En enero, Von der Leyen hablaba de soberanía digital como cuestión de seguridad nacional. En junio, la UE firmó el tratado diseñado para desmontar esa misma idea
Estados Unidos se prepara para advertir a decenas de países que tendrán que elegir entre Washington y Pekín en la carrera global por la inteligencia artificial. La orden llega en forma de carta del Departamento de Estado, con una frase que resume todo el espíritu del proyecto: «Formar parte de todo es no formar parte de nada». Y el problema para Estados Unidos es que esa misma lógica de ultimátum puede terminar empujando a media Europa exactamente hacia el lado que quiere evitar.
Qué es la Pax Silica
Pax Silica es una iniciativa liderada por Washington para coordinar y controlar las cadenas de suministro de tecnologías avanzadas: semiconductores, inteligencia artificial y minerales críticos. Su declaración fundacional se firmó en diciembre de 2025 con Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Singapur, Países Bajos, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido y Australia. El nombre no es casual: se inspira deliberadamente en la Pax Americana y la Pax Romana, posicionando a Washington como garante de un nuevo orden — esta vez, de silicio.
El sistema tiene una jerarquía interna explícita: hay «aliados», que participan en la construcción de interdependencias tecnológicas y de seguridad, y hay «clientes», que acceden a chips y servicios bajo reglas que define Washington. No es una alianza entre iguales — es un club con niveles.
Un borrador de carta preparado por el Departamento de Estado, revisado por Reuters, advierte a los 35 países que firmaron la «Declaración de Oportunidad de IA» en junio que unirse al marco chino de IA podría impedirles seguir participando en Pax Silica. Kazajistán es el caso testigo: es miembro de ambos bloques, y sus reservas de minerales críticos lo vuelven estratégicamente clave para Washington — lo que expone lo difícil que es, en la práctica, convencer a un país mediano de renunciar a una de las dos puertas.
El arquitecto: Jacob Helberg
Detrás del diseño de Pax Silica está Jacob Helberg, subsecretario de Asuntos Económicos de Estados Unidos. No es un funcionario de carrera diplomática tradicional: fue asesor principal del CEO de Palantir, Alex Karp, y está casado con Keith Rabois, socio de Peter Thiel en Founders Fund. Un análisis lo describió sin vueltas como «el comisario político de Silicon Valley» dentro del propio Departamento de Estado.
Helberg publicó un documento oficial titulado «La trampa de la soberanía digital», apuntando directamente contra la idea —promovida por la ONU a través de su Pacto Digital Mundial— de que cada país debería desarrollar su propia infraestructura completa de IA. La calificó de «una visión seductora. También es atrasada y contraproducente».
Habrán logrado no la llamada «soberanía digital» sino una especie de mediocridad sincronizada: un planeta de clones a pequeña escala, cada uno reconstruyendo heroicamente el avance del año pasado.
Jacob Helberg, subsecretario de Asuntos Económicos de EE.UU.Su argumento se apoya en una analogía empresarial: así como una empresa no debería fabricar lo que otra ya fabrica mejor, ningún país debería desarrollar tecnología que otro ya desarrolló. La conclusión práctica es clara — los países deben limitarse a la parte de la cadena que Washington les asigne. Para varios países de América Latina que ya adhirieron, como Argentina, ese rol se reduce a proveer minerales críticos, sin desarrollo propio de IA.
La contradicción de Davos
Acá está el corazón de la historia, y tiene fecha exacta.
Los choques geopolíticos pueden y deben servir como una oportunidad para Europa.
Ursula von der Leyen, Davos, enero de 2026Cinco meses después de reivindicar la independencia tecnológica europea como bandera de seguridad nacional, la misma Comisión que ella preside firmó el compromiso redactado por el funcionario que, semanas antes, había calificado esa misma independencia de «trampa» y «mediocridad sincronizada». La Comisión Europea intentó minimizar el paso alegando que Pax Silica «no es jurídicamente vinculante» por tratarse de una declaración política y no de un acuerdo comercial — aunque su propio texto incluye frases como «apoyamos la promoción de un ecosistema compartido y de confianza de desarrolladores y proveedores de inteligencia artificial».
