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Discurso completo de Finlandia ante la ONU

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Discurso completo de Finlandia ante la ONU

Transcripción completa del discurso pronunciado por el presidente Alexander Stubb el 22 de septiembre de 2026.

Señora Presidenta, Excelencias, Señoras y Señores.

Empiezo rindiendo homenaje a la dama que está aquí detrás, la embajadora Elina Karhula, representante de Finlandia, que tiene tras de sí una excelente carrera diplomática de 44 años en el servicio exterior de Finlandia y se va a jubilar en octubre. Le doy las gracias por sus servicios y, por supuesto, como su Presidente está aquí pronunciando una alocución, no sabe si será el mejor o el peor momento de su carrera.

En fin, el Secretario General Kofi Annan dijo, y cito: «Cualesquiera que sean nuestras diferencias, triunfamos o fracasamos juntos». Fin de la cita.

Cuando se nos olvidan estas sabias palabras de Kofi Annan, lo que ocurre es que triunfa la desorganización. El año pasado, desde este estrado, señalé que la política exterior se basa en tres pilares: los valores, los intereses y el poder. Este año les planteo algo mucho más sencillo: la elección, la posibilidad de elegir entre la cooperación y el conflicto. En el mundo de hoy, la cooperación se ve socavada por la falta de confianza, el incumplimiento de las normas y el debilitamiento de las instituciones.

Esto lo hemos oído ya en numerosos discursos hoy. Se propagan los conflictos, llevando sufrimiento, violencia e injusticias a los pueblos. Según algunos relatos, actualmente hay 65 conflictos armados en activo, más que en cualquier otro momento desde que terminó la Guerra Fría. La competencia siempre existirá; los países ahora compiten más que hace una generación.

Esto no me preocupa. Lo que sí me preocupa es que cada vez más países compiten contra las normas sobre los que reside el orden internacional. En este discurso defiendo esas normas para pedir cooperación y multilateralismo. Los pequeños países los necesitan para sobrevivir y los grandes los necesitan para ser grandes.

Defender las normas, valores e instituciones fundamentales es nuestra mejor opción para garantizar que la competencia no se convierta en conflicto y que la cooperación gane terreno. Empiezo analizando cómo está cambiando hoy el mundo. Como soy pragmático, siempre intento tratar con el mundo tal y como es, porque a menudo nos ayuda a forjar el mundo que nos gustaría tener, es decir, el mundo que podamos construir juntos. Por eso ahora daré algunas sugerencias acerca de lo que deberíamos hacer a continuación.

Creo que todos deberíamos defender firmemente el multilateralismo. Como supuestamente dijo Strobe Talbott: «El multilateralismo es infernal, pero es la mejor opción para la humanidad». Necesitamos el multilateralismo para atender a nuestra agenda compartida, que va desde los conflictos armados hasta el cambio climático, pasando por el desarrollo sostenible y la IA. Sin embargo, ahora parece que estamos yendo en sentido contrario, más bien acercándonos a un orden mundial multipolar que no coopera.

Este orden se basa en transacciones y pactos, y un poderío irrestricto. Es un enfoque miope. Aunque parezca tentador, este orden multipolar llevará a los conflictos tarde o temprano; se volverá en nuestra contra, independientemente de si representamos a una gran potencia, a un país intermedio o a un país pequeño como Finlandia. Entre estos dos enfoques hay una tercera opción: el plurilateralismo, que supone crear coaliciones ad hoc cuando la cooperación mundial no se consigue.

Y esta es mi primera observación hoy: están surgiendo formas flexibles de cooperación en torno a distintos temas e intereses, ya sea en el ámbito económico, del clima, la defensa o la tecnología. La creación de coaliciones puede ser positiva con una condición: que no impugne el multilateralismo, sino que se base en el que apoye el sistema de la ONU, no que lo sustituya. La coalición de voluntarios para Ucrania es especialmente cara para mí. Es un grupo de países que trabajan para poner fin a la guerra de agresión de Rusia, una guerra ilícita e injustificada, no provocada.

