Entre amenazas a un mediador clave y contradicciones sobre el propio arsenal, el discurso de la Casa Blanca empieza a mostrar más fisuras que certezas
Donald Trump amenazó de nuevo con «bombardear hasta el extremo» a Omán, uno de los pocos socios de Washington que todavía habla con Teherán. No es la primera vez. Y cada vez que lo repite, sus propias palabras —cruzadas con lo que se filtra desde el Pentágono— dejan ver más grietas de las que su discurso de fuerza intenta tapar.
Una amenaza contra el único puente que queda
Este lunes, 17 de agosto, en una entrevista con Fox News, Trump volvió a apuntar contra Mascate: «Si Omán se interpone, les bombardearemos hasta el extremo». No es un exabrupto aislado — en mayo ya había amenazado, en un comentario informal durante una reunión de gabinete, con «volar por los aires» al país si no «se comportaba».
El detonante fue una declaración del portavoz de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, sobre un acuerdo alcanzado con Omán respecto al «mapa de la ruta de tránsito» para reabrir el Estrecho de Ormuz, cerrado en la práctica desde febrero por el bloqueo naval estadounidense y la respuesta iraní.
De 5,3 millones de habitantes, Omán mantiene lazos militares y económicos de décadas con Estados Unidos, pero construyó su identidad diplomática regional en la neutralidad: es el canal secreto histórico entre Washington y Teherán, el país que ninguna de las dos partes quiere perder como intermediario. También ha sido blanco de ataques iraníes por su rol mediador.
Amenazar con bombardearlo no solo tensiona la relación bilateral: le manda una señal al resto de las monarquías del Golfo sobre cuán previsible —o no— es Washington como aliado cuando sus intereses no coinciden exactamente con los de la Casa Blanca.
El plazo que se cumplió sin acuerdo
El trasfondo de la amenaza es un reloj que se apagó sin sonar. Trump había firmado un memorando de entendimiento con Irán en Versalles el 17 de junio, al margen de la cumbre del G7, que pausaba las hostilidades y fijaba una ventana de 60 días para cerrar un acuerdo integral sobre sanciones, programa nuclear y otras disputas. Ese plazo venció hoy, 17 de agosto, sin ningún avance.
El memorando, del que Israel no formó parte, se quebró poco después de firmarse: Irán retomó los ataques contra barcos que acusa de cruzar el estrecho sin autorización, y Estados Unidos respondió con ataques de represalia. Un alto funcionario iraní advirtió a Reuters que Teherán escalará las tensiones en Ormuz si Washington no cumple los términos del memorando «en las próximas semanas», y que, si la diplomacia fracasa, ejecutará un ataque «oportuno y preciso» contra el bloqueo naval estadounidense.
Frente a ese reloj vencido, Trump eligió la pose de la calma: «no tengo prisa», repitió dos veces en la misma entrevista.
La grieta más incómoda: qué le queda al arsenal
Acá aparece algo revelador de todo este episodio. Semanas atrás, Trump se había enojado —en privado y con dureza— con su secretario de Defensa, Pete Hegseth, por el mismo tema que ahora, en esta entrevista, termina reconociendo indirectamente.
En Camp David, Trump confrontó a Hegseth exigiéndole explicaciones: pensaba que el problema de escasez de municiones «ya estaba resuelto» y sintió que lo habían mantenido en la ignorancia. Hegseth le trasladó la responsabilidad a su viceministro. Según reportes, el Ejército estadounidense ya había usado cerca del 80% de sus interceptores del sistema THAAD y alrededor de la mitad de los Patriot.
Públicamente, Trump insistió en que Estados Unidos tiene «muchas más municiones que nadie en el mundo» y llegó a amenazar con cárcel a quienes sugirieran lo contrario. En esta entrevista con Fox News repite la línea: lo gastado contra Irán es «una miseria».
Pero en la misma nota, sin que se lo pregunten directamente sobre el tema, Trump desliza algo que contradice su propio relato de abundancia: sugiere que muchas de las municiones más avanzadas de Estados Unidos, incluidos sistemas de defensa aérea, ya habían sido «entregadas» a Ucrania bajo la administración Biden. Es, literalmente, el mismo argumento de escasez que le costó el enojo con Hegseth semanas antes — solo que esta vez lo dice él mismo, y lo enmarca como culpa del gobierno anterior.
Un vicepresidente que cuenta otra historia
La misma semana, Trump escribió en Truth Social que la prioridad número uno de Estados Unidos «es, y siempre será», impedir que Irán obtenga un arma nuclear de cualquier forma. El problema es que esa frase choca de frente con lo que había dicho, días antes, su propio vicepresidente: JD Vance sostuvo que el objetivo principal de la guerra era bajar el precio de la nafta para los estadounidenses, y que evitar la nuclearización iraní era recién la segunda prioridad.
Dos funcionarios del mismo gobierno, en la misma semana, no logran coincidir en cuál es el verdadero objetivo de una guerra que ya lleva casi seis meses. No es un detalle menor: revela que puertas adentro de la Casa Blanca conviven, al menos, dos lecturas distintas de para qué se está peleando.
Además, un canal secreto que Trump terminó confirmando
En la misma entrevista, Trump confirmó por primera vez —después de un reporte de Axios sobre el tema— que Washington abrió un canal directo con funcionarios del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, la misma fuerza que Estados Unidos e Israel vienen atacando durante todo el conflicto. Sobre su liderazgo, Trump usó una metáfora de póker: «son buenos jugadores, pero están muriendo», en referencia a la presión que, según él, ejerce el bloqueo naval estadounidense sobre el régimen.
Es otra pieza del mismo patrón: negociar en secreto con el enemigo que se ataca en público, mientras hacia afuera se sostiene el discurso de fuerza total, o por lo menos esa es la retórica
Ninguna de estas piezas, por separado, alcanza para desarmar el relato oficial de Washington. Pero juntas —la amenaza repetida a un mediador sin capacidad militar de responder, el enojo privado con Hegseth por algo que después el propio Trump termina insinuando en televisión, la contradicción con su vicepresidente sobre el objetivo real de la guerra, y el canal secreto con la fuerza que se ataca en público— arman un mapa distinto al que muestra cada declaración por separado. Leer a Trump exige eso: no quedarse con la frase suelta, sino cruzarla con la siguiente, y con la que se filtró la semana pasada.
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