1935-1939 — Europa
Apaciguamiento: cómo Occidente le abrió paso a Hitler
Cada concesión buscó evitar la guerra. Cada una terminó acercándola. La historia completa de cómo Chamberlain y Daladier, con la mejor intención, prepararon el terreno para el conflicto que querían impedir.
Entre 1935 y 1939, las democracias occidentales adoptaron una estrategia que marcaría el destino de Europa: la política de apaciguamiento (policy of appeasement). Liderada por el primer ministro británico Neville Chamberlain y secundada por Francia bajo Édouard Daladier, consistió en hacer concesiones territoriales y diplomáticas a la Alemania nazi y a la Italia fascista con la esperanza de saciar sus ambiciones expansionistas y evitar un nuevo conflicto armado. Lejos de lograr la paz, permitió que ambos regímenes se fortalecieran militarmente, absorbieran territorios casi sin disparar un tiro, y se convencieran de que las potencias democráticas carecían de voluntad real para enfrentarlos. Cuando la guerra estalló en septiembre de 1939, el apaciguamiento quedó desacreditado como uno de los mayores errores diplomáticos del siglo XX.
Por qué Occidente eligió ceder
La política no surgió de la nada. Sus raíces se hundían en el trauma colectivo que había dejado la Primera Guerra Mundial: millones de muertos, una generación devastada, el recuerdo de las trincheras del Somme y Passchendaele generando en Gran Bretaña un rechazo profundo a repetir esa carnicería. En Francia, donde los combates habían ocurrido en suelo propio, el sentimiento era todavía más visceral.
A ese pacifismo se sumaban al menos otros tres factores. Primero, la percepción extendida —compartida por políticos e intelectuales británicos— de que el Tratado de Versalles había sido excesivamente duro con Alemania, lo que generaba cierta simpatía hacia algunas de sus reivindicaciones territoriales. Segundo, el golpe económico de la Gran Depresión, que dejó a Gran Bretaña sin margen —ni ganas— para financiar un rearme masivo. Y tercero, un cálculo ideológico que hoy resulta incómodo de leer: buena parte de los conservadores británicos veía en la Alemania nazi un contrapeso útil contra la Unión Soviética, prefiriendo una Alemania fuerte como muro de contención antes que debilitarla y abrirle el camino al bolchevismo.
El primer test: Renania, 1936
El primer gran desafío llegó en marzo de 1936, cuando Hitler ordenó a sus tropas ocupar la zona desmilitarizada de Renania, violando abiertamente tanto el Tratado de Versalles como los Acuerdos de Locarno de 1925. La respuesta de Londres y París fue la inacción total. El ejército alemán todavía era débil en ese momento, y una respuesta militar francesa lo habría obligado a retirarse —pero nadie movió un dedo—.
La pasividad occidental envió un mensaje devastador: las potencias democráticas no estaban dispuestas a hacer cumplir los tratados con la fuerza. Ese mismo año, además, el apaciguamiento impidió que Gran Bretaña y Francia impusieran sanciones reales a Alemania e Italia por su intervención militar en la Guerra Civil Española, pese a que ambos países habían firmado un pacto de no intervención que ninguno de los dos respetó.
El precedente que casi nadie recuerda: Etiopía
Antes incluso de Renania, en octubre de 1935, el Reino de Italia había invadido Etiopía sin que Occidente respondiera con nada más que condenas verbales en la Sociedad de Naciones. Es uno de los episodios menos citados de esta historia, pero funcionó como ensayo general del patrón que se repetiría una y otra vez: agresión territorial, protesta diplomática de compromiso, y ninguna consecuencia real.
El Anschluss: Austria, 1938
En marzo de 1938, Hitler ejecutó el Anschluss —la anexión de Austria al Reich alemán—, mediante una combinación de presión política, amenazas militares directas contra el canciller austríaco Kurt Schuschnigg y la colaboración activa de los nazis locales. Las tropas alemanas entraron en Viena el 12 de marzo, recibidas por multitudes entusiastas. Gran Bretaña y Francia protestaron formalmente, sin tomar ninguna medida concreta.
La anexión no solo reforzó la posición estratégica alemana en Europa central: rodeó a Checoslovaquia por tres flancos, preparando el terreno para la crisis siguiente.
Múnich: el momento culminante
La región de los Sudetes, en la periferia checoslovaca, albergaba a unos tres millones de alemanes étnicos. Hitler exigió su incorporación al Reich alegando la necesidad de proteger a esa minoría, mientras el Partido Sudete Alemán de Konrad Henlein —financiado desde Berlín— agitaba el conflicto interno para justificar la intervención. Checoslovaquia, sin embargo, no era un blanco fácil: tenía una democracia sólida, un ejército competente, un sistema de fortificaciones serio en los Sudetes, y alianzas defensivas tanto con Francia como con la Unión Soviética.
Chamberlain decidió intervenir personalmente. En septiembre de 1938 voló a Alemania en tres ocasiones para reunirse con Hitler —algo sin precedentes para un primer ministro británico—. En la Conferencia de Múnich, los días 29 y 30 de septiembre, Chamberlain, Daladier, Hitler y Mussolini acordaron ceder los Sudetes a Alemania. Checoslovaquia ni siquiera fue invitada a la mesa: sus representantes esperaron en una habitación contigua mientras las grandes potencias desmembraban su país sin ellos.
Chamberlain fue recibido como un héroe por una población aterrorizada ante la posibilidad de una nueva guerra. No todos compartían el optimismo.
Churchill, la voz que nadie quería escuchar
Winston Churchill fue el crítico más prominente y persistente del apaciguamiento, desde una posición relativamente marginal dentro de su propio Partido Conservador. Tras Múnich, pronunció ante la Cámara de los Comunes uno de sus discursos más recordados.
