Hay una fórmula tan antigua como la civilización misma, tan efectiva que sobrevivió a imperios, revoluciones y cambios tecnológicos: para mantenerte en el poder, siempre conviene tener un monstruo al cual combatir. No es teoría conspirativa. Es un patrón documentado que se repite, con una precisión casi mecánica, desde el siglo XI hasta las elecciones de esta misma semana.
El politólogo y jurista alemán Carl Schmitt sostuvo, en 1932, que la política en su forma más elemental se reduce a una sola distinción: la de amigo y enemigo. Según su tesis, un grupo humano solo se cohesiona de verdad cuando tiene claro contra quién se define. Es una idea incómoda, pero que la historia confirma una y otra vez con una regularidad que debería preocuparnos más de lo que lo hace: el enemigo externo —real, exagerado o directamente inventado— es, probablemente, la herramienta de gobierno más antigua y más efectiva que existe.
1095: el enemigo que unificó a una Europa en crisis
En noviembre de 1095, el papa Urbano II se dirigió a una multitud en Clermont, Francia. Europa atravesaba un caos real: guerras feudales internas, hambrunas, nobles peleándose entre sí sin pausa. El papado necesitaba, con urgencia, unificar a la cristiandad bajo su propio liderazgo. La solución fue tan simple como efectiva: señalar un enemigo común.
No existe ninguna transcripción verbatim del discurso real de Urbano II: lo que conocemos proviene de varias crónicas escritas años después por autores como Robert el Monje o Fulco de Chartres, cada una con variaciones notables entre sí. La frase «Deus vult» («Dios lo quiere») que la tradición popular asocia directamente con el Papa fue, según los cronistas, el grito con el que la multitud respondió a su llamado, más que una línea textual pronunciada por él mismo. El efecto político del discurso, en cambio, está fuera de discusión: la Primera Cruzada no solo llegó a tomar Jerusalén en 1099, sino que consolidó el poder papal sobre la nobleza europea durante los siglos siguientes, con los conflictos internos del continente momentáneamente subordinados a la amenaza externa.
Siglo XV: inventar al «salvaje» para justificar la conquista
Cuando los reinos europeos iniciaron su expansión colonial global, surgió un problema moral incómodo: ¿cómo justificar esclavizar civilizaciones enteras, saquear sus recursos y destruir sus culturas, siendo que los propios conquistadores se consideraban cristianos civilizados? La respuesta fue, otra vez, construir un enemigo a medida. Los pueblos originarios de América, con estructuras sociales complejas y conocimientos astronómicos sofisticados en el caso de los aztecas y los mayas, fueron reescritos en la narrativa europea como «bárbaros sedientos de sangre». Los reinos africanos, con tradiciones políticas y comerciales de siglos, pasaron a ser «primitivos sin alma» que supuestamente se beneficiaban de ser esclavizados.
Esta deshumanización no era un detalle decorativo del relato colonial: era la pieza que permitía sostener la contradicción moral de fondo. El «salvaje» no era solo conveniente retóricamente, era necesario psicológicamente, porque sin esa etiqueta, la violencia colonial habría tenido que enfrentarse a su propia barbarie sin ningún velo que la disimulara.
La Guerra Fría: el teatro de enemigos más elaborado de la historia
Ningún episodio ilustra mejor esta estrategia que el siglo XX, cuando el mundo se dividió en dos bloques que se necesitaban mutuamente para justificar sus propios excesos internos. Desde Washington, el comunismo se presentaba como amenaza existencial a la libertad y la democracia: cada dictador apoyado por Estados Unidos en América Latina, cada golpe de Estado auspiciado, cada intervención militar se justificaba con la misma fórmula —»detener el avance comunista»—, sin que importara demasiado que varios de esos dictadores resultaran, en los hechos, más represivos que los gobiernos de izquierda que supuestamente combatían.
Desde Moscú, el espejo era perfecto: el capitalismo imperialista amenazaba a los trabajadores del mundo entero. Cada represión interna soviética, cada invasión a un país del propio Pacto de Varsovia, cada purga del aparato se presentaba como defensa de la revolución frente a la agresión occidental. Ninguno de los dos bloques podía permitirse que el otro dejara de existir como amenaza, porque sin esa amenaza, cada uno habría tenido que justificar sus políticas internas con sus propios resultados reales, no con el miedo al otro.
Fidel Castro logró sostenerse en el poder durante décadas gracias, en buena parte, a que Washington nunca dejó de intentar derrocarlo. Cada operación fallida —la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, los sucesivos intentos de sabotaje económico y los más de seiscientos planes de atentado documentados o alegados contra su persona a lo largo de los años— le regalaba, una y otra vez, la misma narrativa: «somos el pequeño David resistiendo al Goliat imperialista». Sin esa presión externa constante, Castro habría tenido que sostener su legitimidad únicamente con resultados económicos y libertades civiles, el mismo terreno donde cayeron tantos otros gobiernos autoritarios latinoamericanos de ambos signos. La obsesión intervencionista de la CIA le entregó, en cambio, exactamente lo que necesitaba: un enemigo externo al que culpar de cada problema interno.
1989: el pánico de quedarse sin enemigo
Cuando el Muro de Berlín cayó en 1989, ocurrió algo revelador en buena parte del establishment político occidental: no hubo solo celebración, hubo también pánico genuino. De un día para otro, desapareció el enemigo que había justificado medio siglo de políticas de gasto militar, intervenciones y restricciones a libertades civiles «por razones de seguridad nacional». Ese vacío no duró mucho tiempo abierto.
