El martes 3 de noviembre de 2026, Estados Unidos celebrará sus elecciones de medio término: se eligen los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 33 de los 100 del Senado, y 36 gobernaciones estatales. Se suman además dos elecciones especiales de Senado por los asientos que JD Vance y Marco Rubio dejaron al asumir como vicepresidente y secretario de Estado — bancas que hoy no están vacantes, sino ocupadas de forma interina por senadores designados por sus respectivos gobernadores, hasta que la elección de noviembre defina quién las ocupa por el resto del mandato. Los electos integrarán el 120° Congreso, que gobernará desde enero de 2027 hasta enero de 2029.
Por qué las midterms casi siempre castigan al presidente
Hay un patrón que los politólogos estudian desde hace más de medio siglo y que rara vez falla: el partido que ocupa la Casa Blanca pierde bancas en el Congreso a mitad de mandato. Ya en 1958, el politólogo V.O. Key lo resumió así: el partido del presidente «generalmente pierde escaños en la Cámara a mitad de mandato», tenga o no buena imagen pública. Desde la Guerra de Secesión, esa regla solo se rompió en contadas ocasiones.
Los números de la «maldición» histórica
La explicación de fondo tiene dos patas. La primera es matemática: cuanto más arrasa un presidente en su elección, más bancas «en riesgo» quedan dos años después, porque muchas se ganaron en distritos que no son naturalmente favorables a su partido. La segunda es psicológica, y se conoce como «pena presidencial» (presidential penalty): en las midterms vota menos gente, y de esa porción más chica, los votantes enojados con el gobierno tienden a movilizarse más que los satisfechos. Si hay más votantes enojados yendo a las urnas que votantes conformes, el partido oficialista pierde.
El contexto de 2026: aprobación baja, ánimo de castigo
A fines de junio, la aprobación del gobierno de Trump había caído al 39%, según el promedio de encuestas de The New York Times — muy por debajo del umbral del 50% que históricamente anticipa pérdidas severas para el oficialismo. Basado en el promedio histórico desde 1926 (11,3% de escaños perdidos en Cámara, 6,7% en Senado), los republicanos podrían perder unos 25 escaños en Cámara y 4 en Senado solo por la tendencia estadística — sin contar el humor social específico de este ciclo.
Encuestas señalan que economía, democracia e inmigración concentran las principales preocupaciones del electorado. El Centro de Política proyectaba, de forma preliminar, una mayoría demócrata ajustada de 211 a 208 en la Cámara. La propia excongresista Nancy Pelosi predijo públicamente que los demócratas «recuperarán la Cámara» en noviembre.
La diferencia con ciclos anteriores: la guerra de mapas
Lo que distingue a esta elección de medio término de las anteriores es algo que rara vez ocurre entre censos: una ola de redistribución de distritos electorales (redistricting) a mitad de década, impulsada directamente por la Casa Blanca para intentar torcer el resultado antes de que se emita un solo voto.
Texas abre el fuego, California responde
En agosto de 2025, el gobernador de Texas, Greg Abbott, impulsado por la presión directa de Trump, firmó un nuevo mapa de distritos diseñado para crear cinco bancas adicionales favorables al Partido Republicano. Un panel judicial en El Paso bloqueó inicialmente el mapa por considerarlo un probable gerrymander racial inconstitucional, pero la Corte Suprema —de mayoría conservadora— permitió que Texas usara el nuevo mapa igual en las midterms de 2026 mientras el caso sigue su curso.
California respondió en espejo: el gobernador Gavin Newsom impulsó la Propuesta 50, aprobada por los votantes en noviembre de 2025, que rediseña los distritos californianos para favorecer a los demócratas con hasta cinco bancas adicionales, explícitamente como contrapeso a la maniobra de Texas. La Corte Suprema declinó frenar también ese mapa californiano.
El resultado es lo que un consultor republicano calificó de «una idea horrible para todos»: una escalada de mapas hechos a medida en Texas, California, Missouri, Ohio, Utah, Carolina del Norte y Virginia, donde ambos partidos redibujan distritos a mitad de década —algo que normalmente solo ocurre cada diez años tras el censo— con el objetivo declarado de decidir el control de la Cámara antes de que se cuente un voto.
Republicanos y demócratas coinciden, cada uno acusando al otro, en el diagnóstico de fondo: es una carrera armamentista de mapas donde gana el que tiene más legislaturas estatales bajo su control — y hoy esa ventaja estructural favorece más a los republicanos, que controlan más legislaturas estatales que los demócratas, aunque algunos estados demócratas tienen comisiones independientes que limitan cuánto pueden redibujar en su favor.
