Zelensky se reunió con Witkoff en Oslo, acompañado de media Europa del Norte. Horas después, Putin lo recibió en San Petersburgo con una primera pregunta reveladora: qué había resultado del encuentro noruego. Entre un Trump que presiona con amenazas y cifras de diésel que no cierran, y un Rubio que recuerda quién sostiene a quién, el proceso vuelve a moverse —pero no está claro todavía hacia dónde ni para quién.
El martes 20 de octubre, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski inició en Oslo una reunión con el negociador de la Casa Blanca Steve Witkoff, en un intento de relanzar el proceso diplomático con Rusia en medio de una escalada de tensiones entre Washington y Kiev. Witkoff recibió a Zelenski con un abrazo en la sede del gobierno noruego. Horas más tarde, el miércoles 21, el propio Witkoff aterrizó en San Petersburgo para trasladarle a Vladimir Putin lo discutido en Oslo. La primera pregunta de Putin al iniciar ese encuentro no fue sobre su propia posición: fue sobre los resultados de la reunión con Zelensky. Un gesto que, leído con atención, dice bastante sobre quién llega a esta ronda negociando desde la urgencia y quién llega a esperar y calibrar.
Oslo: un encuentro mucho más coral de lo que parecía
La cumbre noruega no fue un cara a cara bilateral. Además de Zelensky y Witkoff, participaron el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre y el presidente finlandés Alexander Stubb de forma presencial, y por videoconferencia Jared Kushner —otro enviado especial de la Casa Blanca y yerno de Donald Trump— junto a «diversos aliados europeos de Ucrania», según la agencia noruega NTB. Zelensky fue además recibido en audiencia por el rey Haakon VIII, y ofreció una comparecencia de prensa junto a Støre y Stubb.
«Estamos manteniendo todos los contactos que puedan contribuir a traer la paz», escribió Zelensky en X apenas llegó al aeropuerto de Gardermoen. Støre, por su parte, fue transparente sobre lo reciente del impulso diplomático: «Mantenemos un diálogo con los ucranianos, con los estadounidenses; tenemos contacto con nuestros socios y aliados europeos, pero diría que todo esto ha surgido hace unos pocos días.» También pidió cautela respecto a la posición de Trump, recordando el contexto electoral: «Es necesario tomar en serio las posturas del mandatario estadounidense, sin perder de vista que Estados Unidos atraviesa un periodo de campaña electoral de cara a los comicios de mitad de mandato.» Y resumió el estado real de las negociaciones sin maquillaje: «Siento que los negociadores estadounidenses están buscando una solución que pueda ofrecer seguridad a Ucrania», pero «actualmente existe cierta distancia entre las posturas de los involucrados.»
El contenido real: garantías al estilo artículo 5, sin la membresía
Más allá del simbolismo del encuentro, Zelensky confirmó que se discutieron propuestas de garantías de seguridad para Ucrania inspiradas en el artículo 5 de la OTAN —el principio de defensa colectiva entre los miembros de la Alianza— sin que esto implique el ingreso formal de Ucrania a la OTAN. Es la fórmula que viene circulando hace tiempo como posible punto de acuerdo: ofrecerle a Kiev algo que se parezca a una garantía de protección occidental, sin cruzar la línea roja que Rusia puso desde el principio de la guerra, que es justamente evitar la membresía ucraniana en la Alianza. Zelensky agradeció a Washington «que reiterara su compromiso con unas garantías que calificó de sólidas».
El presidente ucraniano también defendió la propuesta estadounidense de un alto el fuego sobre infraestructuras energéticas, que dijo respaldar desde el principio: «Ucrania apoyó de inmediato la propuesta estadounidense de un alto el fuego energético. Pero Rusia respondió continuando con sus ataques. Hemos ofrecido diferentes opciones. Estamos dispuestos a no atacar puntos sensibles del sector energético ruso si Rusia deja de atacar los nuestros.» Y fue debajo de la superficie diplomática con una frase que resume el costo real de la guerra para su país: Ucrania no está perdiendo la guerra, pero sí está perdiendo a su población. Agradeció además a Estados Unidos la restitución de servicios de inteligencia y alertas tempranas sobre ataques rusos con misiles balísticos —una restitución que, implícitamente, confirma que en algún momento reciente esa cooperación había sido reducida o cortada.