Su solución tendrá consecuencias de gran alcance para Ucrania y otros países. Se trata realmente de defender las normas internacionales. Es una coalición que obra en pro de una paz justa y duradera en Ucrania, de conformidad con la Carta de la ONU. Procura defender las premisas básicas del orden internacional.

Mi segunda observación es que, por dondequiera que viaje, escucho la palabra «realineamiento», ya sea en Europa, África, Oriente Medio, Asia o las Américas. Las naciones están buscando nuevas alianzas y asociaciones. Se trata de una consecuencia lógica en tiempos de incertidumbre y transformación. Uno busca la seguridad donde la encuentre.

Vemos que se intensifica la integración regional, como vimos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Las organizaciones regionales como la Unión Africana, el Consejo de Cooperación del Golfo, el Mercosur, la ASEAN o la UE forjan la confianza. Cuando no es viable la integración, pueden demostrar ser esenciales otras formas de cooperación. Nosotros, los finlandeses, recordamos la firma histórica del Acta Final de Helsinki en el año 75, que aunó a 35 naciones en plena Guerra Fría y sentó las bases de lo que luego se convertiría en la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa.

¿Por qué les doy este ejemplo? Pues porque en ese entonces faltaba la confianza, eran profundos los desacuerdos, con una amplia hostilidad. Sin embargo, había margen para lograr un proceso que redujo las tensiones y forjó el terreno común. Creo que las regiones, como el Oriente Medio, donde actualmente reinan los conflictos, podrían considerar crear algo similar.

Incluso si frente al conflicto una región se pone de acuerdo en los principios que fomenten la cooperación, podrían prevenir más conflictos. Mi tercera observación es que está cobrando forma un nuevo orden económico mundial. Los instrumentos que antaño se utilizaban para la integración económica, como el comercio, la tecnología, la energía, la inversión, las cadenas de suministro, se han convertido en instrumentos de la competencia geopolítica. Quizás existió un tiempo la creencia ingenua de que la interdependencia traería consigo la estabilidad y la paz.

Ahora nos centramos más en las amenazas que en las oportunidades. Hemos entrado en un mundo de coerciones, donde las dependencias son vulnerabilidades, donde los países buscan los cuellos de botella que se puedan utilizar como armas arrojadizas para presionar a los demás. Pero estas dependencias son complejas; ninguna nación, ni siquiera las grandes, puede hacerlo sola. Y las acciones coercitivas tienen su coste.

Incluso un Estado más poderoso puede dominar una esfera, pero un Estado más pequeño puede hacerlo en otra. El entorno geopolítico nuevo, el orden económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, busca nuevas formas. El nuevo orden debe basarse en un entendimiento realista del equilibrio de poderes. En Occidente debemos reconocer que el Sur Global, el Este, cuenta con una fuerza política y económica que aumenta.

Muchas naciones del mundo han avanzado a pasos agigantados en cuanto a competencia y conocimientos. Deberíamos aprovechar esta pericia colectiva en pro del bien común. Tienen razón los países de temer las dependencias peligrosas, pero no deberíamos abandonar la cooperación porque estamos centrados en las amenazas. Deberíamos procurar lograr un orden económico que se base en las instituciones y los acuerdos.

El multilateralismo también hace falta en la economía mundial. Y está muy bien diagnosticar el problema, a saber: demasiadas naciones ahora compiten a expensas de las normas básicas y por eso el mundo se ha vuelto desorganizado. Pero lo más importante es encontrar la receta que nos permita volver al orden, la estabilidad y la cooperación. Por eso les propongo tres remedios para un mundo desordenado.

Hay que empezar volviendo a los fundamentos del derecho internacional. En una reciente visita a la India, leí una cita de Mahatma Gandhi, y cito: «Si se vulnera una norma, inevitablemente se acaba vulnerando otras normas». Fin de la cita. Estas palabras hoy son contundentes.

