Donald Trump con traje oscuro y corbata roja, mirada seria.

La derrota estratégica que EEUU no quiere nombrar

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La derrota estratégica que EE.UU. no quiere nombrar
Seis meses de guerra con Irán, y los aliados de Estados Unidos ya sacan sus conclusiones. Washington retiró un acuerdo nuclear histórico con Arabia Saudita a las 24 horas de firmarlo. El Estrecho de Ormuz sigue, en los hechos, bajo control iraní. Y hasta los analistas más cercanos a Washington ya hablan, sin eufemismos, de «una fuerza de desorden global».
Agosto 2026 · Lectura: 14 min

Seis meses después de que Estados Unidos e Israel lanzaran la Operación Furia Épica contra Irán, la lectura que empieza a consolidarse entre los aliados de Washington no es la de una victoria demorada, sino la de una derrota estratégica —así, con esas palabras, sin matices diplomáticos—. No lo dice un adversario de Estados Unidos. Lo dicen sus propios analistas de seguridad, sus exdiplomáticos, y los expertos que durante décadas defendieron la centralidad del poder estadounidense en el orden mundial.

El diagnóstico, sin eufemismos

Robin Niblett, exdirector de Chatham House —uno de los think tanks de política exterior más influyentes del mundo occidental—, no dejó lugar a dudas: hasta ahora, el resultado de esta guerra es «una pérdida estratégica y una vergüenza». Y fue más allá sobre lo que esto implica para el futuro: «Para los aliados de EE.UU. y quienes dependen de EE.UU. para su seguridad, esto es la confirmación de que no se puede confiar en Estados Unidos.»

Incluso si el régimen iraní colapsara mañana, agregó Niblett, eso no borraría lo ya ocurrido: «La gente no olvidará que su seguridad y su futuro se vieron amenazados por una política exterior estadounidense impredecible y vacilante.»

La prueba más contundente: 24 horas

Si hay un solo episodio que resume la crisis de credibilidad que describen los analistas, es este. El 22 de julio de 2026, el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, y su par saudí firmaron formalmente —tras casi dos décadas de negociaciones— un acuerdo de cooperación nuclear civil entre ambos países, con una asociación proyectada a treinta años.

22 jul.

Se firma el acuerdo nuclear civil EE.UU.-Arabia Saudita en Washington, con banderas de ambos países en el escenario y el homólogo saudí conectado en vivo desde Riad.

23 jul.

Menos de 24 horas después, Trump publica en redes sociales que el acuerdo queda sujeto a una nueva condición no negociada originalmente: que Arabia Saudita se sume a los Acuerdos de Abraham y normalice relaciones con Israel.

La reversión llegó, según reportó CNN, tras una ola de críticas de medios y expertos conservadores —incluida cobertura escéptica en Fox News y en la página editorial del Wall Street Journal— que cuestionaban por qué se avanzaba con el acuerdo sin exigir antes la normalización con Israel.

Los saudíes hacen un acuerdo nuclear con Trump que él retira en 24 horas. Esta es la crisis de credibilidad de Estados Unidos. Ni su destreza militar ni sus promesas diplomáticas pueden ser confiables. Ali Vaez — International Crisis Group

Lo que Irán consiguió sin ganar una sola batalla decisiva

Un artículo de The New York Times confirma lo que ya documentamos en otro análisis: seis meses después del inicio de la guerra, Irán sigue bajo un gobierno «más radical» que el previo, sus programas nucleares y de misiles están degradados pero no destruidos, y el Estrecho de Ormuz está efectivamente bajo su control. Misiles y drones iraníes siguen restringiendo el tráfico por el estrecho, dañando infraestructura energética aliada, y amenazando bases estadounidenses en la región —con bajas reales entre el personal militar de EE.UU.—.

→ Este resultado confirma el análisis que ya hicimos sobre la Doctrina Mosaico iraní y el agotamiento de los interceptores THAAD en «Irán, cinco meses después: el desgaste gana la guerra».

