El nombre de Jeffrey Epstein aparece en spots de campaña de Texas a Georgia, de Massachusetts a Ohio. El 85% de los estadounidenses cree que hubo élites protegiéndolo. Pero cuando PolitiFact revisa los ataques concretos entre candidatos, la mayoría no resiste el cruce con los hechos.
Por qué Epstein, y por qué ahora
Los votantes le dicen a los encuestadores, una y otra vez, que sus principales preocupaciones son la economía, la inflación y el costo de vida. Y sin embargo, a tres meses de las midterms, buena parte de la publicidad política más agresiva de este ciclo tiene un solo apellido en común: Epstein.
La explicación no es misteriosa, la da directamente el politólogo de Northwestern Alex Coppock: «es difícil romper el ruido mediático con mensajes sobre esos temas, mientras que los ataques que conectan a tu oponente con una de las noticias más difíciles de apartar en una década son efectivos para captar la atención». No hace falta que el tema decida el voto de nadie —alcanza con que se cuele en la cabeza del votante en un ciclo informativo saturado.
Y hay una base real, medible, detrás de por qué esta línea de ataque prende tan bien: una encuesta de YouGov encontró que el 85% de los estadounidenses —incluido el 94% de los demócratas y el 84% de los republicanos— cree que hubo élites poderosas que ayudaron a Epstein a cometer delitos sexuales contra menores, y que esas élites deberían ser investigadas. Es uno de los pocos temas donde el consenso cruza la grieta partidaria casi sin fisuras.
La retórica de la «clase Epstein»
Más allá de los ataques directos entre candidatos, buena parte de la munición apunta hacia arriba, contra las élites en general. El independiente Dan Osborn, que se postula al Senado por Nebraska, lo planteó así en X el 6 de agosto: «si formas parte de la clase multimillonaria de Epstein que está destruyendo la mayor nación del planeta, tus días en el control están contados». Es un guiño amplio —no acusa a nadie en particular de un vínculo directo, apunta al resentimiento antiélite que Epstein terminó simbolizando, más allá de los hechos puntuales de su caso.
En Texas, el demócrata James Talarico fue más lejos con su acusación específica: cruzó el acuerdo de culpabilidad indulgente que el fiscal general republicano Ken Paxton le dio a un delincuente sexual con la lógica del propio acuerdo de Epstein en Florida, calificándolo de repartir «acuerdos de enamoramiento al estilo Epstein a pedófilos». Es una comparación retórica, no una acusación de vínculo directo —pero apunta a lo mismo que mide la encuesta de YouGov: la sospecha de que el sistema protege a los poderosos.
Cuando el ataque cruza la línea: los casos verificados
El problema aparece cuando la retórica antiélite se convierte en una acusación concreta contra un rival puntual. Ahí es donde entra PolitiFact, el barómetro de verificación que cruza cada afirmación de campaña con los documentos reales —y donde la mayoría de los ataques directos relacionados con Epstein en este ciclo no resisten el análisis.
Afirmación de Seth Moulton (demócrata) contra el senador Ed Markey: «los archivos del DOJ Epstein revelan que el senador Ed Markey formó parte del esfuerzo de lobby de Epstein».
En un debate por las primarias, buscando terminar con los 50 años de carrera de Markey, Moulton preguntó directamente: «¿Por qué siquiera ibas a reunirte con un lobista en nombre de Jeffrey Epstein?». Markey respondió que nunca conoció a Epstein y acusó a Moulton de difamación de carácter.
Lo que hay detrás es un correo electrónico de 2015 de los archivos de Epstein, que menciona a Markey en relación con Karim Wade, hijo del expresidente de Senegal, encarcelado en ese momento por corrupción. Epstein había ofrecido pagar el lobby estadounidense para lograr su liberación. Un correo muestra que un lobista informó a Markey sobre el caso Wade —sin más detalle que eso. Markey declaró en agosto que nunca fue informado. No hay evidencia de que Markey haya «formado parte» de ningún esfuerzo de lobby de Epstein: el ataque construye una relación de causalidad a partir de una sola mención lateral en un correo de terceros.