Es decir, que romper las normas tiene un efecto multiplicador. Hemos vuelto a caer en un mundo definido por el poderío y los intereses propios. Hay alguien que está dispuesto a tirar la toalla, dispuesto a aceptar la derrota del orden internacional basado en normas, lo cual sería exagerado. El derecho internacional ha sido impugnado antes.

Nunca ha sido un sistema perfecto, pero hemos de admitir que estamos en una coyuntura crítica. Se están cuestionando las normas fundamentales de tal manera que se erosiona la confianza en todo el sistema multilateral. Por lo tanto, el primer remedio para un mundo en desorden es el Estado de derecho. Las normas internacionales a menudo hoy en día se presentan como un obstáculo para los intereses nacionales.

Esto no es cierto y además es peligroso. El derecho internacional nunca ha sido solo un intento por lograr la justicia internacional, pero tampoco se puede reducir a un mero instrumento de dominio. No se trata solo de valores o intereses, sino de ambos. Pese a la retórica, ninguna de las grandes potencias probablemente tenga la capacidad para dar forma a las normas.

Por eso siguen aquí Naciones Unidas. Incluso cuando los actores dicen haber abandonado las normas, más bien lo que procuran es sustituir las normas actuales con otras que les convengan más. Por eso no haremos frente a un mundo sin normas, pero podríamos enfrentarnos a un mundo con menos previsibilidad, menos moderación, un mundo que se base en normas que sean más permisivas para los poderosos. Para el bien colectivo de las naciones aquí presentes, deberíamos seguir defendiendo el Estado de derecho y defendiendo sus principios más fundamentales, que incluyen la independencia, la soberanía y la integridad territorial de las naciones, la libertad de navegación en el mar y la rendición de cuentas ante los crímenes internacionales más graves.

El segundo remedio se refiere a los principios humanitarios, muchos de los cuales ya han sido mencionados en los discursos hoy. Hoy en día, el mundo cuenta con una capacidad sin precedentes para atender a las necesidades más apremiantes de la humanidad. Desde el establecimiento de las Naciones Unidas, ha disminuido la pobreza, el acceso a la educación básica se ha ampliado, ha aumentado la alfabetización y ha disminuido la mortalidad infantil. No obstante, somos testigos de la tiranía, la falta de respeto de los vulnerables y la violencia contra los civiles en muchos lugares del mundo.

La pobreza y la desesperanza siguen siendo generalizadas. Por ejemplo, Sudán está destrozado por la guerra. Se han desplazado millones y muchos hacen frente a la hambruna. Gaza sigue siendo una de las emergencias humanitarias más agudas del mundo, caracterizada por el desplazamiento en masa, la destrucción de las infraestructuras y la falta de servicios esenciales.

En Haití, por ejemplo, se hace frente a la violencia armada y a los eventos climáticos extremos que causan desplazamiento, hambre y una crisis sanitaria. No debemos volvernos indiferentes a las guerras y el sufrimiento humano, sino más bien canalizar nuestros esfuerzos para prevenir los conflictos, defender los derechos humanos y reforzar las economías sostenibles. Nuestra creciente prosperidad material no debería lograrse a costa de nuestra responsabilidad ética. El tercer y último remedio se refiere al lenguaje, es decir, cómo nos tratamos mutuamente.

Lamentablemente, no faltan los ejemplos de quienes utilizan un lenguaje poco respetuoso para describir a los demás o a grupos enteros de personas. Muy a menudo, quienes utilizan la retórica más provocadora son quienes consiguen más visibilidad, porque se premia a la provocación con atención. Los excesos se malinterpretan como valentía y la exageración como verdades. El lenguaje puede fomentar la cooperación, pero también puede romper la confianza y convertir la competencia en conflictos.

