Lula contra un apellido: la elección más reñida de Brasil

Brasil — A días de las elecciones del 4 de octubre

Lula contra un apellido: la elección más reñida de Brasil

Un empate técnico entre Lula y Flávio Bolsonaro, un escándalo bancario que salpica a ambos bandos, y una injerencia estadounidense que ya no es una teoría. Todo lo que hay que saber antes de que 214 millones de brasileños vayan a las urnas.

En este análisis
  1. Lo que se vota este domingo
  2. Los dos candidatos principales
  3. Lo que dicen las encuestas hoy
  4. La injerencia estadounidense, ya no es una teoría
  5. La estrategia arancelaria: del 50% al juicio a Bolsonaro
  6. El hijo prófugo que mueve los hilos en Washington
  7. El precedente argentino, y el patrón regional
  8. El escándalo del banco Master
  9. Por qué el escándalo termina beneficiando a la derecha
  10. El balance de Lula: luces y sombras
  11. El dato más oscuro: la violencia policial
  12. El factor evangélico
  13. Lo que está en juego para Washington

Lo que se vota este domingo

Brasil, la primera economía y el país más poblado de América Latina, con 214 millones de habitantes, celebra elecciones el 4 y el 25 de octubre. El domingo se define la primera vuelta presidencial, se renuevan los 513 escaños de la Cámara de Diputados y dos tercios del Senado, y se eligen gobernadores, vicegobernadores y legislaturas estaduales. Si nadie supera el 50% de los votos válidos, habrá balotaje el 25 de octubre —el escenario que hoy manejan casi todas las encuestadoras—.

Los dos candidatos principales

Luiz Inácio Lula da Silva busca su cuarto mandato, en lo que ya es su séptima campaña presidencial, al frente de una amplia coalición encabezada por el Partido de los Trabajadores. Su compañero de fórmula es el actual vicepresidente, Geraldo Alckmin. Su plataforma repite los ejes de 2022: lucha contra la pobreza y la desigualdad —Brasil tiene un índice de Gini de 50,3, muy por encima del promedio regional de 45,2, aunque en descenso en los últimos cuatro años—, protección de minorías, agenda ambiental, y apoyo estatal a sectores estratégicos como energía e industria.

Del otro lado, el senador Flávio Bolsonaro tomó la posta de su padre, Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023 y el asalto a la Plaza de los Tres Poderes. Flávio busca proyectar una versión moderada del bolsonarismo —conservador y autoritario en el fondo—, con un objetivo explícito: sacar a su padre de la cárcel. Su campaña reproduce, casi calco, la estética de la de Jair: la misma remera con los colores nacionales, el mismo eslogan («Mi partido es Brasil»), y hasta el regreso simbólico a Juiz de Fora, la ciudad donde Jair Bolsonaro recibió la puñalada que impulsó su triunfo en 2018.

Lo que dicen las encuestas hoy

EncuestadoraLula (1ª vuelta)Bolsonaro (1ª vuelta)Balotaje
Datafolha (24 sept.)40%36%47% – 45%
Datafolha (semana previa)39%36%—
Quaest37%33%—
Nexus (simulación balotaje)——46% – 45%

El estudio de Datafolha, con 2.002 electores encuestados y un margen de error de dos puntos con un 95% de confianza, ubica a Lula un punto por encima de la medición anterior, mientras Bolsonaro se mantuvo estable. Detrás aparecen Augusto Cury (Avante) con 5%, Ronaldo Caiado (PSD) con 4%, Renan Santos (Missão) con 3%, y Romeu Zema (Novo) y Samara Martins (Unidad Popular) con 1% cada uno. Los votos en blanco, nulos o sin definir suman el 7%. En el escenario de balotaje, la diferencia se reduce a apenas dos puntos, dentro del margen de error de todas las mediciones citadas —es decir, un empate técnico—.

