Balfour: 67 palabras,
un siglo de guerra
El 2 de noviembre de 1917, el Secretario de Relaciones Exteriores británico Arthur James Balfour firmó una carta de 67 palabras dirigida a un banquero judío. Esa carta prometía algo que Gran Bretaña no tenía derecho a prometer, a personas que no habían sido consultadas, sobre un territorio que no le pertenecía. Lo que vino después sigue ocurriendo hoy.
Hay documentos que cambian el mundo con la fuerza de un ejército. Y hay documentos que lo cambian con la ambigüedad de una promesa mal redactada. La Declaración Balfour pertenece a la segunda categoría, y eso la hace, si cabe, más peligrosa. Un ejército ocupa un territorio y lo abandona. Una promesa vaga, hecha en el momento más conveniente para quien la hace y más irrelevante para quien la sufre, puede persistir durante siglos como fuente inagotable de conflicto, reinterpretación y legitimación de todo lo que viene después.
Sesenta y siete palabras. Menos que este párrafo. Escritas apresuradamente en el contexto de una guerra mundial que Gran Bretaña no estaba segura de ganar. Dirigidas a un banquero, no a un pueblo. Sobre un territorio habitado por personas que no fueron consultadas. Y que hoy, más de cien años después, siguen siendo invocadas para justificar tanto la existencia del Estado de Israel como la negación de los derechos del pueblo palestino, dependiendo de quién las lea y qué parte subraye.
«El Gobierno de Su Majestad ve con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el status político de que gocen los judíos en cualquier otro país.»
Léala de nuevo. Lentamente. Note lo que dice y lo que no dice. Habla de un «hogar nacional» sin definir qué es eso ni cuánto territorio abarca. Habla de «facilitar» sin especificar cómo. Promete que no se perjudicarán los «derechos civiles y religiosos» de las comunidades no judías, pero omite completamente sus derechos políticos. Y lo hace sobre una población que en ese momento representaba aproximadamente el noventa por ciento de los habitantes de Palestina.
Esa omisión no fue accidental. Fue deliberada. Y es, en esencia, la raíz de todo lo que vendría después.
Gran Bretaña en 1917:
una guerra que se estaba perdiendo.
Para entender por qué existe la Declaración Balfour hay que entender en qué situación estaba Gran Bretaña en noviembre de 1917. No era la potencia imperial segura de sí misma que la historia posterior tendió a retratar. Era un Imperio en apuros, atrapado en una guerra de trincheras que llevaba tres años matando a una generación entera de jóvenes europeos sin producir ningún resultado decisivo.
El frente occidental estaba estancado. La Revolución Bolchevique en Rusia amenazaba con sacar a ese país de la guerra, lo que liberaría cientos de miles de soldados alemanes para reforzar el frente occidental. Estados Unidos había entrado al conflicto en abril, pero sus tropas tardarían meses en llegar en número significativo. El Imperio Otomano controlaba Oriente Medio, bloqueando las rutas hacia la India, la joya de la corona imperial británica.
El cálculo americano: El gabinete británico creía que una declaración favorable al sionismo podría movilizar a la influyente comunidad judía de Estados Unidos en apoyo de la guerra. Era una percepción basada en estereotipos antisemitas sobre el «poder judío internacional», pero era la percepción que guiaba las decisiones.
El cálculo ruso: Rusia tenía la mayor comunidad judía del mundo, sometida a pogromos y discriminación sistemática bajo el zarismo. Gran Bretaña esperaba que una promesa sionista atrajera a esa comunidad hacia los aliados y alejara el fantasma del colapso ruso.
El cálculo imperial: Palestina era estratégicamente vital para proteger el Canal de Suez y las rutas hacia la India. Una población judía europea instalada allí sería, en la lógica imperial británica, más manejable y más afín a los intereses occidentales que la población árabe local.
Había también un componente que raramente aparece en los análisis geopolíticos y que sin embargo fue decisivo: la teología protestante. Lloyd George, el Primer Ministro, había crecido leyendo el Antiguo Testamento en galés antes de conocer cualquier historia secular. Para él y para muchos en su entorno, el retorno judío a Palestina no era solo una maniobra política: era el cumplimiento de una profecía bíblica. El imperialismo y la religión, como tantas veces en la historia, encontraron una justificación conveniente el uno en el otro.
