Durante quince años, Europa se dedicó a «domar» a cinco gigantes tecnológicos con multas y normativas. Mientras tanto, esos mismos gigantes construyeron, sin oposición real, la infraestructura de la que hoy depende toda la economía europea
Europa se autoproclamó «superreguladora» del mundo digital. Multó a Google, abrió expedientes contra Amazon, negoció acuerdos con Apple y Microsoft. Mientras tanto, esas mismas empresas construyeron, sin ninguna oposición real, la nube, los centros de datos, el software y la conectividad de la que hoy depende toda la economía europea. El diagnóstico que empieza a instalarse entre analistas serios es duro y directo: Europa se convirtió en una colonia digital, y se lo hizo a sí misma.
El «efecto Bruselas» que terminó siendo un espejismo
La estrategia europea tenía nombre propio: el «efecto Bruselas». Consistía en regular las prácticas de un puñado de gigantes digitales sin necesitar tener ni la propiedad ni el control de ninguno de ellos. Durante más de una década, la Comisión Europea abrió expedientes, recopiló pruebas y elaboró elaboradas «teorías del perjuicio» para explicar por qué el comportamiento de estas empresas podía calificarse de anticompetitivo — con años de idas y vueltas, solicitudes de información, prórrogas, comparecencias, recursos y nuevos recursos.
El problema de fondo, según el análisis, fue de diagnóstico: Europa pensó que estaba lidiando con un problema de mala conducta corporativa, cuando en realidad estaba dejando pasar la construcción de infraestructuras materiales. Los gigantes estadounidenses no hicieron nada ilegal en sentido estricto — simplemente ocuparon el espacio que Europa dejó vacío, demasiado ocupada en regular en vez de construir.
El ensayo lo resume con una frase que funciona casi como confesión imaginada de las propias empresas: «¿Pero qué está pasando en Europa? Estamos encantados de que se ocupen de estos asuntos, pero ¿cuáles son sus verdaderas ventajas? ¿Unas cuantas páginas web? Sigan con sus normativas: mientras tanto, lo construiremos todo nosotros mismos.» Y eso es, exactamente, lo que hicieron.
Quince años de litigios, cero cambios reales
El balance de todas las cruzadas regulatorias europeas es escaso. Los procedimientos contra Google terminaron con resoluciones que constataron la infracción, tanto en Bruselas como en tribunales estadounidenses — pero ninguna medida correctiva tuvo impacto real. Contra Amazon, por favoritismo en su «Buy Box» y uso de datos de vendedores, la Comisión cerró con acuerdos extrajudiciales y medidas insignificantes. Contra Apple, acuerdos extrajudiciales, algunas multas, obligaciones menores que no tocaron su modelo de negocio. Con Microsoft Teams, un acuerdo sobre tarifas desagregadas que no favoreció en nada la entrada de competidores nuevos al mercado.
El problema nunca fue la conducta: fue la propiedad del terreno
Acá está el núcleo real del argumento, y por qué toda la estrategia regulatoria apuntó al lugar equivocado desde el principio.
El verdadero problema nunca estuvo en la relación entre las grandes plataformas y los pequeños competidores — estuvo en que esos actores se convirtieron, de hecho, en infraestructura de mercado con capital privado. Si una empresa controla la nube, el sistema operativo, la tienda de aplicaciones, la configuración por defecto, la capa de identidad digital y, cada vez más, la interfaz de inteligencia artificial, pedirle que «no discrimine» en un nivel puntual de esa estructura no cambia en absoluto quién es el dueño real del terreno completo.
Cada vez que un ministerio europeo optó por Microsoft, una universidad transfirió sus datos a Google, un hospital se hizo dependiente de AWS, o un organismo público se estructuró sobre software propietario extranjero, fondos públicos europeos terminaron financiando la expansión, el aprendizaje de mercado y las ventajas de datos de las mismas empresas que la Comisión, después, calificó de «demasiado poderosas». Las empresas europeas que dependen de esa infraestructura no hacen más que financiar el mecanismo que perpetúa el dominio de quien ya lo tiene.
