Agosto de 2026 — México
México exporta récord, pero Pemex roza el bono basura
Récord histórico de exportaciones gracias al boom de la IA, vuelta al mercado de bonos samurái, y de fondo, una guerra silenciosa por el futuro de Pemex —entre las calificadoras que empujan la apertura privada y una apuesta por la soberanía energética que hoy, con Irán en guerra, empieza a tener sentido.
- El récord exportador y el boom de la IA
- La vuelta a los bonos samurái
- La otra cara: la deuda de Pemex
- Lo que AMLO heredó, y lo que dejó
- La presión de las calificadoras, y la reforma como condición
- Dos Bocas: la apuesta que la oposición ridiculizó
- La ironía de la guerra en Irán
Las exportaciones mexicanas superaron por primera vez los 80.000 millones de dólares en un solo mes, impulsadas por las ventas de equipo de cómputo y electrónicos a Estados Unidos, en medio del auge de las inversiones en infraestructura de inteligencia artificial. Es el mejor dato en más de cinco años —pero ocurre en simultáneo con una historia mucho menos celebrada: la de Pemex, cada vez más cerca del bono basura, y bajo presión de las calificadoras para abrirse al capital privado.
El récord exportador y el boom de la IA
Las ventas de mercancía al exterior repuntaron 43,7% anual en julio, su mayor crecimiento desde mayo de 2021, sumando 81.420 millones de dólares. El motor fue el repunte de 64,9% en manufacturas distintas de las automotrices —59.840,8 millones de dólares, el 73% del total exportado—, según el Inegi.
Las exportaciones no petroleras hacia Estados Unidos —84,5% del total— se dispararon 49,8% anual, muy por encima del 35,9% del mes previo. El economista en jefe de Actinver, Enrique Covarrubias, explicó el fenómeno con precisión:
México se convirtió, en los hechos, en sustituto de insumos asiáticos restringidos por Washington —reforzando la integración productiva entre ambos países—. Alberto Ramos, economista en jefe para América Latina de Goldman Sachs, coincidió: las manufacturas no automotrices «se mantuvieron notablemente sólidas, beneficiándose de los efectos indirectos de la fuerte inversión en inteligencia artificial en Estados Unidos».
Las exportaciones automotrices, en cambio, apenas crecieron 2,4% (16.465 millones de dólares), arrastradas por los aranceles estadounidenses al sector —el mismo tipo de fricción que documentamos esta semana en el conflicto comercial entre EE.UU. y Canadá—.
La vuelta a los bonos samurái
El mismo viernes 28 de agosto, México regresó al mercado de bonos samurái por primera vez en dos años, recaudando 282.800 millones de yenes (unos 1.770 millones de dólares), en medio de una oleada de emisores extranjeros que buscan asegurar financiamiento antes de que las tasas de interés japonesas suban todavía más.
Qué es un bono samurái, en criollo: es un bono denominado en yenes, emitido en el mercado japonés, por una entidad extranjera —una empresa, un banco, un gobierno o un organismo internacional—. En este caso, es el propio gobierno mexicano el que sale a buscar financiamiento directamente en yenes, diversificando sus fuentes de deuda más allá del dólar. Para los inversores japoneses resulta atractivo porque estos bonos suelen pagar un diferencial más alto que la deuda local comparable.
La colocación se hizo en cuatro tramos, con vencimientos de entre 3,5 y 20 años, y primas de entre 115 y 210 puntos básicos sobre la tasa swap de referencia en yenes. La última vez que México había recurrido a este mercado fue en agosto de 2024, por 152.200 millones de yenes —el país mantiene un ritmo de emisión de este tipo cada año y medio o dos años—.
La otra cara: la deuda de Pemex
Mientras las exportaciones baten récords, Pemex —la petrolera estatal— atraviesa uno de sus momentos financieros más delicados de la última década. Su deuda, incluidos intereses devengados, ronda los 79.000-80.000 millones de dólares, lo que la convierte en una de las petroleras más endeudadas del mundo. El gobierno mexicano ya la sostuvo con más de 130.000 millones de dólares en apoyos entre las gestiones de López Obrador y Claudia Sheinbaum.
