Lincoln, Garfield, McKinley,
Kennedy: cuatro balas
De los cuarenta y cinco presidentes que ha tenido Estados Unidos, ocho murieron en el cargo. Cuatro de ellos no murieron de enfermedad ni de vejez. Murieron asesinados. Cada uno de esos cuatro asesinatos fue, en su momento, el espejo más brutal de las fracturas de una nación que se proclama la más poderosa del mundo y que no ha podido proteger a cuatro de sus propios líderes.
Hay una frase atribuida a distintos autores a lo largo de los siglos que dice que el poder no se ejerce, se soporta. Los cuatro hombres de los que trata este artículo lo soportaron hasta el final, en el sentido más literal posible. Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy fueron asesinados mientras ejercían la presidencia de los Estados Unidos. Cuatro hombres, cuatro décadas distintas, cuatro contextos políticos completamente diferentes. Y sin embargo, una misma verdad se repite en los cuatro casos: cada asesinato fue el síntoma más extremo de una fractura que ya existía en la sociedad que ese presidente intentaba gobernar.
Lo que sigue no es solo la crónica de cuatro muertes. Es la historia de cuatro momentos en que una nación se miró al espejo y encontró algo que no quería ver.
Hay presidentes que gobiernan épocas. Lincoln gobernó la más difícil que ha vivido Estados Unidos: la guerra civil entre el Norte y el Sur, el conflicto que mató a más de 600.000 estadounidenses y que amenazó con destruir permanentemente la unión que los Padres Fundadores habían construido ochenta años antes. Que Lincoln haya sobrevivido a esa guerra para ser asesinado cinco días después de la rendición del general confederado Lee es una de las ironías más crueles de la historia americana.
Para entender el asesinato hay que entender la Confederación y lo que su derrota significaba para quienes habían construido sus vidas, sus fortunas y su identidad sobre la esclavitud. Lincoln no era, en origen, un abolicionista radical. Era un pragmático que creía que la esclavitud era un mal que debía contenerse para que se extinguiera gradualmente. Pero la Proclamación de Emancipación de 1863, que liberó a los esclavos en los estados en rebelión, y la victoria militar de la Unión lo convirtieron a los ojos de los confederados en el símbolo de la destrucción de su mundo.
Viernes Santo, Teatro Ford.
El último acto.
La Guerra Civil estaba, para todos los efectos prácticos, terminada. El 9 de abril, el general Robert E. Lee había firmado la rendición en Appomattox. Lincoln llevaba días de reuniones, discursos, planificación de la reconstrucción del Sur. Estaba agotado pero aliviado. Esa noche, cediendo a la insistencia de su esposa Mary Todd y a la de sus colaboradores, aceptó asistir a la representación de Our American Cousin en el Teatro Ford de Washington.
John Wilkes Booth no era un fanático anónimo ni un perturbado sin historia. Era uno de los actores más famosos de Estados Unidos, un hombre conocido en los teatros de todo el país, un apasionado defensor de la Confederación que había visto a su mundo desmoronarse y había decidido que la venganza era la única respuesta que le quedaba. Conocía el Teatro Ford como la palma de su mano. Había actuado allí decenas de veces.
Booth no actuó solo. El plan original contemplaba tres asesinatos simultáneos esa misma noche: Booth mataría a Lincoln en el Teatro Ford; George Atzerodt asesinaría al vicepresidente Andrew Johnson en su hotel; Lewis Powell atacaría al secretario de Estado William Seward en su domicilio. El objetivo era decapitar el liderazgo de la Unión en un solo golpe y sembrar el caos suficiente para que la Confederación encontrara alguna salida.
El plan fracasó en dos de sus tres frentes. Atzerodt se acobardó y no atacó a Johnson. Powell hirió gravemente a Seward pero no lo mató. Solo Booth cumplió su parte. A las 10:15 de la noche entró al palco presidencial y disparó a Lincoln por la espalda, a quemarropa, con una pistola de un solo disparo.
Lincoln agonizó durante nueve horas. Fue trasladado a la Casa Petersen, frente al teatro, donde murió a las 7:22 de la mañana del 15 de abril. Tenía 56 años. Booth huyó a Virginia pero fue localizado y muerto por soldados federales doce días después, el 26 de abril, cuando se negó a rendirse.
Lincoln murió cinco días después de que se ganara la guerra que definió su presidencia. Booth le disparó cuando la victoria ya era un hecho consumado. Lo que mató a Lincoln no fue la derrota confederada: fue la negativa de algunos a aceptarla.
Lo que vino después del asesinato de Lincoln fue, en muchos sentidos, tan trágico como el propio asesinato. Andrew Johnson, el sucesor, era un sureño que simpatizaba con los estados confederados y que desmanteló sistemáticamente las políticas de Reconstrucción que Lincoln había diseñado. El Sur no recuperó la esclavitud, pero sí construyó en los años siguientes un sistema de segregación, leyes de Jim Crow y terror racial que mantuvo a los afroamericanos en una condición de segunda clase durante un siglo más. La bala de Booth no solo mató a Lincoln: también mató la posibilidad de una Reconstrucción justa.
