El 6 de agosto de 1945 a las 8:15am, una bomba de uranio apodada Little Boy detonó sobre Hiroshima. En tres segundos se desintegraron los cuerpos de 80.000 personas. Lo que siguió — el debate sobre si fue necesario, quién financió la guerra en ambos lados, qué le hizo al mundo — sigue sin cerrarse ochenta años después.
El coronel Paul Tibbets pilotaba el B-29 Superfortress que su tripulación había bautizado Enola Gay — en honor a su madre. A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, abrió las compuertas de carga. La bomba cayó durante cincuenta y siete segundos.
Detonó a 600 metros del suelo. En ese instante la temperatura en el punto de la explosión alcanzó 15 millones de grados centígrados. En el suelo, 3.000 grados. En tres segundos se desintegraron los cuerpos de entre 70.000 y 80.000 personas. Otras 70.000 resultaron heridas. Aproximadamente 4,7 millas cuadradas de la ciudad quedaron destruidas.
Fue la primera vez en la historia que un arma nuclear fue usada en combate. Y el mundo que existió después de ese momento es fundamentalmente diferente al que existió antes.
El Proyecto Manhattan: cómo se construyó Little Boy
Para entender Little Boy hay que entender el Proyecto Manhattan — el esfuerzo más costoso y secreto de la historia militar americana hasta ese momento. Supervisado por el mayor general Leslie Groves y el físico Robert Oppenheimer, el proyecto reunió en el Laboratorio de Los Álamos, Nuevo México, a los científicos más brillantes del mundo occidental — muchos de ellos refugiados europeos que habían huido del nazismo.
El proyecto siguió dos caminos paralelos: una bomba basada en uranio enriquecido y otra basada en plutonio. Little Boy era la bomba de uranio — un diseño de «tipo pistola» en el que una masa de uranio-235 dispara contra otra para crear una reacción nuclear en cadena.
Los números de Little Boy
Diseño: Tipo pistola — un cañón de ánima lisa a través del cual se disparaba un proyectil de uranio contra un objetivo fijo de uranio.
Uranio-235: 64 kilogramos en total. El 60% formaba el proyectil cilíndrico; el 40% restante era el objetivo.
Dimensiones: 3 metros de largo, 71 centímetros de diámetro. Peso: 4.000 kilogramos.
Potencia explosiva: Equivalente a entre 13.000 y 15.000 toneladas de TNT.
Altitud de detonación: 600 metros sobre el suelo — calculada para maximizar el daño por onda expansiva.
Pruebas previas: Ninguna a escala completa. El equipo consideró que el diseño era lo suficientemente simple para garantizar el éxito sin prueba. La primera detonación de Little Boy fue sobre Hiroshima.
Entrega: El USS Indianapolis transportó los componentes desde San Francisco hasta la isla de Tinian en el Pacífico. El crucero fue hundido por un submarino japonés cuatro días después de completar su misión — y su tripulación pasó cuatro días en el mar infestado de tiburones antes de ser rescatada.
El capitán William Parsons, el «weaponeer» asignado a la misión, tomó la decisión de insertar la carga explosiva de cordita en el mecanismo del arma ya en el aire — para evitar una detonación accidental en caso de que el avión tuviera que hacer un aterrizaje de emergencia. Era un arma que, por sus propios parámetros de seguridad, era considerada peligrosa incluso para sus portadores.
8:15am — Hiroshima
Hiroshima fue elegida como objetivo por razones específicas: era un centro de comando militar, tenía instalaciones industriales de guerra, y — crucialmente — no había sido bombardeada todavía, lo que permitiría medir con precisión el efecto de la bomba. El ejército americano había evitado deliberadamente bombardear Hiroshima para tener una lectura limpia del daño.
La ciudad tenía entre 350.000 y 400.000 habitantes en ese momento. Era una mañana clara.
La bomba detonó a las 8:15. La onda de presión devastadora arrasó un radio de dos kilómetros. El fuego que siguió destruyó lo que la onda no había destruido. En los días y semanas siguientes, llegaron los efectos de la radiación — enfermedades que los médicos no conocían, síntomas que no podían tratar, muertes que no podían explicar.