La injerencia estadounidense, ya no es una teoría

A diferencia de 2022, esta elección se da en un contexto donde la injerencia de Estados Unidos en la política brasileña dejó de ser una sospecha para convertirse en un hecho documentado. En noviembre de 2025, Washington publicó su nueva estrategia de seguridad nacional, que declara sin rodeos que Estados Unidos «debe ocupar una posición preeminente en el hemisferio occidental» y que sus alianzas y ayudas deben condicionarse a «la reducción progresiva de la influencia hostil exterior» —una referencia directa a China—.

Un patrón que ya se repitió en varios países

Tras influir en las legislativas argentinas de octubre de 2025 —condicionando el apoyo al peso argentino a un buen resultado del partido de Javier Milei—, casos similares de injerencia se sucedieron en Honduras (diciembre de 2025), y en Colombia y Perú durante la primera mitad de 2026. A eso se suma el hundimiento de embarcaciones sospechosas de narcotráfico en el Caribe, y el secuestro del propio presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas especiales en enero de 2026. El programa «Escudo de las Américas», lanzado en marzo de 2026 en Florida, reúne a los gobiernos de extrema derecha del continente para cooperación militar y de seguridad, y recibiría un fuerte respaldo si Brasil se inclinara hacia ese mismo signo político.

Lula lo dijo sin vueltas en su propio discurso ante la ONU, el 22 de septiembre: «Brasil no puede ser considerado el patio trasero de nadie». Pero el peso económico y geopolítico del país lo pone directamente en la mira de la administración Trump.

La estrategia arancelaria: del 50% al juicio a Bolsonaro

La ofensiva empezó en julio de 2025, cuando Trump anunció un arancel adicional del 50% sobre todos los productos brasileños, condicionado explícitamente a que el gobierno de Lula pusiera fin a lo que Washington llamó una «caza de brujas» contra Bolsonaro, entonces acusado de intento de golpe de Estado. Semanas después, los jueces del Tribunal Supremo Federal que juzgaban a Bolsonaro recibieron amenazas: al relator del juicio, Alexandre de Moraes —quien había suspendido la red social X en Brasil por más de un mes, generando la furia de Elon Musk—, Estados Unidos le prohibió la entrada al país y cualquier transacción financiera.

Un hecho histórico, sin precedentes desde la dictadura

La condena de Jair Bolsonaro junto a sus siete coacusados —entre ellos varios generales de alto rango— marcó el primer juicio de esta magnitud en Brasil desde el fin de la dictadura militar. Lejos de calmar la tensión, profundizó el conflicto con Washington.

El hijo prófugo que mueve los hilos en Washington

Eduardo Bolsonaro, el tercer hijo de Jair, huyó de la Justicia brasileña —que lo acusa de fomentar la injerencia estadounidense en el juicio de su padre— y desde Washington movilizó sus contactos en el movimiento MAGA y en el entorno de Marco Rubio para conseguir una amnistía. El encuentro entre Lula y Trump en septiembre de 2025, al margen de la Asamblea General de la ONU, suspendió temporalmente la ofensiva —Trump llegó a hablar de una «química» entre ambos—, pero en octubre Estados Unidos volvió a exigir que «disidentes políticos» pudieran participar de las elecciones de 2026, a cambio de reducir los aranceles.

Un nuevo respiro llegó gracias a la diplomacia brasileña y a la intervención de los hermanos Joesley y Wesley Batista, accionistas mayoritarios de JBS, líder mundial en proteínas animales: Lula viajó a Washington en mayo de 2026 para reunirse con Trump, en un encuentro que ambas partes calificaron de «productivo». Pero en julio las tensiones volvieron a escalar: nuevos aranceles del 25% sobre productos brasileños, y la destitución de la embajadora de Brasil en Washington por la propia administración Trump. Ese mismo mes, Washington calificó al Primeiro Comando da Capital y al Comando Vermelho —dos de las principales organizaciones criminales del narcotráfico brasileño— como «organizaciones terroristas», una categoría que podría justificar una intervención militar directa de Estados Unidos.

