La cuerda floja de Netanyahu

La cuerda floja de Netanyahu
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La cuerda floja de Netanyahu

A dos meses de sus primeras elecciones desde el 7 de octubre, el primer ministro israelí tiene que elegir entre su coalición de extrema derecha y su aliado más importante. No puede quedar bien con los dos.

El equilibrio imposible
Coalición de extrema derecha
«Victoria total» sobre Hamás
Casa Blanca
Cierre del conflicto, retirada de tropas
Netanyahu, en el medio, a dos meses de las urnas

El domingo, Benjamin Netanyahu hizo algo que hacía tiempo no hacía en público: rompió abiertamente con Donald Trump. «Quiero dejar claro aquí: Israel descarta el documento de 15 puntos», dijo, refiriéndose al plan para Gaza que la Junta de Paz creada por el propio Trump había estado negociando durante meses. La frase sorprendió incluso a sus propios comandantes militares, que según reportó la televisión israelí Canal 12 se habían estado reuniendo con Netanyahu días antes para discutir los detalles técnicos de una retirada piloto en tres zonas del sur de Gaza.

Es decir: mientras puertas adentro avanzaba en los detalles operativos del plan junto al jefe del Estado Mayor de las FDI, Eyal Zamir, puertas afuera lo descartaba en público con la contundencia suficiente como para que sonara a portazo. El contraste no es un error de comunicación. Es, probablemente, la estrategia completa.

01Demasiadas pelotas en el aire

Netanyahu está a poco más de dos meses de sus primeras elecciones nacionales desde el ataque liderado por Hamás el 7 de octubre de 2023, y enfrenta un problema de equilibrio casi imposible de resolver sin costos: cómo conformar a Trump, su socio más importante en el plano internacional y militar, sin alienar a la base de derecha que sostiene su coalición de gobierno.

Los politicos de extrema derecha que le dan sustento parlamentario quieren exactamente lo contrario de lo que pide Washington: intensificar los ataques sobre Gaza y avanzar con asentamientos dentro del territorio palestino. Trump, en cambio, necesita mostrar un cierre del conflicto —el regreso a control palestino, mediado por su propia Junta de Paz— antes de que lleguen las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos, que se celebran apenas una semana después de las israelíes.

Shira Efron, que preside el área de política israelí en la RAND Corporation, lo resumió con una imagen que terminó repitiéndose en buena parte de la cobertura sobre el episodio: Netanyahu camina por una cuerda floja política, atendiendo a la vez a una coalición a la que prometió «victoria total» sobre Hamás y a un presidente estadounidense al que no puede permitirse molestar.

02El patrón se repite

No es la primera vez que Netanyahu recurre a esta coreografía. Ya lo había hecho en junio, cuando Washington e Irán firmaron un alto el fuego pese a las objeciones israelíes: Netanyahu terminó cumpliendo la tregua mientras trabajaba puertas adentro para contener el enojo de su propia base. El año pasado, ante la exigencia directa de Trump, ordenó retirar cazas israelíes que ya se dirigían hacia Irán. Y la semana pasada, redujo el ritmo de los ataques aéreos sobre Gaza elevando el umbral de aprobación necesario para autorizarlos: ahora los asesinatos selectivos requieren el visto bueno del jefe del Estado Mayor, y no solamente del comandante regional, salvo en casos de «peligro inminente».

La combinación de retórica dura puertas adentro y concesiones discretas sobre el terreno le compró tiempo a Netanyahu. La duda es si ese tiempo le alcanza hasta octubre.

Es un patrón consistente: gestos de gran visibilidad hacia adentro —rechazos públicos, declaraciones de firmeza, promesas de victoria total— combinados con pasos concretos y mucho más discretos hacia afuera, en la dirección que pide Washington. Funcionó hasta ahora. La pregunta que empieza a instalarse en Washington es si la administración estadounidense va a seguir teniendo la paciencia política para tolerarlo.

La lectura desde Israel

El diario Haaretz describió la visita de Netanyahu a la Casa Blanca el mes pasado —notablemente breve para un líder que suele explotar mediáticamente su relación con Trump— como el síntoma más visible de un equilibrio cada vez más difícil de sostener: cuando se intenta hacer malabares con demasiadas prioridades enfrentadas al mismo tiempo, tarde o temprano alguna termina en el piso.

03Un Trump que ya no impone

El otro dato relevante del episodio no tiene que ver con Netanyahu, sino con los límites cada vez más visibles del poder estadounidense en la región, a pesar de contar con una capacidad de fuego militar que sigue siendo, en términos absolutos, incomparable con la de cualquier otro actor.