Los números que explican por qué esto puede salir mal
El problema de fondo para Washington es que la amenaza de exclusión no funciona igual cuando quien controla el recurso crítico real es, justamente, el otro bando. China domina hoy el suministro mundial de minerales críticos de forma abrumadora.
Con ese nivel de dominio real sobre la cadena de suministro, un ultimátum de lealtad exclusiva no necesariamente genera obediencia — puede generar el efecto contrario. Es la lectura que ya adelantaron varios analistas: al forzar a elegir bando, la respuesta lógica para muchos países termina siendo acercarse más a China, precisamente para no quedar atados a las condiciones —y a la imprevisibilidad— de Washington en un recurso del que dependen de forma estructural.
Mar Hidalgo, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, explicó que Pax Silica «pretende convertirse en la fórmula definitiva con la que Trump busca seguir siendo líder en tecnologías de IA», y que uno de los objetivos de Trump al formalizar la alianza es contrarrestar la influencia china «lo que exige una lealtad política». El propio análisis concluye que, al empujar a optar entre las dos opciones, la respuesta lógica de Europa estaría empujada hacia China — justamente para no depender de la promesa, cada vez más volátil, de Washington.
La jerarquía dentro del propio club
Incluso dentro de Pax Silica no todos los socios son iguales. El analista Evgeny Morozov describió el sistema como uno que induce «un nuevo ciclo de sumisión en el que los Estados compiten no por su independencia, sino por la proximidad» al centro de poder estadounidense. Países con desarrollo tecnológico avanzado —Israel, Países Bajos, Singapur— pueden tomar una porción mayor del negocio, aunque sigan dependiendo del núcleo. El resto queda relegado a proveer materia prima, sin capacidad real de negociar mejores condiciones.
Mientras el Departamento de Estado prepara cartas advirtiendo a 35 países que acercarse a China los descalifica como socios confiables, el propio Trump ya hizo exactamente eso — a lo grande. El 13 de mayo de 2026 viajó a Pekín, el primer viaje oficial de un presidente estadounidense a China en casi una década, llevando personalmente a una comitiva de 12 altos ejecutivos: Jensen Huang, CEO de Nvidia; Elon Musk; Tim Cook, de Apple; Larry Fink, de BlackRock; y directivos de Goldman Sachs, Citigroup, Boeing y Qualcomm, entre otros.
La inclusión de Huang fue de último minuto: según Reuters, Trump lo llamó personalmente para que se sumara al viaje, y el CEO de Nvidia fue visto abordando el Air Force One durante una escala en Alaska. El objetivo explícito del viaje era presionar a Xi Jinping para que «abriera» el mercado chino a las empresas tecnológicas estadounidenses — el mismo mercado del que, según la lógica de Pax Silica, cualquier otro país debería mantenerse alejado si quiere seguir siendo socio confiable de Washington.
El viaje llegó, además, meses después de que la propia administración Trump autorizara la exportación a China del chip de IA H200 de Nvidia. La regla, en la práctica, parece tener una sola dirección: Washington puede negociar con Pekín cuando le conviene, pero el resto del mundo tiene que elegir bando sin matices.
La ironía completa el círculo: Europa pasó de un discurso de independencia tecnológica en enero a firmar, en junio, el documento que la subordina explícitamente a las reglas que dicte Washington sobre inteligencia artificial. Y lo hizo justo cuando la propia credibilidad y previsibilidad de Estados Unidos —entre aranceles que cambian de humor, amenazas a aliados históricos y contradicciones internas dentro del propio gobierno de Trump— están en su punto más bajo en meses. Pedirle lealtad exclusiva al resto del mundo mientras se pierde la propia estabilidad como socio confiable es, como mínimo, una apuesta arriesgada. Y como bien resume el análisis que la propia Europa terminó firmando sin quererlo admitir: empujar a elegir bando, cuando uno de los dos bandos controla el recurso real, no garantiza lealtad — garantiza que elijan al otro. Mientras tanto, quien redacta la regla sigue jugando en los dos tableros a la vez.
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