Cajas de votación israelíes azules en almacén con personas.

Israel sigue empatado a siete semanas

Israel — A siete semanas de las elecciones del 27 de octubre

Israel sigue empatado a siete semanas

Ben-Gvir con apenas 6 escaños y Smotrich con 4 —menos del 10% de la Knéset entre los dos— siguen siendo la pieza que le falta a cualquiera para llegar a 61. Y las sanciones a los asentamientos, anunciadas esta semana, no entrarán en vigor hasta después de las urnas.

En este análisis
  1. El empate que no se mueve
  2. El resultado completo, escaño por escaño
  3. Por qué ningún bloque puede gobernar solo
  4. La llave que nadie quiere usar
  5. Partidos chicos, poder grande
  6. El timing que no es casualidad
  7. El riesgo real: que el boicot deje de ser quirúrgico
  8. Por qué el vino y los dátiles son el ejemplo más difícil
  9. Lo que está en juego el 27 de octubre

Una encuesta publicada el jueves 10 de septiembre por Zman Yisrael, del Times of Israel, confirmó un escenario que ya se venía repitiendo semana tras semana: el Likud de Benjamin Netanyahu y Yashar, el partido de Gadi Eisenkot, obtendrían 23 escaños cada uno si las elecciones se celebraran hoy —exactamente el mismo estancamiento entre los dos bloques favoritos que ya mostraba la encuesta de la semana anterior—.

El empate que no se mueve

Fue la primera votación de Zman desde que terminó, el martes, el registro oficial de listas de partidos. La encuesta anterior ya había dado 22 escaños a cada uno de los dos principales candidatos —la diferencia de esta semana es mínima, y confirma que ninguno de los dos logra romper el empate estructural que domina la campaña—.

El resultado completo, escaño por escaño

PartidoLíder / bloqueEscaños
LikudBenjamin Netanyahu (oficialismo)23
YasharGadi Eisenkot (oposición)23
B’YachadNaftali Bennett15
Yisrael BeytenuBloque belicista10
ShasUltraortodoxo10
United Torah JudaismUltraortodoxo9
The DemocratsIzquierda8
Lista ConjuntaMayoría árabe7
Otzma YehuditItamar Ben-Gvir, ultraderecha6
Ra’amMayoría árabe5
Sionismo ReligiosoBezalel Smotrich, ultraderecha4

El nuevo partido derechista Pueblo de Israel, liderado por Ofer Winter —quien declaró que apoyaría a Netanyahu—, no logró superar el umbral electoral del 3,25% en esta encuesta, aunque otras mediciones publicadas el mismo miércoles sí le daban entre 4 y 5 escaños. Tampoco pasaron el umbral el partido Reservistas de Yoaz Hendel ni Blue and White de Benny Gantz —ambos por fuera de los dos bloques principales, impulsando sin éxito una coalición intermedia sin partidos jaredíes ni árabes—.

Por qué ningún bloque puede gobernar solo

56Bloque anti-Netanyahu (Eisenkot)
52Coalición actual (Likud)
61Escaños necesarios para gobernar

Pese a la ligera reorganización de los últimos días entre los campos políticos principales, ninguno de los dos bloques llega a la mayoría absoluta. El bloque anti-Netanyahu suma 56, el oficialista 52 —ambos, todavía a distancia de los 61 necesarios—.

La llave que nadie quiere usar

El escenario que existe en el papel, pero no en la práctica

Aunque la Lista Conjunta nunca se sumó, históricamente, a ningún gobierno israelí, Ra’am sí lo hizo en 2021, bajo Bennett. Con sus cinco escaños, Ra’am podría darle al bloque del cambio la mayoría que necesita —pero varios líderes belicistas dentro de ese mismo bloque ya descartaron públicamente ese escenario. Es decir: incluso la coalición matemáticamente más viable tropieza con una resistencia interna que la vuelve, por ahora, poco probable.

Partidos chicos, poder grande

Entre Otzma Yehudit (Ben-Gvir) y Sionismo Religioso (Smotrich) suman apenas 10 escaños sobre 120 —menos del 10% de toda la Knéset—. Y sin embargo, en cualquier escenario de coalición estrecha como el que muestra esta encuesta, esos diez escaños se vuelven decisivos: son, potencialmente, la diferencia exacta entre que Netanyahu llegue a 61 o se quede corto.

Un patrón que ya se repitió antes

Netanyahu ya demostró en gobiernos anteriores que está dispuesto a sumar a ambos partidos sin dudarlo, precisamente porque necesita cada voto disponible para cerrar coalición. Esa necesidad estructural les da a Ben-Gvir y Smotrich un poder de negociación completamente desproporcionado respecto a su tamaño electoral real —la misma dinámica que ya empujó, en los últimos años, la expansión de asentamientos y buena parte de la política más dura hacia Cisjordania que llevó a Reino Unido, Francia y otros diez países a anunciar sanciones esta misma semana—.

