Juicio por corrupción, orden de arresto de la CPI, un rival que fue su propio jefe militar, Washington tanteando un gobierno de unidad por si vuelve la guerra con Irán — y hasta un primo que rompió públicamente con él citando al profeta Amós.
Este martes 27 de octubre de 2026, Israel vuelve a las urnas en lo que buena parte de los analistas describe como el referéndum definitivo sobre Benjamin Netanyahu: el primer ministro con más años en el cargo en la historia del país, y también el primero en ejercicio en ser juzgado por cargos de corrupción. Entre un juicio en curso, una orden de arresto internacional, la presión de un rival surgido de sus propias Fuerzas de Defensa y una ruptura familiar pública, la elección de hoy concentra casi todas las fracturas abiertas en la sociedad israelí desde el 7 de octubre de 2023.
Un país que ya cambió
Netanyahu no es ajeno a los regresos políticos: en 2021 fue desplazado del poder después de doce años consecutivos de gobierno, y apenas dieciocho meses más tarde ya estaba de vuelta, jurando el 29 de diciembre de 2022 como primer ministro del gobierno más derechista en la historia del país, tras forjar una alianza con partidos ultranacionalistas y ultraortodoxos. «Solo le llevó un año conseguir derribar al gobierno, y luego hubo otra elección. Volvió, y intentará hacerlo una vez más», resumió Anshel Pfeffer, corresponsal de The Economist en Israel y autor de una biografía de Netanyahu.
Pero el país que vota hoy no es el mismo que lo reeligió en 2022. Netanyahu ha impulsado una agenda judicial profunda —que sus críticos describen directamente como un intento de golpe institucional— empujado por sus socios de coalición de extrema derecha, y se ha negado sistemáticamente a aceptar responsabilidad política por los ataques del 7 de octubre de 2023, ocurridos bajo su mando. En paralelo, la posición internacional de Israel sufrió un golpe considerable en medio de las guerras en Gaza, Líbano e Irán, y el aumento documentado de la violencia de colonos en Cisjordania ocupada. Según datos de Pew citados en la cobertura de esta elección, la mayoría de los adultos estadounidenses tiene hoy una visión desfavorable del gobierno israelí, un giro notable en la opinión pública de su principal aliado.
«Siento que esta vez hay una diferencia porque nunca estuvimos en la situación que vivimos el 7 de octubre, así que esta es la peor tragedia que le ha ocurrido a Israel desde su creación. Ni siquiera el desastre de la Guerra de Octubre puede compararse con eso», dijo Ksenia Svetlova, directora ejecutiva de la Organización Regional para la Paz, la Economía y la Seguridad y exmiembro de la Knéset, en referencia a la Guerra de Yom Kipur de 1973. Netanyahu se ha opuesto a una investigación pública independiente sobre los atentados —en los que militantes liderados por Hamás mataron a 1.200 personas y tomaron unos 251 rehenes—, argumentando que una comisión estatal nombrada por el Tribunal Supremo tendría sesgo en su contra. Informes posteriores sugirieron que había recibido advertencias previas sobre los ataques, algo que él niega rotundamente.
Eisenkot, el general que perdió a su hijo en Gaza
El principal desafío a Netanyahu no viene de la política tradicional, sino de las propias Fuerzas de Defensa de Israel. Gadi Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor, se desempeñó como observador en el gabinete de guerra de Netanyahu tras el 7 de octubre, cargo del que dimitió ocho meses después para convertirse en el principal rival del primer ministro al frente de su recién formado partido, Yashar. Eisenkot perdió a un hijo y a dos sobrinos en la guerra de Gaza.
Eisenkot se ha comprometido a revertir y derogar las leyes aprobadas por el gobierno de Netanyahu que debilitaron al sistema judicial, y a impulsar una investigación formal sobre el 7 de octubre. Al mismo tiempo, sus posiciones distan de ser las de un pacifista: aunque condenó la violencia de los colonos en Cisjordania, se opone a la creación de un Estado palestino y sostiene que el desarme total de Hamás es condición previa para cualquier retiro de tropas israelíes de Gaza. También se mostró firme respecto de la exención del servicio militar para estudiantes religiosos ultraortodoxos (jaredíes), un tema que las encuestas de Channel 12 ubicaron como la segunda prioridad más alta entre los votantes de esta elección. «Un país que envía a sus mejores hijos e hijas a luchar y sacrificar sus vidas no puede tolerar una realidad en la que exista un estado dentro del estado», dijo Eisenkot sobre ese punto.
Las encuestas previas a la votación mostraban una contienda extremadamente ajustada: una del Canal 11 daba al bloque de Eisenkot una ventaja de apenas dos escaños sobre el de Netanyahu, lejos todavía de los escaños necesarios para formar gobierno en solitario. Dahlia Scheindlin, encuestadora y consultora política, señaló que los partidos fuera de la coalición de Netanyahu «claramente tienen mayoría en lo que parece, a menos que nos sorprenda mucho» —aunque advirtió que esa mayoría solo se traduce en gobierno si esos partidos logran dejar de lado sus diferencias para trabajar juntos.
Washington mueve sus fichas: un gobierno de unidad
Mientras Israel votaba, trascendió —según una investigación del Washington Post reproducida por The Jerusalem Post el mismo 27 de octubre— que representantes del presidente Trump habían discutido con funcionarios israelíes la posibilidad de un gobierno de unidad que incluyera tanto a Netanyahu como a Eisenkot. De acuerdo con esas fuentes, que hablaron bajo condición de anonimato y cuyas afirmaciones no fueron confirmadas de forma independiente, el propio Netanyahu le habría dicho a funcionarios estadounidenses que Eisenkot sería su mejor socio si se reanudan las hostilidades entre Israel e Irán, y que empujaría hacia una coalición más moderada si se asociara con él.