«Trump, libera a Brasil.» Consigna coreada por partidarios de Flávio Bolsonaro durante los festejos del 7 de septiembre, bajo un muñeco gigante de Trump sosteniendo a un pequeño Lula vestido de preso

El precedente argentino, y el patrón regional

Entre bastidores, otras figuras conectan estas nuevas alianzas continentales de derecha. El asesor político argentino Fernando Cerimedo, cercano a Eduardo Bolsonaro, fue detenido en Bolivia en agosto de 2026 por intento de asesinato de su expareja, y fue citado en el juicio a Jair Bolsonaro como posible cómplice por difundir información falsa sobre las urnas electrónicas. Cerimedo trabajó en la campaña de Milei antes de sumarse a las elecciones de Rodrigo Paz en Bolivia y de Nasry «Tito» Asfura en Honduras, en ambos casos junto a Brad Parscale, el histórico director de campaña de Trump.

«Nivel crítico», según la propia inteligencia brasileña

Un informe de la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN), elaborado a fines de agosto de 2026 y hecho público el 19 de septiembre, calificó las amenazas de injerencia estadounidense en las elecciones como de «nivel crítico». Las promesas económicas hacia Flávio Bolsonaro incluirían acceso a tierras raras y recursos mineros brasileños, además de una cláusula de preferencia comercial para productos estadounidenses.

El escándalo del banco Master

A la tensión externa se suma una crisis interna que sacude a ambos bandos: la liquidación del banco Master, uno de los mayores escándalos financieros de la historia de Brasil. Daniel Vorcaro, expresidente del banco y hoy preso, montó un sistema de «pagos» a «amigos» de alto rango —gobernadores, legisladores, en su mayoría del Centrão y de la extrema derecha— a cambio de que estos invirtieran fondos públicos en activos sobrevalorados, ignorando los riesgos de insolvencia. Entre los beneficiarios figura, según la investigación, el propio Flávio Bolsonaro: la Policía Federal lo investiga desde julio de 2026 por pagos de varias decenas de millones de euros recibidos de Vorcaro para financiar «Dark Horse», una película biográfica sobre su padre, aún sin estrenar.

La izquierda tampoco queda al margen. El senador Jaques Wagner, histórico dirigente del Partido de los Trabajadores y líder del gobierno en el Congreso, también es sospechado de haberse beneficiado del esquema. Y la investigación llegó hasta el propio Tribunal Supremo Federal: la esposa de Alexandre de Moraes firmó contratos lucrativos con el banco, lo que dividió a la corte entre los jueces afines a Moraes y los designados por el propio Jair Bolsonaro, también bajo sospecha de haber recibido pagos y obsequios.

Por qué el escándalo termina beneficiando a la derecha

Tres razones que explican el efecto político

Que el foco recaiga sobre Moraes —el enemigo más odiado de la extrema derecha desde el juicio a Bolsonaro— termina favoreciendo a esta última por tres motivos: la opinión pública asocia a Moraes con la defensa institucional y, por extensión, con Lula, aunque nunca fue cercano al PT; la atención sobre el Tribunal deja en un segundo plano a los legisladores de extrema derecha implicados, empezando por el propio Flávio Bolsonaro; y una eventual destitución de Moraes le permitiría al próximo presidente nombrar cuatro nuevos jueces, asegurándose una mayoría favorable en la corte.

Es difícil determinar qué efecto neto tendrá el escándalo sobre el pequeño porcentaje de indecisos que definirá la elección: si bien Bolsonaro se vio perjudicado en las encuestas por las revelaciones sobre «Dark Horse» al inicio de la campaña, la crisis del Tribunal perjudica sobre todo a Lula. Lo que las encuestas sí muestran con claridad es una sensación generalizada de «confusión» entre esos votantes indecisos.

