Brasil 2026:
Lula, Bolsonaro
y un escándalo
Flávio Bolsonaro no es solo el hijo de un expresidente condenado por intentar un golpe de Estado. Es alguien que nunca tomó distancia de eso — y que ahora aparece pidiéndole millones, en audios filtrados, a un banquero presunto estafador, para financiar una película sobre su padre. A cinco meses de la elección, la diferencia entre apellido y actitud puede ser lo que termine de definir quién gobierna Brasil.
Bolsonaro por golpismo
en 2022, como un Líbano
la familia le gana mejor a Lula
de octubre de 2026
A cinco meses de las elecciones presidenciales de octubre, Brasil tiene la carrera más pareja de su historia reciente entre el presidente Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado por intentar un golpe de Estado. Pero detrás de esa paridad numérica hay capas que ninguna encuesta puede capturar del todo: un balance de gobierno con inflación récord, hambre y deforestación histórica que la marca «Bolsonaro» sigue cargando, y la pregunta de fondo sobre si alcanza con no ser Jair Bolsonaro, o si hace falta también no haber actuado, durante años, como si todo lo que él hizo estuviera bien.
Un golpe de Estado, una condena, y un hijo que heredó todo menos la autocrítica
El 8 de enero de 2023, miles de seguidores de Jair Bolsonaro asaltaron el Palacio de Planalto, el Congreso y la Corte Suprema en Brasilia, en un intento de impedir la asunción de Lula da Silva tras perder las elecciones de 2022. En septiembre de 2025, el Tribunal Supremo Federal condenó a Bolsonaro a 27 años de prisión por tramar ese golpe. Cumple la condena bajo arresto domiciliario por razones de salud.
Esa condena, en su momento, parecía allanarle el camino a Lula para la reelección: con Bolsonaro fuera de juego legal, la oposición de derecha quedaba descabezada. Pero la familia Bolsonaro no se disolvió con la condena del patriarca — se reorganizó alrededor de sus hijos. Eduardo Bolsonaro, ya investigado en Bastión en un artículo anterior, fue condenado en junio de 2026 a cuatro años de cárcel por viajar a Washington a gestionar sanciones de Trump contra Brasil y contra los jueces que procesaban a su padre — y celebró públicamente esas sanciones llamándolas «Tarifa Moraes». El otro hijo, Flávio Bolsonaro, senador y ahora precandidato presidencial, fue designado por el propio Jair como su heredero político de cara a 2026.
Ninguno de los dos hermanos cuestionó jamás el intento de golpe. Ninguno tomó distancia pública del 8 de enero. Eduardo lo usó como excusa para pedir injerencia extranjera. Flávio lo absorbió en silencio y construyó su candidatura sobre la base de ser, exactamente, la continuidad de ese proyecto.
No es solo el golpe: los números del gobierno Bolsonaro tampoco ayudan
Antes de mirar las encuestas de 2026 conviene repasar con qué balance llega la marca «Bolsonaro» a esta nueva candidatura, porque buena parte de la desconfianza que muestran los sondeos no nace solo del 8 de enero. Nace también de cuatro años de gestión con resultados medibles, y esos resultados, en los indicadores que más afectan la vida cotidiana, fueron malos.
Y hay un quinto dato que no es económico en sentido estricto, pero que pesa tanto o más en la imagen internacional y en la conciencia ambiental de una parte creciente del electorado brasileño: la Amazonía. En 2022, el último año de Bolsonaro en el poder, la selva perdió 10.267 kilómetros cuadrados de cobertura vegetal —una extensión equivalente a la de un país entero, como Líbano. Fue el nivel más alto desde que existen mediciones satelitales comparables, un 24,9% más que el año anterior. El propio primer año de su gobierno, 2019, ya había sido el peor registrado hasta entonces. El organismo público encargado de la vigilancia ambiental llegó a gastar apenas el 41% de su presupuesto asignado para esa tarea en 2021, según el Observatorio del Clima, una red de más de 70 organizaciones ambientales brasileñas.