El asesinato de James Garfield es el menos conocido de los cuatro, en parte porque el propio Garfield es el menos conocido de los cuatro presidentes asesinados, y en parte porque la historia de su muerte está dominada no tanto por la política sino por una combinación de delirio personal, negligencia médica y la tragedia de un hombre que quizás no habría muerto si los médicos de su época hubieran lavado sus manos.
Garfield llevaba apenas cuatro meses en el cargo cuando fue atacado. Era un hombre de origen humildísimo —había nacido en una cabaña en Ohio y trabajado desde niño— que había llegado a la presidencia después de una carrera política respetable y una participación destacada en la Guerra Civil como general de la Unión. No era un presidente transformador como Lincoln ni un símbolo histórico como Kennedy. Era un administrador competente con buenas intenciones que no tuvo tiempo de demostrar nada.
Charles Guiteau:
el asesino más absurdo de la historia.
Charles Julius Guiteau no era un agente político, un fanático ideológico ni un conspirador con recursos. Era un abogado de poca monta, con antecedentes de inestabilidad mental, que había participado de manera absolutamente marginal en la campaña presidencial de Garfield distribuyendo algunos discursos impresos que nadie le había pedido que distribuyera. En su mente, desequilibrada y grandiosa, esa contribución lo hacía acreedor a un cargo diplomático importante. Pidió ser cónsul en París. O en Viena. Las solicitudes fueron ignoradas porque nadie en la administración sabía quién era.
Guiteau interpretó ese silencio como una traición personal. Comenzó a frecuentar la Secretaría de Estado y la Casa Blanca con una persistencia que hoy habría levantado todas las alarmas de seguridad posibles. En aquella época, el acceso a los edificios gubernamentales era notablemente laxo. Nadie lo detuvo. Nadie lo identificó como una amenaza.
«El presidente Garfield debe ser removido. Es un traidor para los Stalwarts. Su muerte es una necesidad política. Yo soy un republicano Stalwart y Arthur será presidente.»
El 2 de julio de 1881, en la estación de trenes de Washington, Guiteau disparó dos veces sobre Garfield. Una bala le rozó el hombro. La otra se alojó cerca de la columna vertebral, en una posición que los médicos de la época no pudieron determinar con precisión porque no tenían los medios para hacerlo. Y en el intento de encontrarla, mataron al presidente.
La bala que hirió a Garfield no era necesariamente mortal. Lo que fue mortal fue el tratamiento que recibió. Los médicos de la época no habían adoptado aún las prácticas de esterilización que Joseph Lister había desarrollado en Europa. Introdujeron dedos y sondas sin esterilizar en la herida buscando la bala, contaminando sistemáticamente los tejidos. Alexander Graham Bell incluso construyó un detector de metal primitivo para intentar localizar el proyectil, pero los muelles del colchón presidencial interferían con las lecturas.
Garfield llegó al hospital con una herida seria pero tratable. Murió de septicemia, una infección sistémica generalizada causada por la negligencia médica, setenta y nueve días después de recibir el disparo. Los médicos que intentaron salvarlo lo mataron.
Guiteau fue ejecutado en la horca el 30 de junio de 1882. Durante el juicio insistió en que no era él quien había matado al presidente sino sus médicos. Tenía, en un sentido muy literal, razón. Su locura era real: ningún análisis serio de su comportamiento puede concluir que era un actor político coherente. Fue el asesino más absurdo de la historia presidencial americana, y su víctima fue quizás la más inocente de las cuatro.
El legado del asesinato de Garfield fue, sin embargo, concreto y duradero. El escándalo político que había motivado el delirio de Guiteau —el sistema de reparto de cargos públicos como recompensa política— fue reformado al año siguiente con la Ley Pendleton de Servicio Civil, que estableció por primera vez que los cargos públicos debían obtenerse por mérito y no por favores políticos. La muerte de Garfield reformó la burocracia federal.
El asesinato de McKinley ocurrió en el umbral del siglo XX, en un momento en que Estados Unidos se estaba convirtiendo en potencia imperial y en que el movimiento anarquista internacional vivía uno de sus momentos de mayor actividad. Fue el tercer presidente asesinado en menos de cuarenta años, lo que decía algo sobre la violencia política americana que la nación no terminaba de querer escuchar.
McKinley era, en muchos sentidos, el presidente del optimismo americano de fin de siglo. Había ganado la guerra contra España en 1898, adquiriendo Puerto Rico, Guam y Filipinas. Presidía una economía en expansión. Había sido reelegido cómodamente en 1900. En septiembre de 1901 viajó a Buffalo, Nueva York, para la Exposición Panamericana, una feria internacional que celebraba el progreso tecnológico y el poder creciente de las Américas. Era, en todos los sentidos, un momento de triunfo.