Los bonos mexicanos, al borde del grado especulativo
Un análisis de Bloomberg advirtió que los bonos mexicanos ya cotizan pagando rendimientos más altos que emisores de menor calificación como Guatemala y Panamá —una posición inédita para un país que supo tener calificación A en su mejor momento de solidez fiscal—. Las transferencias públicas a Pemex, según el mismo análisis, duplicaron el déficit fiscal mexicano.
En mayo de 2026, tanto S&P Global Ratings como Moody’s revisaron a negativa la perspectiva crediticia de México, citando resultados fiscales persistentemente deficientes, aumento de la deuda y débil crecimiento. Moody’s fue más allá: rebajó a México al nivel más bajo del grado de inversión, señalando explícitamente que el apoyo continuo a Pemex limita la capacidad del gobierno para contener su propia deuda soberana.
La presión de las calificadoras, y la reforma como condición
Acá aparece el dato que conecta todo: Fitch Ratings fue explícita al vincular la evolución futura de la calificación de Pemex con la apertura al capital privado.
No es una amenaza explícita ni una orden política directa —las calificadoras no funcionan así—, pero el mecanismo de incentivo es innegable: la nota de riesgo mejora cuando hay más apertura privada, y empeora cuando el Estado sostiene solo, con fondos públicos, una empresa que no logra ser rentable por sí misma. Es un patrón que estas agencias vienen repitiendo en distintos países de la región durante décadas —premiar la desregulación, penalizar el control estatal sostenido con subsidios— sin que haga falta ninguna instrucción política explícita para que el efecto de presión se sienta igual.
La presidenta Claudia Sheinbaum respondió sin filtros a las rebajas de mayo:
El gobierno mexicano sostiene, en paralelo, que la propia reducción de la deuda de Pemex —cercana al 27% desde su pico de 2018— y la mejora reciente en su calificación (Fitch la subió tres escalones y Moody’s dos durante el segundo semestre de 2025) ya muestran resultados, sin necesidad de una apertura mayor al capital privado. La meta oficial es que Pemex alcance la autosuficiencia financiera en 2027, sin depender más del apoyo directo de Hacienda.
Lo que AMLO heredó, y lo que dejó
Antes de juzgar la gestión de la deuda bajo AMLO, hace falta el contexto de dónde partió. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012-2018), la deuda de Pemex saltó de 60.620 a 105.000 millones de dólares —un aumento de 60.000 millones de dólares—, mientras la producción diaria caía de 2,5 a 1,8 millones de barriles. Es decir: se multiplicó el endeudamiento sin que eso se tradujera en más producción ni en más capacidad instalada, el peor combinado posible para las finanzas de una petrolera.
AMLO recibió esa deuda de casi 105.000-107.000 millones de dólares. Durante su gestión llegó a subir todavía más —tocó un pico de más de 113.000 millones de dólares en 2020, golpeada por la pandemia y el desplome del precio internacional del crudo—, pero terminó su sexenio con la deuda en 97.600 millones de dólares: una reducción neta de varios miles de millones respecto a lo heredado, lograda mientras construía, en simultáneo, la refinería más grande del país en dos décadas. Es un dato que rara vez se pone en la misma oración que las críticas a Dos Bocas, pero es relevante para juzgar la gestión completa, no solo el costo de una sola obra aislada.
Dos Bocas: la apuesta que la oposición ridiculizó
Para entender por qué Pemex llegó a esta situación, hay que volver a una de las decisiones más discutidas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador: la construcción de la refinería Olmeca, en Dos Bocas, Tabasco —la apuesta insignia de su política de «soberanía energética», pensada para reducir la dependencia mexicana de importar combustibles ya refinados—.
AMLO prometió que sería «la refinería más barata y construida en menor tiempo a nivel mundial», con un costo de 8.000 millones de dólares. La realidad terminó siendo muy distinta: el costo se disparó muy por encima de esa cifra original, con pedidos adicionales de otros 1.000 millones de dólares recién en 2025 para poder acercarse a su meta de producción. La licitación se lanzó en marzo de 2019, y la primera fase se inauguró el 1° de julio de 2022 —poco más de tres años de construcción—, con la promesa de producir combustible desde 2023. Pero «inaugurada» no significó «terminada»: hacia comienzos de 2026, casi siete años después del arranque del proyecto, la planta seguía operando muy por debajo de sus objetivos, con fallas técnicas incluidas: un especialista consultado por medios mexicanos señaló que Pemex «no desplegó la tecnología más moderna» en su construcción, y que la planta llegó a apagarse por completo debido a «un problema menor» eléctrico.
