Más de 170.000 canadienses firmaron una petición para expulsar al embajador de Estados Unidos, Pete Hoekstra. No es solo por la retórica del «estado 51»: la petición documenta reuniones repetidas entre el Departamento de Estado y activistas que buscan separar a Alberta del resto de Canadá. Sería la primera expulsión de este tipo en la historia del país.
Una petición que nunca existió en la historia de Canadá
Tras meses boicoteando productos estadounidenses y evitando las vacaciones al sur de la frontera, miles de canadienses volcaron su malestar en una causa concreta: destituir al embajador de Estados Unidos en Ottawa, Pete Hoekstra. Más de 170.000 personas firmaron una petición al Parlamento canadiense, presentada por un residente de Calgary el 21 de julio, pidiendo formalmente su expulsión. Solo se necesitan 500 firmas para que una petición online llegue al pleno del Parlamento para su debate, y todo indica que Elizabeth May, líder del Partido Verde canadiense, la impulsará para el debate de otoño. Expulsar a un embajador estadounidense sería una primera vez absoluta para Canadá.
El corazón del reclamo: Alberta
La retórica del «estado 51» es el detonante más visible, pero no es el núcleo legal de la petición. El texto expone algo más grave: que activistas de Alberta que buscan distanciarse del resto de Canadá se reunieron repetidamente con funcionarios del Departamento de Estado estadounidense —un patrón que la petición describe textualmente como motivo de «serias dudas sobre la injerencia diplomática estadounidense en la unidad canadiense». No se trata de una opinión incómoda sobre un tema puntual: es la acusación de que Washington, a través de su embajada, mantuvo contacto sostenido con un movimiento que busca fracturar la integridad territorial del país anfitrión.
La petición pide al gobierno canadiense que invoque la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas —el mismo tratado internacional que semanas atrás usó República Dominicana para expulsar a nueve diplomáticos cubanos, aunque en sentido inverso— para declarar a Hoekstra persona non grata, solicitar su destitución, y crear un comité parlamentario que revise específicamente la «interferencia diplomática estadounidense en los asuntos internos canadienses».
«No lo hago»: la frase que resume su gestión
Hoekstra, exrepresentante republicano de Michigan, se hizo conocido en Canadá por un tono que la propia prensa describe como directo y sin disculpas, calcado del de Trump. El momento que más indignación generó llegó en noviembre, cuando le preguntaron si entendía por qué los canadienses se sentían ofendidos por los comentarios de Trump sobre convertir a Canadá en el «estado 51».
No fue un desliz aislado. Hoekstra también volvió a publicar en sus redes oficiales las burlas de Trump sobre el «estado 51», en lugar de suavizarlas o distanciarse de ellas, y calificó la indignación canadiense de «emocional» —una forma de descartar el enojo ajeno sin necesidad de explicarlo.
La fiesta del 4 de julio y un antecedente en los Países Bajos
El embajador también generó controversia al invitar a la fiesta del 4 de julio en la residencia oficial a Tamara Lich, la activista populista de derecha condenada por organizar el llamado «Convoy de la Libertad» que paralizó Ottawa durante un mes en 2022 —una de las figuras más divisivas de la política canadiense reciente.
No es la primera vez que a Hoekstra se lo acusa de este tipo de injerencia. En 2020, mientras era embajador de Estados Unidos en los Países Bajos durante el primer mandato de Trump, organizó un evento en la propia embajada estadounidense junto a un partido nativista y antiinmigrante neerlandés.
No es un caso aislado: el paralelo con Francia
Hoekstra no es el único embajador de esta administración bajo fuego por el mismo tipo de conducta. Charles Kushner —padre de Jared Kushner, yerno de Trump— fue convocado dos veces por el gobierno francés desde que asumió como embajador de EE.UU. en Francia en agosto de 2025. La primera fue apenas semanas después de su llegada, tras publicar una carta en The Wall Street Journal dirigida al presidente Emmanuel Macron, acusando al gobierno francés de no proteger lo suficiente a sus ciudadanos judíos y de alimentar el antisemitismo. Kushner escribió que la decisión de Macron de reconocer un Estado palestino «envalentonaría a los extremistas, alimentaría la violencia y pondría en peligro la vida judía en Francia».
El Ministerio de Asuntos Exteriores francés respondió con dureza, calificando las acusaciones de Kushner de violar «el derecho internacional, en particular el deber de no interferir en los asuntos internos de los Estados», citando la misma Convención de Viena de 1961 que ahora invoca la petición canadiense. El embajador estadounidense en Bélgica también fue convocado por motivos similares.
Un patrón, no un exabrupto personal
La postura de Hoekstra en Canadá se alinea con una estrategia más amplia del Departamento de Estado: cultivar activamente vínculos con movimientos de política identitaria en Europa, mediante visitas y reuniones de altos funcionarios con partidos políticos y organizaciones afines en países como Alemania y el Reino Unido. Leído junto con las reuniones sostenidas con activistas separatistas de Alberta, el patrón deja de parecer una serie de indiscreciones individuales de embajadores sueltos y empieza a leerse como un método de trabajo compartido: vincularse con fuerzas políticas que fracturan o desafían al gobierno central del país anfitrión, en más de un continente a la vez.
Lo que dicen los números
La petición no surge en el vacío: corona meses de caída sostenida en la opinión pública canadiense hacia Estados Unidos. Una encuesta de Pew publicada en junio —la misma serie que documentó la debacle global de la imagen de Trump— mostró que solo el 35% de los canadienses considera hoy a Estados Unidos un socio confiable, un desplome brutal frente al 82% registrado en 2022. Las visitas recreativas de canadienses a territorio estadounidense cayeron más de una cuarta parte en el último año.
La otra campana: el mundo empresarial
No todas las voces en Canadá coinciden con el reclamo. Representantes del sector empresarial defendieron a Hoekstra como un interlocutor eficaz en un momento difícil de la relación bilateral. Rick Tachuk, presidente de la Cámara de Comercio Americana en Canadá, sostuvo que el embajador «ha estado disponible para los líderes empresariales» y que su franqueza, lejos de ser un problema, «ayuda a articular la visión del presidente y a entender cuáles son los desafíos». Beth Burke, directora del Canadian American Business Council, coincidió en que Hoekstra está «bien conectado con toda la administración» y valoró su estilo directo frente a lo que llamó las «cortesías y palabras diplomáticas» que «enturbian las aguas».
Un antecedente que no es tan raro como parece
Que Canadá expulse a un embajador estadounidense sería inédito en su propia historia, pero está lejos de ser un fenómeno sin precedentes a nivel global. Embajadores de Estados Unidos ya fueron expulsados durante grandes crisis geopolíticas —la Guerra Fría, ambas guerras mundiales— y, más recientemente, en el marco de crisis con países latinoamericanos como Venezuela. Lo insólito no es el mecanismo en sí: es que esta vez el reclamo venga del vecino y socio comercial históricamente más cercano de Estados Unidos, invocando el mismo argumento de soberanía territorial que Washington suele reservar para sus propios reclamos frente a terceros.
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