Leon Czolgosz y el poder
que se esconde en un vendaje.
Leon Czolgosz era hijo de inmigrantes polacos, un trabajador de fábrica que había perdido su empleo durante la depresión económica de la década de 1890 y que había encontrado en el anarquismo una explicación para su frustración. Admiraba a Emma Goldman, la célebre anarquista americana, aunque Goldman nunca supo que él existía y posteriormente lo repudió públicamente. Era un hombre solitario, desconfiado, que los propios círculos anarquistas consideraban un posible agente infiltrado por su intensidad extraña.
El 6 de septiembre de 1901, McKinley realizaba una recepción pública en el Templo de la Música de la Exposición. Las recepciones públicas eran tradición presidencial: cualquier ciudadano podía acercarse a estrechar la mano del presidente. Czolgosz se unió a la cola con una pistola envuelta en un vendaje que simulaba una mano vendada.
McKinley recibió dos disparos en el estómago. Fue trasladado de urgencia pero las heridas resultaron fatales: murió ocho días después, el 14 de septiembre de 1901. Czolgosz fue ejecutado en la silla eléctrica el 29 de octubre del mismo año, apenas cuarenta y cinco días después del atentado, en uno de los procesos judiciales más rápidos de la historia americana.
El asesinato de McKinley tuvo una consecuencia institucional directa y duradera: el Congreso autorizó formalmente al Servicio Secreto a encargarse de la protección permanente del presidente. Hasta ese momento, la protección presidencial era informal y fragmentaria. McKinley fue el último presidente que murió sin una estructura de seguridad profesional a su alrededor.
El sucesor de McKinley fue Theodore Roosevelt, que tenía cuarenta y dos años y se convirtió en el presidente más joven de la historia americana. Roosevelt imprimió a la presidencia una energía y una agenda progresista que McKinley, más conservador y más cómodo con los intereses del gran capital, probablemente no habría adoptado. El asesinato de McKinley aceleró, paradójicamente, la era progresista americana.
Czolgosz disparó contra el presidente de una potencia imperial en expansión. Lo que no calculó es que su bala puso en el poder a Theodore Roosevelt, uno de los presidentes más intervencionistas y reformistas de la historia americana. La violencia política rara vez produce los resultados que sus autores anticipan.
El asesinato de Kennedy es el que más profundamente marcó la memoria colectiva del siglo XX, no solo en Estados Unidos sino en todo el mundo occidental. Hay razones concretas para esa intensidad: Kennedy era joven, carismático, fotogénico en una era en que la televisión empezaba a definir la política. Su muerte fue filmada. Su funeral fue transmitido en directo. Y el misterio que rodea las circunstancias exactas de su muerte nunca ha sido completamente resuelto, generando décadas de especulación, investigación y debate.
Para entender el contexto hay que entender 1963. El mundo estaba a menos de un año de la Crisis de los Misiles de Cuba, el momento en que la humanidad estuvo más cerca de una guerra nuclear que en ningún otro punto de la historia. Kennedy había negociado la retirada de los misiles soviéticos, pero lo había hecho a un costo político interno enorme: la CIA y los sectores más duros de la administración consideraban que había cedido demasiado a Kruschev. Simultáneamente, el movimiento por los derechos civiles estaba en su momento más álgido, y Kennedy había anunciado su intención de impulsar legislación antidiscriminatoria que amenazaba los intereses del Sur profundo. Y Vietnam empezaba a convertirse en el problema que definiría la próxima década.
La caravana, el disparo,
la pregunta que no cierra.
A las 12:30 del mediodía del 22 de noviembre de 1963, la caravana presidencial avanzaba por Dealey Plaza en Dallas, Texas. Kennedy viajaba en un Lincoln convertible junto a su esposa Jacqueline y el gobernador de Texas John Connally. Las calles estaban llenas de gente. Era un día soleado. Kennedy saludaba a la multitud.
Sonaron disparos. Kennedy fue alcanzado en la cabeza y en el cuello. Jacqueline Kennedy se inclinó sobre su marido herido en el asiento trasero del vehículo en una imagen que quedaría grabada para siempre en la memoria colectiva. El presidente fue trasladado al Hospital Parkland Memorial, donde fue declarado muerto a la 1:00 del mediodía. Tenía cuarenta y seis años.
Lee Harvey Oswald fue arrestado ese mismo día en un cine de Dallas, acusado de haber disparado desde el sexto piso del Depósito de Libros Escolares de Texas. Tenía veinticuatro años, había vivido en la Unión Soviética durante tres años, había estado casado con una ciudadana soviética y había tenido vínculos con organizaciones pro-Cuba en Estados Unidos. Era, en todos los sentidos, un perfil conveniente para la teoría del asesino solitario con simpatías comunistas.