Los sobrevivientes — los hibakusha — cargaron durante décadas no solo con las heridas físicas sino con la estigmatización social. En Japón, muchos ocultaron durante años que habían sobrevivido al bombardeo nuclear por miedo a la discriminación — en el empleo, en el matrimonio, en la vida cotidiana. La radiación era invisible y el miedo al contagio, irracional pero real, los marcó de por vida.
El debate histórico: ¿fue necesario?
Ochenta años después, el debate sobre si el lanzamiento de Little Boy fue militar y moralmente justificado sigue siendo uno de los más vivos de la historiografía del siglo XX. No hay consenso — y las posiciones son más complejas de lo que el debate popular suele reconocer.
La posición «tradicionalista» — que defende la decisión de Truman — argumenta que Japón no mostraba señales de rendirse antes de los bombardeos. El secretario de Guerra Henry Stimson escribió en 1947 que en julio de 1945 no había «ninguna señal de debilitamiento en la determinación japonesa de luchar antes que aceptar la rendición incondicional.» Los planificadores militares estimaban que una invasión de las islas japonesas costaría entre 500.000 y un millón de bajas americanas — y varios millones de bajas japonesas. La bomba, en esta lectura, salvó más vidas de las que tomó.
La posición «revisionista» — iniciada por el historiador Gar Alperovitz en los años 60 — argumenta que Japón ya estaba buscando activamente una salida negociada a la guerra, usando a la Unión Soviética como mediadora. En esta lectura, la bomba no fue necesaria militarmente — y fue usada principalmente para demostrar poder frente a la URSS en el contexto que comenzaría a ser la Guerra Fría.
«La cuestión fundamental que ha dividido a los historiadores durante cuatro décadas es si el uso de la bomba fue necesario para lograr la victoria en la guerra del Pacífico en términos satisfactorios para Estados Unidos.» — J. Samuel Walker, historiador, 2005
El factor soviético es quizás el más revelador. El 8 de agosto de 1945 — dos días después de Hiroshima y un día antes de Nagasaki — la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió Manchuria. Algunos historiadores, como Tsuyoshi Hasegawa, argumentan que fue precisamente la entrada soviética en la guerra — no las bombas atómicas — lo que precipitó la rendición japonesa. Si esto es correcto, la decisión de lanzar las bombas fue principalmente diplomática: establecer la supremacía americana antes de que los soviéticos pudieran reclamar protagonismo en la victoria del Pacífico.
La controversia llegó hasta el museo. En 1995, el director del Museo Nacional del Aire y el Espacio de la Smithsonian Institution renunció después de que veteranos, conservadores y congresistas protestaran contra una exposición planificada del Enola Gay que incluía el debate histórico sobre las bombas. El poder político de la narrativa oficial era — y sigue siendo — enorme.
Oppenheimer y los científicos: «Ahora me he convertido en la Muerte»
Robert Oppenheimer, director científico del Proyecto Manhattan, presenció la primera detonación nuclear de la historia — la prueba Trinity en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945, tres semanas antes de Hiroshima. Al ver la explosión, recordó una línea del texto sagrado hindú Bhagavad Gita:
«Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos.» — Robert Oppenheimer, al presenciar la primera detonación nuclear, julio 1945
Oppenheimer no fue el único científico del Proyecto Manhattan que desarrolló profundas dudas sobre lo que había creado. Leo Szilárd — el físico húngaro que junto a Einstein había advertido a Roosevelt sobre la posibilidad de que Alemania desarrollara una bomba atómica y así inició el Proyecto Manhattan — circuló una petición entre los científicos del proyecto oponiéndose al uso de la bomba sobre ciudades japonesas. La petición fue firmada por 70 científicos pero fue suprimida por el general Groves y nunca llegó a Truman.
Después de la guerra, varios de los físicos más importantes del proyecto se convirtieron en activistas por el control nuclear. Oppenheimer se opuso al desarrollo de la bomba de hidrógeno y fue perseguido durante el macartismo — su autorización de seguridad fue revocada en 1954 en un proceso que muchos consideraron una venganza política. Solo en 2022 el gobierno americano anuló formalmente esa decisión, reconociendo que el proceso había sido irregular.