Chaim Weizmann:
el químico que negoció un país.
Detrás de la Declaración Balfour hay un diplomático que nunca tuvo título diplomático. Chaim Weizmann era un químico ruso-judío establecido en Manchester, un científico de primer nivel que durante la guerra había desarrollado un proceso para producir acetona sintética, un componente esencial para la fabricación de explosivos militares. Esa contribución le abrió puertas que ningún lobbysta político habría podido abrir.
Weizmann era también un sionista convencido y un negociador extraordinariamente hábil. Entendió antes que nadie que la Primera Guerra Mundial era una oportunidad única para el proyecto sionista: el Imperio Otomano, que controlaba Palestina, estaba del lado de los perdedores. Quien ganara la guerra controlaría Oriente Medio. Y quien controlara Oriente Medio podría, si se lo persuadía correctamente, facilitar el proyecto de un hogar nacional judío.
«Encontré en Lloyd George un hombre que conocía la Biblia mejor que la mayoría de los judíos. Cuando le hablé de Palestina, no necesité explicarle dónde estaba Esdrelón ni qué era el Monte Carmelo. Lo sabía todo.»
Las negociaciones que produjeron la Declaración Balfour duraron casi dos años e implicaron múltiples borradores que fueron modificando sustancialmente el alcance de la promesa. El borrador inicial hablaba de «la reconstitución de Palestina como el hogar nacional del pueblo judío»: una formulación que implicaba soberanía plena sobre todo el territorio. La versión final, notablemente más ambigua, hablaba de «un hogar nacional en Palestina», sin definir ni la extensión ni la naturaleza política de ese hogar.
Esa diferencia entre «como» y «en» no fue un descuido tipográfico. Fue el resultado de semanas de debate interno en el gabinete británico, donde varios miembros —entre ellos el propio Edwin Montagu, secretario de Estado para la India y judío asimilado que se oponía frontalmente al sionismo— insistieron en que la promesa debía ser lo más vaga posible para no comprometer demasiado al Imperio.
El borrador inicial prometía Palestina entera como hogar nacional judío. La versión final prometía un hogar en Palestina. La diferencia es un accidente gramatical que costó cien años de guerra.
El noventa por ciento
que no fue consultado.
En 1917, Palestina tenía una población de aproximadamente 700.000 personas. De ellas, alrededor de 560.000 eran árabes musulmanes, 70.000 eran árabes cristianos y 55.000 eran judíos, muchos de ellos residentes desde hacía generaciones. Los árabes representaban aproximadamente el noventa por ciento de la población. Ninguno de ellos fue consultado. Ningún representante palestino participó en las negociaciones. La carta ni siquiera los nombra: los llama «las comunidades no judías existentes en Palestina», una formulación que los convierte en elemento residual de un territorio cuya identidad se estaba redefiniendo sin su participación.
Esta omisión no era ignorancia. Los funcionarios británicos que redactaron la declaración sabían perfectamente quién vivía en Palestina. Era una decisión política deliberada: los palestinos no eran el interlocutor que importaba en ese momento. Lo que importaba era el movimiento sionista, las comunidades judías de Estados Unidos y Rusia, y los intereses imperiales británicos en Oriente Medio.
La contradicción más grave no estaba dentro del propio documento sino entre ese documento y otros compromisos que Gran Bretaña había adquirido simultáneamente. En la correspondencia Hussein-McMahon de 1915 y 1916, el Alto Comisionado británico en Egipto había prometido al Sharif Hussein de La Meca la independencia árabe en vastos territorios de Oriente Medio, a cambio de que los árabes se levantaran en armas contra el Imperio Otomano. Los árabes lo hicieron. T.E. Lawrence, el famoso «Lawrence de Arabia», coordinó esa revuelta.
Nadie les dijo que simultáneamente Gran Bretaña estaba prometiendo parte de ese mismo territorio a otro pueblo. Los Acuerdos Sykes-Picot de 1916, secretos hasta que los bolcheviques los revelaron, añadían otra capa de contradicción: Francia y Gran Bretaña ya se habían repartido Oriente Medio entre sí, independientemente de lo que prometieran a árabes o a judíos.