Oswald nunca llegó a ser juzgado. Dos días después de su arresto, mientras era trasladado por la policía de Dallas en el sótano de la comisaría, fue asesinado de un disparo por Jack Ruby, un propietario de clubes nocturnos con conexiones con el crimen organizado. La secuencia —un presidente asesinado, el acusado asesinado antes del juicio— es única en la historia judicial americana y alimentó durante décadas las teorías de conspiración.
La Comisión Warren, creada por el presidente Johnson para investigar el asesinato, concluyó en 1964 que Oswald había actuado solo, sin conspiración. Pero sus conclusiones fueron cuestionadas desde el primer momento: la teoría de la «bala mágica» —un único proyectil que habría causado múltiples heridas en Kennedy y en Connally con una trayectoria físicamente improbable— nunca convenció a muchos investigadores ni al público general.
En 1979, un comité especial del Congreso revisó las investigaciones anteriores y llegó a una conclusión que contradecía parcialmente a la Comisión Warren: había «probablemente» una conspiración en el asesinato de Kennedy, basándose en análisis acústicos que sugerían la presencia de cuatro disparos en lugar de los tres atribuidos a Oswald. Esa conclusión nunca fue definitivamente establecida ni refutada. El caso técnicamente sigue abierto.
Los documentos clasificados relacionados con el asesinato de Kennedy han ido siendo desclasificados parcialmente a lo largo de las décadas. Cada nueva tanda de documentos genera nueva especulación. Lo que queda claro, independientemente de las conclusiones sobre la autoría, es que las instituciones americanas no manejaron la investigación con la transparencia que un caso de esta magnitud habría exigido.
El legado político de Kennedy es tan complejo como su muerte. Fue el presidente que puso a Estados Unidos en el camino de la Luna. El que negoció el fin de la Crisis de los Misiles. El que impulsó legislación de derechos civiles que su sucesor Johnson terminaría de convertir en ley. Pero también fue el que escaló la presencia militar en Vietnam, el que autorizó la invasión fallida de Bahía de Cochinos en Cuba, el que mantuvo una red de intervenciones encubiertas de la CIA que ninguna administración posterior ha terminado de reconocer completamente.
La mitología de Kennedy tendió a simplificarlo. La realidad fue siempre más compleja y más interesante que el mito.
Cuatro asesinatos,
una misma fractura.
Lo que conecta a estos cuatro hombres no es solo haber sido presidentes ni haber sido asesinados. Es que cada uno de ellos gobernaba sobre una fractura profunda en la sociedad americana, y que esa fractura encontró en su muerte una expresión extrema.
Lincoln gobernaba sobre la fractura de la esclavitud y la unión nacional. Garfield gobernaba sobre la fractura entre el clientelismo político y la meritocracia. McKinley gobernaba sobre la fractura entre el capital concentrado y las clases trabajadoras que el anarquismo intentaba articular. Kennedy gobernaba sobre la fractura entre el orden racial del Sur y el movimiento de derechos civiles, entre la contención de la Guerra Fría y los sectores que querían una confrontación más directa con el comunismo.
En ninguno de los cuatro casos el asesinato resolvió la fractura. Lincoln murió y la Reconstrucción fue traicionada por su sucesor. Garfield murió y el clientelismo tardó décadas en extinguirse. McKinley murió y el movimiento obrero siguió siendo aplastado durante generaciones. Kennedy murió y los derechos civiles fueron aprobados por Johnson, pero la fractura racial americana sigue viva sesenta años después.
Cuatro hombres. Cuatro balas. Cuatro fracturas que ninguna bala
fue capaz de cerrar ni de agravar definitivamente.
La violencia política es siempre el síntoma. Nunca la cura.
Estados Unidos ha tenido más de treinta atentados presidenciales a lo largo de su historia. Ha sobrevivido cuatro asesinatos consumados. Esa estadística dice algo sobre la violencia como elemento estructural de la política americana que el país ha preferido tratar como anomalía en lugar de como patrón. Cada vez que un presidente es atacado o asesinado, la narrativa oficial habla de un individuo perturbado, un lobo solitario, un caso aislado. El patrón sigue ahí, sin la atención que merece, esperando el próximo capítulo.
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un caféEste artículo se basa en fuentes históricas documentadas. Las fechas y circunstancias de los asesinatos son datos establecidos. La referencia a las conclusiones del Comité de Asesinatos del Congreso (1979) corresponde al informe oficial de dicho comité. Las cifras de muertos en la Guerra Civil americana corresponden a estimaciones historiográficas actualizadas. Las menciones a teorías de conspiración sobre el asesinato de Kennedy se presentan como debates historiográficos, no como hechos establecidos.
