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Cómo se normaliza lo extremo, en tiempo real

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Cómo se normaliza lo extremo, en tiempo real
Antes de que un partido extremo gane una elección, gana el lenguaje. La palabra transgresora se banaliza, después se repite, y termina codificada como sentido común. No es una teoría abstracta: es el mecanismo exacto que atraviesa, esta misma semana, desde ministros israelíes hasta un abogado antivacunas holandés.
Agosto 2026 · Lectura: 9 min

El historiador Steven Forti acaba de coordinar un «Vocabulario de la extrema derecha» para la revista *El Grand Continent*, un glosario que va a publicarse a lo largo del verano europeo. Su tesis central, explicada en una entrevista reciente, es simple y a la vez incómoda: el requisito previo para que la extrema derecha se vuelva aceptable no es ganar una elección, es ganar antes la batalla del lenguaje. Primero una palabra se considera transgresora. Después se banaliza. Por último, se codifica en la ley.

Forti describe el mecanismo de fondo detrás de casi todas las narrativas extremas: una distinción tajante entre un grupo propio, moralmente superior, y un grupo ajeno, considerado inferior y amenazante. Frente a ese «otro», el grupo propio queda «justificado» para defender sus intereses a cualquier costo —incluida la violencia—. Lo interesante no es la teoría en sí, sino que ese mecanismo no requiere ir a buscarlo en manuales de ciencia política: apareció, sin necesidad de forzar nada, en casi todos los casos que este medio investigó durante la última semana.

La palabra que precede al hecho

El propio Forti señala un ejemplo concreto, ya de por sí perturbador: cuando figuras de gobierno califican a una población entera de «animales» o «monstruos», se abandona el marco político habitual y se entra en una lógica que puede desembocar en formas extremas de violencia. No hace falta ir muy lejos para encontrar el patrón en su forma más cruda.

Smotrich, Ben-Gvir, Eliyahu

Un ministro de Finanzas hablando de «aniquilación total» y citando un mandato bíblico de exterminio. Un ministro de Seguridad Nacional sosteniendo que «no existe algo así como personas inocentes». Un ministro de Patrimonio sugiriendo, en voz alta, la opción de una bomba nuclear. En los tres casos, la estructura es idéntica a la que describe Forti: un «nosotros» con derecho a todo, frente a un «ellos» deshumanizado hasta el punto de dejar de ser gente.

Lo que hace este mecanismo tan eficaz, según explica Forti, es que rara vez se presenta desnudo. Casi siempre viene disfrazado de una palabra que, a primera vista, parece neutral o incluso razonable —hasta sentido común—.

El «orden natural de las cosas»

De todas las entradas del vocabulario que Forti coordina, la que más le preocupa no es la más espectacular. Es la más discreta: el «orden natural de las cosas». A diferencia del «gran reemplazo» —una teoría conspirativa que se reconoce como tal apenas se la nombra—, el «orden natural» no suena a extremismo. Suena a algo evidente, casi indiscutible. Y es exactamente esa apariencia inocente la que le permite naturalizar jerarquías entre sexos, pueblos y civilizaciones, sin que nadie lo perciba como una posición ideológica.

«Primero hacemos, después pedimos permiso»

Es la frase que resume la doctrina de Daniella Weiss, madrina ideológica del movimiento colono israelí: ocupar tierra, instalar familias, y esperar que el Estado legitime después lo que ya es un hecho consumado. No hace falta decir «esta tierra nos pertenece por derecho divino» en cada entrevista —basta con actuar como si esa fuera la premisa evidente, el «orden natural» que no necesita justificarse cada vez.

El eufemismo que borra el crimen

Hay otra variante del mismo mecanismo, quizás más sutil todavía: no nombrar directamente lo que ocurre. La novela y película El jardinero fiel, que ficcionaliza el patrón real de farmacéuticas probando fármacos en poblaciones vulnerables de países pobres, lo resume con una frase que funciona como radiografía del fenómeno completo: nadie comete asesinatos, solo existen «muertes lamentables» —y de esas muertes, alguien más lejos obtiene sus beneficios trimestrales—. Cambiar «asesinato» por «muerte lamentable» no es un matiz de estilo. Es exactamente el mecanismo de Forti aplicado a otro terreno: quitarle al hecho su nombre real para que deje de sentirse como lo que es.

Afirmar antes de que exista sentencia

Hay una variante más del mismo mecanismo que apareció esta semana, y que merece un párrafo aparte porque no viene de la derecha ni de la izquierda: viene de cualquier lugar donde alguien necesite convencer rápido, sin esperar a que la evidencia lo respalde.

Arno van Kessel

El abogado holandés que demandó a Bill Gates y Pfizer por la vacuna Covid afirmó, en su propio relato público, que «genocidio» y «arma biológica» ya habían quedado probados «en blanco y negro ante el tribunal» —cuando, en rigor, esa es la tesis que su parte busca demostrar, no un hecho ya resuelto judicialmente—. Es la misma estructura retórica: convertir una acusación en certeza antes de que exista sentencia, para que la propia repetición haga el trabajo de la prueba.

Y hay también el mecanismo inverso, igual de eficaz: en vez de convertir sospecha en certeza, convertir certeza en sospecha. Es lo que documentamos esta semana en un análisis del Jerusalem Post sobre el uso de la palabra «genocidio» en el conflicto de Gaza: llamar a los hechos «narrativa», calificar de «supuesta» una ingeniería demográfica que la propia Corte Internacional de Justicia ya calificó de ilegal, y describir como «estratosférico» el aumento en el uso de un término cuya causa —el propio aumento de las víctimas— es perfectamente rastreable. Tres palabras, un mismo objetivo: instalar la idea de que lo que escala es el discurso, no la realidad que ese discurso describe.

El patrón, resumido

Deshumanizar al «otro» con palabras que dejan de tratarlo como persona.

Disfrazar una posición extrema de sentido común, con términos que suenan neutrales («orden natural», «libertad de expresión» usada como coartada).

Reemplazar el nombre exacto del hecho por un eufemismo que lo vuelve tolerable («muertes lamentables» en vez de asesinatos).

Convertir una acusación en certeza antes de tiempo, o —a la inversa— convertir un hecho documentado en mera «narrativa» en disputa.

Por qué nombrar el mecanismo importa

Forti se hace cargo de una objeción obvia: ¿no corre el riesgo, un trabajo así, de convertirse en policía del lenguaje? Su respuesta es la que sostiene todo el proyecto: el objetivo no es prohibir palabras, es mostrar lo que esconden. Una palabra casi nunca es extremista en sí misma —es su uso, deliberado o no, el que puede serlo—.

Y hay un argumento final, quizás el más relevante para cualquiera que se dedique a escribir sobre esto: todas estas tácticas —el eufemismo, la deshumanización disfrazada de sentido común, la certeza prematura, la duda fabricada— funcionan mejor cuanto más invisibles permanecen. Una manipulación señalada como tal ya perdió parte de su poder. Esa es, en el fondo, la apuesta de cualquier trabajo de este tipo: no que nombrar el mecanismo lo elimine de un plumazo, sino que quien lo conoce deja de ser tan fácil de mover con él.


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