La tensión de fondo: Trump exige, Starlink aprieta
El encuentro de Oslo ocurrió en un contexto de fricción bilateral que escaló en los últimos días. Trump acusó públicamente a Zelensky de boicotear los esfuerzos de paz y exigió su salida del poder. Zelensky, a su vez, denunció que la Casa Blanca busca presionar a Kiev para que acepte cesiones territoriales mediante restricciones en el uso de la tecnología Starlink y retrasos en el suministro de armamento —la misma controversia que ya habíamos registrado sobre el llamado de Rubio al Congreso.
Trump exigió directamente que Zelensky acepte un acuerdo de paz con Putin, sosteniendo que la Casa Blanca no recibió «nada a cambio, salvo un precio elevado del diésel» por la ayuda enviada a Ucrania, y advirtió que el desenlace «será algo muy negativo» si Zelensky no acepta un pacto. Atribuyó la falta de avances al «inmenso odio» entre ambos líderes, afirmó que Europa está cansada de la guerra, y situó la ayuda estadounidense a Ucrania en «cientos de miles de millones de dólares» —sin presentar, sin embargo, ningún desglose que respalde esa cifra.
Trump vinculó la suba del precio del diésel a los ataques ucranianos contra infraestructura energética rusa, como si esa fuera la factura oculta de haber ayudado a Kiev. Pero el precio del diésel en Estados Unidos ya venía subiendo desde antes, impulsado por la guerra que Washington libra contra el régimen iraní desde hace más de siete meses —un conflicto completamente distinto. El 4 de septiembre, el precio promedio nacional superó por primera vez los 5,85 dólares por galón según la AAA, y la Administración de Información Energética de EE.UU. registró 6,53 dólares el 21 de septiembre, antes de que esta ronda de negociaciones sobre infraestructura energética rusa estuviera siquiera sobre la mesa. La causalidad que plantea Trump —»pagué caro el diésel por ayudar a Ucrania»— no se sostiene con los propios datos de su gobierno.
Rubio: defender a Trump sin negar del todo, y un recordatorio incómodo
El secretario de Estado Marco Rubio calificó de «positivas» las conversaciones de Oslo durante una visita a India: «Fue positivo, nada inesperado, nada sorprendente, y ahora, armado con esas ideas, podrá ir Witkoff a San Petersburgo y compartirlas con la parte rusa, y veamos si podemos lograr algún progreso.» Reconoció también la complejidad del proceso: «Estas cosas son complejas, y si esta guerra fuera fácil de resolver, se habría resuelto hace mucho tiempo.»
Sobre el episodio de Starlink, Rubio salió a desligar directamente a Trump: «Trump no tiene nada que ver con las decisiones que toman Starlink, Starshield y el señor Musk. Es una empresa privada; el presidente no dirige esa empresa y no puede ordenarle que haga nada… Les aseguro que no había conocimiento previo.» Es una negación cuidadosamente acotada: niega que Trump haya dado la orden personalmente, pero no niega que las restricciones hayan existido ni de dónde pudieron haber salido dentro de la propia administración —el tipo de frase que cierra una pregunta puntual sin cerrar la sospecha de fondo.
Rubio afirmó además que Washington «no mantendrá una posición defensiva ante las críticas sobre la asistencia estadounidense a Ucrania». La frase sobre la existencia misma de Ucrania como estado soberano es, en los hechos, defendible —la ayuda occidental fue determinante para sostener la resistencia ucraniana—. Pero dicha en ese tono, en una gira por India y en medio de una semana de presión pública contra Zelensky, funciona menos como argumento a favor de la alianza y más como recordatorio de jerarquía: quién depende de quién, dicho en voz alta, justo cuando Kiev está en la posición más débil de la negociación.
