El 9 de febrero de 1950, un senador prácticamente desconocido de Wisconsin agitó frente a un club de mujeres republicanas una lista que nunca existió. De ahí nació casi una década de caza de brujas que destrozó carreras, dividió familias y silenció a Hollywood.
Imaginen ser actor, director o guionista en Hollywood a comienzos de los años cincuenta. Han trabajado toda una vida para llegar ahí, al lugar donde los sueños se hacen realidad. Y de repente golpean a su puerta. No es un productor con una oferta millonaria: son agentes con una lista en las manos. Una lista negra. Y su nombre podría estar en ella.
Esa fue la realidad que vivieron cientos de artistas y funcionarios durante el macartismo, uno de los episodios más oscuros de la historia política moderna de Estados Unidos — un período que no nació de una amenaza real comprobada, sino de una frase pronunciada por un senador que, hasta ese momento, nadie conocía fuera de Wisconsin.
La noche en que nació una era
El 9 de febrero de 1950, el senador republicano Joseph McCarthy habló ante el Club de Mujeres Republicanas del condado de Ohio, en Wheeling, Virginia Occidental, durante una celebración por el cumpleaños de Lincoln. Tenía preparado un discurso sobre vivienda. Un excolega le sugirió, minutos antes, hablar en cambio sobre los peligros del comunismo.
La cifra cambió casi de inmediato. Al día siguiente, en una carta al presidente Truman, McCarthy habló de 57 nombres. Diez días después, ante el Senado, ya no quiso revelar ningún número concreto. Nunca hizo pública la lista. Una investigación congresional posterior no encontró sustancia alguna en sus acusaciones. Nada de eso importó: los republicanos arrasaron en las elecciones de 1950, y McCarthy fue reelecto en 1952.
El contexto que hizo posible el miedo
El terreno ya estaba abonado antes de Wheeling. Estados Unidos había salido victorioso de la Segunda Guerra Mundial, pero enfrentaba un enemigo nuevo y menos visible: la Unión Soviética. En los meses previos al discurso de McCarthy, China había caído bajo una revolución comunista, la URSS había detonado su propia bomba atómica, y el exfuncionario del Departamento de Estado Alger Hiss acababa de ser condenado por perjurio, en un caso vinculado a acusaciones de espionaje soviético durante los años treinta.
Para una sociedad ansiosa que necesitaba explicar esos reveses en política exterior, la idea de que «subversivos comunistas» operaban desde dentro del propio gobierno resultó, según describen historiadores del período, una explicación conveniente y poderosa — aunque careciera de sustento real.
Una senadora se planta, y nadie la escucha
No todo el Partido Republicano avaló el método de McCarthy desde el principio. El 1 de junio de 1950 —apenas cuatro meses después de Wheeling—, la senadora Margaret Chase Smith, de Maine, pronunció ante el Senado su «Declaración de Conciencia».
McCarthy nunca se lo perdonó: la apodó «Moscú Maggie». Y cualquier posibilidad de que el discurso de Smith frenara su ascenso se esfumó apenas un mes después, cuando tropas norcoreanas invadieron Corea del Sur — otro episodio que alimentó exactamente el tipo de pánico que McCarthy necesitaba para seguir creciendo.
Hollywood, campo de batalla perfecto
El Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes (HUAC) existía desde los años treinta, pero encontró en Hollywood el escenario ideal para su nueva misión. En el otoño de 1947 —incluso antes del discurso de Wheeling— comenzaron las citaciones a declarar sobre supuesta influencia comunista en el cine. La pregunta que definió toda una época era siempre la misma: «¿Es usted ahora, o ha sido alguna vez, miembro del Partido Comunista?»
El 24 de noviembre de 1947, la Cámara de Representantes votó 346 a 17 para acusarlos de desacato al Congreso. Cada uno fue condenado a un año de prisión. Apenas un día después, el 25 de noviembre, los principales ejecutivos de los estudios firmaron la llamada «Declaración de Waldorf», comprometiéndose a no contratar a los Diez ni a cualquier otra persona con presuntas simpatías comunistas, e instaurando juramentos de lealtad obligatorios para todo empleado de la industria.
