Yahya Sinwar y Benjamin Netanyahu enfrentados en imagen política.

El éxito catastrófico de Netanyahu y Sinwar

El éxito catastrófico de Netanyahu y Sinwar
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Medio Oriente · Análisis
Israel-Gaza
El éxito catastrófico de Netanyahu y Sinwar

Tres años después del 7 de octubre, dos hombres lograron buena parte de lo que se propusieron. Uno está muerto. El otro enfrenta elecciones. Y ambos, a su manera, consiguieron destruir aquello que decían estar defendiendo.

Hay un término que entró al vocabulario político estadounidense en 2004, tras comprobarse que la rápida victoria militar inicial de Estados Unidos en Irak se convertía, con el paso de los meses, en un desastre creciente sin salida clara: «éxito catastrófico». Describe exactamente esa paradoja: conseguir más de lo que uno mismo creía posible en el terreno militar, y descubrir después que no hay forma de salir del pantano estratégico y político que esa misma victoria terminó generando. Es, probablemente, el término más preciso que existe para describir lo que le pasó, en simultáneo y por caminos opuestos, a Benjamin Netanyahu y a Yahya Sinwar.

Dos hombres, el mismo cálculo cínico

Antes del 7 de octubre de 2023, Netanyahu había pasado años apoyando, indirectamente, la continuidad de Hamás en el poder de Gaza, permitiendo el ingreso de fondos cataríes al territorio. La lectura más extendida de esa estrategia es que buscaba mantener dividido al liderazgo palestino —entre una Autoridad Palestina en Cisjordania y un Hamás gobernando Gaza— para frustrar cualquier presión internacional real hacia la creación de un Estado palestino unificado. En 2025, el propio Netanyahu lo reconoció sin vueltas: «No habrá un Estado palestino al oeste del río Jordán. Durante años he impedido la creación de ese Estado de terror, frente a una tremenda presión, tanto interna como externa. Lo hemos hecho con determinación y con un astuto estadismo.» Su socio de coalición, Bezalel Smotrich, llegó a describir a Hamás directamente como «un activo» para esa estrategia.

Yahya Sinwar, el líder de Hamás que planeó el ataque del 7 de octubre y fue asesinado por Israel en 2024, operaba con una lógica igualmente fría, documentada incluso antes de la masacre. Yuval Bitton, el oficial de inteligencia israelí que mejor lo conocía por haberlo tratado durante su encarcelamiento previo, le preguntó una vez si sus objetivos valían la pérdida de vidas que inevitablemente exigirían. La respuesta de Sinwar fue tajante: «Estamos dispuestos a sacrificar 20.000, 30.000, 100.000.» Con la respuesta que Israel desplegó después, consiguió exactamente eso.

7 oct. 2023
Combatientes de Hamás irrumpen en el sur de Israel, matan a unas 1.200 personas —el peor día de muerte judía desde el Holocausto— y toman 251 rehenes.
oct. 2023
Oleada global de solidaridad con Israel: Biden viaja a Tel Aviv, Alemania ilumina la Puerta de Brandeburgo con la bandera israelí, Francia proyecta una Estrella de David sobre la Torre Eiffel.
2023-26
La ofensiva israelí mata a más de 74.000 palestinos, más de 21.000 de ellos niños, y reduce buena parte de Gaza a escombros. Israel decapita el liderazgo de Hezbollah y vuelve a invadir el sur del Líbano.
2024-25
Israel logra, con apoyo estadounidense, un objetivo que Netanyahu perseguía desde hacía décadas: atacar directamente el programa nuclear y militar de Irán.
2024-26
Más de 150 países, incluidos Reino Unido, Francia y Canadá, pasan a reconocer formalmente un Estado palestino. Israel enfrenta una causa activa por genocidio en la Corte Internacional de Justicia.

Lo que Sinwar ganó, y lo que le costó a su propio pueblo

En términos puramente de objetivo político, Sinwar consiguió algo que parecía imposible: devolver la causa palestina al centro de la agenda geopolítica mundial después de años de relativo desinterés internacional. Más de 150 países reconocen hoy un Estado palestino. No hay ninguna perspectiva cercana de un acuerdo de normalización entre Israel y Arabia Saudita, que antes del ataque avanzaba con fuerza. La mayoría de los jóvenes estadounidenses y casi el 40% de los judíos estadounidenses creen hoy que Israel cometió genocidio en Gaza, y por primera vez una pluralidad del electorado estadounidense en general simpatiza más con los palestinos que con los israelíes.