La negociación que define todo lo demás: Ormuz

Según Vaez, la disputa central hoy es entre Irán y Omán por el control del estrecho, del que ambos países son ribereños. Irán exige control exclusivo de la ruta norte y control compartido de la ruta sur —lo que le daría, en los hechos, veto sobre el tráfico marítimo—, además de una tarifa obligatoria por el paso, mientras Omán propone una tarifa voluntaria. Y aunque se llegara a un acuerdo, los propios funcionarios iraníes dudan de que Trump lo respete: recuerdan que rompió el acuerdo nuclear de 2015 y atacó a Irán dos veces durante negociaciones nucleares recientes.

Esto puede ser el fin de la ley del mar tal y como la conocemos. La libertad de los mares ha sido un interés vital estadounidense desde su fundación, y ahora está en riesgo. François Heisbourg — Analista de seguridad francés
Un matiz legal que conviene precisar

Irán firmó la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) en 1982, pero nunca completó su ratificación —no es, en sentido estricto, parte obligada por ese tratado—. Esto no significa que Irán tenga carta blanca: la libertad de navegación en estrechos internacionales como Ormuz también está sostenida por el derecho internacional consuetudinario, independiente de si un país ratificó o no el tratado específico. Pero sí matiza la frase de Heisbourg: lo que está en juego no es que Irán «rompa» una convención de la que nunca fue plenamente parte, sino que desafíe una norma consuetudinaria de libre navegación aceptada por la comunidad internacional en términos más amplios.

Reforzando la posición negociadora iraní está la decisión de su aliado yemení, los hutíes, de bloquear también el Estrecho de Bab el-Mandeb, por donde pasan las exportaciones petroleras saudíes rumbo a Asia —el mismo episodio que ya cubrimos como parte de la escalada regional—.

El cálculo silencioso de los países del Golfo

Hay una lectura que los propios gobiernos del Golfo vienen sacando, episodio tras episodio, aunque rara vez la digan en voz alta: la política exterior de Estados Unidos en la región no se organiza primero en función de la estabilidad regional o de sus propios socios árabes, sino en función de lo que le convenga a Israel —incluso cuando eso implica desestabilizar directamente a esos mismos aliados—.

El caso saudí es el ejemplo más nítido: un acuerdo nuclear civil que llevaba casi dos décadas de negociación técnica, cayó en 24 horas no por un problema de salvaguardias o de no proliferación, sino porque le faltaba una condición de normalización con Israel que nunca había sido parte del trato original. Y la propia guerra con Irán —que perjudica directamente a Arabia Saudita y a los Emiratos, con ataques a su infraestructura energética y bloqueos comerciales que no pidieron— se libró en gran medida porque Netanyahu logró convencer a Trump de su necesidad, no porque los países del Golfo la reclamaran.

Es el mismo cálculo que ya hacen los aliados europeos con Groenlandia y el gasto de la OTAN, aplicado al tablero de Medio Oriente: cuando un socio demuestra, una y otra vez, que sus decisiones dependen más de un tercero que de la relación bilateral en sí, cualquier aliado racional empieza a cubrirse por las dudas. No es casualidad que, según describe Vaez, los países de la región —»demasiado comprometidos con Washington como para romper del todo»— ya busquen en paralelo mejorar sus lazos con Irán, China y Rusia. No es un giro ideológico repentino: es la respuesta lógica a haber visto, con el caso saudí como prueba reciente, cuánto vale en la práctica la palabra de Washington cuando Israel entra en la ecuación.

Los aliados ya están tomando distancia

Lo más revelador no es solo el diagnóstico de fracaso, sino lo que los aliados de Estados Unidos ya están haciendo al respecto: según Vaez, los países de Oriente Medio, aunque demasiado comprometidos con Washington como para romper del todo, ya buscan «la reparación de lazos con Irán y mejores relaciones con Europa, China y Rusia».

El precedente que los aliados europeos no olvidan

Niblett recordó que los aliados de la OTAN todavía tienen presente la promesa de Trump de arrebatarle Groenlandia a Dinamarca, un aliado de la propia alianza, y sus amenazas de abandonar la OTAN si otros socios no cumplían sus objetivos de gasto militar. Son antecedentes que ya venían erosionando la confianza, antes incluso de esta guerra.