Las listas negras y sus víctimas
El 22 de junio de 1950, el panfleto Red Channels identificó a 151 profesionales del entretenimiento como presuntos «fascistas rojos y sus simpatizantes». A partir de ahí, bastaba una acusación, un rumor, haber asistido a una reunión del Partido en los años treinta —cuando era socialmente aceptable— o simplemente haber firmado una petición por derechos civiles, para terminar en una lista negra. Más de 300 personas quedaron finalmente marcadas e imposibilitadas de trabajar en la industria.
La consecuencia artística fue igual de profunda que la personal: los temas sociales prácticamente desaparecieron de las pantallas. Las críticas al sistema se volvieron tabú. Hollywood, que había producido obras con conciencia social, se refugió durante años en comedias románticas y westerns inofensivos.
El mecanismo del terror cotidiano
Más allá de los nombres célebres, el macartismo penetró en la vida diaria de millones de estadounidenses comunes, a través de un conjunto de mecanismos que se retroalimentaban entre sí:
El uso de testigos: muchas personas declaraban contra colegas o conocidos, empujadas por el miedo a convertirse ellas mismas en el próximo objetivo. Delatar se volvió, para no pocos, un mecanismo de autoprotección.
La amplificación mediática: la prensa reproducía cada acusación de McCarthy casi sin filtro, generando un ciclo de retroalimentación donde más cobertura producía más miedo, y más miedo generaba más cobertura.
La autocensura social: los estadounidenses se volvieron cautelosos sobre lo que decían y con quién se relacionaban. Familias y amistades se distanciaron por diferencias políticas, y las reuniones sociales se convirtieron en terreno peligroso, donde cualquier comentario podía ser malinterpretado y reportado.
El final: una pregunta en cadena nacional
El poder de McCarthy empezó a resquebrajarse recién quien decidió enfrentarse, en 1954, nada menos que al propio Ejército de Estados Unidos, al que acusó de tolerancia blanda hacia el comunismo. Las audiencias Army-McCarthy se televisaron en cadena nacional durante tres meses, y el público estadounidense vio, por primera vez en vivo, la forma real de operar del senador: interrupciones constantes, gritos de «moción de orden» ante cualquier testimonio incómodo, y ataques verbales contra testigos, abogados y hasta sus propios colegas del Senado.
El punto de quiebre llegó el 9 de junio de 1954, cuando McCarthy intentó desacreditar a un joven abogado del equipo del Ejército. El abogado principal de la fuerza armada, Joseph Welch, respondió con una frase que quedaría grabada en la historia política estadounidense.
El público presente estalló en aplausos. Fue, en los hechos, el final político de McCarthy, aunque siguió en el Senado. El 2 de diciembre de 1954, el propio Senado votó 67 a 22 para censurarlo formalmente por conducta impropia de un senador — cargos que incluían desacato al Senado y abuso contra un general del Ejército.
Un legado que no terminó en 1957
El macartismo dejó una marca que trascendió por completo a su protagonista. Fue, ante todo, la demostración concreta de que un gobierno puede volverse contra su propio pueblo cuando prioriza una idea de «seguridad nacional» por encima de la justicia y la libertad individual — y de que una acusación pública, sin ninguna prueba sólida detrás, puede destruir por completo la vida y la carrera de una persona.
Numerosas películas, libros y obras de teatro retrataron después ese clima de miedo, no solo para recordar el pasado, sino como advertencia permanente sobre lo que ocurre cuando la vigilancia y la sospecha se imponen sobre la ética. Los ecos de ese mecanismo —campañas de desprestigio sin pruebas, uso de la «seguridad nacional» para silenciar disidencias, la instrumentalización del miedo colectivo con fines políticos— siguen siendo, hoy mismo, una referencia obligada cada vez que un poder político intenta destruir a un adversario sin necesidad de probar nada en los tribunales.
La verdadera derrota del macartismo, en definitiva, no llegó por una sentencia judicial ni por una ley reparadora: llegó cuando el propio país, viendo en vivo por televisión la crueldad de sus métodos, dejó de tenerle miedo.
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