Clifford, Marshall y las 72 horas que decidieron Israel

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Clifford, Marshall y las 72 horas que decidieron Israel
Clark Clifford, el joven asesor de Truman, reconstruyó en sus memorias el enfrentamiento del 12 de mayo de 1948 que definió el reconocimiento de Israel. Pero su propio relato exagera cifras, confunde categorías y minimiza el rol de sus financistas. Un análisis con las correcciones necesarias —incluido un error de traducción sobre el célebre «cerdo en un saco» de Robert Lovett—.
Agosto 2026 · Lectura: 12 min
Artículo elaborado a partir de «Counsel to the President» (1991), memorias de Clark Clifford, contrastadas con el análisis crítico publicado en Washington Report on Middle East Affairs (WRMEA, 1999) y otras fuentes históricas independientes.

El primer capítulo de las memorias de Clark Clifford se titula, sin medias tintas, «Enfrentamiento en el Despacho Oval». Ahí reconstruye, con el detalle de quien lo vivió en primera persona, las últimas 72 horas de mayo de 1948 antes de que Israel declarara su independencia —y antes de que Estados Unidos, con Truman a la cabeza, se convirtiera en el primer país en reconocerlo, apenas once minutos después—.

→ Este artículo profundiza un episodio ya mencionado en «De Truman a Trump: el lobby que doblega presidentes», con el relato completo del propio protagonista y las correcciones que exige leerlo con ojo crítico.

La tarde del 12 de mayo

Clifford, entonces asesor de asuntos políticos internos de Truman, llegó a la reunión con un borrador de declaración ya preparado: reconocer al futuro Estado judío incluso antes de que sus fronteras estuvieran definidas y mientras la propia Asamblea General de la ONU todavía deliberaba sobre el camino a seguir en Palestina. Enfrente tenía a George Marshall, el militar más condecorado de la posguerra, y a su subsecretario Robert Lovett.

La reunión terminó en un empate tenso: Truman, «demasiado ansioso por calmar la agitación» de su secretario de Estado, se puso de pie y le dijo que tendía a apoyarlo. Pero según reconoce el propio Clifford, el presidente ya había decidido de antemano reconocer a Israel —solo dudaba del momento exacto, no de la decisión de fondo—.

La frase que casi todas las versiones traducen mal

En medio del enfrentamiento, Lovett usó una expresión que se convirtió en una de las citas más repetidas de todo el episodio: advirtió que reconocer al Estado judío prematuramente sería como «comprar un cerdo metido en un saco cerrado» —un modismo inglés real («buying a pig in a poke») que significa adquirir algo a ciegas, sin poder verificar qué se está comprando realmente—.

Corrección de traducción: algunas versiones circulantes traducen esta frase como «cerdo en un puñón» —una expresión sin sentido en español, ya que «puñón» no es una palabra real—. La traducción correcta y fiel al modismo original sería «comprar un cerdo en un saco sin verlo» o, en su sentido, «comprar a ciegas».

Lo que suele omitirse al citar solo esa frase es lo que Lovett agregó a continuación, según el propio registro de Clifford: sacó una carpeta de reportes de inteligencia británica y estadounidense que alertaban sobre agentes soviéticos y comunistas infiltrándose en Palestina disfrazados de inmigrantes judíos desde la zona del Mar Negro. Es decir, la objeción de Lovett —igual que la de Marshall— tenía una base estratégica explícita: el temor a la expansión soviética en la región, no antipatía personal hacia la comunidad judía.

Lo que Clifford exagera de su propio relato

El análisis crítico del episodio, publicado por Washington Report on Middle East Affairs, señala varios puntos donde el propio Clifford —al escribir sus memorias décadas después— parece haber inflado su caso.

La cifra inflada

Para contrarrestar la acusación de que su recomendación buscaba solo el voto judío, Clifford citó una cifra de 14.000 miembros del Consejo Americano Antisionista para el Judaísmo, como prueba de que existía oposición judía real al sionismo. Esa cifra salió directamente de un folleto de esa misma organización —una fuente que, naturalmente, tenía interés en exagerar su propio tamaño—, no de un conteo independiente.

La categoría equivocada

Clifford describió a Eugene Meyer (editor del Washington Post) y Arthur Hays Sulzberger (editor del New York Times) como judíos «antisionistas». La distinción real es más matizada: eran «no sionistas», no «antisionistas» —no promovían activamente el proyecto político, pero tampoco combatían la idea de un Estado judío por razones humanitarias—. Es una diferencia real que la simplificación de Clifford borra para reforzar su propio argumento sobre la existencia de oposición judía organizada.

Los donantes que el relato minimiza

Max Lowenthal y Abe Feinberg, ambos grandes contribuyentes de las arcas del Partido Demócrata y firmes partidarios de la causa israelí, ejercieron influencia directa sobre Clifford durante todo el proceso —un rol que su propio relato apenas menciona—.

El detonante político real

Según el propio Clifford, el impulso inicial para el reconocimiento prematuro no vino de una convicción diplomática abstracta, sino de un dato electoral muy concreto: un mes antes, un candidato del Partido Laborista había derrotado a un demócrata en una elección especial al Congreso en Nueva York, tras criticar la inacción de Truman en el tema palestino. Ese resultado «preocupó profundamente» a Clifford, y marcó el inicio de un patrón que —como ya documentamos en el artículo anterior sobre el lobby— se repetiría durante la siguiente media década: candidatos de ambos partidos subordinando política exterior a cálculo electoral interno vinculado al voto judío.

Toda la batalla fue entre el argumento de Clifford de que «la rapidez es esencial para adelantar a los rusos» y la visión de Lovett de que «una prisa indecente en reconocer el nuevo Estado provocaría una reacción tremenda en el mundo árabe que llevábamos años cortejando».

El factor que rara vez se menciona: la fe de Truman

Más allá del cálculo político y estratégico, el propio texto añade una dimensión personal poco citada: Truman era un fundamentalista bíblico que citaba con frecuencia el pasaje de Deuteronomio 1:8 —la promesa divina de la tierra a Abraham, Isaac y Jacob— como parte de su convicción sobre el derecho judío a Palestina. Su propia hermana, en escritos posteriores a la muerte del presidente, confirmó la profundidad de esa devoción religiosa. Es un dato que rara vez se cruza con los análisis puramente geopolíticos del episodio, pero que —según el propio relato— pesó en la decisión final tanto como cualquier cálculo electoral o estratégico.

Lo que queda de este episodio, ochenta años después

Una escena, múltiples capas de verdad

El enfrentamiento del 12 de mayo de 1948 es, al mismo tiempo, un hecho histórico real —documentado por ambos protagonistas, con sus propios registros oficiales— y un relato que, contado por uno de sus actores casi cuarenta años después, contiene exageraciones convenientes para su propia imagen.

Marshall y Lovett tenían razones estratégicas legítimas para su cautela —el temor a la infiltración soviética, el riesgo de guerra regional, la falta de capacidad militar para respaldar al nuevo Estado—. Clifford tenía razones políticas y personales —el resultado electoral de Nueva York, la presión de donantes como Lowenthal y Feinberg— que decidió no explicar con la misma claridad con la que denunció las de sus rivales.

Ninguna de las dos partes actuó por pura convicción desinteresada. Y ese es, quizás, el valor real de releer este episodio con cuidado: no como una historia de héroes y villanos, sino como el primer capítulo de un patrón —cálculo electoral disfrazado de principio, motivos estratégicos etiquetados de prejuicio— que, según ya documentamos, se repitió con casi todos los presidentes que vinieron después.


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