Billetes de dólar, yen, yuan y won coreano superpuestos.

La crisis japonesa que amenaza los bonos del Tesoro

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La crisis japonesa que amenaza los bonos del Tesoro
El yen tocó su nivel más bajo frente al dólar en 40 años, obligando al Tesoro de Estados Unidos a intervenir. El problema: Japón tiene 1,1 billones de dólares en bonos estadounidenses, y si necesita venderlos para defender su moneda, puede disparar los costos de endeudamiento de todo el planeta. Todo esto bajo el mando de Kevin Warsh, el nuevo presidente de la Fed al que el mercado ya empieza a no creerle.
Agosto 2026 · Lectura: 11 min

Cuando el yen japonés tocó su nivel más bajo frente al dólar estadounidense en unos 40 años, no fue solo un problema para el gobierno en Tokio: fue, casi de inmediato, un problema para Washington. La semana pasada, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos tomó la medida poco común de intervenir directamente para apuntalar al yen —una decisión que expone hasta qué punto la debilidad de una moneda extranjera puede convertirse en una amenaza real para el propio sistema financiero estadounidense.

Por qué a Estados Unidos le importa tanto el yen

Japón tiene invertidos casi 3 billones de dólares en activos estadounidenses —bonos del Tesoro, acciones y deuda corporativa combinados—. Es, además, el mayor tenedor extranjero de deuda pública de Estados Unidos, con más de 1,1 billones de dólares en bonos del Tesoro.

3B US$ Total invertido por Japón en activos de EE.UU.
1,1B US$ En bonos del Tesoro —el mayor tenedor extranjero
5,22% Rendimiento del bono a 30 años, máximo desde 2007

El mecanismo del riesgo es directo: si Japón necesita vender parte de esas tenencias de bonos del Tesoro para financiar nuevas intervenciones en defensa de su moneda, esa venta masiva presiona el precio de esos bonos a la baja —y cuando baja el precio, sube el rendimiento, que es, en la práctica, lo que le cuesta a Estados Unidos pedir dinero prestado—. Es decir: una crisis cambiaria en Tokio puede terminar encareciendo la deuda pública estadounidense, sin que Washington tenga control directo sobre esa decisión.

El día en que los rendimientos se dispararon

El 28 de julio de 2026, los costos de endeudamiento a largo plazo del gobierno estadounidense se dispararon en una sola jornada, en lo que los propios operadores de mercado interpretaron como una señal de desconfianza hacia el nuevo presidente de la Reserva Federal.

El salto del bono a 30 años

Subió 0,11 puntos porcentuales hasta el 5,22% —su mayor incremento en un solo día en más de un año, y su nivel más alto desde 2007—. El bono a 10 años, considerado el tipo de interés más importante del mundo, subió también hasta 4,67%, cerca de su máximo del año.

El mercado está preocupado porque la falta de una subida de la Fed pueda provocar una inflación persistentemente alta. Subadra Rajappa, estratega de tipos de interés en Société Générale

Kevin Warsh, el nuevo presidente que el mercado empieza a cuestionar

El salto en los rendimientos llegó justo después de que la Fed, bajo la conducción de Kevin Warsh —el sucesor de Jerome Powell, confirmado por el Senado en mayo de 2026 con una votación estrictamente partidista (54-45)—, anunciara que mantendría las tasas de interés a corto plazo sin cambios, pese a que algunos inversores apostaban por una suba. Es una señal de que el mercado no está del todo convencido de que Warsh vaya a contener la inflación con la firmeza necesaria —la misma inquietud que dio origen al salto de los rendimientos ese día—.

La llamada «tasa de equilibrio» a 30 años —un indicador de las expectativas de inflación del mercado a tres décadas— subió, ese mismo 28 de julio, lo más que había subido en un solo día desde el 6 de noviembre de 2024: el día después de la reelección de Trump.

Los dos motores de la inflación que ya veníamos documentando

→ Esta presión inflacionaria conecta directamente con el análisis que ya hicimos en «Inflación, guerra y aranceles: la trampa de Trump» y el choque estanflacionario global descrito por Brunnermeier y Landau.

Los inversores atribuyen la resurgida preocupación por la inflación a dos factores concretos: la guerra de Irán, que disparó los precios del petróleo, y el gasto desenfrenado en infraestructura de inteligencia artificial, que está elevando precios en toda la economía —el mismo fenómeno de esquemas de financiación circular y valoraciones bursátiles infladas que ya analizamos en el ensayo de Brunnermeier y Landau—.

Durante meses, esa preocupación se mantuvo concentrada en el corto plazo. Pero el salto en el rendimiento a 30 años sugiere algo más inquietante: que los inversores ya temen que la inflación se mantenga alta no solo este año, sino durante décadas.

Por qué el yen se hundió tanto

La debilidad del yen no es un fenómeno aislado ni súbito: responde a una carga de deuda japonesa que ya supera el doble del tamaño de su economía —la mayor de cualquier economía avanzada—, agravada por la política de la primera ministra Sanae Takaichi, que busca ayudar a hogares y empresas con el alto costo de vida mediante mayor gasto público, justo cuando los costos energéticos ya subieron por las interrupciones de la guerra de Irán.

El Banco de Japón, que durante años mantuvo tasas de interés extremadamente bajas —incluso negativas— para estimular el crecimiento, elevó su tasa al 1% en junio, su nivel más alto en 31 años. Pero mientras esa tasa siga muy por debajo de la de Estados Unidos (entre 3,5% y 3,75%), los analistas coinciden en que la debilidad del yen va a persistir.

Por qué a Washington le conviene ayudar, aunque no sea gratis

El economista John Bromhead, de Moody’s Analytics en Sídney, lo resumió con precisión: «Para Washington, respaldar al yen es un seguro de costo relativamente bajo». La lógica: evitar que la crisis cambiaria japonesa se propague a otras monedas asiáticas —como el won surcoreano—, lo que podría obligar a esos países a vender también sus propias reservas de dólares, amplificando la inestabilidad en cadena.

Pero un dólar artificialmente fuerte tiene su propio costo para Estados Unidos: encarece los productos estadounidenses para compradores extranjeros, perjudicando a sus exportadores —que el año pasado vendieron unos 82.000 millones de dólares a Japón, frente a 146.000 millones que importaron—, y les da a los exportadores japoneses una ventaja competitiva dentro del propio mercado estadounidense.

El equilibrio inestable que sostiene todo esto

Una trampa con pocas salidas limpias

Si Japón sube más sus tasas para defender el yen, sus propios activos se vuelven más atractivos, alejando inversión de Estados Unidos. Si no las sube, el yen sigue débil y la presión para vender bonos del Tesoro se mantiene. Y mientras tanto, la nueva Fed de Warsh enfrenta una inflación empujada por una guerra y una revolución tecnológica que escapan por completo a su control monetario directo.

El propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, y su contraparte japonesa, Satsuki Katayama, ya dejaron abierta la puerta a «más medidas» conjuntas si hiciera falta. Es la misma lógica de cooperación entre bancos centrales que Brunnermeier y Landau identificaban como la pieza más frágil de todo el sistema financiero global: funciona mientras ambas partes tengan incentivos para cooperar, pero no está garantizada, y cada vez depende más de decisiones políticas de corto plazo tomadas en medio de una guerra que ninguno de los dos países eligió.


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