Vale la pena un matiz sobre la supuesta «visión» detrás del proyecto: no hace falta imaginar que AMLO haya previsto específicamente una guerra en Irán en 2026. Pero el objetivo de «bajar la dependencia del país de refinados extranjeros» ya estaba explícitamente escrito en el propio «Plan de Negocio de Pemex 2019-2023» del gobierno, desde el arranque del proyecto —es decir, la lógica de blindarse ante cualquier shock externo de precios, viniera de donde viniera, fue parte del diseño original, no una justificación inventada después de los hechos.
El sobrecosto no fue solo despilfarro: la pandemia encareció los insumos de verdad
Buena parte del sobrecosto de Dos Bocas tiene una explicación que rara vez se menciona junto a las críticas políticas: la construcción coincidió de lleno con la pandemia, el peor momento de disrupción de cadenas de suministro globales en décadas. La propia secretaria de Energía, Rocío Nahle, detalló las cifras: el acero subió 200% y el transporte marítimo se disparó hasta 500% durante ese período. A eso se sumó un cambio real en el alcance del proyecto —no solo inflación de precios sobre lo mismo—: al descubrir que la CFE no podía garantizar los 280 megavatios de potencia que la refinería necesitaba, Pemex tuvo que construir de cero una planta de cogeneración eléctrica propia, con su respectivo acueducto, gasoducto y monoboya asociados.
El sobrecosto finalmente reconocido por el propio AMLO fue de 3.000 a 4.000 millones de dólares adicionales (entre 38% y 50% más de lo presupuestado) —una cifra considerable, pero muy por debajo de versiones de hasta 18.000 millones de dólares que circularon sin confirmación en su momento—.
Dicho esto, atribuir todo el sobrecosto a la pandemia tampoco sería honesto: la Auditoría Superior de la Federación (ASF) encontró que Pemex inició la construcción «sin concluir los análisis de rentabilidad», basándose en proyecciones financieras que calificó de «poco razonables». Los dos factores conviven: hubo un encarecimiento real e inevitable de insumos por la pandemia, y al mismo tiempo hubo un presupuesto inicial que ya pecaba de optimista antes de que la pandemia complicara nada.
La oposición mexicana criticó el proyecto en su momento, con dureza, calificándolo de capricho político sin planificación seria, de despilfarro de recursos públicos que podrían haberse destinado a exploración y producción en lugar de a una refinería con sobrecostos constantes.
La ironía de la guerra en Irán
Y acá aparece el giro que le da sentido a toda esta historia junta. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán —que ya documentamos en esta serie por su impacto en el precio del petróleo y en la escasez de interceptores Patriot— también empujó al alza el precio internacional de los combustibles refinados. Cualquier país que dependa de importar gasolina y diésel ya procesados queda directamente expuesto a esa volatilidad. México, con su apuesta —tardía, cara, mal ejecutada en varios tramos— por refinar más en casa, cuenta hoy con un colchón parcial que otros importadores netos no tienen.
Ni condena total, ni éxito total
Es un matiz importante: Dos Bocas no logró, ni de cerca, cumplir sus metas de producción, y el sobrecosto real fue enorme —eso no lo cambia el contexto internacional actual—. Pero la lógica estratégica de fondo que la motivó —no depender de comprar afuera un insumo que una guerra puede encarecer de un día para el otro— es la misma lógica que hoy, en otro contexto, defienden las propias calificadoras cuando hablan de que México se convirtió en «sustituto» de insumos asiáticos restringidos por la guerra comercial de EE.UU. con Asia. La ejecución de la apuesta energética de AMLO fue, con datos duros, deficiente. La intuición estratégica detrás de ella —protegerse de la dependencia externa en un mundo cada vez más inestable— es, hoy, más difícil de descartar como puro capricho político de lo que parecía en 2022.
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