las cartas de la última noche
Encerradas en sus celdas de la Cárcel de Mujeres de Ventas, sabiendo que iban a morir horas después, las trece escribieron sus despedidas. Blanca Brisac, la pianista sin militancia política, le escribió a su hijo pequeño Enrique: «Voy a morir con la cabeza alta. Solo te pido que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor. (…) Hijo, hijo, hasta la eternidad.» Esa carta permaneció guardada por la familia —toda de derechas— durante dieciséis años antes de ser entregada a Enrique, y se conserva hasta hoy.
La madrugada del cementerio del Este
Las trece jóvenes fueron sacadas de sus celdas la madrugada del 5 de agosto de 1939 y llevadas a pie por los guardias hasta el cementerio del Este de Madrid —hoy cementerio de La Almudena—, donde otros 43 hombres condenados por la misma causa esperaban también su ejecución, entre ellos varios de sus novios y compañeros de militancia. Las alinearon contra las tapias del cementerio y las fusilaron.
Otras presas de Ventas fueron testigos silenciosos de cómo se las llevaban. María del Pilar Parra, otra miliciana presa, lo recordaría décadas después: «Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas.»
La prisión quedó envuelta en un silencio de muerte. Mari Carmen Cuesta, otra detenida, contó: «algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: ‘¿Es que a mí no me matan?'»
Otra compañera de reclusión, Carmen Machado, recordó el detalle más cruel de esa madrugada: «entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres —con sus novios y maridos, también condenados— antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados.» Las trece murieron creyendo que iban a reencontrarse, por última vez, con quienes ya estaban muertos.
La rosa número catorce
A las trece se sumó, después, Antonia Torre Yela, conocida como la Rosa número 14: fue condenada el mismo día que el resto, pero no fue fusilada hasta el 19 de febrero de 1940, a causa de un error de registro que retrasó siete meses su ejecución.
Lo que en realidad se buscaba castigar
Ninguna de las trece había combatido para el bando republicano, ni participado de un atentado, ni matado a nadie. La causa original que las señaló fue haber repartido volantes por las calles de Madrid que proclamaban «Menos Franco y más pan blanco» —una acusación que ni siquiera se pudo probar, porque no fueron capturadas repartiendo esos volantes en la calle, sino sacadas directamente de sus casas.
El escritor Carlos Fonseca sostiene que fusilar mujeres, presentándolas como milicianas, buscaba además transmitir un mensaje ejemplificador propio: «la miliciana era para los vencedores la antítesis de la mujer, cuya misión en la vida era ser madre y reposo del guerrero.» Décadas después, el propio Santiago Carrillo, entonces secretario general del Partido Comunista Español, resumió el objetivo de fondo del franquismo con el caso: «el régimen de Franco hizo todo lo posible por destruir el espíritu de libertad de las mujeres que se había creado con la República.»
Termina la Guerra Civil española. Comienza de inmediato una represión sistemática contra quienes sostuvieron a la República.
Detención escalonada del grupo de mujeres, la mayoría de las Juventudes Socialistas Unificadas, comunistas y socialistas.
Asesinato del comandante Isaac Gabaldón, su hija y su chofer. Las futuras Trece Rosas ya estaban presas en ese momento.
Comparecen ante el juez instructor Eduardo Pérez Griffo. Las causas dispersas se unifican en el expediente 30.426.
Consejo de guerra sumarísimo. Sentencia de muerte dictada en minutos, sin garantías procesales reales.
Las trece mujeres son fusiladas en las tapias del cementerio del Este de Madrid, junto a 43 compañeros varones del mismo proceso.
Es fusilada Antonia Torre Yela, la «Rosa número 14», condenada el mismo día que las demás pero ejecutada meses después por un error de registro.
Se cierra definitivamente, sin resultado, la segunda revisión de la causa por el asesinato de Gabaldón —solicitada por la propia familia del comandante— sin que se identificara jamás a los verdaderos autores.
Un eco internacional que no frenó la represión
La ejecución de las trece jóvenes tuvo un fuerte impacto internacional y desató una ola de condenas contra el régimen franquista y su brutalidad. Una hija de Marie Curie impulsó una campaña de protesta en París que tuvo gran repercusión en Francia. Pero la dictadura recién instalada en España no detuvo su espiral represiva: la acrecentó.
Una memoria que todavía se disputa hoy
El caso de las Trece Rosas no quedó confinado a los libros de historia. En 2019, el entonces secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, afirmó en una entrevista televisiva que las Trece Rosas «lo que hacían era torturar, violar y asesinar vilmente» y que «cometieron crímenes brutales en las checas». El historiador británico Paul Preston, uno de los mayores especialistas en la Guerra Civil y el franquismo, refutó la afirmación sin ambigüedades: «fueron acusadas, sin justificación, de participar en una trama inexistente para matar a Franco», señaló, precisando que la verdadera razón de su fusilamiento fue «perpetrar un acto de venganza masiva» por el asesinato de Gabaldón, pese a que las ejecutadas «estaban en prisión desde antes de dichos asesinatos». Que una acusación de hace 87 años todavía necesite ser desmentida en público confirma que el caso de las Trece Rosas no es solo memoria histórica: sigue siendo, hoy, un terreno de disputa política activa.
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