El timing que no es casualidad

Según el propio anuncio de Ed Miliband, la prohibición de importación de productos de asentamientos que Reino Unido presentó el 8 de septiembre entrará en vigor recién entre 6 y 9 meses después —es decir, aproximadamente entre marzo y junio de 2027—.

Septiembre de 2026

Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, se celebra esta misma semana.

27 de octubre de 2026

Elecciones generales en Israel.

Marzo-junio de 2027

Entrada en vigor estimada de la prohibición comercial anunciada por Reino Unido.

Lo que ese calendario deja afuera

La medida comercial de fondo —la que más impacto económico real tendría— está diseñada para entrar en vigor bastante después tanto de las festividades religiosas de esta semana como de la propia elección del 27 de octubre. Lo que sí tuvo efecto inmediato fue el anuncio político y las sanciones directas a colonos específicos, junto con toda la escalada diplomática —el cierre recíproco de consulados, los 12 ciudadanos británicos vetados, la respuesta durísima de Sa’ar—. Ese calendario puede leerse de dos formas: como un gesto deliberado para no interferir en un proceso electoral soberano, o como una jugada declarativamente fuerte hoy, con el impacto económico real postergado para cuando el ruido político de esta semana ya se haya disipado.

El riesgo real: que el boicot deje de ser quirúrgico

Más allá del calendario oficial, existe un riesgo estructural que las propias sanciones gubernamentales no logran controlar del todo: la distancia entre la precisión legal de una sanción de Estado y la capacidad real de un consumidor común para aplicar esa misma distinción en un supermercado.

Por qué la distinción técnica no sobrevive en la góndola

Los gobiernos pueden diferenciar con exactitud legal entre «producto de asentamiento» y «producto de Israel dentro de la línea verde», usando aduanas, códigos de origen y sistemas de etiquetado. Miliband lo dejó explícito en su propio discurso: seguirá apoyando el comercio con Israel de la línea verde, y se opone «de todo corazón» a la campaña BDS. Pero un consumidor de a pie, frente a una góndola, no tiene forma práctica de verificar ese origen exacto. Lo único identificable de forma rápida es la etiqueta que dice «Israel» —sin distinción entre territorio reconocido y territorio ocupado—.

Es un patrón ya documentado en movimientos de boicot de consumidores en otros contextos: a diferencia de las sanciones estatales, casi siempre terminan siendo mucho menos quirúrgicos que la política oficial que los originó, porque responden a la indignación moral del momento, no a la letra fina de qué territorio produjo cada artículo puntual.

Por qué el vino y los dátiles son el ejemplo más difícil

Los productos específicos de asentamientos identificados hasta ahora —dátiles, cítricos, hierbas aromáticas, vino— son, en muchos casos, exactamente el mismo tipo de producto que Israel exporta también desde su territorio reconocido, sin ninguna diferencia visual perceptible para el consumidor.

El caso más delicado, el vino kosher: buena parte de la producción vitivinícola israelí de mayor renombre internacional proviene de zonas en disputa territorial —los Altos del Golán, Cisjordania—, mezclada en el mercado con vinos de origen indiscutido. Y no es solo un producto comercial: el vino kosher tiene un rol central en prácticas religiosas judías cotidianas, como el Kidush del Shabat y distintas festividades. Un boicot indiscriminado no solo golpearía la economía de los asentamientos —terminaría rozando directamente la vida religiosa de comunidades judías en cualquier parte del mundo, muchas de ellas completamente ajenas al conflicto—.

El propio Reino Unido pareció anticipar ese problema: Miliband mencionó explícitamente «las correspondientes exenciones religiosas» al anunciar el nuevo régimen de sanciones. Pero ese tipo de matiz legal, sostenible en un texto normativo británico con excepciones específicas, es exactamente el tipo de distinción que se pierde en el momento en que la decisión pasa de la política de Estado a la reacción espontánea de la calle.

Lo que está en juego el 27 de octubre

La encuesta también reveló un dato de fondo poco comentado: el 74% de los israelíes consultados dijo estar satisfecho con la lista de su propio partido —entre los votantes de Eisenkot, esa satisfacción sube al 85%—. No es, entonces, un electorado resignado ante malas opciones: hay convicción firme de ambos lados, lo que confirma que el país llega a esta elección profundamente dividido, no apático.

La pregunta que la propia coyuntura deja abierta

Con Likud y Yashar empatados sin lograr despegarse, con partidos ultraortodoxos y de ultraderecha decidiendo el margen final de cualquier coalición viable, y con una comunidad internacional cada vez más dispuesta a sancionar —aunque sea de forma diferida en el tiempo—, el resultado del 27 de octubre no va a resolver, por sí solo, el propio estancamiento estructural israelí. Pero sí va a determinar si el país profundiza el mismo camino que ya generó, esta semana, sanciones de doce países y el cierre de un consulado en Jerusalén —o si empieza, aunque sea de forma incipiente, a torcer ese rumbo.


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