Niblett lo resume con una frase que funciona como diagnóstico de época: «Ahora América se ha confirmado como una fuerza de desorden y todos están sacando lecciones de ello, intentando ser menos dependientes. Nadie quiere estar sujeto a una política exterior de látigo que no conoce sus límites, y eso es una derrota estratégica.»

El costo militar que ya afecta a otros frentes

La escasez de municiones de defensa aérea crítica —Patriot entre ellas— generada por esta guerra ya está teniendo efectos secundarios directos sobre Ucrania, mostrándole tanto a Rusia y China como a la propia OTAN que Estados Unidos será, durante años, menos capaz de reabastecer a sus aliados y sostener conflictos prolongados en simultáneo.

Ha socavado la disuasión y credibilidad de Estados Unidos, ha antagonizado a los aliados y ha encantado a sus adversarios. Y si el Estrecho de Ormuz cae bajo el control e influencia de Irán, no será menos que una derrota estratégica. Aaron David Miller — Carnegie Endowment for International Peace

Treinta años de lobby hasta encontrar al presidente correcto

Lo que Netanyahu logró con Trump no fue un golpe de suerte diplomático repentino: fue el desenlace de una campaña de más de tres décadas, sostenida a través de al menos cuatro presidencias estadounidenses distintas, con el objetivo constante de arrastrar a Washington a un ataque militar contra Irán —incluso al costo de sabotear activamente cualquier acuerdo de paz que se acercara—.

1992-2012

Netanyahu advirtió reiteradamente que Irán estaba a «meses» de tener la bomba —en 1992, 1995, 2002, 2009 y 2012—, pronósticos que, según críticos y hasta cables de inteligencia israelí filtrados en 2012, nunca coincidieron con las evaluaciones reales del propio Mossad ni de la inteligencia estadounidense.

2013

Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, reveló años después que Netanyahu la presionó de forma «implacable» para conseguir apoyo directo de Washington a una agresión militar contra Irán.

2015

Netanyahu se dirigió al Congreso de EE.UU. —a espaldas de su propio presidente anfitrión, Obama— para oponerse al acuerdo nuclear (JCPOA), argumentando que le daba a Irán «un camino hacia la bomba». El discurso dañó gravemente la relación EE.UU.-Israel, pero confirmó su convicción de fondo: solo la acción militar, no la diplomacia, podía contener a Irán.

2018

Cuando Trump se retiró unilateralmente del JCPOA en su primer mandato, Netanyahu celebró la decisión públicamente.

11 feb. 2026

Con nuevas negociaciones en marcha en Ginebra entre EE.UU. e Irán, Netanyahu visitó a Trump en la Casa Blanca específicamente para asegurarse de que Washington no firmara ningún acuerdo de paz. Según reveló después el New York Times, junto al director del Mosad David Barnea, presentó en la Sala de Crisis cuatro argumentos a favor de atacar: que los misiles balísticos iraníes podían destruirse en semanas, que Irán era demasiado débil para cerrar Ormuz, que protestas fomentadas por el Mosad podrían generar una revolución interna, y que milicianos kurdo-iraníes exiliados en Irak podrían invadir por tierra.

El propio giro que finalmente destrabó todo llegó recién a comienzos de 2026, después de que fuerzas estadounidenses capturaran al presidente venezolano Nicolás Maduro en enero. Fue solo entonces que Netanyahu logró convencer a Trump de que una operación militar conjunta era viable —pese a que el propio Organismo Internacional de Energía Atómica nunca encontró evidencia de que Irán tuviera un programa activo de armamento nuclear, solo un nivel de enriquecimiento de uranio (60%) cercano pero no equivalente al 90% necesario para un arma—.