Brian Katulis, investigador principal del Middle East Institute en Washington, describe la situación actual de la administración como un choque entre las intenciones declaradas y la realidad sobre el terreno, tanto en Irán como en Israel. Y señala un dato adicional que suele pasar desapercibido en la cobertura centrada solo en Gaza: el nuevo pacto de defensa entre Turquía, Arabia Saudí y Pakistán, que varios analistas leen como una señal de que actores regionales de peso empiezan a cubrirse ante la incertidumbre sobre cuánto va a durar, y con qué firmeza, el poder estadounidense en la zona.

En Irán, mientras tanto, Trump adoptó públicamente un tono más cauto —»discreto», en sus propias palabras a Axios— evitando nuevas amenazas militares directas y apostando en cambio a la presión económica: inflación descontrolada, reservas agotadas. Pero el terreno cuenta otra historia. Estados Unidos mantiene un bloqueo naval activo sobre los puertos iraníes, con más de medio centenar de buques comerciales redirigidos en las últimas semanas y dos embarcaciones inutilizadas. Emiratos Árabes Unidos reportó un ataque iraní contra un petrolero propio en el estrecho de Ormuz. Los Houthis, la milicia yemení respaldada por Teherán, amenazan en paralelo con bloquear el tránsito petrolero saudí por el Mar Rojo.

Suzanne Maloney, especialista en Irán y vicepresidenta del Brookings Institution, plantea que las opciones reales sobre la mesa para la Casa Blanca no son especialmente favorables: los puntos de presión disponibles contra Teherán, aunque reales, resultan más tolerables para el régimen iraní que el costo político que la propia guerra le está generando a Washington puertas adentro.

04Lo que se paga en la calle

Ese costo interno tiene un nombre muy concreto para buena parte del electorado estadounidense: el precio de la nafta. El galón de gasolina se mantuvo esta semana por encima de los cuatro dólares, más de un dólar por encima del valor que tenía cuando Estados Unidos e Israel comenzaron a bombardear Irán a fines de febrero. Las encuestas muestran un desgaste creciente incluso dentro del propio electorado republicano frente a una guerra que ya lleva seis meses sin que ninguno de los objetivos amplios que Trump se había planteado parezca cerca de cumplirse.

  • Reservas militares estadounidenses cada vez más ajustadas tras meses de despliegue sostenido, incluidos dos grupos de portaaviones en la región.
  • Un régimen iraní que, lejos de ceder, exige el levantamiento total de sanciones y reparaciones de guerra antes de reabrir el estrecho de Ormuz —a lo que Trump respondió reclamando, a su vez, compensación iraní por las víctimas de «muchos conflictos» y de la represión interna del régimen.
  • Un Netanyahu que necesita mostrarse leal a Trump sin perder el respaldo de una base que vivió el propio giro conciliador de Washington hacia Irán como una traición directa.

La combinación deja a la Casa Blanca sin ninguna opción cómoda: ni la escalada militar plena que pide el ala más dura de su propia coalición internacional, ni el cierre negociado que necesitaría mostrar antes de noviembre para capitalizar políticamente el esfuerzo.

05Gaza, mientras tanto

Detrás de cada uno de estos cálculos electorales y diplomáticos hay una realidad humanitaria que no espera resultado de urnas. Más de nueve meses después del alto el fuego mediado por la administración Trump, buena parte de la población de Gaza sigue viviendo en campamentos de carpas entre los escombros: Israel bloqueó la entrada de materiales de reconstrucción a gran escala, y Hamás se niega, a su vez, a entregar las armas que el plan de 15 puntos le exigía como condición central.

Más de 1.250 personas murieron en ataques israelíes desde que se firmó ese acuerdo, según cifras del ministerio de Sanidad de Gaza —que no distingue entre víctimas civiles y combatientes—, sumándose a las más de 70.000 muertes registradas durante los dos años previos de guerra. Organismos especializados en seguridad alimentaria proyectan que más de 70.000 niños van a necesitar tratamiento por desnutrición aguda hacia abril de 2027 si la situación no cambia de forma sustancial.

El principal enviado de la Junta de Paz, Nickolay Mladenov, se limitó a decir que «las discusiones continúan» cuando se le consultó por el rechazo de Netanyahu a un acuerdo que había demandado meses de negociación. Es, quizás, la frase que mejor resume el estado actual de las tres partidas simultáneas que Washington intenta sostener en la región: Gaza, Irán y una relación con Israel cada vez más condicionada por el calendario electoral de ambos países.

Con las elecciones israelíes fijadas para fines de octubre y las legislativas estadounidenses apenas una semana después, ninguno de los dos líderes tiene demasiado margen para ceder antes de saber qué necesita mostrarle, primero, a su propio electorado.


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Este análisis forma parte de la cobertura de Bastión sobre la política interna israelí y la relación de Estados Unidos con sus aliados en Medio Oriente. Si te interesa el tema, seguí explorando la sección de geopolítica del sitio.

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