Netanyahu propuso usar blockchain para blindar a Israel de un posible aislamiento financiero. El Banco de Israel, la oposición israelí y buena parte de la industria cripto dijeron, casi al unísono, que la idea no funciona como él cree. Esto es lo que hay que entender para seguir el debate sin perderse.
Cuando el primer ministro israelí sugirió, a días de las elecciones legislativas del 27 de octubre, que el país debía prepararse para eventuales sanciones internacionales usando criptomonedas y tecnología blockchain, generó un rechazo casi inmediato y transversal: desde el propio Banco Central hasta referentes de la oposición de distinto signo político. Para entender por qué una idea que suena tan moderna y tan «a prueba de bloqueos» generó tanto escepticismo técnico, hace falta entender primero, de manera simple, cómo funciona realmente este sistema.
Lo primero: la blockchain no es secreta, es pública
La confusión más común es pensar que la criptomoneda equivale a dinero invisible. En realidad, la tecnología blockchain que sostiene a Bitcoin, Ethereum y la enorme mayoría de las monedas digitales conocidas es, en esencia, un libro contable público y permanente. Cada transacción que se hizo alguna vez en esa red queda registrada para siempre, y cualquier persona en el mundo puede consultarla con las herramientas adecuadas. Lo que no queda expuesto a simple vista es la identidad real detrás de cada «billetera» —son códigos alfanuméricos, no nombres—, pero el movimiento del dinero en sí mismo es absolutamente trazable.
Pensalo como un gran libro contable que todo el mundo puede leer, donde las cuentas tienen número pero no nombre. El desafío para alguien que quiere operar en secreto no es esconder la transacción —eso es imposible, queda registrada igual—, sino evitar que alguien conecte ese número de cuenta con su identidad real.
El verdadero cuello de botella: convertir cripto en algo usable
Acá está el punto que más suele pasarse por alto. Tener criptomonedas no sirve de mucho si no podés usarlas para lo que un país necesita de verdad: pagarle a un proveedor de armamento, importar combustible, pagar sueldos de funcionarios, honrar deuda externa. Para eso, en algún momento, esa cripto tiene que convertirse en dólares, euros o shekels utilizables en el sistema financiero tradicional —o directamente intercambiarse por bienes físicos con alguna contraparte dispuesta a aceptarla—.
Y ese momento de conversión pasa, casi siempre, por un exchange: una plataforma como Binance o Coinbase que permite cambiar cripto por moneda real. Estas plataformas, para operar legalmente en la mayoría de los países occidentales, están obligadas a aplicar lo que se conoce como KYC («conocé a tu cliente»): verificación de identidad, origen de fondos, cumplimiento de listas de sanciones. Si tu billetera figura en una lista negra, ningún exchange serio te va a permitir operar, porque el propio exchange quedaría expuesto a sanciones por facilitarlo.
Las herramientas que ya existen para rastrear cripto
Desde hace varios años operan empresas especializadas exclusivamente en seguir el rastro del dinero dentro de las blockchains públicas. La más conocida es Chainalysis, que trabaja bajo contrato con el Tesoro de Estados Unidos, con distintas agencias europeas y con organismos internacionales. Su trabajo consiste en identificar patrones, cruzar billeteras con actividad conocida y, en muchos casos, lograr vincular una dirección anónima con una persona, empresa o gobierno real.
El régimen norcoreano, a través del grupo de hackers conocido como Lazarus, lleva años robando criptomonedas para financiar su programa de misiles y armamento nuclear, sorteando así las sanciones internacionales que pesan sobre el país. Es, probablemente, el ejemplo más citado de un Estado usando cripto para evadir controles financieros. Sin embargo, investigaciones de Naciones Unidas y de las propias firmas de rastreo han logrado identificar y seguir buena parte de esos fondos hasta su destino, lo que demuestra que incluso un régimen con años de práctica y motivación extrema no logra volverse invisible del todo.
El problema de la escala
Hay una diferencia enorme entre que un actor individual mueva montos relativamente chicos en cripto para una operación puntual, y que un país entero intente sostener su economía completa a través de ese sistema. El mercado cripto global, comparado con el sistema financiero tradicional, sigue siendo chico y poco líquido. Mover los volúmenes que necesita un Estado —miles de millones de dólares en importaciones, deuda, salarios— sin generar movimientos de precio detectables, sin que los fondos terminen bloqueados en algún exchange, y sin que una contraparte comercial se niegue a aceptar el pago, es extremadamente difícil en la práctica.
Las sanciones ya llegaron a la cripto misma
Otro dato que suele faltar en este debate: las autoridades de sanciones, en particular la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos (OFAC), ya no sancionan solo a personas y empresas. Desde hace años también sancionan directamente direcciones de billeteras específicas y hasta servicios enteros del ecosistema cripto —el caso más conocido es Tornado Cash, un «mezclador» diseñado para ocultar el origen de las transacciones, sancionado por OFAC en 2022—. Esto significa que el propio ecosistema cripto ya está dentro del radar regulatorio internacional, no por fuera de él.
Por qué la crítica israelí fue tan dura y tan transversal
El rechazo a la propuesta de Netanyahu no vino solo de un sector político. El Banco de Israel —la autoridad técnica, no partidaria, del país— salió a decir públicamente que la cripto «no puede usarse como vía para eludir sanciones». El líder opositor Gadi Eisenkot advirtió sobre el riesgo de que Israel quede desconectado del sistema financiero global, afectando pensiones, inversión extranjera y la industria tecnológica del país. Naftali Bennett habló de una visión «derrotista» que aislaría a Israel del mundo académico y tecnológico. Y Avigdor Liberman apuntó un dato político interesante: el mismo Netanyahu había frenado anteriormente, como ministro de Finanzas, las iniciativas para regular y desarrollar la industria cripto israelí —lo que vuelve contradictoria su propuesta actual de apoyarse justamente en esa misma industria—.
¿Entonces la cripto no sirve para nada en este contexto?
No es tan blanco o negro. La cripto sí puede funcionar como parche parcial para operaciones puntuales y acotadas, o para comercio bilateral entre países que ya están ambos aislados del sistema financiero tradicional —Rusia e Irán la usan en cierta medida para ese tipo de intercambios—. Lo que no resuelve es el problema de fondo cuando se trata de sostener toda una economía nacional: en algún punto de la cadena, ese valor tiene que convertirse en algo utilizable en el mundo real, y ese punto de conversión es, precisamente, donde las sanciones pueden volver a alcanzarlo.
La tecnología blockchain cambió muchas cosas en el mundo financiero desde 2009, pero no cambió una regla básica: ningún sistema de pagos funciona en el vacío. Necesita, en algún eslabón, conectarse con la economía real —bancos, proveedores, gobiernos, mercados—. Y ese eslabón de conexión es, hasta el día de hoy, exactamente donde las sanciones internacionales siguen teniendo la última palabra.
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