En el espacio de dos años, Gran Bretaña había prometido el mismo territorio de tres maneras distintas: a los árabes como parte de un Estado árabe independiente (Hussein-McMahon, 1915), a Francia como zona de influencia compartida (Sykes-Picot, 1916) y a los sionistas como hogar nacional judío (Balfour, 1917). Ninguno de estos compromisos era compatible con los otros dos. Los tres fueron hechos en secreto. Y todos fueron presentados como promesas solemnes del Imperio británico.
De la promesa al Mandato:
cuando la ambigüedad se vuelve ley.
En 1920, Gran Bretaña asumió el Mandato sobre Palestina, otorgado por la Liga de Naciones. La Declaración Balfour fue incorporada formalmente al texto del mandato, dándole una legitimidad internacional que el documento original, una simple carta a un banquero privado, nunca había tenido. Lo que había sido una promesa táctica de guerra se convirtió en obligación legal internacional.
Lo que siguió durante los años veinte y treinta fue una aceleración demográfica sin precedentes. La población judía de Palestina pasó de aproximadamente 55.000 en 1918 a más de 400.000 en 1936. La inmigración fue impulsada primero por el sionismo como proyecto ideológico, luego por el antisemitismo creciente en Europa central y oriental, y finalmente, tras 1933, por el ascenso del nazismo que convirtió la emigración en cuestión de supervivencia.
Los árabes palestinos respondieron con resistencia creciente. Las protestas comenzaron en 1918 y se intensificaron en las décadas siguientes. La Gran Revuelta Árabe de 1936-1939 fue la expresión más organizada de esa resistencia: una huelga general y una insurrección armada que los británicos sofocaron con una brutalidad que incluyó demolición de casas, detenciones masivas y colaboración con milicias sionistas para controlar el territorio.
«Con todos los países árabes siendo liberados e independientes, Palestina no debe ser la excepción. No puede haber paz ni estabilidad si se nos niega lo que se concede al resto. La Declaración Balfour viola los derechos más elementales de la mayoría de la población de este país.»
Los británicos intentaron gestionar la contradicción con una serie de libros blancos que iban limitando la inmigración judía en respuesta a la presión árabe. Pero cada limitación era resistida por el movimiento sionista, y cada concesión al sionismo era rechazada por los palestinos. La ambigüedad original de la Declaración Balfour se había convertido en una trampa de la que Gran Bretaña no podía salir sin traicionar a alguna de las partes. Y terminó traicionando a ambas.
Lo que el genocidio nazi
cambió en la ecuación.
El Holocausto transformó completamente el contexto moral y político del proyecto sionista. Lo que en 1917 se concebía como un hogar para una minoría de judíos europeos que querían retornar a su tierra histórica se convirtió, después de 1945, en la única alternativa existente para los supervivientes de un genocidio que había matado a seis millones de personas. La urgencia moral del refugio para esos supervivientes era real, indiscutible y aplastante.
Pero esa urgencia moral no resolvía la contradicción política que la Declaración Balfour había creado. Los palestinos no habían perpetrado el Holocausto. Los campos de exterminio no estaban en Palestina sino en Europa central, construidos por un régimen europeo, financiados por dinero europeo, operados por funcionarios europeos. Y sin embargo, la solución que el mundo eligió para la tragedia judía europea se implementó a expensas de una población que no había tenido ningún papel en esa tragedia.
Los palestinos no construyeron Auschwitz. No diseñaron la Solución Final. No deportaron a nadie a ningún campo. Y sin embargo fueron ellos quienes pagaron, con su tierra y su desplazamiento, el precio de la culpa europea por el Holocausto.
En 1947, Gran Bretaña, incapaz de gestionar el conflicto y agotada por la Segunda Guerra Mundial, devolvió el problema a las Naciones Unidas. El Plan de Partición de la ONU de noviembre de 1947 propuso dividir Palestina en un Estado judío y un Estado árabe. Los judíos aceptaron. Los árabes rechazaron, considerando injusto que se les pidiera ceder más del cincuenta por ciento de un territorio donde representaban un tercio de la población.
El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel. Al día siguiente, los ejércitos de cinco países árabes atacaron. Lo que Israel llama su Guerra de Independencia, los palestinos lo llaman la Nakba: la Catástrofe. En esa guerra, entre 700.000 y 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares, en muchos casos bajo amenaza o violencia directa. Sus pueblos fueron demolidos. Sus propiedades fueron confiscadas. Y no pudieron regresar.