Pero el costo de ese logro lo pagó, casi en su totalidad, la gente a la que decía representar. El pueblo palestino tiene hoy más simpatía internacional que en décadas, pero vive bajo más miseria, más control militar y menos autodeterminación real que antes del 7 de octubre. B’Tselem, la organización israelí de derechos humanos, documentó en una investigación basada en miles de testimonios lo que describió como «un mecanismo integral de eliminación que trabaja para desmantelar las condiciones para la continuidad de la existencia palestina en Cisjordania, mientras profundiza el control y la supremacía judía de manera irreversible». Sinwar cambió vidas palestinas por una victoria narrativa global. Logró la segunda cosa. La primera la sigue pagando su propio pueblo, no él.

Lo que Netanyahu ganó, y lo que le está costando a Israel

En los meses inmediatos al 7 de octubre, la carrera política de Netanyahu parecía terminada: la falla de inteligencia y defensa más grande en la historia del país ocurrió bajo su mando, y buena parte del país lo culpaba directamente. Tres años después, sin embargo, logró más objetivos geopolíticos de los que parecían posibles en ese momento: decapitó el liderazgo de Hezbollah, volvió a ocupar parte del sur libanés, y consiguió lo que había perseguido durante toda su carrera política —arrastrar a Estados Unidos a un ataque directo contra el régimen iraní—.

Y sin embargo, nada de eso resolvió lo de fondo

A pesar de todo el poder militar desplegado, el régimen iraní se mantiene en pie. Hezbollah se mantiene en pie. Hamás se mantiene en pie, como fuerza política si no como gobierno pleno. Lo único que cambió de manera irreversible es la posición internacional de Israel: la relación especial con Estados Unidos muestra grietas que antes del 7 de octubre eran impensables. Rahm Emanuel, cuyo padre luchó en la guerra de independencia israelí, lo resumió sin medias tintas: «Los días en que los contribuyentes subvencionaban militarmente a Israel ya pasaron.» El propio vicepresidente J.D. Vance es, según reporta la prensa estadounidense, bastante más escéptico con Israel que el propio Trump — y en un Partido Republicano donde ganan protagonismo voces como Tucker Carlson, Megyn Kelly o directamente Nick Fuentes, el apoyo incondicional que caracterizó décadas de política exterior estadounidense ya no puede darse por garantizado hacia el futuro.

La gran paradoja: ganó el argumento, pero cambió la percepción global

Hay una frase que resume el saldo neto con una claridad brutal, pronunciada por Ari Shavit, comentarista político israelí: «Ganamos Oriente Medio, pero perdimos el mundo.» Es exactamente la paradoja de fondo: Israel terminó militarmente dominante en toda su región, con sus principales adversarios golpeados o debilitados, pero al mismo tiempo pasó de ser percibido mayoritariamente como una democracia asediada a ser visto, por partes crecientes del planeta, como un agresor. El propio Netanyahu lo admitió en 2025, en un tono que suena casi a resignación: «Israel está entrando en aislamiento diplomático. Tendremos que lidiar con una economía cerrada. El mundo se está dividiendo en bloques, y no formamos parte de ninguno.» Esa misma semana sugirió recurrir a criptomonedas para esquivar sanciones internacionales futuras, lo que generó un raro y público desacuerdo del propio Banco de Israel.

Ganamos Oriente Medio, pero perdimos el mundo. — Ari Shavit, comentarista político israelí

La acusación de genocidio: lo que está probado y lo que sigue en disputa

Este es, sin duda, el punto más sensible de todo el debate, y merece precisión antes que consigna. Sudáfrica presentó formalmente una causa contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia por violación de la Convención de Genocidio de 1948. En enero de 2024, la Corte determinó que existía un «riesgo plausible» de genocidio —un estándar jurídico más bajo que una condena de fondo— y ordenó medidas provisionales. El fallo final sobre el fondo del asunto todavía no existe.

