La Comisión Europea anunció una financiación de 10.000 millones de euros para que empresas privadas construyan siete gigafábricas de inteligencia artificial en el bloque, buscando cerrar la brecha con Estados Unidos y China. Bruselas espera que esos fondos públicos atraigan otros 20.000 millones de euros adicionales en inversión privada.
El motivo: dejar de depender de tecnología ajena
«El acceso a la escala bruta de potencia de cómputo dentro de las gigafábricas de IA es una necesidad estratégica para Europa a medida que se acelera el desarrollo de la IA», dijo Henna Virkkunen, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión a cargo de la soberanía tecnológica. La urgencia no es retórica: los líderes europeos temen que la dependencia de proveedores extranjeros «podría convertirse en un arma contra los europeos» —el mismo argumento de fondo que ya vimos con la dependencia militar del F-35 y su arquitectura de software controlada por Estados Unidos—.
El contexto que apura la decisión es doble: Trump viene criticando duramente las regulaciones tecnológicas europeas, y China restringió el suministro de minerales críticos que el sector necesita.
El diagnóstico, sin maquillaje
Un informe de la propia Comisión, presentado al Parlamento Europeo en junio, no disimula la magnitud del problema: los cinco principales proveedores de servicios en la nube del bloque son todos estadounidenses. El documento lo dice sin vueltas: «Las empresas europeas y las autoridades públicas seguirán dependiendo de proveedores estadounidenses de IA, en detrimento de los proveedores europeos… poniendo en peligro la autonomía operativa».
Según una evaluación de 2025 de la Reserva Federal de Estados Unidos, Europa va muy por detrás de EE.UU. y China en sectores clave para la IA. China cuenta con enorme capacidad eléctrica para centros de datos; Washington concentra la mayor parte de la inversión privada mundial en el sector. Europa, mientras tanto, no fabrica buena parte de los componentes necesarios, y su electricidad cuesta entre el doble y el triple que en las otras dos potencias.
El problema que nadie puede esquivar: la IA necesita muchísima energía
Construir gigafábricas de chips no alcanza si no hay electricidad suficiente para hacerlas funcionar. Según el «Barómetro de Energía 2025» de Eurelectric, el consumo eléctrico de los centros de datos de la Unión Europea pasará de unos 100 teravatios hora (TWh) este año a una proyección de 280 TWh para 2030 —una demanda de potencia que salta de 10 a 35 gigavatios en el mismo período—. Para dimensionarlo con un ejemplo cotidiano: un hogar europeo medio consume unos 3.600 kWh al año; el centro de datos detrás de un asistente de IA puede consumir, antes del desayuno, una fracción comparable de esa cifra en una sola consulta agregada a escala.
Por qué la nuclear vuelve a la mesa
Frente a ese salto de demanda, la energía nuclear se perfila como la única fuente capaz de dar la carga base estable y continua que las gigafábricas necesitan las 24 horas —a diferencia de la solar o la eólica, sujetas a intermitencia—. La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo reconoció sin vueltas en la Cumbre de Energía Nuclear de París: Europa «cometió un error estratégico al dar la espalda a una fuente fiable, asequible y de bajas emisiones» —una frase políticamente muy fuerte, viniendo de un bloque que durante años mantuvo posiciones internas muy divididas sobre lo nuclear—.
La Comisión ya puso plata sobre la mesa: 330 millones de euros para acelerar energía de fusión y tecnologías nucleares dentro del programa Euratom 2026-2027. Y el propio dato de Eurelectric confirma que la generación nuclear europea ya viene creciendo un 8%, mientras el carbón cae 28%.
Hay un problema de fondo que ni la energía nuclear resuelve del todo: cada generación de chips más eficiente no reduce el consumo total de energía, lo dispara —porque habilita más consultas, más modelos, más centros de datos—. Es la paradoja de Jevons del siglo XIX aplicada a la inteligencia artificial: hacer más eficiente una tecnología no siempre reduce su consumo si esa eficiencia multiplica su adopción. Mientras tanto, la inversión en redes de distribución eléctrica europeas solo creció un 3% en 2024, muy por debajo del 20% que Eurelectric calcula necesario para 2030 —y los retrasos en conexión de nuevos proyectos ya subieron un 40%—.
Es la misma tensión que atraviesa toda la apuesta europea por la soberanía tecnológica: no alcanza con construir las fábricas de chips si no se resuelve, al mismo tiempo y con la misma urgencia, de dónde va a salir la energía para hacerlos funcionar.
Lo que se viene
Las gigafábricas tendrán procesadores avanzados de IA, infraestructura en la nube, conectividad de alta velocidad y centros de datos de bajo consumo energético. Cuando entren en funcionamiento, más que duplicarán la potencia de cómputo actual del bloque —hoy sostenida por una red de 19 centros de datos que va desde Finlandia hasta España—. Es parte de un plan más amplio para triplicar la capacidad total de centros de datos europeos en cinco a siete años.
La francesa Mistral, que opera uno de los mayores centros de datos de IA del bloque en París y desarrolla el chatbot Le Chat, es el ejemplo más visible de que Europa sí tiene jugadores propios —aunque todavía lejos del ritmo de OpenAI o de los rivales chinos como DeepSeek—. El presidente francés Emmanuel Macron viene advirtiendo desde hace tiempo sobre la falta de empresas europeas competitivas en el sector.
La Comisión aclaró que los productos desarrollados en esta red seguirán las normas de protección de datos y ética de la propia UE —probablemente en referencia a la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Mercados Digitales—, aunque persisten dudas en el continente sobre las consecuencias económicas y de privacidad de esta expansión acelerada. En junio, 40 alcaldes de distintas ciudades del mundo, de Phoenix a Melbourne, ya firmaron un pacto para limitar el impacto de estos centros de datos sobre recursos naturales y precios de la energía.
Es, en definitiva, el tipo de movimiento que le faltaba a Europa después de años de elegir la comodidad de depender de proveedores externos por sobre la construcción de capacidad propia. Todavía falta ver si el financiamiento alcanza, si la brecha energética se resuelve, y si estas gigafábricas realmente producen la autonomía que buscan —pero al menos, por primera vez en un buen tiempo, la corrección va en la dirección correcta.
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