Esta jugada admite distintas lecturas, y conviene presentarlas como tales. Puede leerse como una apuesta genuina de Washington por estabilizar la política israelí de cara a un escenario regional todavía volátil. Pero también puede leerse —y así lo plantea el propio comentario con el que se compartió esta noticia dentro de esta cobertura— como un cálculo de supervivencia de Netanyahu: sumar a un ex jefe militar con legitimidad y prestigio solo en caso de que la guerra con Irán se reactive, para darle a esa escalada una cobertura política que él solo no podría ofrecer. Un funcionario del Likud, citado en la misma nota, fue frontal al descartar esa alianza en los términos actuales: «Eisenkot ha demostrado que carece de la columna vertebral y la determinación que tiene Netanyahu, y creo que Trump entiende eso.» Según esa misma fuente, la prioridad de Trump sería simplemente «un gobierno israelí estable y confiable que pueda formarse lo antes posible después de la elección» —sea cual sea su composición.
La propia administración Trump apareció dividida internamente sobre si respaldar o no ese gobierno de unidad. Y la posibilidad generó un frente de conflicto adicional dentro de la coalición actual: Itamar Ben-Gvir, líder de Otzma Yehudit, acusó al Likud de maniobrar para dejarlo por debajo del umbral electoral y de armar un gobierno de unidad sin él, afirmando que la oficina del primer ministro habría comunicado a países europeos que el próximo gobierno lo excluiría, y que Netanyahu le dijo que no sería reconfirmado como ministro de Seguridad Nacional.
La ruptura que llegó hasta la familia
Horas antes de la votación, Nathan Netanyahu —primo del primer ministro, militante de larga trayectoria en el Likud y profesor de la Universidad Bar-Ilan— publicó en X una carta anunciando que no votaría por el partido bajo su liderazgo actual y que daba de baja su militancia. «No votaré por el Likud bajo su liderazgo actual», escribió, aclarando que consideraría renovar su afiliación una vez que se eligiera una conducción «no manchada por estas carencias». En la carta enumeró cuatro áreas de falla gubernamental: la reforma judicial, que calificó directamente de «golpe de Estado»; el 7 de octubre; el abandono de los ciudadanos; y la negativa a asumir responsabilidad. «La responsabilidad de gobierno no está condicionada a la culpabilidad penal, pero sí exige rendición de cuentas ante el público», argumentó, remarcando la ausencia de una investigación estatal sobre los atentados. Cerró la carta citando al profeta Amós: «Por tres pecados del gobierno de Israel —y por cuatro— no los elegiré.»
El telón de fondo judicial e internacional
Netanyahu enfrenta un juicio por corrupción con cargos de soborno, fraude y abuso de confianza, derivados de tres causas distintas pero relacionadas entre sí; él niega haber cometido irregularidad alguna. A eso se suma la orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional, que lo acusa de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en el marco de la guerra en Gaza —que, según cifras de las autoridades locales, causó al menos 74.000 muertos—, cargos que Netanyahu también rechaza de forma categórica. Vale aclarar que tanto la validez jurídica de esa orden como la cifra de víctimas son objeto de disputa activa entre distintas fuentes y gobiernos, y se presentan aquí como datos reportados, no como hechos adjudicados sin controversia.
Esa última cifra no es menor: según una estimación de la organización AID Coalition, con sede en Estados Unidos, unas 67.000 personas de los aproximadamente 630.000 israelíes que viven en el exterior volaron de regreso para votar en esta elección puntual, algo inusual dado que la mayoría de los israelíes tiene prohibido emitir el voto por correo desde fuera del país. «Nunca he visto algo así. Esto es realmente extraordinario y muestra las preocupaciones y temores que los israelíes tenían antes de estas elecciones», dijo Svetlova. Una votante que viajó desde Barcelona, Lital Lee Doron, lo resumió para Bloomberg: «Pasamos de ser una nación admirada a un estado marginado.»
No todas las voces convocan a la mesura. Danny Peleg, excapitán de las fuerzas especiales israelíes radicado en Boulder, Colorado, le dijo al New York Times que muchos israelíes probablemente abandonarían el país si Netanyahu sigue como primer ministro: «Israel ya no será un estado democrático, y me temo que las decisiones serán tomadas por una persona que teme ir a la cárcel, y las guerras continuarán para siempre.» Es una proyección personal, no un consenso, y se presenta aquí identificada como tal.
¿Y si gana de nuevo?
Pese a todo este cuadro, nadie en el propio texto de referencia se atreve a descartarlo. «Cualquier otro político que puedas imaginar en ese momento habría anunciado su dimisión. Pero Netanyahu no es ese tipo de persona», dijo Pfeffer, quien agregó que, independientemente del resultado de hoy, Netanyahu «no va a ir a ninguna parte»: «Incluso cuando ha perdido elecciones, y ha perdido bastantes, es implacable. Sigue volviendo. Es un político total. La idea de retirarse o quedarse en segundo plano le resulta totalmente ajena. No puede aceptar esa idea, y por eso ha construido todo el sistema político israelí a su alrededor.» Es, a fin de cuentas, el propio sistema electoral israelí —proporcional, fragmentado, sin mayorías absolutas posibles desde su fundación— el que durante años le permitió a Netanyahu convertir cada derrota en una pausa, nunca en un final.
Hoy no solo se vota un gobierno. Se vota si el sistema político que Netanyahu construyó durante casi tres décadas a su propia medida puede sobrevivirlo a él, o si —una vez más, como en 2021— logra encontrar la grieta exacta por la que volver a entrar.
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