«Solo en 2022, agricultores y ganaderos despejaron en la Amazonía brasileña un área once veces el tamaño de la ciudad de Nueva York para agronegocios, con escasa regulación.»
Ese dato abre una pregunta que no tiene una sola respuesta simple: si la mayoría del electorado brasileño no vive de la deforestación, no es terrateniente ni minero ilegal en la Amazonía, ¿por qué sostiene igual a un proyecto político que la habilitó, y sigue prefiriendo a sus herederos por sobre cualquier alternativa? Tres factores, documentados por la ciencia política y por el propio comportamiento electoral, ayudan a entenderlo sin caer en la simplificación de que «la gente no sabe» o «no le importa».
El primero es geográfico. La Amazonía concentra una porción enorme del territorio nacional pero una fracción pequeña de la población brasileña, concentrada sobre todo en San Pablo, Río y el sur del país. El costo de la deforestación no se siente en la vida cotidiana de quien vota lejos de la selva — no es negacionismo activo, es simplemente que el problema no entra en el cálculo diario de la mayoría.
El segundo es el marco que el propio Bolsonaro impuso al debate. Nunca presentó la deforestación como un costo a asumir; la presentó como «desarrollo» y «soberanía nacional frente a la injerencia extranjera». Cada crítica internacional se reencuadraba como un ataque a Brasil, no como una observación legítima sobre su gestión. Para un electorado ya predispuesto a desconfiar de organismos internacionales y de la prensa, ese mensaje no generaba culpa: generaba defensa.
El tercero, y el más determinante según la psicología política, es que la identidad pesa más que el dato puntual. Cuando el voto se convierte en parte de quién es uno —»yo soy de los que piensan así»—, la información nueva, sea sobre el Amazonas, sobre la inflación o sobre un audio filtrado, no compite con esa identidad: queda subordinada a ella. No es que la mayoría decida racionalmente tolerar la destrucción de la selva. Es que, para esa mayoría, esa información nunca llegó a pesar tanto como otros ejes —seguridad, religión, rechazo al PT— que ya habían definido el voto de antemano.
De diez puntos de ventaja a un empate técnico que se mueve para los dos lados
La evolución de las encuestas en lo que va de 2026 muestra una carrera que se acercó mucho más rápido de lo que cualquiera anticipaba en diciembre pasado.
En diciembre, Lula aventajaba a Bolsonaro por diez puntos. En marzo ya estaban empatados. En abril, por primera vez en la historia de las mediciones de Datafolha, Flávio pasó al frente — apenas un punto, dentro del margen de error, pero un quiebre simbólico real: el hijo lograba algo que ni su propio padre, en la elección de 2022, había conseguido en ese tipo de sondeo. Fue su mejor momento de toda la carrera.
Después llegó el escándalo del Banco Master, y la tendencia se revirtió con fuerza. Según una nueva encuesta de Datafolha difundida el 20 de junio, Lula recuperó una ventaja de cuatro puntos —47% contra 43%— repitiendo exactamente el mismo resultado que ya había registrado un mes antes. Es decir, el golpe más fuerte a la candidatura de Flávio llegó justo después de salir a la luz los audios donde le pide millones a un banquero hoy preso por fraude para financiar la película sobre su padre. Reuters señaló que esta nueva medición sugiere que el senador logró al menos detener la caída —dejó de perder terreno entre mayo y junio—, aunque sin recuperar la ventaja que tuvo en abril. En el escenario de primera vuelta, la brecha es todavía mayor: Lula obtendría el 41% de los votos frente al 31% de Bolsonaro, según la misma encuesta de Datafolha realizada sobre 2.004 personas en 139 ciudades, con un margen de error de dos puntos.
Flávio negó cualquier intercambio de favores vinculado a la financiación de la película.