El capitalismo que financió ambos lados
Hay una dimensión de la Segunda Guerra Mundial que raramente aparece en las narrativas convencionales — y que el historiador Charles Higham documentó exhaustivamente en su libro Trading with the Enemy (Comerciando con el enemigo), basado en miles de documentos desclasificados bajo la Ley de Libertad de Información americana.
Lo que Higham documentó es que algunas de las corporaciones americanas más importantes continuaron haciendo negocios con la Alemania nazi durante toda la guerra — incluso después de Pearl Harbor, incluso mientras los soldados americanos morían en Europa.
Lo que documentó Higham
Standard Oil of New Jersey — la empresa de la familia Rockefeller — suministró combustible a través de Suiza para las fuerzas de ocupación nazis en Francia. Los aviones alemanes que bombardeaban posiciones aliadas volaban con combustible americano.
Ford Motor Company suministró camiones que transportaban tropas alemanas. Henry Ford, fundador de la empresa, había recibido en 1938 la Gran Cruz del Águila Alemana — la máxima condecoración que la Alemania nazi otorgaba a extranjeros.
ITT (International Telephone and Telegraph) construyó los cohetes V-1 que bombardearon Londres y los aviones Focke-Wulf que los lanzaban — mientras simultáneamente fabricaba equipos de comunicación para el ejército americano.
Chase Bank — vinculado a los Rockefeller — financió operaciones nazis en París durante la ocupación.
El Banco de Pagos Internacionales en Basilea, Suiza — presidido por el americano Thomas McKittrick incluso en 1944 — funcionó como canal para fondos hacia el régimen nazi, con directores que incluían a Hermann Schmitz de IG Farben y al barón Kurt von Schröder, financiador de la Gestapo.
La conclusión que Higham extrae es incómoda pero documentada: al gran capital no le interesan las ideologías — le interesan los beneficios. Auschwitz e Hiroshima son las dos caras de una misma guerra entre imperialismos, en la que los mismos actores económicos financiaron y proveyeron a ambos lados mientras los pueblos pagaban el costo con sus vidas.
Esta dimensión no cancela la monstruosidad del nazismo ni justifica a sus colaboradores corporativos americanos. Pero sí complica la narrativa de una guerra limpia entre el bien y el mal — y explica por qué algunos de los responsables corporativos nunca fueron juzgados mientras los líderes militares y políticos sí lo fueron en Nuremberg.
El legado: el mundo que Little Boy creó
El 6 de agosto de 1945 marcó el inicio de la era nuclear — y con ella, una transformación profunda de la política, la estrategia militar y la psicología colectiva de la humanidad.
La carrera armamentística nuclear que siguió entre EEUU y la URSS produjo arsenales capaces de destruir la civilización humana varias veces. En los momentos más tensos de la Guerra Fría — especialmente durante la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962 — el mundo estuvo más cerca del apocalipsis nuclear de lo que la mayoría de la gente sabe. El mundo fue salvado no por sistemas institucionales sino por decisiones individuales de personas que eligieron no apretar el botón.
El debate sobre la necesidad de Little Boy, su justificación moral y su legado histórico sigue abierto. Lo que no está en debate es su impacto: el 6 de agosto de 1945, la humanidad cruzó una línea que no puede descruzar. Aprendió que tenía el poder de destruirse a sí misma completamente — y desde ese día, convive con ese conocimiento.
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☕ Invitame un caféFuentes: Charles Higham, Trading with the Enemy (1983). Gar Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb (1995). Tsuyoshi Hasegawa, Racing the Enemy (2005). Atomic Heritage Foundation, «Debate over the Bomb.» Wikipedia EN, «Debate over the atomic bombings of Hiroshima and Nagasaki.» Truman Library, «Decision to Drop the Atomic Bomb.» History.com. Henry Stimson, Harper’s Magazine (1947). Declaraciones de Robert Oppenheimer. Leo Szilárd, petición de científicos, julio 1945. USHMM. Biblioteca del Congreso de EEUU, archivos del Proyecto Manhattan.
Este artículo tiene propósito histórico e informativo.