El balance de Lula: luces y sombras

Más que su edad —cumplirá 81 años dos días después del balotaje—, lo que más pesa contra Lula es cierto desgaste de la opinión pública hacia el Partido de los Trabajadores, reflejado en un índice de rechazo de entre el 45% y el 50% en encuestas recientes, incluso entre los jóvenes. Aun así, su gestión exhibe resultados concretos: preservó las instituciones democráticas tras el intento de golpe del 8 de enero de 2023, y condujo la reconstrucción económica y social tras la pandemia y los cuatro años de gobierno de Bolsonaro.

5.731 km²/añoDeforestación amazónica (mitad que con Bolsonaro)
2,3%Crecimiento económico en 2025
40.775Homicidios en 2025 (-31% vs. 2022)

Durante su tercer mandato, la pobreza extrema y la amenaza del hambre se redujeron, el ritmo de deforestación amazónica cayó a la mitad —de más de 11.000 km² anuales al final del gobierno de Bolsonaro a 5.731 km² actuales—, y se implementaron medidas como la semana laboral de cinco días. La economía creció 2,3% en 2025 —cerca del promedio latinoamericano, aunque por debajo del 3,4% del año anterior—, con desempleo relativamente bajo, aunque la inflación y el endeudamiento de los hogares siguen siendo motivo de preocupación. Persisten además problemas estructurales: la desigualdad, alimentada por un sistema fiscal con escasa capacidad redistributiva, y la inseguridad ligada a bandas, milicias y la propia policía.

El dato más oscuro: la violencia policial

122 muertos en una sola operación

En octubre de 2025, una operación antidrogas de la policía de Río de Janeiro terminó en la masacre de 122 habitantes de favelas —los vecinos recuperaron decenas de cuerpos en el bosque—, una de las más mortíferas de la historia reciente del país. Según el Anuario Brasileño de Seguridad Pública, la violencia policial alcanzó un récord en 2025: mientras los homicidios generales bajan (40.775 en 2025, 31% menos que en 2022), las muertes por intervenciones policiales no dejan de crecer (6.602 en el año, un promedio de 18 por día), al igual que la violencia contra las mujeres —feminicidios, violaciones y agresiones sexuales—, que golpea principalmente a las mujeres afrodescendientes.

El desgaste de Lula en materia de reformas estructurales, como la fiscal —clave para un sistema redistributivo sostenible—, se explica en buena medida por los bloqueos del Congreso. La situación guarda cierto paralelismo con las de Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia, cuyos mandatos terminaron recientemente con triunfos de la extrema derecha. De fondo, los partidos del Centrão —dispuestos a negociar su apoyo cada vez más caro, en cargos y leyes— siguen controlando ambas cámaras del Congreso, y son, en los hechos, uno de los factores que definirá el rumbo democrático del país.

El factor evangélico

En una elección tan pareja, el rol de las iglesias evangélicas vuelve a ser decisivo por su enorme capacidad de movilizar fieles. En 2022, el 75% de los votantes evangélicos eligió a Jair Bolsonaro en el balotaje, frente a apenas 25% para Lula. Aunque su crecimiento ya no es tan exponencial como en las décadas de 1980 y 1990, su influencia en el campo religioso brasileño se mantiene intacta, según encuestas recientes. El desenlace democrático de Brasil se jugará, entonces, en escenarios tan distintos como los templos multitudinarios de la Iglesia Universal del Reino de Dios y la Asamblea de Dios, los pasillos de la Casa Blanca, y las redes sociales que amplifican, día a día, la campaña más polarizada de la historia reciente del país.

Lo que está en juego para Washington

Por su tamaño, su peso económico y su cercanía creciente con China —hoy su principal socio comercial— y con los BRICS, Brasil es, para la administración Trump, un desafío estratégico de primer orden. Con las encuestas marcando un empate técnico tanto en primera vuelta como en un eventual balotaje, la incógnita central ya no es solo quién ganará el domingo, sino qué hará Washington con el resultado: si Lula retiene el poder, ¿lo reconocerá Trump sin objeciones? Y si gana Bolsonaro, ¿qué precio —en tierras raras, minerales y preferencias comerciales— deberá pagar Brasil a cambio de ese respaldo?


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