2025-2026 — La guerra arancelaria de Trump
La pataleta como política exterior: los aranceles de Trump
Aranceles declarados ilegales por su propio máximo tribunal. Y aun así, Brasil, Canadá y otros 60 países siguen bajo la misma presión, ahora con otra ley como excusa. El mapa completo de una estrategia que no se detiene ni cuando pierde en los tribunales.
- Como cualquier infante de tres años
- Qué es, técnicamente, un arancel
- El diagnóstico de Trump sobre el mundo
- La primera ola: febrero de 2025
- Más allá del comercio: migración, semiconductores, BRICS
- Quién le respondió, y cómo
- El consumidor, pagando la cuenta
- La ingeniería de aranceles, o cómo esquivar el golpe
- Febrero de 2026: la Corte Suprema dice que no
- La reacción, y el plan B inmediato
- Brasil, el caso más político de todos
- Y ahora Canadá, otra vez, con Bombardier de rehén
- El futuro del comercio, incierto como siempre
Como cualquier infante de tres años de edad, en el que los niños no tienen el sentido del discernimiento desarrollado y esperan que se haga su voluntad, Trump —ciego e irracional— sufre una pataleta con convulsiones, gritos y amenazas que no tiene otro fin que imponer su voluntad. La pataleta no es un comportamiento inesperado, sino un arma consciente de la que disponen los niños, y para mal del orden mundial, Trump, consistente en amenazas y chantaje.
«O se hace mi voluntad o se atendrán a las consecuencias» es la advertencia que hace Trump, buscando generar miedo con la esperanza de que ese temor conlleve a que se haga su santa voluntad de forma inmediata. Así ha venido actuando cada vez con mayor descaro. Si para el niño la amenaza es el grito o la destrucción de lo que encuentre a su paso, para Trump la gran amenaza son los aranceles —y, desde luego, también la destrucción de lo que encuentre a su paso—.
Qué es, técnicamente, un arancel
Los aranceles son impuestos aplicados a bienes importados, que aumentan su precio y los hacen menos competitivos en el mercado nacional. Se usan para proteger la producción local de la competencia extranjera, generar ingresos fiscales, o presionar en negociaciones bilaterales. Cuando un país los impone, busca ejercer presión económica y política sobre el país receptor —una herramienta que suele desencadenar reacciones en cadena, dando lugar a lo que se conoce como «guerra de tarifas»: un ciclo de represalias donde cada país responde a los aranceles del otro con nuevos aranceles propios, intensificando la tensión económica y política de forma progresiva.
El diagnóstico de Trump sobre el mundo
El regreso de Trump a la Casa Blanca combinó dos principios centrales: un enfoque proteccionista que prioriza a Estados Unidos sobre cualquier otra nación, y la convicción de que el resto del mundo se benefició históricamente a expensas de su país. Desde su primer mandato sostiene que EE.UU. quedó en desventaja frente a otros países por los acuerdos internacionales vigentes —acuerdos que, según su lectura, beneficiaban a economías extranjeras a costa de la estadounidense—.
La primera ola: febrero de 2025
En febrero de 2025, Trump anunció aranceles generales de entre 10% y 100%, golpeando a socios clave como China, México, Canadá y la Unión Europea. Algunos se aplicaron de forma global —como el 25% a acero y aluminio de cualquier origen—, otros de forma direccionada —como el 10% sobre productos chinos—. Aunque parte de estas medidas fueron después suspendidas o renegociadas, la estrategia reflejó desde el principio un enfoque agresivo y unilateral.
Más allá del comercio: migración, semiconductores, BRICS
Trump usó las tarifas como mecanismo de presión sobre temas que iban mucho más allá de lo estrictamente comercial. Con México y Canadá, vinculó las negociaciones arancelarias a la migración irregular y el narcotráfico. Amenazó a Taiwán con aranceles de entre 25% y 100% si no trasladaba su industria de semiconductores a suelo estadounidense. Y llegó a considerar tarifas del 100% contra los países del BRICS, como respuesta a su intención de desarrollar una moneda alternativa al dólar.
Quién le respondió, y cómo
La imposición unilateral generó, como era previsible, respuestas de retaliación. China contestó con aranceles propios de entre 10% y 15% sobre productos estadounidenses, controles a las exportaciones, y amenazas de nuevas investigaciones antimonopolio contra empresas como Google. La Unión Europea advirtió que respondería «con firmeza y de inmediato» si las amenazas se materializaban.
El consumidor, pagando la cuenta
Pese al objetivo declarado de proteger la industria estadounidense y generar empleo, la imposición unilateral de aranceles trajo efectos colaterales concretos: empresas locales enfrentando mayores costos, especialmente en sectores con cadenas de suministro de múltiples fronteras como el automotriz. Las compañías tienden a trasladar ese sobrecosto al precio final de los productos —en última instancia, son los propios consumidores estadounidenses quienes terminan absorbiendo el costo, vía mayor inflación—.
