Cuando se analiza a una farmacéutica por sus escándalos, suele hablarse de responsabilidad indirecta: proveedores en la cadena de suministro, contratistas en países con controles débiles, terceros de los que la empresa «no se dio cuenta a tiempo». Bayer no encaja en ese molde. Su historial más grave no está en lo que otros hicieron bajo su nombre, sino en lo que **su propia dirección, sus propios científicos y sus propios ejecutivos decidieron hacer** con sus propios productos, generación tras generación.
Acto I: Zyklon B
En 1925, Bayer se fusionó con otras cinco químicas alemanas —incluida BASF— para formar IG Farben, que llegó a ser la mayor empresa química y farmacéutica del mundo. IG Farben colaboró directamente con el régimen nazi: empleó a cientos de miles de trabajadores extranjeros, prisioneros de guerra y personas sometidas a trabajo forzado, y **fabricó el gas Zyklon B**, usado para exterminar a millones de personas en los campos de concentración.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los Aliados liquidaron IG Farben y la dividieron en sus componentes originales: Bayer, BASF y Hoechst. En los Juicios de Núremberg, varios directivos de IG Farben fueron condenados por crímenes de guerra. Fritz ter Meer, sentenciado a siete años de prisión por su rol en esos crímenes, fue reincorporado como **directivo supervisor de Bayer** apenas salió de la cárcel. Según organizaciones como la Coordinación contra los Peligros de Bayer, ninguna de las tres empresas sucesoras indemnizó adecuadamente a las víctimas.
Acto II: sangre contaminada, vendida a sabiendas
Desde 1970, la filial Cutter Biological de Bayer fue el principal productor mundial de Factor VIII, un tratamiento vital para personas con hemofilia, elaborado a partir de sangre humana donada. Para reducir costos, Cutter llegó a comprar sangre al Departamento de Correcciones de Arkansas a 7 dólares la pinta —revendida después a más de 50 dólares—, mezclando plasma de más de 10.000 donantes sin filtrar adecuadamente a poblaciones de alto riesgo.
Cuando se descubrió que el producto estaba contaminado con VIH, Cutter desarrolló una versión tratada térmicamente y segura, disponible desde febrero de 1984. Pero, según documentación de la época, la empresa siguió fabricando y vendiendo la versión vieja y contaminada hasta julio de 1985, amparándose en contratos de precio fijo que hacían más rentable agotar el stock existente. Ese stock se comercializó deliberadamente en Asia y América Latina, mercados con menor capacidad regulatoria de detectarlo.
El resultado: unas 30.000 personas infectadas solo en el Reino Unido, la mayoría con VIH, en un proceso documentado que se extendió durante más de dos décadas.
Acto III: cuatro medicamentos, un mismo patrón
Lipobay/Baycol (cerivastatina). Cuando las autoridades sanitarias españolas reportaron las primeras tres muertes por su combinación con otro fármaco, Bayer respondió públicamente que era «una exageración» y no tomó medidas. Menos de un mes después, tuvo que retirarlo del mercado mundial. La propia compañía reconoció al menos 100 muertes solo en España. A nivel global: más de 14.700 demandas y unos 1.100 millones de dólares pagados en acuerdos hacia 2004, sin reconocer responsabilidad legal.
Trasylol. Usado para reducir sangrado en cirugías de bypass coronario. El propio gobierno de Estados Unidos pidió a Bayer suspender las ventas al comprobarse que aumentaba el riesgo de muerte de los pacientes durante la cirugía.
Yasmin/Yaz. Las píldoras anticonceptivas más usadas del mundo acumularon más de 12.325 demandas hacia 2012. Una investigación en Canadá vinculó el fármaco con al menos 23 muertes por trombosis.
Xarelto. Anticoagulante todavía comercializado, asociado a decenas de muertes por hemorragia según investigaciones periodísticas. Activistas de la Coalición contra los Peligros de Bayer sostienen que la empresa «sigue adelante con la comercialización solo por razones de beneficio económico ante las serias dudas sobre su seguridad».
Acto IV: comprar el fraude de otro
En 2018, Bayer completó la compra de Monsanto por 63.000 millones de dólares, la mayor apuesta de su historia. Apenas dos meses después de cerrado el trato, comenzaron a conocerse en juicio los «Papeles de Monsanto»: documentos internos que probaban que la empresa sabía, desde hacía años, que su herbicida Roundup (glifosato) podía causar linfoma no Hodgkin, y que había ocultado esa información deliberadamente, incluso pagando a «escritores fantasma» para publicar un estudio científico fraudulento que desmentía el vínculo con el cáncer —estudio que la propia revista científica que lo publicó terminó retractando en 2025—.
Hoy Bayer enfrenta más de 167.000 demandas en Estados Unidos, con condenas que llegaron a los 2.100 millones de dólares en un solo caso. La compañía vale hoy, en bolsa, aproximadamente lo mismo que pagó por Monsanto: la adquisición, en términos de mercado, quedó devorada por completo por el costo legal y reputacional.
El patrón que atraviesa un siglo
Negar o minimizar el problema apenas aparecen las primeras señales («una exageración»).
Seguir vendiendo el producto peligroso mientras siga siendo rentable hacerlo, incluso con una alternativa segura ya disponible.
Dirigir el producto más riesgoso hacia los mercados con menor capacidad de control —Asia, América Latina— cuando en el propio mercado de origen ya no es sostenible venderlo.
Frenar solo cuando un regulador externo o la Justicia obliga a hacerlo, nunca por decisión ética propia.
Reincorporar sin problema a quienes ya fueron condenados por conducta grave, una vez que la sanción legal se agotó.
Este mismo patrón —señales de alarma conocidas y desatendidas, población vulnerable elegida deliberadamente por su menor capacidad de reclamo, ocultamiento posterior del daño— es exactamente el que reconstruimos en el ensayo de Pfizer con Trovan en Kano en 1996, y en la reciente muerte de una niña china en un ensayo de terapia génica publicado después como si nada hubiera pasado. Cambian las décadas, los países, las tecnologías —gas, sangre, estatinas, anticoagulantes, herbicidas—. La lógica de fondo, en cambio, se repite con una regularidad que ya no puede explicarse como una serie de errores aislados.
Es la diferencia que importa remarcar: no es que a Bayer «se le escapó» un proveedor poco ético en algún eslabón lejano de su cadena de producción. Es que, una y otra vez, durante casi cien años, quienes tomaron la decisión de seguir adelante pese a la evidencia de daño fueron su propia dirección, sus propios científicos, sus propios departamentos legales. La responsabilidad, en los cinco actos, es directa.
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