Es difícil exagerar hasta qué punto Netanyahu ve este momento como una posible derrota personal y política. Construyó su identidad política durante más de tres décadas en torno a confrontar las ambiciones nucleares de Irán. Danny Citrinowicz — Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel

Es revelador, incluso, cómo maneja hoy el propio descontento con el resultado: en vez de atacar públicamente a Trump como hizo con Obama en 2015, Netanyahu prefiere culpar a los negociadores —Jared Kushner y Steve Witkoff— de haber orientado al presidente hacia el fin de las hostilidades, dejando intacta su relación con el propio Trump. Después de treinta años esperando este momento, no está dispuesto a arriesgar el vínculo que finalmente se lo dio.

La alianza con Israel, también dañada

Según Heisbourg, la guerra dañó gravemente la propia alianza entre Estados Unidos e Israel. Funcionarios estadounidenses, incluido el vicepresidente JD Vance, sugirieron que Netanyahu fue «demasiado optimista» al convencer a Trump de que la guerra sería rápida y decisiva —la misma dinámica de responsabilidad cruzada que ya documentamos en otros análisis sobre la relación Trump-Netanyahu—.

Y hay una consecuencia social que hay que señalar con cuidado: sumado a las percepciones ya negativas sobre Israel derivadas de la guerra en Gaza —que analistas y hasta la propia Comisión de la ONU calificaron de genocidio—, este conflicto adicional incrementó el antisemitismo en Estados Unidos y otros países, según encuestas. Es un dato que conviene remarcar con la misma seriedad con la que se aborda el resto: la crítica legítima a las políticas de un gobierno no debería derivar en prejuicio contra un pueblo entero, y que ese salto ocurra en los hechos es, en sí mismo, motivo de alarma.

Irán tampoco confía en Washington

La desconfianza corre en ambas direcciones. Según Esfandyar Batmanghelidj, de la Fundación Bourse & Bazaar, incluso los sectores iraníes que favorecen nuevas negociaciones con Estados Unidos «se han vuelto intensamente pesimistas sobre lo que puede lograr la diplomacia con la administración Trump», a quien perciben como errático —y les cuesta imaginar un acuerdo con un país que ya socavó a sus propios aliados—.

Por eso Irán insiste en cerrar primero un acuerdo firme sobre Ormuz, antes de discutir cualquier memorando nuevo con Washington, y exige además la retirada de activos militares ofensivos estadounidenses de la región. Como resumió Vaez: «El cálculo iraní es sencillo (…) necesitan la palanca que les proporciona el estrecho para obtener concesiones de EE.UU. y una garantía de que un ataque contra Irán no puede repetirse.»

La comparación histórica que incomoda

Hay un paralelo que Washington preferiría evitar: desde la Segunda Guerra Mundial —que dejó a Estados Unidos más fuerte en casa y con más influencia afuera—, su historial militar ha sido una mezcla, con enemigos dispuestos a soportar más dolor y costo que el propio Estados Unidos sobreviviendo a la ocupación: Vietnam, Irak, Afganistán. La guerra con Irán, según Miller, podría terminar de forma similar: Washington encontrando una razón suficiente para cortar pérdidas y volver a casa, sin haber cumplido los objetivos originales.

Lo que queda planteado

Trump insiste en que Irán terminará cediendo: «Les vamos a atacar. Les vamos a dar un golpe muy duro (…) en algún momento dirán: ‘Ya no podemos más’.» Pero incluso él admite perder la fe en que los iraníes negocien de buena fe, quejándose de que «siempre quieren hablar» pero rompen su palabra después.

Las próximas semanas, según coinciden Vaez y el resto de los analistas consultados, probablemente traigan un ciclo continuo de treguas puntuales y nueva escalada —lo que Vaez ya describe, sin ironía, como «una nueva forma de guerra eterna»—.

Es la paradoja completa de esta guerra, vista con la distancia de seis meses: Estados Unidos tiene la superioridad militar tecnológica más grande del planeta, y aun así no logró convertir esa ventaja en un resultado político sostenible. Mientras tanto, cada aliado que observa de cerca —europeo, árabe, asiático— ya está sacando la misma conclusión silenciosa: depender exclusivamente de Washington para la propia seguridad es, hoy, una apuesta más riesgosa de lo que era hace apenas un año.


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