En el escenario de primera vuelta, Lula se mantiene como el candidato más votado, entre 35% y 39% según la encuesta, seguido por Flávio con porcentajes que van del 23% al 35% dependiendo del sondeo y del mes — la tendencia general es de Flávio creciendo y consolidándose como la opción dominante dentro del propio espacio de derecha, por delante de otros nombres como Tarcísio de Freitas, Ronaldo Caiado o Romeu Zema.
El propio electorado de derecha duda de que el apellido alcance
Hay un dato que aparece de forma consistente en las mediciones de enero de 2026 y que conviene mirar con atención: cuando se le pregunta a la población brasileña si un candidato de oposición ajeno a la familia Bolsonaro tendría más chances de derrotar a Lula que alguien con ese apellido, el 43% dice que sí, contra solo el 34% que cree que un Bolsonaro tiene mejores posibilidades.
Y la duda no es solo del electorado en general — está también dentro del propio bolsonarismo. El 44% de los encuestados considera que Jair Bolsonaro se equivocó al elegir a Flávio como su candidato heredero, frente a un 43% que cree que la decisión fue correcta: una división casi perfecta, incluso entre simpatizantes del propio espacio político.
«46% dice tener más miedo a la vuelta de la familia Bolsonaro al poder, contra 40% que afirma temer más la continuidad de un gobierno Lula.»
Esto confirma algo que se intuye desde fuera de Brasil pero que conviene decir con precisión: el problema de fondo para buena parte del electorado no es «Bolsonaro» como marca genérica, es la sospecha fundada de que cualquiera que lleve ese apellido va a comportarse igual que el primero. Y los hechos de los últimos meses le dieron a esa sospecha mucho más sustento del que tenía hace un año.
«Hermano»: los audios con el banquero preso
En mayo de 2026, el medio The Intercept Brasil publicó una investigación con audios, chats de WhatsApp, hojas de cálculo de pagos y extractos bancarios que muestran a Flávio Bolsonaro negociando directamente con Daniel Vorcaro, entonces propietario del Banco Master, la financiación de «Dark Horse», una película biográfica sobre su padre. Vorcaro fue detenido poco después por una presunta estafa financiera multimillonaria — su banco fue intervenido y liquidado en noviembre de 2025.
Vorcaro transfiere 61 millones de reales (unos 12,1 millones de dólares) a la producción de la película sobre Jair Bolsonaro, de un total negociado de hasta 134 millones de reales —cerca de 24 millones de dólares.
Con la Justicia ya investigando a Vorcaro por el fraude del Banco Master, Flávio le envía un audio urgente presionándolo para que no se frenen los pagos: «Hermano, preferí enviarte el audio aquí para que pudieras escucharlo con calma. Estamos pasando por uno de los momentos más difíciles de nuestras vidas, ¿verdad? No sé qué va a pasar de ahora en adelante.»
El Banco Master es intervenido y liquidado por las autoridades brasileñas. Vorcaro queda en prisión preventiva.
The Intercept Brasil publica la investigación completa. Flávio reconoce el contenido del audio y no niega haber pretendido hasta 134 millones de reales — se defiende diciendo que sus interacciones con Vorcaro «no se referían a dinero público» y que ocurrieron cuando «no había acusaciones o sospechas públicas que involucraran al banquero».
El jefe de comunicaciones de la precampaña de Flávio renuncia. La bolsa de São Paulo cae 1,80% en medio de la incertidumbre política generada por las filtraciones. Lula, que reconoció haberse reunido con Vorcaro en 2024, promete investigar «hasta las últimas consecuencias».
El escándalo, además, no se quedó en Flávio. Días después, la llamada Operación Compliance Zero alcanzó al senador Ciro Nogueira, exjefe de gabinete de Jair Bolsonaro y presidente de un partido aliado clave, investigado por recibir pagos mensuales de Vorcaro a cambio de presentar en el Congreso proyectos redactados por los propios asesores del banquero para beneficiar al Banco Master.