Afirmación del senador demócrata Jon Ossoff contra el representante republicano Mike Collins: Collins «admitió» que Trump estaba en los archivos de Epstein.
Antes de que Trump firmara la ley que llevó a la publicación de los archivos, cambió de postura sobre el tema varias veces, alimentando la especulación de que su vieja amistad con Epstein tendría un rol destacado en esos documentos. Collins efectivamente especuló que Trump podía estar mencionado —pero el anuncio de Ossoff omite la razón que Collins dio: que era lógico que apareciera porque Trump había sido quien señaló la conducta criminal de Epstein en su momento, no por estar involucrado en ella. Sin ese contexto, el spot da a entender que Collins cree que Trump está implicado en delitos, cuando en realidad estar mencionado en los archivos no es, por sí mismo, prueba de mala conducta.
Afirmación de la campaña de Sherrod Brown (demócrata) contra el senador republicano Jon Husted: recibió 116.892 dólares durante más de dos décadas de Les Wexner, quien contrató a Epstein como asesor financiero.
El monto es real, pero el desglose cambia la lectura: 79.900 dólares fueron a Husted como candidato en solitario, y 36.992 dólares llegaron cuando se unió como candidato a vicegobernador en la campaña de Mike DeWine en 2018 —es decir, buena parte del dinero no fue exclusivamente para Husted. El spot tampoco menciona que la campaña de Husted donó posteriormente parte de esos fondos. Un análisis de WCMH-TV Canal 4 sobre el conjunto de estas donaciones cruzadas encontró que la mayoría provenía de personas que interactuaban socialmente con Epstein, sin una relación clara con sus crímenes.
Afirmación de la campaña de Jon Husted (republicano) contra Sherrod Brown: recibió más de 124.000 dólares de más de una docena de personas que llama «asociados» de Epstein.
Entre esos donantes figura Larry Summers, exsecretario del Tesoro y expresidente de Harvard, amigo de larga data de Epstein, quien aportó 10.300 dólares a la campaña de Brown en 2024-2025. Igual que con el ataque de Brown, el análisis de WCMH-TV encontró que la etiqueta de «asociados de Epstein» agrupa a personas con distinto grado de cercanía real al delincuente —desde vínculos sociales sueltos hasta amistades de años— sin distinguir entre ellas.
El patrón detrás de los cuatro casos
Hay una estructura que se repite en los cuatro: ninguno es una mentira inventada de la nada —todos parten de un dato real (un correo, una donación, una cifra concreta)— pero todos estiran ese dato hasta una conclusión que la evidencia no sostiene del todo. Es la técnica más efectiva de desinformación electoral, precisamente porque no requiere fabricar nada: alcanza con quitarle el contexto a un hecho verdadero para que insinúe algo que no ocurrió.
Y ahí está el objetivo real de estos anuncios: no necesitan convencer a nadie de un hecho específico y verificable. Necesitan sembrar la asociación —el apellido Epstein pegado, aunque sea de forma débil, al nombre del rival— y dejar que la sospecha haga el resto del trabajo. Funciona precisamente porque, como muestra la encuesta de YouGov, la desconfianza de fondo ya está instalada en el 85% del electorado antes de que el primer spot salga al aire.
Lo que queda cuando se filtra el ruido
Ninguno de los cuatro casos que PolitiFact verificó como «mayormente falso» o «sin contexto» prueba que un candidato haya protegido a Epstein, se haya beneficiado directamente de sus crímenes, o haya encubierto algo. Lo que sí queda, después del cruce con los hechos, es un mapa de proximidades reales pero menores: un correo de terceros, una donación heredada de otra campaña, un amigo social de un delincuente que nunca fue acusado de participar en sus delitos. Material genuino para preguntas legítimas sobre ética y transparencia en el financiamiento político —pero varios escalones por debajo de lo que insinúan los titulares de los propios spots.
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