La ingeniería de aranceles, o cómo esquivar el golpe
Para mitigar el impacto, muchas empresas recurrieron a la llamada «ingeniería de aranceles» o dodging: ajustar cadenas de suministro, relocalizar parcialmente procesos productivos, o triangular exportaciones a través de terceros países para reducir o evadir la carga impositiva. Estas prácticas, aunque efectivas para las compañías individuales, reducen la eficacia general de la política proteccionista y aumentan la complejidad de todo el comercio internacional.
Febrero de 2026: la Corte Suprema dice que no
El 20 de febrero de 2026, la Corte Suprema de Estados Unidos dictaminó, por 6 votos contra 3, que los aranceles «recíprocos» de Trump —que habían llegado a subir impuestos hasta 50% para socios como India y Brasil, y hasta 145% para China— eran ilegales. El fallo determinó que Trump violó la ley federal al imponerlos de forma unilateral, basándose en una ley de emergencia de los años setenta —la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA)— que, según el tribunal, nunca autorizó explícitamente la facultad de imponer aranceles.
Lo que estaba en juego
Decenas de miles de millones de dólares en ingresos que el gobierno ya había recaudado quedaron en el centro de la disputa judicial. La decisión representó una derrota contundente tanto para la política exterior de la Casa Blanca como para la agenda económica personal de Trump.
La reacción, y el plan B inmediato
Trump recibió la noticia mientras se reunía con gobernadores en la Casa Blanca. Su respuesta fue tan rápida como previsible: horas después, publicó un extenso descargo en redes sociales condenando el fallo y anunciando que impondría un nuevo arancel global del 10%, esta vez amparándose en una ley distinta —la Sección 122, conocida como «ley comercial»—, para evitar depender otra vez de las facultades de emergencia que el propio tribunal ya había invalidado.
Washington pasó, tras el fallo, a un régimen de aranceles del 10% —pero esas medidas tenían fecha de vencimiento, y para julio de 2026 la administración ya preparaba una nueva ronda apuntando a unos 60 países, basada esta vez en una investigación sobre prácticas laborales forzadas, que le permitiría a Trump sortear legalmente el límite que la Corte Suprema le había impuesto.
Brasil, el caso más político de todos
El caso brasileño muestra, con particular claridad, hasta qué punto los aranceles de Trump funcionan como herramienta política antes que estrictamente comercial. El 22 de julio de 2026 entró en vigor un arancel adicional del 25% sobre una amplia gama de productos brasileños, sumado al 50% ya impuesto un año antes —ese primero, con el objetivo explícito de presionar a la Corte Suprema de Brasil para que revirtiera la condena del expresidente Jair Bolsonaro—.
La acusación de fondo
La investigación de la Oficina del Representante Comercial de EE.UU. (USTR) que sirvió de base a este segundo arancel acusó al gobierno de Lula da Silva de prácticas comerciales desleales —incluyendo la promoción de PIX, el sistema de pagos gratuito brasileño, y supuesta censura ilegal a plataformas estadounidenses por parte del magistrado Alexandre de Moraes, el mismo que supervisó la condena de Bolsonaro—. El propio gobierno brasileño calificó la fecha en un comunicado oficial como «un hito lamentable» en la relación bilateral.
Y ahora Canadá, otra vez, con Bombardier de rehén
El patrón se repitió, casi calcado, con Canadá: en julio de 2026 Trump anunció un arancel del 50% sobre productos canadienses. Cuando Canadá activó en septiembre aranceles de represalia por unos 20.000 millones de dólares, Trump amenazó directamente con prohibir la venta de aviones Bombardier en Estados Unidos si la empresa no trasladaba su fabricación a suelo estadounidense —ignorando que Bombardier ya sostiene una presencia manufacturera sustancial en el propio país, con miles de empleos directos—.
El futuro del comercio, incierto como siempre
Mientras los países afectados formulan nuevas estrategias y consolidan alianzas alternativas, sigue sin estar claro hasta qué punto esta guerra de tarifas puede seguir escalando antes de volverse insostenible para la estabilidad económica global. La presión sobre las empresas, el alza de costos para los consumidores estadounidenses, y la incertidumbre creciente en las relaciones internacionales podrían, eventualmente, forzar un cambio de estrategia —aunque el patrón de estos últimos dos años sugiere algo distinto: que cada revés judicial o diplomático se convierte, casi de inmediato, en la excusa para un nuevo frente de presión, apoyado en otra ley, contra otro país.
La cuerda que nadie sabe dónde se corta
En última instancia, la viabilidad de esta política sigue dependiendo de hasta dónde pueda tensarse la cuerda sin romperse, en un juego de presiones mutuas donde ningún país —ni tampoco, hasta ahora, ningún tribunal— logró que Trump ceda del todo. Solo logró, en el mejor de los casos, que cambie de excusa legal para seguir haciendo, esencialmente, lo mismo.
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