Lo que distingue a Flávio no es de quién es hijo, sino qué hizo con eso
Presidente en ejercicio, busca la reelección por sexta candidatura. Aprobación de gestión en terreno parejo o levemente negativo según el mes —47% aprueba, 49% desaprueba en enero de 2026. Reconoció haberse reunido con Vorcaro en 2024, pero promete investigar el caso «hasta las últimas consecuencias», sin que hasta ahora ninguna fuente lo vincule a los pagos para la película de Bolsonaro.
Su mayor fortaleza no es el entusiasmo que genera, sino la desconfianza que sigue generando su rival: tras el escándalo del Banco Master volvió a sacarle cuatro puntos a Flávio en las dos mediciones más recientes, después de haber estado abajo en abril por primera vez en la historia de este tipo de sondeo.
Senador, hijo mayor de Jair Bolsonaro, designado por su padre como precandidato presidencial. Nunca tomó distancia pública del intento de golpe de Estado de 2023 ni de la condena de su padre. Pidió hasta 24 millones de dólares a un banquero hoy preso por fraude para financiar una película biográfica sobre el mismo padre condenado por golpismo.
Su fortaleza es el apellido y el aparato del bolsonarismo ya organizado. Su debilidad, cada vez más visible en las encuestas, es que ese mismo apellido carga el peso completo de lo que su padre hizo —y él nunca hizo nada para diferenciarse.
La comparación con su hermano Eduardo es ineludible. Eduardo se fue a Washington a operar sanciones de Trump contra su propio país para salvar a su padre del juicio, y terminó condenado por coacción a la justicia. Flávio le pidió millones a un banquero bajo sospecha de fraude para financiar una película que retrata a su padre como héroe, mientras ese padre cumple condena por intentar derrocar la democracia que ahora Flávio aspira a presidir. En ambos casos, el patrón es idéntico: lealtad absoluta al apellido, cero autocrítica sobre lo que ese apellido representa.
Eso es lo que separa, en los propios números de las encuestas, «portar el apellido» de «repetir la actitud». El 43% de los brasileños que prefiere a cualquier opositor que no sea un Bolsonaro no está juzgando genética — está juzgando conducta observada durante años: ningún Bolsonaro, hasta ahora, ha dado una sola señal de que gobernaría distinto a como gobernó el primero.
Cinco meses, una elección abierta, y una pregunta que las encuestas no responden del todo
La campaña electoral comienza oficialmente en agosto. El escándalo del Banco Master ya tuvo un efecto medible: después de que Flávio llegara a su mejor momento en abril, superando a Lula por primera vez en la historia de estas mediciones, los audios con Vorcaro lo hicieron retroceder cuatro puntos de un mes a otro. Las dos encuestas más recientes, de mayo y junio, repiten el mismo resultado —47% contra 43% a favor de Lula—, lo que sugiere que Flávio logró frenar la caída, pero todavía no logró revertirla.
Lo que no cambió en todo ese vaivén es la pregunta de fondo que separa a este proceso de una simple repetición de 2022: ya no se trata de Lula contra Jair Bolsonaro, el hombre condenado por el golpe. Se trata de Lula contra alguien que heredó el proyecto político completo de ese golpe sin haber roto con él en ningún momento, y que ahora aparece, en audios propios, pidiéndole millones a un presunto estafador para glorificar en una película al mismo padre que la Justicia ya condenó por intentar tomar el poder por la fuerza.
Brasil no va a votar en octubre solo por un apellido. Va a votar, otra vez, por lo que ese apellido demostró estar dispuesto a hacer para sostenerse en el poder —y los datos más recientes sugieren que, al menos por ahora, una mayoría todavía no está dispuesta a darle una segunda oportunidad a esa misma actitud, solo porque la lleva puesta una persona distinta.
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