Durante años, el bloque de derecha y ultraortodoxo que sostuvo a Benjamin Netanyahu en el poder funcionó con una lógica simple: cada sector recibía lo que pedía a cambio de sostener al primer ministro en su silla. Los jaredíes, exenciones al servicio militar. Los sionistas religiosos, avance de asentamientos. Ben-Gvir, control sobre la política de seguridad. Netanyahu, impunidad de facto frente a su juicio penal.
Esa arquitectura, calculada para durar, empieza a mostrar grietas justo cuando más la necesita: a poco más de tres meses de una elección que se define abiertamente como un referéndum sobre su liderazgo.
La grieta que nadie esperaba
El domingo se conoció una grabación del rabino Dov Lando, líder de la facción jaredí lituana Degel Hatorá, en la que equiparaba el reclutamiento militar impulsado por sectores sionistas religiosos con «incitar al asesinato».
La frase no fue un exabrupto aislado. Llegó apenas días después de que la coalición aprobara, en una sesión maratónica de cierre de mandato, una batería de leyes a medida de los partidos jaredíes: congelamiento de detenciones a evasores del servicio militar, recorte de poderes a la fiscalía general y mayor control gubernamental sobre medios de comunicación.
Netanyahu había apostado a que esas concesiones blindarían su alianza con los jaredíes de cara a octubre. En cambio, el comentario de Lando encendió una indignación que ya venía creciendo entre votantes de derecha —muchos de ellos con hijos o familiares en el ejército— hartos de que el tema de la conscripción siga sin resolverse.
La respuesta calculada
Netanyahu tardó casi 24 horas en responder, algo que en política rara vez es casualidad. Cuando lo hizo, no nombró a Lando directamente, pero fue inusualmente directo:
Rechazó «firmemente las declaraciones impactantes hechas contra los soldados de las FDI», subrayando que religiosos, laicos y jaredíes por igual «merecen profundo aprecio y gratitud». Evitó nombrar a Lando o a Degel Hatorá.
Degel Hatorá no tardó en marcar el terreno: advirtió que las palabras de sus rabinos son intocables y que «quienes no viven dentro del mundo de la Torá harían bien en no precipitarse a atacarlas». El asesor de Netanyahu, Yonatan Urich, redobló la apuesta pidiendo públicamente a los activistas del propio bloque que se callen «durante 99 días» para no arruinar la campaña.
Según reportó Channel 11, la estrategia detrás de todo esto es explícita: ampliar públicamente la distancia entre el Likud y los jaredíes a medida que se acerca octubre, sin romper del todo la alianza que Netanyahu necesita para gobernar. Durante la votación final de las leyes jaredíes, el propio primer ministro se ausentó del recinto para no dejar imágenes de sí mismo votando algo que la oposición ya prepara para sus spots de campaña.
Otros frentes que se abren
Exigió por carta la destitución inmediata de la fiscal general Gali Baharav-Miara como condición mínima para sumarse a un próximo gobierno, junto con la creación de un comité con poderes de investigación criminal sobre su gestión.
Tras cerrar sus primarias con más de 97.000 votantes registrados, se comprometió a impulsar una ley que prohíba a acusados penales ejercer como primer ministro o ministro —una medida que, de existir hoy, dejaría a Netanyahu fuera del cargo.
Mientras tanto, el presidente Isaac Herzog eligió un tono distinto: advirtió sobre amenazas a la integridad del proceso electoral, tanto internas como externas, y pidió a candidatos y votantes que no conviertan «a los rivales en enemigos», en un discurso que reconoció abiertamente las divisiones profundas de la sociedad israelí.
El terreno donde se define todo
Un relevamiento del Jewish People Policy Institute, publicado antes de la campaña formal, muestra dónde está realmente la batalla: los extremos del espectro político ya decidieron su voto, y lo que queda por disputar es el centro.
El estudio también revela que la identificación con la derecha sigue creciendo entre los judíos israelíes (66%, frente al 63% de julio de 2025), pero el tema que más pesa entre esos votantes no es la guerra: es la relación entre el gobierno y el sistema judicial, con un 30% de las menciones frente al 40% de seguridad. Entre los votantes de centro e izquierda, en cambio, el tema dominante es directamente «avanzar hacia un Israel más liberal».
La presidenta del instituto, Yedidia Stern, lo resumió así: la mayoría de los israelíes ya entra a la campaña con la decisión tomada, y la pelea real se librará por ese bloque centrista todavía indeciso —el mismo terreno donde hoy compiten Gadi Eisenkot, la fusión Bennett-Lapid y el desgaste del propio Likud.
Una alianza sostenida por el espanto
Lo que esta seguidilla de episodios deja a la vista no es una crisis puntual, sino la naturaleza misma del bloque que gobierna Israel desde 2022: una coalición de actores con agendas incompatibles —jaredíes que priorizan la exención militar, sionistas religiosos que priorizan la conscripción y los asentamientos, un ministro de seguridad que condiciona su participación a purgar la fiscalía, y un primer ministro que necesita a todos ellos para seguir esquivando su juicio penal— unidos, hasta ahora, más por la conveniencia mutua de mantenerse en el poder que por una visión compartida.
Con Netanyahu debilitado en las encuestas y un rival con perfil de consenso como Eisenkot ganando terreno, esa lógica de conveniencia empieza a no alcanzar. Cuando el temor a perder deja de ser más fuerte que las diferencias internas, las coaliciones armadas «por espanto» son las primeras en resquebrajarse.
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