La receta es sencilla, pero necesaria: evitar la polarización, aumentar la confianza y escuchar a los demás. Necesitamos una política exterior digna que empiece aquí, en Naciones Unidas. Señoras y Señores, para terminar, me gustaría agradecer al Secretario General Guterres por el servicio brindado, por haberse dedicado a reformar y racionalizar el sistema de la ONU, una labor que debe continuar. Cada Secretario General se ve influenciado por su era y por sus actos.

Recientemente, al leer las biografías de dos exsecretarios generales, U Thant y Kofi Annan, dos líderes muy influyentes que vivieron una era de grandes tensiones entre las potencias, estas biografías me recordaron esta cuestión. Y quiero plantear algunas sugerencias para la consideración de la próxima Secretaria General, quien quiera que sea, y para la comunidad internacional en general. Desde la primera vez que pronuncié un discurso aquí hace dos años, una y otra vez he pedido la reforma del Consejo de Seguridad. El mundo ha cambiado y también debería cambiar la ONU.

Debería haber, como mínimo, dos nuevos escaños permanentes para África, dos para Asia y el Pacífico, y otro para América Latina. Ningún Estado debería tener el poder de veto, y si un miembro del Consejo de Seguridad viola la carta, se debería suspender su derecho de votación. El mundo necesita un Consejo de Seguridad que funcione. Para salir adelante, tenemos que superar este estancamiento y estar abiertos a soluciones creativas.

La necesidad de reforma también incluye la arquitectura económica mundial. Se debe actualizar para reflejar el equilibrio de poder de hoy en día. Debemos asegurarnos de que la cooperación económica internacional siga basándose en las normas, que sea legítima y representativa. Hacen falta soluciones multilaterales en un mundo cada vez más multipolar.

Debemos también volver a llevar a las Naciones Unidas a la mediación para la paz. El Secretario General, como mediador jefe, tendrá un papel clave que desempeñar. La legitimidad de la ONU como mediadora es singular. Juntos, la ONU y sus Estados miembros pueden conseguir lo que no podrían conseguir solos.

La ONU tiene que estar en el meollo de la construcción de instituciones y establecimiento de normas. La integración regional y las coaliciones temáticas deberían apoyarla. Para terminar, diré que la inteligencia artificial es la tecnología más importante para la historia de la humanidad. Tendrá incidencias en las ciencias, la economía, la política, la seguridad y la esencia misma de nuestra humanidad.

Los seres humanos deberían ocupar el sitio del piloto. Podemos elegir competir, cooperar o desacelerar. Para mí, la cooperación es la mejor manera de proceder. Por eso, en Noruega y Finlandia, junto con líderes de otras naciones del mundo, hemos lanzado el llamamiento para que las empresas, los gobiernos, las organizaciones regionales y la ONU elaboren mecanismos para controlar los últimos modelos de IA.

Y nos gustaría que Naciones Unidas tuviera éxito, por lo que seguiremos comprometidos plenamente con su trabajo. De ahí que nos presentemos como candidatos al Consejo de Seguridad para 2029-2030, motivados por nuestra creencia en la carta y los valores que defiende. Vamos a dar prioridad a la paz, a los pueblos y a las asociaciones. Estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de ser miembros del Consejo en un momento en que se requiere más paz.

Queremos que los pueblos y las naciones prosperen. Creemos en el diálogo y la cooperación. Por último, permítanme hacer una propuesta de procedimiento. Los cimientos de las Naciones Unidas se construyeron en San Francisco hace más de 80 años.

Hoy debemos restablecer el equilibrio en el orden mundial. Debemos volvernos a comprometer con los principios fundamentales del orden internacional y debemos elegir la cooperación por encima del conflicto. Lo que el mundo necesita ahora es un nuevo momento como el de San Francisco, un momento en el que los líderes del mundo se reúnan para fijar el rumbo. Y el proceso para lograrlo debería empezar con la nueva Secretaria General.

Muchas gracias.


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