El patrón funciona en cualquier escala, de cualquier signo
Esta estrategia no es exclusividad de superpotencias ni de un solo color político. Donald Trump construyó buena parte de su carrera sobre la amenaza de «los inmigrantes» y «el establishment corrupto», atribuyendo cada problema doméstico a actores externos que amenazan al «verdadero pueblo americano». Hugo Chávez, durante años, culpó sistemáticamente al «imperialismo yanqui» de cada crisis económica, cada escasez, cada falla en los servicios públicos venezolanos, usando el enemigo externo como explicación perfecta para la incompetencia de gestión interna. Los movimientos de extrema derecha europea culpan a «los musulmanes» de todo, desde el desempleo hasta la pérdida de identidad cultural; los de extrema izquierda culpan a «los fascistas» de cualquier resistencia a sus propias propuestas. El mecanismo es idéntico de punta a punta del espectro: ninguna ideología tiene el monopolio de esta herramienta.
Problema complejo + enemigo simple = poder político concentrado. Cuanto más abstracto, numeroso o difícil de erradicar del todo sea ese enemigo, más tiempo puede sostenerse la estrategia sin agotarse.
Por qué el cerebro humano cae en esto una y otra vez
Hay una explicación psicológica sólida detrás de por qué esta fórmula funciona con tanta consistencia a través de culturas y siglos tan distintos entre sí. El psicólogo social Henri Tajfel documentó, con la llamada «teoría de la identidad social», que los seres humanos formamos lealtades grupales con sorprendente facilidad y velocidad, y que basta con una distinción mínima y hasta arbitraria entre «nosotros» y «ellos» para que empecemos a favorecer sistemáticamente al propio grupo y a desconfiar del otro. Evolutivamente, distinguir entre aliado y amenaza en grupos pequeños era, literalmente, una cuestión de supervivencia, y ese cableado cerebral antiguo no distingue bien entre una amenaza real inminente y una amenaza política narrada con la intensidad adecuada.
Cuando un liderazgo presenta un enemigo claro y concreto, se activa un modo de pensamiento más instintivo y menos deliberativo: la gente se vuelve más dispuesta a resignar libertades individuales, aceptar mayor carga impositiva o enviar a sus propios hijos a una guerra, a cambio de la promesa de protección frente al monstruo señalado. Y hay un segundo efecto, tan importante como el primero: un enemigo común genera cohesión interna instantánea. Las diferencias de clase, ideología o intereses personales se vuelven, de pronto, irrelevantes frente a la amenaza compartida —rico y pobre, conservador y progresista, unidos contra el enemigo externo del momento—.
La cortina de humo más efectiva jamás inventada
Es por esto que los liderazgos que dependen del miedo, de cualquier signo ideológico, necesitan encontrar enemigos de forma casi compulsiva. Sin ellos, la población empieza a hacerse las preguntas incómodas que todo gobierno preferiría evitar: ¿por qué los impuestos son tan altos? ¿por qué persiste la corrupción? ¿por qué el nivel de vida no mejora pese a las promesas? El enemigo necesario funciona como el gran distractor, la cortina de humo que evita que la ciudadanía examine de cerca las fallas reales de quienes gobiernan.
Lo más inquietante: el enemigo inventado termina siendo real
Hay una capa todavía más perturbadora en todo este mecanismo, y es que tiende a crear, con el tiempo, la amenaza misma que dice combatir. Cuando Estados Unidos intervino masivamente en Medio Oriente bajo la bandera de «combatir el terrorismo», esas mismas intervenciones —invasiones, bombardeos, apoyo sostenido a dictadores aliados— radicalizaron a generaciones nuevas de extremistas, alimentando exactamente el fenómeno que decían estar erradicando. Cuando ciertos sectores europeos demonizan sistemáticamente a comunidades musulmanas enteras, una porción de esas comunidades efectivamente termina radicalizándose: la profecía se cumple a sí misma. Cuando China presenta a Estados Unidos como amenaza existencial y Estados Unidos responde con políticas cada vez más agresivas hacia China, cada uno termina confirmando, con sus propios actos, la narrativa que el otro ya sostenía de entrada.
Es un ciclo que se retroalimenta solo: el enemigo necesario, construido en parte o del todo para fines políticos internos, acaba convirtiéndose, con el correr de los años, en un enemigo real.
Las preguntas que habría que hacerse siempre
Reconocer este patrón no sirve para volverse cínico frente a toda amenaza real —las hay, y negarlas sistemáticamente sería tan ingenuo como el extremo opuesto—. Sirve para desarrollar un reflejo de pensamiento crítico frente a cualquier liderazgo que señale un enemigo con urgencia inusual: ¿qué problema interno concreto está quedando tapado por esta amenaza? ¿qué sacrificio específico se le está pidiendo a la población, y quién termina beneficiándose realmente de ese sacrificio? ¿la magnitud de la amenaza descrita se corresponde con la evidencia disponible, o está siendo exagerada para justificar una concentración de poder que de otro modo sería difícil de sostener?
La historia no es, en el fondo, una sucesión de batallas épicas entre el bien y el mal que algunos relatos quieren vendernos. Es, más bien, una serie casi interminable de liderazgos que descubrieron, una y otra vez a lo largo de nueve siglos documentados, que inventar o exagerar un monstruo es sistemáticamente más fácil que resolver los problemas reales que los llevaron al poder. El enemigo perfecto nunca es aquel al que se puede derrotar del todo. Es, precisamente, aquel que nunca termina de desaparecer —porque sin él, nadie tendría ya ninguna excusa para seguir necesitando el poder que ese miedo le sigue regalando.
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