Lo que sí existe, y forma la base de buena parte del expediente sudafricano, es una serie de declaraciones públicas de altos funcionarios israelíes que juristas especializados señalan como evidencia directa de intención, el elemento legal más difícil de probar en cualquier caso de genocidio. Entre las más citadas: Netanyahu invocando a «Amalek» —figura bíblica que Dios ordena exterminar por completo— en un discurso de octubre de 2023; el entonces ministro de Defensa Yoav Gallant anunciando un «sitio completo» de Gaza «sin electricidad, sin comida, sin agua, sin combustible» y calificando a sus habitantes de «animales humanos»; el presidente Isaac Herzog afirmando que «toda una nación allá afuera es responsable»; el exministro de Agricultura Avi Dichter hablando abiertamente de un «Nakba de Gaza». Historiadores del genocidio están divididos: algunos, como Omer Bartov, cambiaron su postura hacia considerarlo genocidio tras revisar la evidencia; otros sostienen que el estándar legal estricto —destrucción intencional de un grupo como tal, no solo un número devastador de víctimas civiles en una guerra— todavía no está satisfecho de manera concluyente.

La acusación que recae también sobre Hamás

La misma pregunta legal se aplica, en una escala radicalmente distinta, al propio Hamás. Su carta fundacional de 1988 contiene lenguaje explícito sobre la destrucción de Israel como entidad. Las ejecuciones del 7 de octubre, dirigidas deliberadamente contra civiles judíos por su identidad —documentadas en grabaciones donde los propios atacantes celebraban sus actos en términos étnicos y no solo militares— llevaron a juristas especializados a señalar que también podrían satisfacer el elemento de intención específica que exige la Convención de 1948, aunque a una escala de víctimas incomparablemente menor que la israelí. La definición legal de genocidio no depende únicamente de la cantidad de muertos, sino de la intención declarada detrás del acto — y esa es la razón por la que ambos bandos enfrentan, con distinto peso probatorio y en distintos foros, el mismo tipo de acusación.

El lema de 2006 que terminó siendo profecía

«Fuertes contra Hamás» fue, literalmente, el eslogan del Likud en las elecciones israelíes de 2006. Casi veinte años después, la visión del mundo que tiene el Likud quedó demostrada, en los hechos, por la propia existencia y las acciones de Hamás; y la visión que tiene Hamás de Israel quedó demostrada, igualmente, por las acciones del Likud en el gobierno. Cada bando terminó confirmando, con su propia conducta, exactamente la caricatura que el otro llevaba años construyendo de él. El resultado es una trampa mutuamente retroalimentada de la que, hasta ahora, ni israelíes ni palestinos lograron escapar.

+150
países que ya reconocen formalmente un Estado palestino
74.000+
palestinos muertos en la ofensiva posterior al 7 de octubre
~40%
de judíos estadounidenses que creen que Israel cometió genocidio
2024
año en que la CIJ determinó «riesgo plausible» de genocidio, sin fallo final todavía

Ganar dentro de una lógica ruinosa no es ganar

Si el bloque opositor liderado por Gadi Eisenkot termina derrotando a Netanyahu en las elecciones del 27 de octubre, lo hará parado ya dentro del marco que el propio Netanyahu construyó durante casi dos décadas: Eisenkot descartó de plano la formación de un Estado palestino, Yair Lapid pidió bombardear con más fuerza la infraestructura energética iraní, Naftali Bennett llamó a Turquía «el nuevo Irán», Avigdor Liberman reclamó desmantelar directamente la Autoridad Palestina. Netanyahu puede perder la elección, pero solo porque sus propios opositores ya aceptaron, casi en su totalidad, su visión del mundo. Esa es, quizás, su victoria más duradera y menos visible: no necesita seguir en el cargo para que su marco siga gobernando.

Netanyahu y Sinwar lograron, cada uno por su lado, más de lo que parecía posible cuando empezaron. Y los dos, exactamente por eso, terminaron destruyendo una parte esencial de lo que decían estar defendiendo: uno a su propio pueblo, convertido en la causa humanitaria más visible y más sufriente del mundo contemporáneo sin haber ganado ni un centímetro de autodeterminación real; el otro al lugar que ocupaba Israel en la conciencia moral del planeta, construido durante décadas y ahora puesto en entredicho por cortes internacionales, por aliados históricos y por su propia diáspora. Ganar la guerra y perder el mundo no es una victoria a medias. Es, simplemente, el precio que todavía nadie terminó de pagar del todo.


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Fuentes: Ezra Klein, «Opinión», Testimonio de Yuval Bitton sobre Yahya Sinwar. Informe de B’Tselem sobre Cisjordania. Declaraciones públicas de Netanyahu (2025), Yoav Gallant, Isaac Herzog, Avi Dichter y Bezalel Smotrich. Corte Internacional de Justicia — medidas provisionales de enero de 2024 en la causa Sudáfrica c. Israel. Declaraciones de Rahm Emanuel y Ari Shavit.

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