Lo que está en juego más allá de los números
Si los demócratas recuperan la Cámara, el gobierno de Trump perdería la «trifecta» republicana (Casa Blanca, Cámara y Senado simultáneamente) que sostiene desde 2025, y con ella la capacidad de avanzar su agenda legislativa sin obstáculos. Igual de importante: una Cámara de mayoría demócrata tiene la potestad constitucional de abrir investigaciones formales contra la Casa Blanca — desde comisiones de supervisión hasta, en el escenario más extremo, un nuevo proceso de impeachment.
Ese titular, de la revista Time en enero de 2026, resume la tensión de fondo: el propio presidente llegó a bromear públicamente sobre cancelar las elecciones de medio término, algo que la Casa Blanca debió salir a aclarar que era una broma. En paralelo, avanza en el Congreso la ley SAVE America, que exigiría documentación de ciudadanía para votar y podría complicar el acceso al voto de millones de estadounidenses que no tienen pasaporte ni partida de nacimiento a mano — otro frente de disputa que se suma a la guerra de mapas.
Cómo se reparten los 435 escaños: el apportionment
Antes de llegar a la mecánica de cada elección, vale explicar algo más estructural: cómo se distribuyen esos 435 escaños entre los 50 estados. Ese reparto no se decide cada dos años — se fija cada diez, tras el censo nacional, mediante un procedimiento llamado apportionment.
El método de proporciones iguales (Equal Proportions Method)
Cada estado recibe automáticamente al menos un escaño en la Cámara, sin importar su población. Los 385 escaños restantes se distribuyen proporcionalmente según la población de cada estado, usando una fórmula matemática diseñada para minimizar las disparidades relativas entre estados de distinto tamaño.
Ese reparto queda fijo hasta el siguiente censo decenal — es decir, el número de bancas que le toca a cada estado no cambia entre 2020 y 2030, aunque su población siga creciendo o achicándose año a año. Lo que sí puede cambiar dentro de esa década, y es justamente el objeto de la actual guerra de mapas, es dónde se trazan los límites de los distritos dentro de cada estado — no cuántos distritos le tocan.
Es una distinción importante para no confundir dos procesos distintos: el apportionment decide cuántos escaños tiene cada estado (fijo por una década), mientras que el redistricting —la pelea entre Texas y California que repasamos antes— decide dónde se dibujan las líneas de esos distritos dentro del estado. Ese segundo proceso es el que ambos partidos vienen forzando a mitad de década para intentar inclinar la balanza sin esperar al próximo censo.
Cómo se vota: mayoría simple, sin balotaje
El sistema electoral para la Cámara es de mayoría simple (first-past-the-post, en inglés): gana el candidato que obtiene más votos en su distrito, sin necesidad de superar el 50% ni de disputar una segunda vuelta. Si en un distrito compiten cuatro candidatos y el ganador se queda con el 28% de los votos mientras los otros tres se reparten el resto, ese 28% alcanza para ganar la banca completa — no existe balotaje federal para estas elecciones.
Las modalidades concretas de votación —presencial el día de la elección, voto anticipado, voto por correo— dependen enteramente de la legislación de cada estado, no de una regla federal uniforme. Eso explica buena parte de las diferencias que se ven estado por estado en plazos de conteo, reglas de identificación de votantes, y la disputa creciente en torno al proyecto de ley SAVE America.
Un vistazo a la mecánica: qué se vota exactamente
Calendario y mecánica de 2026
Para ser candidato a la Cámara alcanza con haber sido ciudadano estadounidense durante siete años y residir en el estado (no hace falta vivir en el distrito específico que se busca representar). El sistema es de distritos uninominales: cada uno elige a un solo representante, lo que vuelve el diseño de esos límites geográficos —justamente el objeto de la actual guerra de mapas— determinante para el resultado final, más allá de cuántos votos saque cada partido a nivel nacional.
Las midterms de 2026 tienen todos los ingredientes de la «maldición» histórica que ya castigó a casi todos los presidentes desde la Guerra Civil: aprobación baja, electorado descontento con la economía, un partido oficialista sobreexpuesto tras dos años de gestión. Pero por primera vez en mucho tiempo, se suma un ingrediente extra que no depende del humor del votante sino del diseño mismo del tablero: una guerra de mapas librada a mitad de década, con la Corte Suprema convalidando maniobras de ambos lados, y hasta bromas presidenciales sobre cancelar la elección misma. La pregunta de noviembre ya no es solo si Trump va a pagar el costo histórico de gobernar — es si esta vez el resultado se decide en las urnas, o antes, en los mapas.
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