107 años después,
la carta sigue matando.
La Declaración Balfour cumplió 107 años en noviembre de 2024. Para entonces, Gaza llevaba más de un año bajo un bombardeo que había matado a más de cincuenta mil personas, destruido la mayor parte de su infraestructura y desplazado a prácticamente toda su población. La Corte Internacional de Justicia había ordenado medidas cautelares. Organismos de derechos humanos de todo el mundo documentaban lo que veían. Y los mismos gobiernos que en 1917 habían prometido que «no se haría nada que perjudicara los derechos» de los palestinos seguían financiando, armando y protegiendo diplomáticamente lo que ocurría.
No se puede entender Gaza sin entender Balfour. No como excusa ni como justificación de ningún acto específico, sino como el origen estructural de una situación en que un pueblo fue despojado de su tierra por una promesa que nunca tuvo su consentimiento, hecha por un Imperio que ya no existe, en nombre de principios que ese mismo Imperio violaba sistemáticamente en todas sus colonias.
Una potencia occidental prometió el territorio de otros sin consultarlos. Cuando surgió el conflicto inevitable entre las partes, esa potencia intentó gestionar la contradicción que ella misma había creado, falló, y se retiró dejando el problema sin resolver. La comunidad internacional reconoció el Estado resultante pero nunca garantizó efectivamente los derechos de la población desplazada. Y ese reconocimiento asimétrico —pleno para unos, vacío para otros— se convirtió en la arquitectura permanente del conflicto.
Este patrón no es exclusivo de Palestina. Es el patrón del colonialismo europeo en su fase de retirada: líneas trazadas sin consulta, promesas contradictorias, conflictos delegados. Lo que hace único a Palestina es que ese conflicto delegado sigue activo, en vivo, con un costo humano que se mide en decenas de miles de muertos por año, mientras el mundo debate si lo que ocurre tiene o no nombre jurídico.
En 2017, cuando el centenario de la Declaración Balfour, el gobierno palestino exigió formalmente una disculpa británica. Theresa May, primera ministra entonces, respondió que Gran Bretaña celebraba la declaración con «orgullo». La respuesta fue tan reveladora como cualquier análisis histórico: el país que hizo la promesa, que no pudo cumplirla, que se retiró dejando una guerra, seguía considerando que había hecho lo correcto.
Palestina presentó en 2018 ante la Corte Internacional de Justicia una demanda contra Estados Unidos por el traslado de su embajada a Jerusalén, invocando entre otros argumentos el carácter irregular del reconocimiento original de 1917. En 2024, Sudáfrica presentó ante la misma corte su demanda por genocidio contra Israel. El derecho internacional que los europeos construyeron en el siglo XX para juzgar los crímenes de otros sigue siendo invocado, con dificultad y resultados parciales, para juzgar los propios.
67 palabras escritas en 1917 por un hombre
sobre un territorio que no era suyo.
El mundo sigue pagando su precio.
La Declaración Balfour no es solo historia. Es la arquitectura jurídica y moral sobre la que se construyó un conflicto que lleva más de un siglo produciendo muertos, desplazados y destrucción. Entenderla no es tomar partido. Es la condición mínima para hablar de lo que ocurre con alguna honestidad.
Porque cuando los gobiernos occidentales dicen hoy que apoyan una solución de dos estados mientras financian y arman a uno de los dos, cuando invocan el derecho internacional para algunas guerras y lo suspenden para otras, cuando hablan de los derechos de los palestinos mientras vetan resoluciones en su favor, están repitiendo exactamente el mismo movimiento que Arthur Balfour hizo en 1917: prometer con una mano lo que entregan con la otra.
La carta tenía 67 palabras. El conflicto que produjo no tiene fin visible todavía.
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☕ Invitame un caféEste artículo se basa en fuentes históricas documentadas que incluyen el texto original de la Declaración Balfour (1917), los Acuerdos Sykes-Picot (1916), la correspondencia Hussein-McMahon (1915-1916), el texto del Mandato Británico sobre Palestina (1920), el Plan de Partición de la ONU (1947) y fuentes historiográficas contemporáneas sobre el conflicto palestino-israelí. Las cifras demográficas corresponden a estimaciones documentadas por historiadores especializados. Las referencias al conflicto en Gaza corresponden a información disponible hasta la fecha de publicación.