Sus palabras fueron recibidas con hostilidad por la mayoría de los parlamentarios, todavía volcados a favor de Chamberlain. No estuvo solo del todo: Anthony Eden había renunciado como secretario de Exteriores en febrero de 1938 en protesta por la política hacia Italia, Duff Cooper renunció como Primer Lord del Almirantazgo tras Múnich, y en Francia voces como la de Paul Reynaud advertían en el mismo sentido —todas, en su momento, ignoradas por la mayoría política.
El desmentido final: marzo de 1939
El argumento central de Chamberlain —que Hitler solo buscaba reunir a las poblaciones germanas bajo un mismo Estado— se derrumbó el 15 de marzo de 1939, cuando las tropas alemanas ocuparon el resto de Checoslovaquia, un territorio de población eslava, no alemana, creando el Protectorado de Bohemia y Moravia y un Estado títere en Eslovaquia. Chamberlain se sintió personalmente traicionado, y en un discurso en Birmingham el 17 de marzo cambió radicalmente de tono, preguntando en público si aquello era el último paso de Hitler o el preludio de nuevas agresiones.
La respuesta llegó rápido: Hitler presionó a Lituania para que cediera la región de Memel, e Italia invadió Albania en abril de 1939. El 31 de marzo, Gran Bretaña ofreció a Polonia una garantía unilateral de seguridad, comprometiéndose a defenderla ante cualquier agresión alemana; Francia se sumó al compromiso. Cuando Hitler exigió después el corredor polaco y la ciudad de Dánzig, las potencias occidentales se mantuvieron firmes por primera vez en años.
Agresiones que el apaciguamiento permitió, sin respuesta real:
— Invasión de Etiopía por Italia (octubre de 1935).
— Remilitarización de Renania por Alemania (marzo de 1936).
— Intervención ítalo-alemana en la Guerra Civil Española (1936), en violación del pacto de no intervención.
— Anexión de Austria por Alemania (marzo de 1938).
— Ocupación de los Sudetes por Alemania (octubre de 1938).
— Ocupación del resto de Checoslovaquia (marzo de 1939).
— Ocupación de Albania por Italia (abril de 1939).
El pacto que cerró la puerta
La firma del Pacto Molotov-Ribbentrop en agosto de 1939 entre Alemania y la Unión Soviética eliminó el último obstáculo para la agresión contra Polonia —el mismo cálculo que había llevado a muchos líderes occidentales a preferir una Alemania fuerte frente a la URSS terminó, en los hechos, facilitando que ambos regímenes totalitarios se repartieran Europa del Este entre sí—. El 1 de septiembre de 1939, la Wehrmacht invadió Polonia; dos días después, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. El apaciguamiento había fracasado por completo.
El debate histórico: ¿cobardía o cálculo racional?
La interpretación dominante durante décadas —la llamada escuela ortodoxa, popularizada por el propio Churchill en sus memorias— condenó el apaciguamiento como un acto de cobardía e incompetencia que dejó crecer a Hitler hasta volverlo imparable, presentando a Chamberlain como un político débil e ingenuo.
La lectura revisionista
A partir de los años sesenta, historiadores como A.J.P. Taylor matizaron esa condena: sostuvieron que Chamberlain actuó de forma racional dadas las circunstancias reales de 1938 —Gran Bretaña no estaba preparada militarmente, los dominios del Imperio no habrían respaldado un conflicto por los Sudetes, y la opinión pública era abrumadoramente pacifista—. Según esta lectura, el apaciguamiento compró un tiempo precioso que permitió acelerar el rearme británico, en particular la producción de cazas Spitfire y Hurricane y el desarrollo de la red de radar que resultaría decisiva en la Batalla de Inglaterra de 1940.
La mayoría de los historiadores contemporáneos, sin embargo, mantiene una posición crítica: si el apaciguamiento le dio tiempo a Gran Bretaña para rearmarse, le dio exactamente el mismo tiempo —o más— a Alemania, que lo aprovechó para fortalecer su capacidad militar de forma mucho más acelerada. Además, la entrega de los Sudetes privó a los aliados de las fortificaciones checoslovacas y de un ejército competente que habría podido abrir un segundo frente real en caso de guerra en 1938, cuando Alemania todavía era comparativamente más débil.
La lección que quedó grabada en la posguerra
El fracaso del apaciguamiento transformó la política exterior occidental durante décadas. La «analogía de Múnich» se convirtió en argumento recurrente contra cualquier forma de concesión a potencias autoritarias: líderes como Harry Truman y John F. Kennedy la invocaron para justificar posturas firmes frente a la Unión Soviética durante la Guerra Fría. La propia Carta de las Naciones Unidas incluyó mecanismos de seguridad colectiva pensados explícitamente para que la pasividad ante la agresión no volviera a repetirse.
Chamberlain fue reemplazado por Churchill como primer ministro en mayo de 1940, tras el fracaso de la campaña de Noruega, derrotado en un voto de censura en los Comunes. Murió pocos meses después, en noviembre de ese mismo año, con la reputación irreversiblemente dañada. Incluso sus críticos más duros reconocieron, con el tiempo, que había actuado movido por un deseo sincero de evitar el sufrimiento de otra guerra mundial —solo que su método resultó trágicamente equivocado—.
La lección que dejó esta década sigue siendo, ochenta años después, una de las más citadas —y más discutidas— de toda la diplomacia moderna: negociar desde la debilidad frente a un régimen que solo respeta la fuerza rara vez conduce a una paz duradera. Rara vez, pero no siempre —y esa distinción, ni la escuela ortodoxa ni la revisionista terminaron nunca de saldarla del todo.
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