Zelensky, entre el optimismo declarado y la presión real
Pese a todo esto, Zelensky mantuvo un tono conciliador hacia Washington. Destacó «señales positivas» de una conversación telefónica con Rubio: «Ahora tenemos un diálogo muy constructivo porque todos queremos la paz: Ucrania, Europa y Estados Unidos. Veremos qué pasa mañana.» Confirmó además que Witkoff viajaría a Rusia el miércoles con el objetivo declarado de lograr un eventual encuentro «trilateral» de líderes que incluya al Kremlin: «Tenemos algunas ideas claras sobre cómo alcanzar la paz. Y estamos unidos a nuestros socios europeos en este esfuerzo, y queremos que los estadounidenses transmitan estas ideas a los rusos. Una de las ideas importantes es avanzar hacia una posible reunión trilateral de los líderes para abordar las cuestiones que solo ellos pueden resolver.» Sobre Putin, fue escueto y nada confiado: «Veamos qué tiene que decir Putin.»
San Petersburgo: la pregunta que revela quién espera y quién corre
El miércoles 21, un avión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos aterrizó en el aeropuerto de Pulkovo, recibido por el representante especial de Putin, Kirill Dmitriev. Las conversaciones entre Witkoff y Putin se desarrollaron en el Palacio Konstantinovsky, según RIA Novosti, con el conflicto en Ucrania como tema principal, de acuerdo con el asesor presidencial ruso Yuri Ushakov.
Según la información disponible, al inicio del encuentro el propio Putin preguntó por los resultados de las conversaciones de Witkoff con Zelensky y los representantes europeos en Oslo. No llegó con una propuesta propia para abrir el juego: llegó a pedir primero el resultado de lo que se negoció sin él, para recién después calibrar su posición. Es la postura de quien puede permitirse reaccionar en vez de proponer —y eso solo es posible cuando el reloj no corre en contra de la misma manera que corre para el otro lado de la mesa. Zelensky mismo lo admitió: Ucrania está perdiendo población, no territorio ni la guerra en sí, pero sí el recurso más caro y menos recuperable de cualquier conflicto.
Putin agradeció a Trump «su atención al problema de resolver el conflicto en Ucrania» y señaló que, en una conversación reciente, Trump había subrayado «la necesidad de poner fin al conflicto en Ucrania para evitar pérdidas humanas» —un tono casi de colaboración entre mediador y parte, más que de adversario formal en una guerra que Rusia inició. Y el anuncio que más matiz agrega a todo el cuadro: Putin expresó el interés de Moscú en restablecer la cooperación económica con Washington. No es un dato menor. No se trata únicamente de parar los combates: Rusia está poniendo sobre la mesa, explícitamente, la posibilidad de volver a hacer negocios con Estados Unidos, algo que no había aparecido con este nivel de claridad en rondas anteriores del proceso.
Por qué la secuencia importa más que cualquier declaración suelta
Leído en conjunto, el patrón de esta ronda es el siguiente: Washington presiona a Kiev con amenazas explícitas y palancas tecnológicas (Starlink), mientras le asegura en público que las garantías de seguridad son «sólidas». Europa —Noruega, Finlandia, los aliados que participaron por videoconferencia— acompaña el proceso pero admite, por boca de Støre, que hay «distancia» real entre las partes. Y Rusia, en el otro extremo, ni siquiera necesita llegar con una oferta: le alcanza con escuchar qué cedió el otro lado antes de mover una ficha propia, y de paso plantea la posibilidad de volver a los negocios con Washington como si la guerra fuera, para Moscú, un paréntesis transaccional más que una amenaza existencial.
Cuatro años de guerra, y la ronda de esta semana deja la misma pregunta de fondo que todas las anteriores: si el que negocia desde la urgencia es Kiev, y el que negocia desde la comodidad de esperar es Moscú, ¿qué garantiza que el acuerdo que eventualmente salga de todo esto se acerque más a lo que Ucrania necesita que a lo que Rusia está dispuesta a tolerar? Por ahora, como anticipaba la propia lectura de ayer, esto va para largo —y lo único seguro es que la próxima señal relevante no va a venir de un comunicado de prensa, sino de qué hace Moscú con el tiempo que decidió tomarse antes de responder.
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