La trampa de la «IA soberana»
El ejemplo más actual y más urgente de este patrón es la inteligencia artificial. Estados Unidos invierte sumas colosales en entrenar modelos de vanguardia — nadie sabe todavía si esa burbuja de financiamiento circular va a implosionar, pero mientras tanto, Europa no tiene un solo laboratorio en la frontera tecnológica. Un sector de «maximalistas de la IA» europeos propone, directamente, doblegarse todavía más ante los hiperescaladores estadounidenses: ofrecer condiciones favorables para que construyan más centros de datos en suelo europeo, a cambio de acceso a sus modelos.
La alternativa que Europa parece haber elegido en su lugar —convertirse en la «campeona de la IA industrial y física», ya que no puede competir en modelos de vanguardia— tampoco resuelve el problema de fondo: sería construir una industria de IA entera sobre la infraestructura de otro. El resultado sería el mismo, con otro nombre.
Lo que Draghi ya había anticipado
En su informe sobre competitividad de septiembre de 2024, el ex primer ministro italiano Mario Draghi puso en el centro del diagnóstico la desaceleración de la productividad europea frente a Estados Unidos en las últimas dos décadas. Aunque existe debate académico sobre la magnitud exacta de esa brecha —entre economistas como Luis Garicano, Philippe Aghion y Antonin Bergeaud de un lado, y Paul Krugman, Brad DeLong y otros del otro—, hay coincidencia amplia en que gran parte de esa diferencia refleja cómo se crea, adopta y difunde la tecnología digital. El avance estadounidense en ese terreno se tradujo en salarios y beneficios más altos ahí — no en Europa.
Qué proponen hacer distinto
El ensayo plantea un cambio de paradigma completo: dejar de tratar la infraestructura digital como un tema de derecho de la competencia, y empezar a tratarla como se trataron históricamente los ferrocarriles, la red eléctrica, la industria aeroespacial o la defensa — un terreno legítimo para la inversión pública directa, la orientación estratégica y la política industrial activa.
- Inversión directa y masiva en computación, nube, chips, centros de datos, energía y modelos abiertos
- Que los propios gobiernos se conviertan en clientes de referencia de proveedores europeos, no solo en financistas de subsidios
- Movilizar el capital institucional dormido —los 3 billones en fondos de pensiones, los 11 billones en seguros— hacia empresas tecnológicas europeas en crecimiento
- Compras agrupadas («buy clubs») entre empresas privadas para generar demanda sostenida de soluciones europeas
- Unificar, por fin, la política industrial y la política digital — hoy tratadas como compartimentos separados dentro de la propia Comisión
Europa lleva quince años intentando «civilizar» cinco imperios digitales privados, sin hacer lo suficiente para reducir su dominio, desarrollar alternativas y restarles parte de su poder.
Le Grand Continent, «Europa debe volver a construir»Un detalle no menor: el ensayo señala que no hace falta esperar una gran iniciativa centralizada desde Bruselas. Ya hay organismos públicos en Francia, Alemania y otros países que empezaron a recurrir a proveedores europeos por iniciativa propia, sin mandato específico — señal útil, aunque todavía insuficiente frente a la magnitud del problema.
Al fin y al cabo, Europa es mejor que sus instituciones. Tiene una docena de ecosistemas tecnológicos de primer nivel repartidos por todo el continente — nunca va a tener un solo Silicon Valley, pero puede construir una red, como hizo China con el suyo. Tiene talento de sobra. Tiene reservas de capital gigantescas, hoy dormidas por exceso de cautela regulatoria. Lo único que le faltó, durante quince años, fue dejar de creer que regular era lo mismo que construir. Europa se sigue describiendo a sí misma como una «potencia media» que necesita aliarse con otras potencias medias para sobrevivir. La tesis de fondo de este diagnóstico es otra, y es más incómoda: Europa es una superpotencia económica que decidió, durante quince años, actuar como si no lo fuera.
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